La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

17 enero, 2018

Miles de mesocotilos han emergido del subsuelo

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 10:32

trigo puente

Hace algo más de dos semanas, en la callada mañana del primer día del año, escarbé la tierra, todavía húmeda debido a la helada nocturna, hasta encontrar la semilla germinada que fue sembrada a mediados del mes pasado. Encontré aquel primer tallo blanquecino. Mi curiosidad me ha llevado a investigar (digamos Google) y ahora sé que ese tallo inicial tiene un nombre: mesocotilo, se llama. Ayer por la mañana, quince días después, miles de mesocotilos habían emergido del subsuelo y se habían convertido en plantitas de trigo que vestían de verde toda la cañada. Han tenido una buena nacencia, bien regadas por las lluvias justas y necesarias de estos primeros días del año. Pronto tendrán la ayuda nutricia de la urea nitrogenada para que el crecimiento sea lo más fructífero posible.

mesocotiloHe venido a verlo con Manolo, hemos venido a ver cómo va tirando lo sembrado y a ver cómo la mala hierba se va apoderando de la tierra que en primavera acogerá al girasol. Bajamos del coche y Manolo me muestra en sus manos la humedad pastosa de esa tierra. Habrá que esperar un par de días hasta que oree y se pueda meter la reja de cohecho. Las zonas menos umbrías muestran ya, en los grandes terrones que el arado de levante volteó, el color más blanquecino, señal de que la humedad comienza a desaparecer, en contraste con el más grisáceo que aún conserva parte del agua caída.

En los caminos quedan charcos que hoy brillan con el sol que nos calienta a media mañana y en alguna vaguada el frontal bajo del coche se embarra; cualquier día de estos voy a tener que hacerme con un vehículo apropiado para esta actividad agrícola de un maestro jubilado. Cruzamos el puentecillo y observo que la parte del arroyo que limpiamos en otoño muestra agua embalsada al haber quedado el cauce más bajo que la parte sobre la que no se “realizó ninguna actuación”, expresión ésta que utilizan los técnicos y que quiere decir “meter la máquina excavadora, con el debido permiso de la autoridad competente, para limpiar el cauce de forraje y tierra acumulada”.

Subimos hasta la era para echar un último vistazo desde su elevada situación y desandamos el camino abandonando el agro examinado, la tierra sembrada y la que espera, el trigal incipiente y la hierba desatada, el arroyo de caudal inconsistente y las umbrías que ya comienzan a languidecer.

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3 enero, 2018

Germinación del nuevo año

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 12:53

germinaciónSon las once de la mañana del uno de enero. Tras salir  del intenso banco de niebla, que esconde en sus entrañas los olivares callados y custodios de la estrecha carretera, me sorprende un sol cegador, un sol que se ha librado ya de la densa neblina. Entre Villa del Río y Bujalance todo era gris; entre Bujalance y Montilla todo era luz. Un cielo de azul tan celeste que la niebla desgajada del Valle del Guadalquivir  intenta sobrevivir a orillas de su afluente el Guadajoz. Conduzco por encima del puente y dejo a la izquierda, distanciado y silencioso, mi pueblo, Castro del Río. También dejo volar hacia él los recuerdos de otros “años nuevos”, recuerdos que se posan en las huertas ribereñas, en las calles que ahora imagino vacías, en mi calle Jurado que siempre me pareció la niña pequeña que con sus manos se agarra a su progenitores, Alta y Córdoba.

En el camino de vuelta me detengo para ver el trigo que sembramos en la primera quincena del mes pasado. Ha tenido buena nacencia y luce orgulloso su primer verdor. Las hileras se enfilan surco adelante y tratan de cubrir los tonos tristes de la tierra que aún conserva la humedad de la madrugada. Abandono la parcela y me encamino a otra que fue sembrada en la segunda quincena. No hay señales de las semillas enterradas. Bajo del coche y piso la tierra compactada por el rulo. Escarbo someramente la capa superior y noto la humedad pastosa que esconde el trigo germinado. Lo vi hacer muchas veces a mi padre: escarbar con sus ásperas manos pero con el mimo de un arqueólogo que ve asomar una pieza histórica, remover la tierra hasta encontrar el sustento del futuro. Y ahí están, artificialmente rodeadas de amarillo para que se hagan ver entre la masa terrosa, las luces y las sombras. Tras la hinchazón de la semilla, que absorbió la humedad de las pocas lluvias que han caído, las raíces se agarraron a la tierra para dar vida al primer tallo. Dentro de unos días emergerá del subsuelo y verdeará la parcela.

