La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

14 marzo, 2017

Sentado a la sombra del laurel

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 12:25

Esta es la segunda parte de mi crónica sabatina. Si anteayer escribía sobre el uso del verbo “tratar” aplicado al mundo agrario hoy traigo otro verbo: cohechar. Si del primero hacía un uso bastante libre, en éste me atengo a lo puramente académico: cohechar es dar a la tierra la última vuelta antes de sembrar. Lo que solemos llamar la última arancía antes de la siembra.

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Mientras el trigo de La Venta era tratado con herbicida me desplazo a Vadoseco para ver cómo lleva Manolo el cohecho de las tierras que acogerán la semilla de girasol dentro de unos días. Junto a la linde, el tractor de cadena, con el escarificador enganchado, se detiene con un estruendo de hierros y un alboroto de tierra removida. Charlamos sobre las parcelas a sembrar, la conveniencia de dejar más tierras en barbecho, la normativa que la Comunidad Europea impone en la PAC, la cantidad de piedras que “dan” estas tierras cada vez que las rejas abren los surcos:“Si fuese oro seríais millonarios”, dice Manolo. Tras la charla el tractor se aleja con el mismo estruendo sonoro con el que llegó, volteando la tierra y dejando un contraste de color y textura entre lo cohechado y lo que queda por arar; los terrones levantados, de un marrón intenso, contrastan con la tierra que fue rastrojo y con el verde de las hierbas que se resguardan en la linde ante la llegada de la reja.

clip_image004Hace calor cuando se acerca el mediodía. Pasada la hora del Ángelus (esto debe ser reminiscencia del programa que escuché en la Cope a primera hora de la mañana) hay que desprenderse de la camisa y caminar en camiseta cual si fuese el mes de mayo. Como todo va viento en popa, que diría el clásico marinero, vuelvo a La Venta para seguir el “tratamiento” del trigo. Y que mejor manera de hacerlo que sentado en una buena sombra con vista al trigal. Puedo elegir entre la sombra extensa y sin fisuras que proyecta la cochera, la del llamado laurel de flor o laurel de jardín, que no es otro que la tóxica adelfa, la de la palmera, la del almendro agrio o la del auténtico laurel. Sin dudarlo elijo éste último. Así pues, sentado a la sombra del laurel (que podría ser el título de una buena novela), leyendo unas páginas de “El cuaderno gris”, de Josep Pla, me dispongo a dar fin a la jornada sabatina de labriego en este país de sol y luz, que diría el escritor ampurdanés.

12 marzo, 2017

Mágicos líquidos diluidos en agua

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 11:35

Los sábados que me pongo la ropa de labriego, mientras me encamino a la tierra cultivada, intento aumentar la afinidad de la persona con la tarea escuchando en la radio del coche el programa Agropopular, de la Cadena COPE. Escuchar un programa sobre asuntos agrarios en la conservadora cadena de radio aumenta esa afinidad pues el mundo agrícola suele ser tradicional y conservador, excepciones aparte como las del sindicalista Diego Cañamero que lleva la revolución en sus ideas y llamativas camisetas.

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Vamos a “tratar” el trigo. El uso del verbo tratar para designar la acción por la cual el trigo es rociado con herbicida no sé si será académicamente correcta pero es la que llevo oyendo y usando desde hace muchos años y con la cual nos entendemos por estos parajes. Hay en el diccionario de la RAE algunas acepciones que podrían justificar tal uso:

11. tr. Quím. Someter una sustancia a la acción de otra. Tratar agua con azufre.

12. tr. Tecnol. Someter una sustancia o material a un proceso para purificarlo, analizarlo o darle otras pro-

piedades. Tratar los aceros.

La número once bien podría ser válida puesto que agua y productos químicos (con perdón ecológico) se usan en el proceso. Y en la número doce algo hay también puesto que sometido el trigo a las sustancias anteriores deviene un estado de “purificación” como es la desaparición de las malas hierbas.

La mañana es magnífica. De los diez grados llegaremos a los veintidós. El campo presenta un aspecto de primavera plena. Camino por las rodadas que deja el tractor para ver la fogosidad de la hierba de hoja ancha con la que hoy peleamos. Las lluvias de la semana pasada y los días soleados que han venido después han hecho que descuellen por encima del trigo, sobre todo los vistosos jaramagos de flores amarillas. Le pregunto a P. si “las hemos cogido a tiempo” pues tengo la sensación de que nos hemos descuidado unos días. Me comenta que es el momento oportuno y que el “producto” hará su efecto antes de que sigan apoderándose del valor añadido que en forma de urea le administramos al trigo hace un par de meses. Qué así sea y que dentro de unos días comiencen su afligimiento, la pérdida de su poderío vital causado por esos mágicos líquidos diluidos en el agua de los depósitos del tractor y que se desprenden como una fina lluvia de los alargados y articulados brazos mecánicos encargados de tratar el trigo con esa rociada letal para las hierbas.

