La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

23 mayo, 2018

Un satélite y una app muy primarios

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 11:16

primarios

No estoy caminando entre el trigal que se bambolea con el viento primaveral, ni andando entre los surcos del girasol que se despereza. No busco la sombra del laurel ni la del almendro amargo. Mis botas no se embarran ni se cubren de polvo. Estoy cómodamente sentado en el sillón de casa revisando el correo electrónico. ¿Por qué escribo, pues, este texto dentro de la capilla Media cosecha?

Uno de esos correos electrónicos que estoy mirando es el de un boletín (qué palabra tan clásica para un e-mail) que se llama Agroinformación.com. En él aparecen dos noticias que llaman mi atención. No son las de la caída del precio de la almendra o la presión que los grandes exportadores internacionales impondrán sobre los aceites vírgenes extra. Estas últimas noticias son, desgraciadamente, bastante frecuentes. Las que atraen mi atención, las noticias que me llevan a escribir este texto son las dos primeras que aparecen en el moderno boletín: “Un satélite español para controlar la PAC en las parcelas más pequeñas en un plazo de dos días” – “Toda la PAC en el móvil: La nueva app InfoPAC estará operativa desde el día 15”. Está bien esto de aplicar las más modernas tecnologías a un sector tan primario como es la agricultura.

Un satélite llamado Ingenio (todo un derroche de ídem al ponerle nombre al artefacto) “ofrecerá imágenes de alta resolución que permitirán trabajar sobre parcelas más pequeñas, lo que tendrá un impacto directo y agilizará toda la tramitación de la PAC.” Me imagino en uno de los tajones (no sé por qué mi padre usaba esta inexistente palabra para referirse a esas parcelas pequeñas) de La Venta, o en una de las hacillas de Vadoseco, saludando con un braceo en alto el paso de Ingenio y siendo fotografiado en alta resolución formando parte “de la tierra que ocupas y estercolas / compañero del alma tan temprano”, como escribió el poeta.

En cuanto a la nueva app, también es un derroche de ingenio el que haya comenzado a estar operativa el día 15 de mayo, día de san Isidro Labrador, clara manifestación de la intrínseca interrelación entre la modernidad informática y el santoral agrario. Dice la noticia que la nueva aplicación tendrá una parte pública que ofrecerá información general de la Consejería de Agricultura y otra privada en la que el agricultor podrá informarse sobre el estado de tramitación de sus expedientes.  Estupendo. Instalaré la InfoPAC Andalucía y así podré estar al tanto de los pagos recibidos o pendientes de abono (monetario, que no orgánico) aun estando en una de esas pequeñas parcelas que fotografía Ingenio.

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22 abril, 2018

Cafeteras de girasol y gusanos de alambre

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 11:49

pipasEn las cafeteras, así es como llamamos a esos recipientes, espera la semilla de tonos violáceos su turno de salida hasta caer en la tierra esponjosa y ser enterrada por la pequeña reja. Enganchada al tractor de cadenas, con sus cuatro y viejas cafeteras verdes, la máquina marca la recta besana de la siembra del girasol. Avanzan las orugas mecánicas, con estrépito y crujir de hierros, trazando el camino perpendicular a los surcos del cohecho que eliminó en días anteriores las malas hierbas. Estamos a finales de abril, a pocos días de san Marcos el rey de los charcos, en estas tareas que las abundantes lluvias de marzo y primeros de abril han retrasado más de un mes.

La semilla, que, por lo que cuesta, debería lucir tonos dorados en lugar de violáceos, presume de ser resistente al jopo y al mildiu, ser de alto contenido graso y tener un ciclo de maduración precoz; esta última característica se hace más necesaria que nunca este año. También dice su publicidad que es de gran rusticidad (algo que no llego a entender) y excelente vigor de nascencia, cosa que espero se cumpla aprovechando la humedad que la tierra acumula tras las copiosas lluvias pasadas.