Día de año nuevo, nueva vida vegetal, pienso mirando al horizonte de la cañada en mi soleada soledad. Regreso al pueblo escuchando el Concierto (sí, de Año Nuevo), y al rato me adentro otra vez en la espesa niebla entre notas de valses y polkas que llegan en directo desde Viena.

9 diciembre, 2017

Sembrando mientras llega la ciclogénesis

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 10:08

Esa que ven es la parcela de “la higuera”, en el paraje de Vadoseco, árbol que ya es solo historia nominal. Lo mismo que lo es la vieja casilla que se asentaba junto a la higuera  en aquellos años de historias familiares que no siempre fueron amigables. Ahora, entre mares de olivos (permítaseme el tópico) a babor y estribor, es la primera que recibe la simiente de trigo Kiko Nick (qué nombres ponen a las semillas). Son tierras pardas que amanecen escarchadas por las heladas nocturnas de esta primera semana decembrina. Los montones de tierra fluvial que este verano trajimos (trajeron los camiones) desde el Guadajoz custodian el profundo regajo que aún sobrevive desde aquellos años en los que la intensa lluvia abrió en canal la parcela de arriba a abajo. El color blanquecino de esa tierra obtenida en la limpieza del río castreño contrasta con el tono oscuro de la empinada parcela que culmina en ladera rica en piedras que afloran tras cada arancía. Esas piedras tienen su destino en el gran socavón y serán cubiertas con esa tierra amontonada que ahora ve el incansable ir y venir, subir y bajar, del tractor y la máquina sembradora.

sembrando

Hasta finales de noviembre, el mes que comienza con los Santos y acaba con san Andrés, no había caído una gota de lluvia. A mediados de ese mes comenzamos todos los años las tareas de cohecho y siembra del trigo. En esta campaña, esperando la deseada lluvia que llegó tan al final, esas tareas han debido esperar a diciembre. Los cuarenta litros que regaron los barbechos han dado paso al laboreo, a la siembra y el ruleo. Ha sido un otoño tan seco que uno tiene que rezar a san Agroseguro de Noviembre para que, si el invierno y la primavera viniesen también escasos de humedades, nos salve de la catástrofe. Esperemos que no sea así. Cuando escribo esto vuelven a anunciarse aguas para el lunes. Ahora, a las borrascas de siempre las llaman ciclogénesis explosivas y les ponen nombres. Antes, las borrascas no tenían nombre pero traían más agua.

 

14 octubre, 2017

Preparando el camino del agua

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 10:13

 

clip_image002Con el permiso de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir, y de todas las autoridades competentes, estamos aprovechando estos días de “veroño” para efectuar una limpieza del Arroyo Casatejada.

He quedado con mi hermano y con el vecino propietario de la parcela lindante (hacemos la limpieza de manera pactada y legal) en vernos en la “frontera”. Mientras me encamino al lugar escuchando las noticias en la radio pienso que será difícil que durante la mañana no salga el tema político de actualidad. Si por casualidad mi vecino saca l’Assumpte a relucir le pediré educadamente cambiar de tema; como mucho hablaré de cómo las subvenciones de la Política Agraria Común, que este año están preparadas para ser pagadas antes por el tema de la sequía, pueden afectar a nuestros colegas payeses, “ansiosos de libertad”, que estos días sacan sus tractores a las calles catalanas. Mejor hablar del agro, clip_image006de la pertinaz sequía (que decía el otro), de cómo las aceitunas se están quedando sin jugo, de las labores de arancía que hemos hecho en rastrojos y barbechos…