13 enero, 2017

Cae la blanca urea sobre perlas de escarcha

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 10:58

 

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Sobre las delgadas hojas de las plantas que hace pocos días surgieron de la tierra cuelgan pequeñas perlas de agua, frutos de la escarcha caída la noche anterior. Se agarran esas plantas de verdes intensos a un suelo oscuro y resquebrajado. Hace varias semanas que la lluvia tomó otros caminos y tan sólo las rocías de las noches de enero humedecen las zonas umbrías. Los finos tallos se yerguen en esas zonas más húmedas y llanas mientras en cerros y blancares luchan por hacerse mayores. Visto desde lejos el contraste es evidente: hay parcelas en las que el trigo pareciese un tupido césped y otras en las que ralea con evidente debilidad, dejando ver la tierra blanquecina. Para aliviar su crecimiento invernal hemos venido esta mañana a nutrirlo de urea nitrogenada. Así, cuando la lluvia vuelva hará ese efecto vitalizante en la planta y le ayudará en su crecimiento y posterior grana.

He llegado antes que los tractores que harán la labor, antes que el remolque cargado de rebosantes bolitas blancas, de un blancor intenso, casi azucarado; y antes que el tractor con la máquina que arrojará de manera volandera toda la carga nitrogenada sobre el verde de las pequeñas plantas del trigal. Hace un frío mañanero (el termómetro del coche marca dos grados) pero el sol empieza a calentar. Desde la era observo el horizonte difuminado por una leve neblina que transforma al vecino pueblo de Espejo, siempre elevado, siempre visible, en un lugar de postal invernal al que se llegaría atravesando cerros y olivares.

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Pasan varios minutos y el sol calienta con más brío; tanto que los restos de de escarcha comienzan a evaporarse formando una película de tenue transparencia. Enfoco el objetivo de la cámara hacia la larga recta de la carretera que se adivina más allá de la palmera y la escuálida higuera en un horizonte de verdes y grises difuminados. Los paisajes son hermosos a esta hora tempranera cuando el frío se deja ir y la mañana se vive a la recacha de la casa, evitando el vientecillo fresco que casi siempre sopla en esta era elevada que bien podría ser llamada “Era de los vientos perennes”.

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La mañana transcurre entre un rápido viaje a Castro, la entretenida charla con Manolo, la visita familiar… Cuando vuelvo a estar solo la faena está casi concluida. Ahora sólo queda esperar que los cielos azules se vuelvan de color plomizo y descarguen lluvia con la suficiente abundancia y mesura para que trabajo y dinero invertido den sus frutos allá en verano.

12 diciembre, 2016

Sementera y vértebras

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 13:50

 

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Este año no he subido al remolque, no he arrastrado los cuarenta kilos de los sacos de semilla ni deshilvanado con la punta de la navaja el hilo de algodón que sella la embocadura de cada uno de ellos. Tampoco los he vaciado dentro de la caja de la máquina de sembrar, ese recipiente que alberga la simiente del trigo anaranjado que sembramos cuando está presto a llegar el invierno oficial. Desde que las vértebras L4 y L5 comenzaron hace unos meses a dar problemas ese tipo de faena que implica encorvar la espalda ha pasado a mejor vida.

Paramos la siembra, las lluvias pararon la siembra (el campesino es un hombre atado a la meteorología), en noviembre. Dice Manolo que “toda la vida de Dios la siembra se ha hecho en diciembre, y a partir de Nochebuena se cogía la aceituna”. Así lo recuerdo de niño; pero estos son tiempos de vértigo, de prisas aceleradas en las que pareciese que el mundo estuviese a punto de finiquitar su existencia. Así que este año el polígono 57 verdeguea ya mientras que el polígono 58 muestra los tonos grisáceos del último cohecho a ambos lados del camino, esperando la nascencia de la semilla Kiko Knick (nombre que no me aparece nada digno para un trigo de semilla). Es curioso también como me estoy acostumbrado a usar denominaciones oficiales (polígono tal, parcela tal…) en lugar de los clásicos “las tierras que están por encima del camino de Pedrique”, “la Cañá el Barco”, etc.