Pienso en todo ello mientras camino por la tierra arrancando algunas hierbas y matas de trigo de porreta que escaparon de la reja del cohecho. Busco bajo ellas la existencia de doradillos, los también llamados gusanos de alambre, enemigos de la futura y tierna planta de girasol. No los veo, tan solo algunas cochinillas oscuras se mueven bajo las raíces de las hierbas arrancadas. Se lo comento a Manolo, que ha parado el tractor junto al camino para comprobar si las cafeteras evacuan semilla por igual. La charla es corta pues el tiempo apremia. Él vuelve a tomar la recta besana bajando hasta el arroyo. Yo me encamino hacia la era del cortijo recogiendo alguna piedra los suficientemente grande como para ser causante de alguna molestia a los aperos agrícolas, y lo suficientemente pequeña como para poder ser levantada por este jubilado y ser llevada hasta la orilla del camino. A lo lejos, más allá del pozo, en la Cañá el Barco, el trigo sigue espigando en verde intenso.

siembra

7 abril, 2018

De la tierra al papeleo

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 9:34

TP

En la era, los jaramagos de colorido brasileiro se muestran poderosos frente al laurel. En el arroyo escoltan el caudal mínimo de agua transparente. El lluvioso marzo lo ha retrasado todo. Los casi trescientos litros caídos han empapado la tierra y dificultado las tareas previstas para ese mes. Es por ello que el pasado miércoles de este abril inquieto aprovechamos la presencia de  un sol intermitente y un viento mínimo para aplicar el tratamiento de herbicida a un trigal vestido de flores amarillas. No hay amapolas entre los trigales, como decían las canciones de antes, pero sí abundantes jaramagos; y, además, está la mala hierba de hoja ancha que se esconde camuflada entre el verdor del trigo. Mientras el herbicida cae sobre el cereal pienso en la agricultura ecológica y en lo mal visto que está la actividad que estoy contando. Pienso también en lo difícil que sería sobrevivir a la Humanidad (la que sobrevive) sin estas prácticas agrícolas. Como dice un amigo cuando se habla de este asunto: Prefiero vivir envenenándome poquito a poco, y llegar a los noventa, que morir de hambre a los nueve. En fin, opiniones. Pienso en ello mientras camino sobre la tierra esponjosa que será sembrada de girasol de aquí a unos días (otra tarea atrasada) si el tiempo lo permite. Mis huellas quedan como testigo en esa tierra que parece una gran madalena recién horneada, con su costra más reseca como si fuese una lámina de azúcar tostada.

Todo eso sucedió el miércoles. El jueves me acerco a la oficina bancaria para gestionar la solicitud de la PAC. De la tierra al papeleo. En el camino paso frente a las otras tres entidades que hay en el pueblo. Dos de ellas lucen en sus cristaleras grandes carteles anunciando que es tiempo de solicitar las subvenciones. El dinero del campo se mueve hoy entre besanas de cereal y expedientes de pagos comunitarios. Entre estos últimos está el greening, o “pago verde”, con el que hay que cumplir si se quiere cobrar. Lo digo para los que piensan que andamos envenenando la tierra mientras esquilmamos el presupuesto de la Unión Europea. Se equivocan los que así piensan. Acabado el trámite burocrático guardo la documentación en la carpeta correspondiente, junto a la póliza del seguro agrario. Todo ese papeleo, libre de inclemencias meteorológicas y malas hierbas, es parte importante de la “cosecha”. Recuerdo entonces que el miércoles, desde el campo, le mandé una fotografía a mi nieta mostrándole “el trigo del abuelo adornado con flores amarillas”. Por un momento pienso en mandarle otra foto con la carpeta del papeleo pero desisto de ello porque no me parece una imagen tan estética ni apropiada para una niña de poco más de un año.