Cuando llego ya está la máquina haciendo su trabajo, abriéndose paso entre los carrizos, arañando la tierra para que el cauce quede despejado, dejando a la vista los ojos del viejo puente casi descabezado de sus pretiles de mampostería… Sienta bien respirar el aire que casi nunca falta en la elevada era donde antes se trillaba la parva, caminar sobre los terrones ásperos de la tierra levantada con el arado grande, observar los tonos pardos de la fértil cañada en contraste con el árido blancar, andar junto al arroyo seco en cuyos márgenes sobreviven liebres agazapadas…

 

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Me subo en el tractor con Manolo para llevar hasta la era varios remolques de esa tierra fértil que el arroyo ha acumulado en los últimos años y que servirá de alivio a los árboles y palmeras que allí malviven en el suelo calizo. Gestiono telefónicamente con Movistar la retirada de los postes de una línea telefónica que atraviesa parte de la finca y que, al no estar activa, entorpecen las labores agrícolas… Sigue la máquina desbrozando el arroyo, eliminando la maleza de sus riberas. Mientras regreso al pueblo pienso, y deseo, que ese cauce reseco se transforme en un caudal de agua no desbordada, de agua que traiga la vida a estos campos sedientos.

18 agosto, 2017

De los troncos retorcidos (y los dulces recuerdos)

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 11:27

 

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Resisten los olivos centenarios del paraje de Santa Rita las calores estivales. Un ramaje más escuálido que otros años, tras la corta intensa, emerge de los troncos retorcidos, ese verso del poeta de Orihuela al que puso voz y música Paco Ibáñez. En la altiplanicie que culmina el pequeño olivar las varetas se amontonan en medio de las calles. Este año hay muchas varetas y poca, muy poca, aceituna. Como diría mi padre: “Ni pá el aceite del año”. Se mantiene el viejo olivar como testimonio de otra época frente a los nuevos olivares de cultivo intensivo, mecanizados, de aspecto homogéneo; olivares en los que prima el rendimiento y que dejaron atrás las viejas faenas del vareo con vara, de la recogida a mano, de la limpia en la vieja criba a pie de tajo, de los sacos repletos de aceitunas que estallaban en su interior dejando la mancha oscura como testimonio del fruto que encerraban… En todo ello pienso mientras miro la hermosura de esos troncos que se agarran a la tierra reseca, esos troncos que se abren dejando oquedades de misterio donde los niños de otras épocas se escondían para jugar, esos troncos que muestran sin pudor como sus protuberancias musculosas se expanden bajo un ramaje creador de sombras incompletas.

Aún no es mediodía y el sol cae a plomo. Un conejo aparece tras el pie de un olivo y se aleja veloz hasta el arroyo. Al fondo, el pueblo de Castro muestra la blancura de sus casas mientras escucho el silencio del olivar tan solo interrumpido por el esporádico canto de la chicharra, ese canto que anuncia otra tarde de canícula. Me subo en el coche y comienzo el descenso por esta tierra que, como dice Manolo, “parece una autopista”. Conduzco entre olivos sin acercarme al filo del arroyo pues el corte por el que discurre su cauce, ahora seco, es un verdadero precipicio. Antes de salir a la carretera miro hacia la cooperativa del pan, asentada en una parcela que antes fue parte de este olivar. Recuerdo, hace muchos años ya, en mi casa de infancia y juventud, a los organizadores de la cooperativa tratando con mi padre la compra-venta de esa parcela. Recuerdo, también, como años después veníamos aquí unos días antes de Semana Santa con la masa de las magdalenas para hornearlas en los dos grandes hornos allí instalados. Abandono el olivar entre dulces recuerdos.

11 agosto, 2017

Sentado a la sombra del almendro amargo

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 9:19

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Sentado a la sombra del almendro amargo, cuando el sol culmina sobre el inmenso azul, siento en el rostro el suave viento que cambia de orientación y temperatura; el aire caliente desaparece por momentos para dar paso a una brisa más fresca, menos agobiante, que el cuerpo y la mente agradecen a esas horas que deberían ser de placentera siesta. Estos cambios de vientos deben ser el anuncio de la bajada de temperatura que los meteorólogos anuncian.

