La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

18 agosto, 2017

De los troncos retorcidos (y los dulces recuerdos)

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 11:27

 

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Resisten los olivos centenarios del paraje de Santa Rita las calores estivales. Un ramaje más escuálido que otros años, tras la corta intensa, emerge de los troncos retorcidos, ese verso del poeta de Orihuela al que puso voz y música Paco Ibáñez. En la altiplanicie que culmina el pequeño olivar las varetas se amontonan en medio de las calles. Este año hay muchas varetas y poca, muy poca, aceituna. Como diría mi padre: “Ni pá el aceite del año”. Se mantiene el viejo olivar como testimonio de otra época frente a los nuevos olivares de cultivo intensivo, mecanizados, de aspecto homogéneo; olivares en los que prima el rendimiento y que dejaron atrás las viejas faenas del vareo con vara, de la recogida a mano, de la limpia en la vieja criba a pie de tajo, de los sacos repletos de aceitunas que estallaban en su interior dejando la mancha oscura como testimonio del fruto que encerraban… En todo ello pienso mientras miro la hermosura de esos troncos que se agarran a la tierra reseca, esos troncos que se abren dejando oquedades de misterio donde los niños de otras épocas se escondían para jugar, esos troncos que muestran sin pudor como sus protuberancias musculosas se expanden bajo un ramaje creador de sombras incompletas.

Aún no es mediodía y el sol cae a plomo. Un conejo aparece tras el pie de un olivo y se aleja veloz hasta el arroyo. Al fondo, el pueblo de Castro muestra la blancura de sus casas mientras escucho el silencio del olivar tan solo interrumpido por el esporádico canto de la chicharra, ese canto que anuncia otra tarde de canícula. Me subo en el coche y comienzo el descenso por esta tierra que, como dice Manolo, “parece una autopista”. Conduzco entre olivos sin acercarme al filo del arroyo pues el corte por el que discurre su cauce, ahora seco, es un verdadero precipicio. Antes de salir a la carretera miro hacia la cooperativa del pan, asentada en una parcela que antes fue parte de este olivar. Recuerdo, hace muchos años ya, en mi casa de infancia y juventud, a los organizadores de la cooperativa tratando con mi padre la compra-venta de esa parcela. Recuerdo, también, como años después veníamos aquí unos días antes de Semana Santa con la masa de las magdalenas para hornearlas en los dos grandes hornos allí instalados. Abandono el olivar entre dulces recuerdos.

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11 agosto, 2017

Sentado a la sombra del almendro amargo

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 9:19

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Sentado a la sombra del almendro amargo, cuando el sol culmina sobre el inmenso azul, siento en el rostro el suave viento que cambia de orientación y temperatura; el aire caliente desaparece por momentos para dar paso a una brisa más fresca, menos agobiante, que el cuerpo y la mente agradecen a esas horas que deberían ser de placentera siesta. Estos cambios de vientos deben ser el anuncio de la bajada de temperatura que los meteorólogos anuncian.

Recostado sobre la protectora pared de la cochera, aliada del almendro en la creación de salvadora sombra, observo el camino blanco que culmina en la antigua era. Algunas hierbas fronterizas entre el camino y la tierra recién arada conservan todavía un verde tímido, un verde superviviente después de tantos días de calor y sequía. Tras esa escuálida frontera vegetal luce el blancar de terrones abruptos que desciende hasta las tierras de girasol. En ese descenso la tierra va oscureciéndose paulatinamente: el cerro blancuzco se convierte en oscura y grisácea cañada allá donde hace esquina con el camino.

Estamos segando el girasol, ése que dejó atrás tiempos coloristas, de verdes y amarillos que atraen a turistas asiáticos, y ahora luce ese tono marrón tan agrario, tan de tierra calma. Miro a la cosechadora, incansable en su siega, a punto de concluir el corral de la Cañá el Barco, marcando la diferencia entre lo segado y lo que resta por segar. La paleta de colores me parece hermosa cuando veo más allá el rastrojo aún no arado. El pajizo de lo que fue cereal se corona con el azul celeste inmaculado. Sobre ese rastrojo, al que le queda poco tiempo para desaparecer entre las rejas del arado de levante, destaca la mole de las alpacas de paja. El camión parado en el camino, receptor que espera las pipas de girasol, se empequeñece ante ese moderno y efímero almiar. Un poco más a la izquierda veo la otra caja del camión; es buena señal: la cosecha no será tan paupérrima como la del año pasado. Entre lo recolectado de trigo y lo que saldrá de girasol tendremos “media cosecha”, esa expresión que siempre me recuerda a mi padre cuando por estos días, durante tantos años, veía la recolección con esa visión medio pesimista, medio optimista, de los labradores de siempre.