18 marzo, 2018

Ese campo que en marzo anda empapándose de agua

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 10:28

puente1  puente2

Las aguas del arroyo parecen estancadas ante el nivel superior de tierra que las últimas avenidas han dejado pocos metros antes de los ojos del puente. Custodiadas por el verdor de las hierbas y el amarillo floral de los jaramagos, pareciese que algún personaje bíblico las hubiese detenido para que ante ella cruzase cualquier pueblo que buscase su tierra prometida. Pero, lo que parece un embalse dentro del cauce no lo es. Bajo la tierra se filtra el agua y aparece al otro lado del puente. El arroyo desagua en un par de corrientes que se unen para seguir su camino en ese tramo que no se limpió el pasado verano. El riachuelo discurre entre la maleza azotada por los vientos y las lluvias caídas en los últimos semanas.

Hace unos días, cuando tomé esas fotos, la mañana iba del sol temeroso a la llovizna imprevista. Acompañado de Manolo, estuve viendo ese campo que en marzo anda empapándose de agua como hace tiempo que no se veía. En Vadoseco alguna zona baja del camino se había cubierto con el barro arrastrado por las numerosas correntías que lo atraviesan. En otras zonas el agua cruzaba cristalina: “Mira, es agua limpia que ya no quiere la tierra”, me comenta Manolo. El trigo se muestra más disparejo en una parcela y más compacto en la otra. En La Venta presenta mejor presencia, hojas más anchas y verdor más intenso. Habrá que esperar a que salga el sol cuando se acabe esta ristra de borrascas, comento esperanzado en los efectos positivos del agua que en ese momento vuelve a caer. Hablamos del tratamiento de herbicida que habrá que aplicar cuando la tierra se desperece de la humedad, del retraso obligado en esa faena y en la siembra del girasol. Pienso, mientras bajamos una vez más del coche para ver si hay alpisteras entre el trigo, que, junto a esas tareas a pie de campo, habrá que hacer también la gestión de las subvenciones durante el mes de abril. Entre charla y pensamientos, entre botas embarradas y bajos de pantalones mojados , volvemos a Castro cuando vuelve a caer una fina llovizna.

25 enero, 2018

Como testigo, una gran piedra

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 10:00

piedraComo fantasmas entre la niebla se asoman los faros de los tractores. Al cruzarme con ellos observo los grandes artilugios mecánicos que les sobresalen y que me recuerdan las pinzas destructoras de esos transformers de películas que tanta violencia férrea desatan cuando se enfrentan entre ellos. Tras el tractor circula una serie de coches que no pueden adelantar porque la niebla no da opción a ello sin jugarse la vida. El termómetro sigue marcando tres grados. En los coches veo caras de frío desfiguradas por la persistente neblina. Máquinas y hombres se dirigen a los tajos de aceitunas en esta fría mañana.

Cuando llego a La Venta la niebla solo resiste en la lejanía de los cerros. Aparco el coche cara al sol por si la espera se hace larga y tengo que buscar refugio en su interior. Los rayos que atraviesan el parabrisas calientan el habitáculo de manera tan natural como agradable. Desde lugar tan privilegiado observo que Manolo asciende desde el arroyo hacia el camino. El tractor arrastra el apero, y la reja remueve la tierra y arranca las malas hierbas. Desciendo del coche y charlamos un rato sobre los efectos del cohecho. Como testigo de la charla una gran piedra que permanece junto al camino desde este verano y que habrá que recoger antes de la siembra del girasol.

Paseo por el camino entre hierbas mojadas por la neblina que se debilita. Veo entrar por el camino los dos tractores que vienen a echar la urea al trigo. Es la rutina de todos los años por estas fechas: hay que sembrar (y abonar) para poder recoger. También habrá que rezar para que las lluvias sean más generosas de lo que lo han sido hasta ahora. A media mañana el frío es un lejano recuerdo y apetece tomar el sendero para caminar bajo un sol que pareciese primaveral.