Como no puedo doblar el espinazo (recurramos a las antiguas expresiones de campo) ante Kiko Knick observo como Manolo termina de sembrar el tajón (denominación familiar de lo que hoy sería un mínimo recinto agrario), parcela tan pequeña como productiva. Se adentra después en la vaguada cercana al arroyo. En esa zona baja el agua de las últimas lluvias permanece en forma de humedad especular cuando sobre ella incide la luminosidad de este día soleado. Esa imagen es hermosa vista desde la altitud de la antigua era. Pero la belleza de lo que se ve se transforma en un incordio cuando el tractor se acerca al humedal y tiene que rodearlo para evitar quedar atascado sobre el barro. Como es poca tierra lo dejamos sin sembrar, por ahora.

Si todo va bien, el domingo terminará la sementera.

PS. Escrito el viernes 9 de diciembre de 2016

1 noviembre, 2016

El primer cohecho: sin prisa pero sin pausa

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 8:59

 

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Camino sobre tierras otoñales. La lluvia caída el mes pasado ha despertado la hierba que asoma sobre el barbecho de girasol. Luce un sol espléndido en este veroño de días aún largos y luminosos; la temperatura a las once de la mañana alcanza los veinte grados.

He viajado observando los olivares entre los que asoma la lluvia vaporizada que sulfata esos árboles que han sufrido la escasez de agua y las altas temperaturas de estos meses pasados; olivos castigados por la sequía y el calor, aceitunas que tratan de desperezarse y ganar grasa para la próxima recolección. He viajado observando como el olivar se come a la campiña; cada vez más parcelas se dedican a este monocultivo arbóreo y la campiña, la tierra calma, se empequeñece.

Camino sobre tierras que conservan la humedad de las últimas lluvias, tierras esponjosas que el calificador voltea, tierras que contrastan sus tonos pardos y muestran los últimos restos del girasol. Me cuenta Manolo que va laboreando “sin prisa pero sin pausa”, dando el primer cohecho a las tierras que acogerán la semilla del trigo en las próximas semanas. En estos tiempos en los que todo se acelera, en los que pareciese que nos faltase siempre el tiempo, en los que adelantamos las tareas como si no hubiese un mañana, es reconfortante hacer lo que hay que hacer sin el látigo de las prisas. Charlamos a pie de besana sobre lo que se comenta entre las gentes del campo, de si echar abono o no, de las lluvias que han de venir, de las alpisteras que asoman… Se marcha Manolo besana adelante mientras observo las nuevas ruedas del tractor y la gradilla que acompaña al calificador.

Subo hasta la era para coger unas ramas de laurel, entro en la cochera por la pequeña puerta de madera, una pequeña lagartija que ha perdido el rabo escapa entre las rendijas. La puerta de madera es el último eslabón que conectaba el antiguo cortijo con la cochera, es el testimonio de lo que hubo y desapareció. Fuera están el laurel y la adelfa, antes resguardados en el patio de la casa, ahora abiertos a las miradas de los que viajan por la carretera y los caminos.

(Sábado, 29 de octubre de 2016)

30 agosto, 2016

Labores de ahora, labores de siempre

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 11:42

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Hacía muchos años que el arado grande permanecía olvidado en la casilla de Vadoseco. Recuerdo oír a mi padre decir que habría que deshacerse de él porque era ya un apero inservible. La normativa agrícola impedía que profundizara, que levantara la tierra como siempre se había hecho. No se podía “levantar” ni quemar los rastrojos de trigo. Ahora ya se pueden hacer ambas tareas. Aunque para pegar fuego a un rastrojo de esta campiña, tan alejada de bosques, hay que cumplir un protocolo complejo y con tantos requisitos que dan ganas de pegar fuego a esa normativa y a ese protocolo antes que a las resecas cañas de los trigales segados y a la escasa paja que permanece en la tierra después de que se hayan hecho las alpacas. Pero este año el arado grande ha vuelto a hacer su labor; cuántas veces escuché esa expresión: “en el cortijo están levantando.” Hacía veinte años que no veía voltear la tierra y observar el color grisáceo oscuro que sale del interior, las grandes pastas que en pleno agosto parecen ofrecer una humedad que no existe, la imagen de una labor que ha vuelto porque no todo lo hecho antes tiene que ser inútil o imperfecto.