Recostado sobre la protectora pared de la cochera, aliada del almendro en la creación de salvadora sombra, observo el camino blanco que culmina en la antigua era. Algunas hierbas fronterizas entre el camino y la tierra recién arada conservan todavía un verde tímido, un verde superviviente después de tantos días de calor y sequía. Tras esa escuálida frontera vegetal luce el blancar de terrones abruptos que desciende hasta las tierras de girasol. En ese descenso la tierra va oscureciéndose paulatinamente: el cerro blancuzco se convierte en oscura y grisácea cañada allá donde hace esquina con el camino.

Estamos segando el girasol, ése que dejó atrás tiempos coloristas, de verdes y amarillos que atraen a turistas asiáticos, y ahora luce ese tono marrón tan agrario, tan de tierra calma. Miro a la cosechadora, incansable en su siega, a punto de concluir el corral de la Cañá el Barco, marcando la diferencia entre lo segado y lo que resta por segar. La paleta de colores me parece hermosa cuando veo más allá el rastrojo aún no arado. El pajizo de lo que fue cereal se corona con el azul celeste inmaculado. Sobre ese rastrojo, al que le queda poco tiempo para desaparecer entre las rejas del arado de levante, destaca la mole de las alpacas de paja. El camión parado en el camino, receptor que espera las pipas de girasol, se empequeñece ante ese moderno y efímero almiar. Un poco más a la izquierda veo la otra caja del camión; es buena señal: la cosecha no será tan paupérrima como la del año pasado. Entre lo recolectado de trigo y lo que saldrá de girasol tendremos “media cosecha”, esa expresión que siempre me recuerda a mi padre cuando por estos días, durante tantos años, veía la recolección con esa visión medio pesimista, medio optimista, de los labradores de siempre.

Tras once horas de siega ininterrumpida La Venta es ya tierra que espera labores de preparación para un nuevo curso agrario: arancía de rastrojos, recogida de troncones de girasol… El eterno ciclo del agro.

23 junio, 2017

De trigal a rastrojo en veinte horas

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 11:21

 

clip_image002De madrugada había comenzado el verano oficial. El otro, el verano real, llevaba ya entre nosotros varios días. Así que haciendo caso al calendario y al refranero que lo sustenta llegó la hora de la siega: “En junio, la hoz en un puño”, “Sembrarás cuando podrás; pero por san Juan segarás”.

En dos días, en veinte horas, casi cien fanegas de tierra pasaron de trigal a grano dejando tras de sí los carros de paja, los días de arancía y sementera, la nacencia y el abonado, los tratamientos de herbicida y los paseos entre las espigas verdes que tomaban cuerpo. El ciclo se cerraba un año más con el transitar incansable de la máquina cosechadora, el devorador corte que nunca deja de girar y el crepitar de las espigas doradas cuando las cuchillas han cortado la fina y dorada caña que las sustenta. El grano cae a la torva como cae la fruta madura del árbol. Se acumulan los granos hasta que son expulsados violentamente de la panza de la máquina por ese brazo articulado que llena de kilos y cosecha la caja del camión. Será el último viaje de lo que comenzó siendo semilla cuando el otoño llegaba a su fin; un viaje hasta los graneros de una conocida y gallinácea fábrica de pastas. Allí tomarán la muestra para examinar las propiedades del grano; es como un examen en el que cada vez entra más materia: vitrosidad, peso específico, humedad, proteínas, índice de caída de Hagberg… Sabía que en este mundo del agro cada vez es más necesario tener conocimientos administrativos (papeleo, mucho, mucho papeleo) pero es evidente que también hay que saber de analítica de cereales, enzimas de amilasas, granos vítreos y sémolas, etc. Hay momentos que uno recuerda con nostalgia aquellos tiempos en los que lo importante era si el trigo estaba limpio, si había mucho grano partido o si tenía paulilla. Ahora todo está mucho más diversificado, más complejo. Y esa complejidad ha llenado este mundo agrícola de índices y parámetros, de artículos y decretos en los que las administraciones públicas y los grandes almacenistas siempre imponen su ley.