Tras once horas de siega ininterrumpida La Venta es ya tierra que espera labores de preparación para un nuevo curso agrario: arancía de rastrojos, recogida de troncones de girasol… El eterno ciclo del agro.

23 junio, 2017

De trigal a rastrojo en veinte horas

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 11:21

 

clip_image002De madrugada había comenzado el verano oficial. El otro, el verano real, llevaba ya entre nosotros varios días. Así que haciendo caso al calendario y al refranero que lo sustenta llegó la hora de la siega: “En junio, la hoz en un puño”, “Sembrarás cuando podrás; pero por san Juan segarás”.

En dos días, en veinte horas, casi cien fanegas de tierra pasaron de trigal a grano dejando tras de sí los carros de paja, los días de arancía y sementera, la nacencia y el abonado, los tratamientos de herbicida y los paseos entre las espigas verdes que tomaban cuerpo. El ciclo se cerraba un año más con el transitar incansable de la máquina cosechadora, el devorador corte que nunca deja de girar y el crepitar de las espigas doradas cuando las cuchillas han cortado la fina y dorada caña que las sustenta. El grano cae a la torva como cae la fruta madura del árbol. Se acumulan los granos hasta que son expulsados violentamente de la panza de la máquina por ese brazo articulado que llena de kilos y cosecha la caja del camión. Será el último viaje de lo que comenzó siendo semilla cuando el otoño llegaba a su fin; un viaje hasta los graneros de una conocida y gallinácea fábrica de pastas. Allí tomarán la muestra para examinar las propiedades del grano; es como un examen en el que cada vez entra más materia: vitrosidad, peso específico, humedad, proteínas, índice de caída de Hagberg… Sabía que en este mundo del agro cada vez es más necesario tener conocimientos administrativos (papeleo, mucho, mucho papeleo) pero es evidente que también hay que saber de analítica de cereales, enzimas de amilasas, granos vítreos y sémolas, etc. Hay momentos que uno recuerda con nostalgia aquellos tiempos en los que lo importante era si el trigo estaba limpio, si había mucho grano partido o si tenía paulilla. Ahora todo está mucho más diversificado, más complejo. Y esa complejidad ha llenado este mundo agrícola de índices y parámetros, de artículos y decretos en los que las administraciones públicas y los grandes almacenistas siempre imponen su ley.

clip_image004Dejo ese pesar que el labriego debe sobrellevar con la mayor entereza posible para dejar constancia de esta siega que ya no te obliga al esfuerzo físico inhumano de la hoz y la trilla, del aventar parvas hasta la extenuación cuando el viento soplaba a favor, de la criba y la limpia con aquella máquina diabólica que llamábamos “caballito”, de la carga de sacos o el apaleo del trigo para que el incansable “tornillo” llenase las cajas de los camiones… Todo eso, afortunadamente, pasó a la historia. Y ahora uno se dedica a mirar y controlar mientras la máquina hace todos esos trabajos. Uno se refugia en la sombra de la cochera o en los aires acondicionados del coche, el camión o la cosechadora. Se ve la siega desde el asiento mientras se charla con los camioneros (los Antonios), los maquinistas (los Pepes, father and son), el hermano o el siempre coloquial Manolo. Pasan así las horas viendo transmutarse el trigal en campos segados que, tras convertir la paja en alpacas, será el rastrojo sobre el que el arado de levante actuará para iniciar un nuevo ciclo.