 

urea

 

17 enero, 2018

Miles de mesocotilos han emergido del subsuelo

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 10:32

trigo puente

Hace algo más de dos semanas, en la callada mañana del primer día del año, escarbé la tierra, todavía húmeda debido a la helada nocturna, hasta encontrar la semilla germinada que fue sembrada a mediados del mes pasado. Encontré aquel primer tallo blanquecino. Mi curiosidad me ha llevado a investigar (digamos Google) y ahora sé que ese tallo inicial tiene un nombre: mesocotilo, se llama. Ayer por la mañana, quince días después, miles de mesocotilos habían emergido del subsuelo y se habían convertido en plantitas de trigo que vestían de verde toda la cañada. Han tenido una buena nacencia, bien regadas por las lluvias justas y necesarias de estos primeros días del año. Pronto tendrán la ayuda nutricia de la urea nitrogenada para que el crecimiento sea lo más fructífero posible.

mesocotiloHe venido a verlo con Manolo, hemos venido a ver cómo va tirando lo sembrado y a ver cómo la mala hierba se va apoderando de la tierra que en primavera acogerá al girasol. Bajamos del coche y Manolo me muestra en sus manos la humedad pastosa de esa tierra. Habrá que esperar un par de días hasta que oree y se pueda meter la reja de cohecho. Las zonas menos umbrías muestran ya, en los grandes terrones que el arado de levante volteó, el color más blanquecino, señal de que la humedad comienza a desaparecer, en contraste con el más grisáceo que aún conserva parte del agua caída.

En los caminos quedan charcos que hoy brillan con el sol que nos calienta a media mañana y en alguna vaguada el frontal bajo del coche se embarra; cualquier día de estos voy a tener que hacerme con un vehículo apropiado para esta actividad agrícola de un maestro jubilado. Cruzamos el puentecillo y observo que la parte del arroyo que limpiamos en otoño muestra agua embalsada al haber quedado el cauce más bajo que la parte sobre la que no se “realizó ninguna actuación”, expresión ésta que utilizan los técnicos y que quiere decir “meter la máquina excavadora, con el debido permiso de la autoridad competente, para limpiar el cauce de forraje y tierra acumulada”.

Subimos hasta la era para echar un último vistazo desde su elevada situación y desandamos el camino abandonando el agro examinado, la tierra sembrada y la que espera, el trigal incipiente y la hierba desatada, el arroyo de caudal inconsistente y las umbrías que ya comienzan a languidecer.

3 enero, 2018

Germinación del nuevo año

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 12:53

germinaciónSon las once de la mañana del uno de enero. Tras salir  del intenso banco de niebla, que esconde en sus entrañas los olivares callados y custodios de la estrecha carretera, me sorprende un sol cegador, un sol que se ha librado ya de la densa neblina. Entre Villa del Río y Bujalance todo era gris; entre Bujalance y Montilla todo era luz. Un cielo de azul tan celeste que la niebla desgajada del Valle del Guadalquivir  intenta sobrevivir a orillas de su afluente el Guadajoz. Conduzco por encima del puente y dejo a la izquierda, distanciado y silencioso, mi pueblo, Castro del Río. También dejo volar hacia él los recuerdos de otros “años nuevos”, recuerdos que se posan en las huertas ribereñas, en las calles que ahora imagino vacías, en mi calle Jurado que siempre me pareció la niña pequeña que con sus manos se agarra a su progenitores, Alta y Córdoba.