clip_image004Dejo ese pesar que el labriego debe sobrellevar con la mayor entereza posible para dejar constancia de esta siega que ya no te obliga al esfuerzo físico inhumano de la hoz y la trilla, del aventar parvas hasta la extenuación cuando el viento soplaba a favor, de la criba y la limpia con aquella máquina diabólica que llamábamos “caballito”, de la carga de sacos o el apaleo del trigo para que el incansable “tornillo” llenase las cajas de los camiones… Todo eso, afortunadamente, pasó a la historia. Y ahora uno se dedica a mirar y controlar mientras la máquina hace todos esos trabajos. Uno se refugia en la sombra de la cochera o en los aires acondicionados del coche, el camión o la cosechadora. Se ve la siega desde el asiento mientras se charla con los camioneros (los Antonios), los maquinistas (los Pepes, father and son), el hermano o el siempre coloquial Manolo. Pasan así las horas viendo transmutarse el trigal en campos segados que, tras convertir la paja en alpacas, será el rastrojo sobre el que el arado de levante actuará para iniciar un nuevo ciclo.

 

28 mayo, 2017

Desgranando el trigo y la memoria

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 9:24

 

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Camino entre las espigas raspinegras de un trigo ya dorado. Hace calor en estos días finales de mayo que han traído un veranillo adelantado; ése que coge a los cuerpos desprovistos de defensas, desacostumbrados a esta canícula prematura. De cuando en cuando me detengo, corto una espiga de la caña que ya ha perdido la flexibilidad verdosa de la primavera, agrupo las raspas con una mano mientras las corto con la otra, deposito la espiga en el hueco de la mano izquierda y la desmenuzo utilizando la yema del dedo pulgar de la mano derecha como si fuese un molino, soplo con cuidado un par de veces para que vuele la cascarilla que envolvía al grano. Es un proceso que vi hacer muchas veces a mi padre. Lo recuerdo mientras miro los granos de trigo que quedan en la oquedad de la mano. Cuento los granos y observo su color y grosor. Me echo algunos a la boca y los mastico. Se forma una masa harinosa cuyo sabor me lleva años atrás. Desando los pasos, cruzo el Camino Pedrique y repito ese ritual en la otra parcela, en ésa que se sembró más tarde y acogió a tiempo las últimas lluvias primaverales. Me alegra ver que aquí el número de granos, en espigas similares, es mayor; el trigo presenta mejor consistencia y color. Vuelvo a recordar aquello que decía mi padre: “Entre uno y otro, media cosecha”. Ese es el título que di a esta capilla en la que escribo del campo, del agro. Casi siempre era media cosecha; a no ser que el año (la cosecha) se previera como un desastre total o claramente favorable.

Abandono el trigal asediado por una horda de minúsculos mosquitos que atacan sobre todo las orejas. Son un incordio añadido al calor que ya se siente cuando aún no es la hora del ángelus. Miro el verde intenso de la parcela de girasol. Las plantas se han hecho fuertes en estos últimos días. Todo es verde en ellas: tronco, hojas, la flor agazapada que aún no destella en amarillo… A pesar del buen aspecto que ofrecen, a pesar de esa lozana juventud, qué bien les vendrían unas decenas de litros de agua para soportar el tórrido junio y los calores julianos que se avecinan. Quizás entonces pasaríamos de esa media cosecha a “un año no malejo”, esa expresión que indicaba la satisfacción de haber cumplido con algo más que los objetivos, como diría hoy un técnico académico, o cursi, dedicado a cualquier actividad económica, incluida la agricultura.

5 mayo, 2017

Entre espigas apretadas

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 12:21

 

clip_image002El miércoles por la mañana, pleno de luz solar, viajo a ver cómo la tierra ha hecho suya la lluvia caída el fin de semana anterior. Fueron casi cuarenta los litros que empaparon la sed del trigo que corría peligro de morir agostado, del girasol recién nacido que necesitaba beber con premura, del olivar en plena trama de flor.