 

28 mayo, 2017

Desgranando el trigo y la memoria

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 9:24

 

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Camino entre las espigas raspinegras de un trigo ya dorado. Hace calor en estos días finales de mayo que han traído un veranillo adelantado; ése que coge a los cuerpos desprovistos de defensas, desacostumbrados a esta canícula prematura. De cuando en cuando me detengo, corto una espiga de la caña que ya ha perdido la flexibilidad verdosa de la primavera, agrupo las raspas con una mano mientras las corto con la otra, deposito la espiga en el hueco de la mano izquierda y la desmenuzo utilizando la yema del dedo pulgar de la mano derecha como si fuese un molino, soplo con cuidado un par de veces para que vuele la cascarilla que envolvía al grano. Es un proceso que vi hacer muchas veces a mi padre. Lo recuerdo mientras miro los granos de trigo que quedan en la oquedad de la mano. Cuento los granos y observo su color y grosor. Me echo algunos a la boca y los mastico. Se forma una masa harinosa cuyo sabor me lleva años atrás. Desando los pasos, cruzo el Camino Pedrique y repito ese ritual en la otra parcela, en ésa que se sembró más tarde y acogió a tiempo las últimas lluvias primaverales. Me alegra ver que aquí el número de granos, en espigas similares, es mayor; el trigo presenta mejor consistencia y color. Vuelvo a recordar aquello que decía mi padre: “Entre uno y otro, media cosecha”. Ese es el título que di a esta capilla en la que escribo del campo, del agro. Casi siempre era media cosecha; a no ser que el año (la cosecha) se previera como un desastre total o claramente favorable.

Abandono el trigal asediado por una horda de minúsculos mosquitos que atacan sobre todo las orejas. Son un incordio añadido al calor que ya se siente cuando aún no es la hora del ángelus. Miro el verde intenso de la parcela de girasol. Las plantas se han hecho fuertes en estos últimos días. Todo es verde en ellas: tronco, hojas, la flor agazapada que aún no destella en amarillo… A pesar del buen aspecto que ofrecen, a pesar de esa lozana juventud, qué bien les vendrían unas decenas de litros de agua para soportar el tórrido junio y los calores julianos que se avecinan. Quizás entonces pasaríamos de esa media cosecha a “un año no malejo”, esa expresión que indicaba la satisfacción de haber cumplido con algo más que los objetivos, como diría hoy un técnico académico, o cursi, dedicado a cualquier actividad económica, incluida la agricultura.

5 mayo, 2017

Entre espigas apretadas

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 12:21

 

clip_image002El miércoles por la mañana, pleno de luz solar, viajo a ver cómo la tierra ha hecho suya la lluvia caída el fin de semana anterior. Fueron casi cuarenta los litros que empaparon la sed del trigo que corría peligro de morir agostado, del girasol recién nacido que necesitaba beber con premura, del olivar en plena trama de flor.

Camino sobre un suelo esponjoso, agradecido, entre espigas raspinegras que aún pueden salvar los granos lechosos. El trigal, limpio de malas hierbas, se mece suave con la ligera brisa de la mañana. Tan sólo algunas avenas descuellan cerca del arroyo. En los padrones, junto a las siempre llamativas amapolas, permanecen algunas escoboneras, siempre difíciles de doblegar. En el cerro de los blancares el contraste entre las espigas raspinegras y las que han acelerado el paso es evidente. Éstas últimas son las que andan en el límite, para ellas esa lluvia quizás haya sido tardía. Se acerca Manolo, que anda planeando el girasol, y me comenta que esas espigas están más apretadas de lo que él creía. Todavía hay esperanza, no todo está perdido en esta parcela de casi cincuenta fanegas. En la otra, de siembra más tardía, el verde es predominante. Ya no es el verde deslumbrante de primeros de abril porque la planta está cumpliendo su ciclo vital antes de que la llegada del verano ponga fin a ese vida que comenzó a primeros de diciembre. Alzo la mirada hacía la loma sobre la que se asienta el cortijo. Lo sigo llamando así aunque nada queda de aquella vieja edificación. Ya no quedan cuadras, almiares, cocina, tinado, era… Tan solo la nave blanca custodiada por la higuera, la palmera, el almendro, el azul intenso del cielo y los recuerdos del padre que tanto faenó, que tanto vivió en estas tierras de trigo y girasol.