En el camino de vuelta me detengo para ver el trigo que sembramos en la primera quincena del mes pasado. Ha tenido buena nacencia y luce orgulloso su primer verdor. Las hileras se enfilan surco adelante y tratan de cubrir los tonos tristes de la tierra que aún conserva la humedad de la madrugada. Abandono la parcela y me encamino a otra que fue sembrada en la segunda quincena. No hay señales de las semillas enterradas. Bajo del coche y piso la tierra compactada por el rulo. Escarbo someramente la capa superior y noto la humedad pastosa que esconde el trigo germinado. Lo vi hacer muchas veces a mi padre: escarbar con sus ásperas manos pero con el mimo de un arqueólogo que ve asomar una pieza histórica, remover la tierra hasta encontrar el sustento del futuro. Y ahí están, artificialmente rodeadas de amarillo para que se hagan ver entre la masa terrosa, las luces y las sombras. Tras la hinchazón de la semilla, que absorbió la humedad de las pocas lluvias que han caído, las raíces se agarraron a la tierra para dar vida al primer tallo. Dentro de unos días emergerá del subsuelo y verdeará la parcela.

Día de año nuevo, nueva vida vegetal, pienso mirando al horizonte de la cañada en mi soleada soledad. Regreso al pueblo escuchando el Concierto (sí, de Año Nuevo), y al rato me adentro otra vez en la espesa niebla entre notas de valses y polkas que llegan en directo desde Viena.

9 diciembre, 2017

Sembrando mientras llega la ciclogénesis

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 10:08

Esa que ven es la parcela de “la higuera”, en el paraje de Vadoseco, árbol que ya es solo historia nominal. Lo mismo que lo es la vieja casilla que se asentaba junto a la higuera  en aquellos años de historias familiares que no siempre fueron amigables. Ahora, entre mares de olivos (permítaseme el tópico) a babor y estribor, es la primera que recibe la simiente de trigo Kiko Nick (qué nombres ponen a las semillas). Son tierras pardas que amanecen escarchadas por las heladas nocturnas de esta primera semana decembrina. Los montones de tierra fluvial que este verano trajimos (trajeron los camiones) desde el Guadajoz custodian el profundo regajo que aún sobrevive desde aquellos años en los que la intensa lluvia abrió en canal la parcela de arriba a abajo. El color blanquecino de esa tierra obtenida en la limpieza del río castreño contrasta con el tono oscuro de la empinada parcela que culmina en ladera rica en piedras que afloran tras cada arancía. Esas piedras tienen su destino en el gran socavón y serán cubiertas con esa tierra amontonada que ahora ve el incansable ir y venir, subir y bajar, del tractor y la máquina sembradora.

sembrando

Hasta finales de noviembre, el mes que comienza con los Santos y acaba con san Andrés, no había caído una gota de lluvia. A mediados de ese mes comenzamos todos los años las tareas de cohecho y siembra del trigo. En esta campaña, esperando la deseada lluvia que llegó tan al final, esas tareas han debido esperar a diciembre. Los cuarenta litros que regaron los barbechos han dado paso al laboreo, a la siembra y el ruleo. Ha sido un otoño tan seco que uno tiene que rezar a san Agroseguro de Noviembre para que, si el invierno y la primavera viniesen también escasos de humedades, nos salve de la catástrofe. Esperemos que no sea así. Cuando escribo esto vuelven a anunciarse aguas para el lunes. Ahora, a las borrascas de siempre las llaman ciclogénesis explosivas y les ponen nombres. Antes, las borrascas no tenían nombre pero traían más agua.

 

14 octubre, 2017

Preparando el camino del agua

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 10:13

 

clip_image002Con el permiso de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir, y de todas las autoridades competentes, estamos aprovechando estos días de “veroño” para efectuar una limpieza del Arroyo Casatejada.

He quedado con mi hermano y con el vecino propietario de la parcela lindante (hacemos la limpieza de manera pactada y legal) en vernos en la “frontera”. Mientras me encamino al lugar escuchando las noticias en la radio pienso que será difícil que durante la mañana no salga el tema político de actualidad. Si por casualidad mi vecino saca l’Assumpte a relucir le pediré educadamente cambiar de tema; como mucho hablaré de cómo las subvenciones de la Política Agraria Común, que este año están preparadas para ser pagadas antes por el tema de la sequía, pueden afectar a nuestros colegas payeses, “ansiosos de libertad”, que estos días sacan sus tractores a las calles catalanas. Mejor hablar del agro, clip_image006de la pertinaz sequía (que decía el otro), de cómo las aceitunas se están quedando sin jugo, de las labores de arancía que hemos hecho en rastrojos y barbechos…