Y aunque la cosecha ha sido escasa se han tapado regajos que permanecían abiertos desde aquellos años en los que la lluvia pertinaz abrió la tierra en canal. Quedan algunos, testigos de la fuerza de la naturaleza, a los que les llegará su momento, que también serán cubiertos por el arrastre de tierras o por los escombros de aquella casilla que fue morada del arado grande. Es tiempo de arar y reparar, es tiempo de recoger y hacer desaparecer los restos improductivos. Se recogen las piedras que cada año afloran en esa parcela, como si la tierra las criase, y se recogen los troncones del girasol. Es increíble la fortaleza de esos tallos a los que se ha privado de su fruto. Permanecen enhiestos en la infinita planicie de los llanos, en las tierras calizas de los cerros, en la sequedad de la tierra. El tractor con el gradón los enfila, los ahíla y amontona. Se mezclan con la maleza reseca y entre la polvareda se apilan en montones esperando el fuego que los haga desaparecer dejando la tierra libre, esa tierra que espera ya las lluvias otoñales.

12 marzo, 2016

Sábado de trigo y mostaza

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 17:52

clip_image002La mañana primaveral vestida de verde y celeste, de trigales que tratan de desperezarse y cielos sin motas de nubes, suave vientecillo que bambolea las hojas de la adelfa y el laurel, brotes florales y primerizos del almendro amargo. La mañana de un sábado que marcea escaso de lluvias me lleva a recuerdos de años en los que el aire solano impedía la tarea, mezclas de herbicidas y aguas de un pozo que se batía contra el tiempo y su derrumbe.

He recogido a M. para ver juntos cómo ha quedado el cohecho de los barbechos que la próxima semana albergarán la siembra del girasol. Miramos el horizonte de trigos ralos y campos de amarillenta mostaza, contraste de colores que alegran la vista. Mientras esperamos que comience el “tratamiento” del trigo observo el trajín de tractores que se afanan en las tareas propias de este tiempo. Unos siembran y otros dan rulo a la tierra para que se compacte y guarde la escasa humedad.

Las aspas horizontales dejan ya caer la fina lluvia de herbicida que hará agachar la cabeza de los altivos jaramagos que sobresalen por encima del trigo, el líquido de muerte que dormirá en un sueño eterno a las avenas y alpisteras. Mientras eso ocurre se está bien en el camino bañado de sol. Transitan por él algunos vecinos que han acabado sus labores y que transportan la maquinaria a otras fincas. Paran sus vehículos cuando llegan a nuestra altura. Se improvisan breves charlas sobre aquello de lo que siempre habla la gente del campo: lo que se está haciendo y lo que falta por hacer, lo imprevisible del futuro (y no es una perogrullada cuando ellos lo explican) y los quehaceres del presente. Se habla del jugo de la tierra, de esa humedad que la convierte en barro plastilíneo, maleable cuna para la pipa del girasol que se agarrará a él convirtiéndose en la pequeña planta que esperará con paciencia las lluvias primaverales.

Hablan la gente del campo con ese lenguaje de frases cortas y sentencias precisas que pareciesen no admitir discusiones. Me adapto a ese conversar, trato de hacerlo con la mejor intención, olvidándome del lenguaje del docente que todavía soy. Olvido evaluaciones, contenidos, adaptaciones curriculares… para hablar de surcos, semillas, hierbas de flor y sementeras. Poco después, cuando M. se ha marchado, camino en soledad por el sendero de la memoria mientras aireo pensamientos, cual si fuese un labriego de otra época.

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26 noviembre, 2015

De siembra y muerte

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 18:56

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Los dos últimos fines de semana, al no tener servicio de “guardería”, he dedicado mi tiempo a actividades tan diferentes como son la siembra y el turismo.