Camino sobre un suelo esponjoso, agradecido, entre espigas raspinegras que aún pueden salvar los granos lechosos. El trigal, limpio de malas hierbas, se mece suave con la ligera brisa de la mañana. Tan sólo algunas avenas descuellan cerca del arroyo. En los padrones, junto a las siempre llamativas amapolas, permanecen algunas escoboneras, siempre difíciles de doblegar. En el cerro de los blancares el contraste entre las espigas raspinegras y las que han acelerado el paso es evidente. Éstas últimas son las que andan en el límite, para ellas esa lluvia quizás haya sido tardía. Se acerca Manolo, que anda planeando el girasol, y me comenta que esas espigas están más apretadas de lo que él creía. Todavía hay esperanza, no todo está perdido en esta parcela de casi cincuenta fanegas. En la otra, de siembra más tardía, el verde es predominante. Ya no es el verde deslumbrante de primeros de abril porque la planta está cumpliendo su ciclo vital antes de que la llegada del verano ponga fin a ese vida que comenzó a primeros de diciembre. Alzo la mirada hacía la loma sobre la que se asienta el cortijo. Lo sigo llamando así aunque nada queda de aquella vieja edificación. Ya no quedan cuadras, almiares, cocina, tinado, era… Tan solo la nave blanca custodiada por la higuera, la palmera, el almendro, el azul intenso del cielo y los recuerdos del padre que tanto faenó, que tanto vivió en estas tierras de trigo y girasol.

29 abril, 2017

Como agua de mayo…

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 9:39

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El jueves, entre idas de PAC y venidas de IRPF, en ese continuo viajar de siglas y compromisos burocráticos que conlleva la actividad agraria, me detengo para ver como los trigos aceleran su marcha hacia la nada. La culpa es de la escasez de lluvias en los meses de marzo y abril. Sí, llovió ayer y ha llovido esta noche pasada; pero, quizás tarde porque parte del daño ya está hecho. Es duro ver como las espigas, que hace unas semanas prometían buena cosecha, serán soporte de granos ensorbidos, de granos resecos y sin peso. Es duro ver como el verde intenso de los trigales se ha ido requemando en un amarillo negruzco. Ese color es el presagio de otra mala cosecha que solo el seguro agrario compensará en parte. Ojalá la lluvia caída ayer, y la que pueda caer en el siempre imprevisto mes de mayo, salven el girasol. Pero es difícil que la cosecha sea buena cuando hasta ahora, durante los meses de marzo y abril, había llovido poco más de sesenta litros.

clip_image004Y mientras escribo esto recuerdo el cartel de Cajasur anunciando la gestión de las ayudas de la PAC con el eslogan “Como agua de mayo”. Se equivocaron, pienso. Esa agua la necesitábamos a primeros de abril. Tendríamos que haber estado rellenando los documentos en esos días con las botas embarradas, imagen perfecta de la simbiosis tierra-papel que hoy significa ser agricultor. Los polígonos, parcelas y recintos, la nomenclatura y los códigos, los planos del SIGPAC, tendrían que haberse mojado tanto como el trigo que espigaba y el girasol que comenzaba a sembrarse. Pero no fue así. Podemos ordenar y poner fecha a los trámites y el papeleo, pero cuando el cielo se cierra en banda no lo abre ni las ordenanzas europeas.

Comento la situación con Manolo, que hace una pausa en el planeo de las pipas, esa tarea que intenta acabar con los cenizos y otras hierbas que hacen la competencia al desarrollo del girasol. Hablamos de las tierras vacías que el vecino ha dejado este año, de los nuevos cultivos que aparecen cada año pero que desaparecen al siguiente. La conclusión es evidente: esos nuevos cultivos no aseguran un buen rendimiento económico, no mejor de los habituales, pues esos agricultores vuelven al clásico trigo-girasol que tampoco es la panacea porque los precios de ambos productos están a la baja. Queda el olivar. Invertir en una plantación que necesita unos cuidados y un capital importante antes de comenzar a ser rentable. Pero uno está ya algo mayor, y ha llegado quizás demasiado tarde a este mundo agrario, para arriesgarse en ese tipo de aventuras. Así que nos despedimos esperando la lluvia como agua de mayo, que decía el cartel. Esa lluvia ha llegado. Poco más de treinta litros han caído. Es una ayuda para el olivar y el girasol. A ver si mayo…

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