Cuando llego ya está la máquina haciendo su trabajo, abriéndose paso entre los carrizos, arañando la tierra para que el cauce quede despejado, dejando a la vista los ojos del viejo puente casi descabezado de sus pretiles de mampostería… Sienta bien respirar el aire que casi nunca falta en la elevada era donde antes se trillaba la parva, caminar sobre los terrones ásperos de la tierra levantada con el arado grande, observar los tonos pardos de la fértil cañada en contraste con el árido blancar, andar junto al arroyo seco en cuyos márgenes sobreviven liebres agazapadas…

 

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Me subo en el tractor con Manolo para llevar hasta la era varios remolques de esa tierra fértil que el arroyo ha acumulado en los últimos años y que servirá de alivio a los árboles y palmeras que allí malviven en el suelo calizo. Gestiono telefónicamente con Movistar la retirada de los postes de una línea telefónica que atraviesa parte de la finca y que, al no estar activa, entorpecen las labores agrícolas… Sigue la máquina desbrozando el arroyo, eliminando la maleza de sus riberas. Mientras regreso al pueblo pienso, y deseo, que ese cauce reseco se transforme en un caudal de agua no desbordada, de agua que traiga la vida a estos campos sedientos.

18 agosto, 2017

De los troncos retorcidos (y los dulces recuerdos)

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 11:27

 

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Resisten los olivos centenarios del paraje de Santa Rita las calores estivales. Un ramaje más escuálido que otros años, tras la corta intensa, emerge de los troncos retorcidos, ese verso del poeta de Orihuela al que puso voz y música Paco Ibáñez. En la altiplanicie que culmina el pequeño olivar las varetas se amontonan en medio de las calles. Este año hay muchas varetas y poca, muy poca, aceituna. Como diría mi padre: “Ni pá el aceite del año”. Se mantiene el viejo olivar como testimonio de otra época frente a los nuevos olivares de cultivo intensivo, mecanizados, de aspecto homogéneo; olivares en los que prima el rendimiento y que dejaron atrás las viejas faenas del vareo con vara, de la recogida a mano, de la limpia en la vieja criba a pie de tajo, de los sacos repletos de aceitunas que estallaban en su interior dejando la mancha oscura como testimonio del fruto que encerraban… En todo ello pienso mientras miro la hermosura de esos troncos que se agarran a la tierra reseca, esos troncos que se abren dejando oquedades de misterio donde los niños de otras épocas se escondían para jugar, esos troncos que muestran sin pudor como sus protuberancias musculosas se expanden bajo un ramaje creador de sombras incompletas.

Aún no es mediodía y el sol cae a plomo. Un conejo aparece tras el pie de un olivo y se aleja veloz hasta el arroyo. Al fondo, el pueblo de Castro muestra la blancura de sus casas mientras escucho el silencio del olivar tan solo interrumpido por el esporádico canto de la chicharra, ese canto que anuncia otra tarde de canícula. Me subo en el coche y comienzo el descenso por esta tierra que, como dice Manolo, “parece una autopista”. Conduzco entre olivos sin acercarme al filo del arroyo pues el corte por el que discurre su cauce, ahora seco, es un verdadero precipicio. Antes de salir a la carretera miro hacia la cooperativa del pan, asentada en una parcela que antes fue parte de este olivar. Recuerdo, hace muchos años ya, en mi casa de infancia y juventud, a los organizadores de la cooperativa tratando con mi padre la compra-venta de esa parcela. Recuerdo, también, como años después veníamos aquí unos días antes de Semana Santa con la masa de las magdalenas para hornearlas en los dos grandes hornos allí instalados. Abandono el olivar entre dulces recuerdos.

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