29 abril, 2017

Como agua de mayo…

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 9:39

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El jueves, entre idas de PAC y venidas de IRPF, en ese continuo viajar de siglas y compromisos burocráticos que conlleva la actividad agraria, me detengo para ver como los trigos aceleran su marcha hacia la nada. La culpa es de la escasez de lluvias en los meses de marzo y abril. Sí, llovió ayer y ha llovido esta noche pasada; pero, quizás tarde porque parte del daño ya está hecho. Es duro ver como las espigas, que hace unas semanas prometían buena cosecha, serán soporte de granos ensorbidos, de granos resecos y sin peso. Es duro ver como el verde intenso de los trigales se ha ido requemando en un amarillo negruzco. Ese color es el presagio de otra mala cosecha que solo el seguro agrario compensará en parte. Ojalá la lluvia caída ayer, y la que pueda caer en el siempre imprevisto mes de mayo, salven el girasol. Pero es difícil que la cosecha sea buena cuando hasta ahora, durante los meses de marzo y abril, había llovido poco más de sesenta litros.

clip_image004Y mientras escribo esto recuerdo el cartel de Cajasur anunciando la gestión de las ayudas de la PAC con el eslogan “Como agua de mayo”. Se equivocaron, pienso. Esa agua la necesitábamos a primeros de abril. Tendríamos que haber estado rellenando los documentos en esos días con las botas embarradas, imagen perfecta de la simbiosis tierra-papel que hoy significa ser agricultor. Los polígonos, parcelas y recintos, la nomenclatura y los códigos, los planos del SIGPAC, tendrían que haberse mojado tanto como el trigo que espigaba y el girasol que comenzaba a sembrarse. Pero no fue así. Podemos ordenar y poner fecha a los trámites y el papeleo, pero cuando el cielo se cierra en banda no lo abre ni las ordenanzas europeas.

Comento la situación con Manolo, que hace una pausa en el planeo de las pipas, esa tarea que intenta acabar con los cenizos y otras hierbas que hacen la competencia al desarrollo del girasol. Hablamos de las tierras vacías que el vecino ha dejado este año, de los nuevos cultivos que aparecen cada año pero que desaparecen al siguiente. La conclusión es evidente: esos nuevos cultivos no aseguran un buen rendimiento económico, no mejor de los habituales, pues esos agricultores vuelven al clásico trigo-girasol que tampoco es la panacea porque los precios de ambos productos están a la baja. Queda el olivar. Invertir en una plantación que necesita unos cuidados y un capital importante antes de comenzar a ser rentable. Pero uno está ya algo mayor, y ha llegado quizás demasiado tarde a este mundo agrario, para arriesgarse en ese tipo de aventuras. Así que nos despedimos esperando la lluvia como agua de mayo, que decía el cartel. Esa lluvia ha llegado. Poco más de treinta litros han caído. Es una ayuda para el olivar y el girasol. A ver si mayo…

14 marzo, 2017

Sentado a la sombra del laurel

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 12:25

Esta es la segunda parte de mi crónica sabatina. Si anteayer escribía sobre el uso del verbo “tratar” aplicado al mundo agrario hoy traigo otro verbo: cohechar. Si del primero hacía un uso bastante libre, en éste me atengo a lo puramente académico: cohechar es dar a la tierra la última vuelta antes de sembrar. Lo que solemos llamar la última arancía antes de la siembra.

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Mientras el trigo de La Venta era tratado con herbicida me desplazo a Vadoseco para ver cómo lleva Manolo el cohecho de las tierras que acogerán la semilla de girasol dentro de unos días. Junto a la linde, el tractor de cadena, con el escarificador enganchado, se detiene con un estruendo de hierros y un alboroto de tierra removida. Charlamos sobre las parcelas a sembrar, la conveniencia de dejar más tierras en barbecho, la normativa que la Comunidad Europea impone en la PAC, la cantidad de piedras que “dan” estas tierras cada vez que las rejas abren los surcos:“Si fuese oro seríais millonarios”, dice Manolo. Tras la charla el tractor se aleja con el mismo estruendo sonoro con el que llegó, volteando la tierra y dejando un contraste de color y textura entre lo cohechado y lo que queda por arar; los terrones levantados, de un marrón intenso, contrastan con la tierra que fue rastrojo y con el verde de las hierbas que se resguardan en la linde ante la llegada de la reja.