El sábado catorce viajaba temprano hacia el campo escuchando las noticias de los atentados que pocas horas antes habían sembrado el miedo y la muerte en París. La tranquilidad de los campos otoñales bañados de sol y soledad contrastaba con las imágenes de quienes huían atolondrados por el sonido de las balas y las explosiones. Gentes que escapaban por las ventanas, policías pistolas en mano caminando desorientados por las calles, sonidos de disparos mezclados con la música en directo en una sala de conciertos que iba a convertirse en una sala mortuoria. Nada de eso tenía que ver con los regajos profundos que, como enormes cicatrices, permanecen en la tierra tras aquellos años de lluvias tempestuosas. En esos barrancos abiertos sin piedad por la fuerza de la naturaleza uno piensa que bien podrían quedar enterrados aquellos que se empeñan en llevar su demencia contra los que optan por vivir en paz. Mientras abría la navaja para deshilar la embocadura de los sacos de trigo sentía el frío de la hoja de acero, ese frío que deben sentir aquellos que sienten el tacto gélido y metálico del gatillo que accionará el mecanismo que lleva consigo la muerte. Mientras me sentaba en los sacos cerrados esperando que llegase el tractor con la máquina pensaba en los ciudadanos que, sentados en terrazas de bares y restaurantes, gozando de la vida, no tuvieron tiempo para pensar que aquellos tipos que aparecían por la esquina o bajaban de aquel coche traían consigo la sinrazón que genera violencia cuando se mezcla cualquier dios con una AK 47.

Se siembra la semilla con la esperanza de recoger la cosecha. Surquea la reja la tierra depositando en ella esa esperanza. Qué maligna semilla habrán sembrado en la mente de esos desesperados que se inmolan, quiénes son los que convencen a otros de la misma especie para que se aten un cinturón de explosivos, por qué en esta tierra de seres inteligentes germina el mal de manera tan sutil. Sigue el tractor subiendo la pequeña loma, girando una y otra vez hasta vaciar el depósito de millares de granos de trigo que recorren su camino por tubos que les conducen al surco ocre de tierra esponjosa. Qué caminos habrán recorrido los pensamientos de aquellos que disparan, qué surcos de tierra acogerán sus cuerpos y los de sus víctimas. No hay previsiones de lluvias, se siembra en seco, con el poco jugo que la tierra mantiene en sus adentros. Ojalá se secara la siembra de aquellos que alientan el horror. Ojalá llueva para que germine el cereal que ahora cae sobre estas parcelas de otoño luminoso. Ojalá se marchiten todas esas ideas que encienden el desvarío y la barbarie.

Fue un fin de semana de siembra y muerte.

21 agosto, 2015

Muchos recuerdos y pocos kilos de pipas

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 9:09

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Resecadas y ennegrecidas, aisladas entre sí, empequeñecidas, las plantas de tallos débiles y panochas cabizbajas…Ha sido un mal año para el girasol. Las escasas lluvias de primavera (un año más), el efecto de algún herbicida (dicen), los calores desaforados y prematuros, han hecho que la cosecha recogida sirva escasamente para pagar la siega. Esperemos que el seguro agrario compense el resto de los numerosos gastos realizados y la escasez de kilos de pipas recogidas.

A estas alturas del mes de agosto, los últimos años se estaba empezando la recolección; este año casi todo estaba segado para el día de la Virgen. En día y medio, sin prisas, todo terminado. Días de poco calor, de amaneceres frescos cuando me encaminaba hacia la finca, de charlas y llamadas telefónicas para concertar entrega de las pipas, visita del perito del seguro. Días también para tomar decisiones: ¿merece la pena segar tan raquíticas plantas? ¿Es mejor que la cosechadora pique los troncones o dejarlo para labores posteriores? Antes estaba él para decidir. Este año no. Este año, las decisiones, los aciertos o errores, son propios. Cuando a uno le llega ese momento siempre cuesta; aunque uno tenga un saco de trienios pisando aulas y escribiendo sobre pizarras, en esto del campo soy como un alumno que ha estado varios cursos estudiando y al que le ha llegado el momento de realizar el primer trabajo.

Se ven correr algunos conejos alertados por el peligro de las cuchillas de la cosechadora. Desde la era, elevada y venteada, los observo huir hacia mejores guaridas. El pozo nuevo, un cilindro de hormigón que emerge entre el rastrojo arado y el girasol segado, me lleva a tiempos pasados, a aquel pozo con brocal de piedra, cubeta de zinc atada con un cordel con la que se sacaba el agua. Se vaciaba ésta en el pequeño canal que la llevaba hasta la pileta contigua. Allí nos refrescábamos en aquellos veranos tórridos de trabajos interminables, sudores continuos y mosquitos insoportables que intentábamos ahuyentar colocándonos ramitas de la hierbabuena que se criaba junto al pozo en el sombrero y las orejas.