clip_image004Hace calor cuando se acerca el mediodía. Pasada la hora del Ángelus (esto debe ser reminiscencia del programa que escuché en la Cope a primera hora de la mañana) hay que desprenderse de la camisa y caminar en camiseta cual si fuese el mes de mayo. Como todo va viento en popa, que diría el clásico marinero, vuelvo a La Venta para seguir el “tratamiento” del trigo. Y que mejor manera de hacerlo que sentado en una buena sombra con vista al trigal. Puedo elegir entre la sombra extensa y sin fisuras que proyecta la cochera, la del llamado laurel de flor o laurel de jardín, que no es otro que la tóxica adelfa, la de la palmera, la del almendro agrio o la del auténtico laurel. Sin dudarlo elijo éste último. Así pues, sentado a la sombra del laurel (que podría ser el título de una buena novela), leyendo unas páginas de “El cuaderno gris”, de Josep Pla, me dispongo a dar fin a la jornada sabatina de labriego en este país de sol y luz, que diría el escritor ampurdanés.

12 marzo, 2017

Mágicos líquidos diluidos en agua

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 11:35

Los sábados que me pongo la ropa de labriego, mientras me encamino a la tierra cultivada, intento aumentar la afinidad de la persona con la tarea escuchando en la radio del coche el programa Agropopular, de la Cadena COPE. Escuchar un programa sobre asuntos agrarios en la conservadora cadena de radio aumenta esa afinidad pues el mundo agrícola suele ser tradicional y conservador, excepciones aparte como las del sindicalista Diego Cañamero que lleva la revolución en sus ideas y llamativas camisetas.

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Vamos a “tratar” el trigo. El uso del verbo tratar para designar la acción por la cual el trigo es rociado con herbicida no sé si será académicamente correcta pero es la que llevo oyendo y usando desde hace muchos años y con la cual nos entendemos por estos parajes. Hay en el diccionario de la RAE algunas acepciones que podrían justificar tal uso:

11. tr. Quím. Someter una sustancia a la acción de otra. Tratar agua con azufre.

12. tr. Tecnol. Someter una sustancia o material a un proceso para purificarlo, analizarlo o darle otras pro-

piedades. Tratar los aceros.

La número once bien podría ser válida puesto que agua y productos químicos (con perdón ecológico) se usan en el proceso. Y en la número doce algo hay también puesto que sometido el trigo a las sustancias anteriores deviene un estado de “purificación” como es la desaparición de las malas hierbas.

La mañana es magnífica. De los diez grados llegaremos a los veintidós. El campo presenta un aspecto de primavera plena. Camino por las rodadas que deja el tractor para ver la fogosidad de la hierba de hoja ancha con la que hoy peleamos. Las lluvias de la semana pasada y los días soleados que han venido después han hecho que descuellen por encima del trigo, sobre todo los vistosos jaramagos de flores amarillas. Le pregunto a P. si “las hemos cogido a tiempo” pues tengo la sensación de que nos hemos descuidado unos días. Me comenta que es el momento oportuno y que el “producto” hará su efecto antes de que sigan apoderándose del valor añadido que en forma de urea le administramos al trigo hace un par de meses. Qué así sea y que dentro de unos días comiencen su afligimiento, la pérdida de su poderío vital causado por esos mágicos líquidos diluidos en el agua de los depósitos del tractor y que se desprenden como una fina lluvia de los alargados y articulados brazos mecánicos encargados de tratar el trigo con esa rociada letal para las hierbas.

13 enero, 2017

Cae la blanca urea sobre perlas de escarcha

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 10:58

 

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Sobre las delgadas hojas de las plantas que hace pocos días surgieron de la tierra cuelgan pequeñas perlas de agua, frutos de la escarcha caída la noche anterior. Se agarran esas plantas de verdes intensos a un suelo oscuro y resquebrajado. Hace varias semanas que la lluvia tomó otros caminos y tan sólo las rocías de las noches de enero humedecen las zonas umbrías. Los finos tallos se yerguen en esas zonas más húmedas y llanas mientras en cerros y blancares luchan por hacerse mayores. Visto desde lejos el contraste es evidente: hay parcelas en las que el trigo pareciese un tupido césped y otras en las que ralea con evidente debilidad, dejando ver la tierra blanquecina. Para aliviar su crecimiento invernal hemos venido esta mañana a nutrirlo de urea nitrogenada. Así, cuando la lluvia vuelva hará ese efecto vitalizante en la planta y le ayudará en su crecimiento y posterior grana.