También me llevan al pasado las anécdotas que Manolo me cuenta. Las peripecias que él y mi padre pasaban en aquellos viejos tractores, los sustos que pudieron acabar en tragedia, los aciertos o errores de aquellas decisiones que también hubo que tomar. Encerrado en la moderna cabina de la enorme cosechadora, subiendo una empinada cuesta hacia la era, marcha atrás para que las ruedas no patinen en el rastrojo arado, acabada la tarea del día, me imagino esos riesgos que conlleva el trabajo realizado en situaciones imprevistas. También me cuenta Manolo otras “aventuras” propias, las de un joven de pueblo que viaja en metro en la Barcelona a finales de los años setenta, contada de una manera tan natural, como lo hace la buena gente del campo, que no podemos evitar reírnos mientras nos refugiamos tras el remolque de la polvareda que levanta la cosechadora. Comentamos las labores que habrá que hacer acabada la siega, del gradón para dejar bien el suelo de los olivos, de recoger las piedras que cada año emergen de la tierra, de la grada para darle una arancía a los escasos restos del girasol segado… El año agrícola está acabando. Se acerca septiembre y llega el tiempo de ir preparando la tierra para el próximo curso.

30 junio, 2015

Un año con Pla (o el paso del tiempo) – 27. Máquinas que devoran espigas

Filed under: Media cosecha,Un año con Pla — Nicolás Doncel Villegas @ 8:23

Cuando va acabando junio, tras varias semanas de calor veraniego, tras muchas horas bajo el sol que ha dorado la caña y la espiga, el grano salta en cuanto la mano lo toca y lo despoja de su cápsula protectora. “Esto hay que segarlo ya”, dice el que ha esperado más de seis meses mirando al cielo, temiendo que las lluvias invernales fuesen escasas o demasiado abundantes, deseando que las heladas viniesen en su tiempo y no a traspiés, rezando a santa Bárbara para que una tormenta primaveral o un vendaval no echase al suelo el verdor de los trigos que se encañan. Ha llegado el momento de la siega.

Escribe Pla de los viejos segadores que tenían como compañeras a su inseparables hoces. Yo oí hablar de ellos, nunca los vi. Cuentan que segaban de sol a sol, que comían y algunos dormían en el inacabable horizonte de los trigos de raspa, doblada la cintura, agachada la cabeza, en un constante movimiento que se abría paso en esa selva dorada. Luego, dice Pla, llegaron los segadores de guadaña. Por estas tierras no, por esta campiña cordobesa la hoz era la reina de la siega, la guadaña me suena a muerte o a prados cantábricos. Todo ese mundo desapareció, continúa Pla. Y escribe de las primeras máquinas de segar tiradas por animales. Tampoco las recuerdo pero mi padre también hablaba de ellas. Para algunas de aquellas gentes hubo de ser un avance casi milagroso, para otros fue la llegada del demonio que iba a arrebatarles sus jornales y la posibilidad de escapar del hambre. Era un cambio tan enorme que pareciese desparecer la mística de la siega, ese momento tan amado por artistas, por pintores. Todo se volvía más rápido y menos sudoroso, el mundo agrario cambiaba tanto que…” Llegará un día que no se complacerán en el campo más que los poetas. Los payeses irán sentados en los sillones de peluquería de las máquinas con una flor en el ojal, un reloj de pulsera y unas corbatas magníficas.”

clip_image001Qué gran augurio, que acierto profético. Si hoy Pla levantase la cabeza y moviese sus pies hasta el agro, si caminase por los caminos que bordean los campos del cereal en estos finales de junio se asombraría (o no, porque él ya pareció adivinarlo) al ver esos grandes mastodontes coloristas y acristalados que con su enorme bocaza devoran las espigas doradas, defecan los pajotes despojados de grano y vomitan el trigo sobre el remolque del tractor. Sí, los payeses de aquí van sentados en cómodos sillones, no con una flor en el ojal sino con un móvil en el bolsillo, una ropa sin mota del polvo de la siega, un ordenador a bordo que les marca el paso de la cosechadora y le deslinda el terreno, un aire acondicionado que le aísla del inmisericorde calor exterior que sufren los que se hallan fuera del habitáculo acristalado de la cosechadora. No siempre fue así porque uno sí que conoció las primeras máquinas cosechadoras, aquellas provistas de un toldillo que cubría el inestable asiento del conductor, sin otra protección que le impidiese inhalar constantemente el polvo que soltaba la mies segada. Aquellas máquinas tan endebles en su estructura que parecía un milagro que subiesen las empinadas cuestas y bajasen sin desarmarse las laderas sembradas de trigo o cebada. Era otra época, era otra siega.

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