He llegado antes que los tractores que harán la labor, antes que el remolque cargado de rebosantes bolitas blancas, de un blancor intenso, casi azucarado; y antes que el tractor con la máquina que arrojará de manera volandera toda la carga nitrogenada sobre el verde de las pequeñas plantas del trigal. Hace un frío mañanero (el termómetro del coche marca dos grados) pero el sol empieza a calentar. Desde la era observo el horizonte difuminado por una leve neblina que transforma al vecino pueblo de Espejo, siempre elevado, siempre visible, en un lugar de postal invernal al que se llegaría atravesando cerros y olivares.

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Pasan varios minutos y el sol calienta con más brío; tanto que los restos de de escarcha comienzan a evaporarse formando una película de tenue transparencia. Enfoco el objetivo de la cámara hacia la larga recta de la carretera que se adivina más allá de la palmera y la escuálida higuera en un horizonte de verdes y grises difuminados. Los paisajes son hermosos a esta hora tempranera cuando el frío se deja ir y la mañana se vive a la recacha de la casa, evitando el vientecillo fresco que casi siempre sopla en esta era elevada que bien podría ser llamada “Era de los vientos perennes”.

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La mañana transcurre entre un rápido viaje a Castro, la entretenida charla con Manolo, la visita familiar… Cuando vuelvo a estar solo la faena está casi concluida. Ahora sólo queda esperar que los cielos azules se vuelvan de color plomizo y descarguen lluvia con la suficiente abundancia y mesura para que trabajo y dinero invertido den sus frutos allá en verano.

12 diciembre, 2016

Sementera y vértebras

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 13:50

 

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Este año no he subido al remolque, no he arrastrado los cuarenta kilos de los sacos de semilla ni deshilvanado con la punta de la navaja el hilo de algodón que sella la embocadura de cada uno de ellos. Tampoco los he vaciado dentro de la caja de la máquina de sembrar, ese recipiente que alberga la simiente del trigo anaranjado que sembramos cuando está presto a llegar el invierno oficial. Desde que las vértebras L4 y L5 comenzaron hace unos meses a dar problemas ese tipo de faena que implica encorvar la espalda ha pasado a mejor vida.

Paramos la siembra, las lluvias pararon la siembra (el campesino es un hombre atado a la meteorología), en noviembre. Dice Manolo que “toda la vida de Dios la siembra se ha hecho en diciembre, y a partir de Nochebuena se cogía la aceituna”. Así lo recuerdo de niño; pero estos son tiempos de vértigo, de prisas aceleradas en las que pareciese que el mundo estuviese a punto de finiquitar su existencia. Así que este año el polígono 57 verdeguea ya mientras que el polígono 58 muestra los tonos grisáceos del último cohecho a ambos lados del camino, esperando la nascencia de la semilla Kiko Knick (nombre que no me aparece nada digno para un trigo de semilla). Es curioso también como me estoy acostumbrado a usar denominaciones oficiales (polígono tal, parcela tal…) en lugar de los clásicos “las tierras que están por encima del camino de Pedrique”, “la Cañá el Barco”, etc.

Como no puedo doblar el espinazo (recurramos a las antiguas expresiones de campo) ante Kiko Knick observo como Manolo termina de sembrar el tajón (denominación familiar de lo que hoy sería un mínimo recinto agrario), parcela tan pequeña como productiva. Se adentra después en la vaguada cercana al arroyo. En esa zona baja el agua de las últimas lluvias permanece en forma de humedad especular cuando sobre ella incide la luminosidad de este día soleado. Esa imagen es hermosa vista desde la altitud de la antigua era. Pero la belleza de lo que se ve se transforma en un incordio cuando el tractor se acerca al humedal y tiene que rodearlo para evitar quedar atascado sobre el barro. Como es poca tierra lo dejamos sin sembrar, por ahora.

Si todo va bien, el domingo terminará la sementera.

PS. Escrito el viernes 9 de diciembre de 2016

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