La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

12 mayo, 2018

La puerta está abierta

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 11:10

puertaTiene toda la pinta de ser un islamista radical, pienso. Y no soy de los que califican, ni clasifican, a las personas por su aspecto. Pero… vestido de oscuro, luenga barba, turbante negro y pantalones remetidos en botas militares. Hablo con él de varios asuntos que la memoria no retiene pero sí recuerdo que su conversación es fluida, con un tono de voz agradable y modulado, se expresa correctamente y admite la discrepancia. Todo lo que su aspecto físico expone lo desmiente su conversación. La escena transcurre en el salón de casa hasta que él desaparece y yo me dedico a la rutina diaria: leo un rato, enciendo el ordenador, abro el buzón y voy al aseo. Mientras me afeito escucho las noticias en una de esas radios antiguas que hoy sirven como objetos decorativos. El locutor de voz engolada habla de un peligroso criminal al que se le busca por el pueblo. Por un momento pienso si habré cerrado bien la puerta, no la de la calle, sino la del zaguán. Pero en mi pensamiento no aparece la puerta del zaguán de mi casa sino la de la casa de mis padres, esa que tiene un portillo enrejado que permite, no obstante, abrir desde fuera, si se tiene una cierta maña, el cerrojillo de la puerta que da acceso a la vivienda. Mientras, el locutor sigue hablando y comenta que el criminal huido es un peligroso islamista radical; hace una descripción del personaje que coincide con la imagen de aquél con el que estuve hablando no hace mucho. Dejo de afeitarme y asomo tímidamente la cabeza, temiendo lo peor, para mirar la puerta del zaguán: el portillo y la puerta están abiertos.

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18 febrero, 2018

En el centro del túnel

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 10:49

matrixPor fuera el edificio parece un museo Guggenheim cualquiera. En el interior espacios abiertos y acristalados, despachos  transparentes, como si fuesen las oficinas de Bobby Axelrod en la serie televisiva Billions. Un gran ventanal ilumina el ambiente pero las luces del interior, empotradas en techos y paredes, permanecen encendidas. No hay nadie en el interior, veo pasillos amplios y vacíos de toda decoración. Sobre las mesas monitores y teléfonos de última generación, todo es inalámbrico, no se ven cables ni tomas de corriente en las paredes. Me acerco a una mesa en la que hay un portafotos junto al monitor, lo giro, está vacío. El silencio es absoluto; el ruido de la calle se adivina pero no se oye y en el interior ni el más leve murmullo. De pronto, el profundo silencio se rompe con un ruido seco al que le siguen otros similares, con intervalos de diez o quince segundos. Me sorprendo por lo que parecen detonaciones. Miro a mi alrededor y observo como una puerta opaca, la única que he visto en todo el edificio, se abre automáticamente, invitándome a pasar al otro lado. Así lo hago. Entro en un espacio sin ninguna ventana, tan amplio como una cancha de baloncesto, atravesado por un túnel transparente, elevado un metro por encima del suelo. En los extremos de ese túnel dos figuras humanas vestidas con monos blancos se disparan una a la otra. Lo hacen con una especie de fusiles tan modernos como simples. Reconozco el ruido de las detonaciones anteriores en cada disparo. En un determinado momento las dos figuras dejan de disparar, todas las luces se apagan y una oscuridad total se adueña del espacio. Acto seguido la luz se hace y yo me encuentro en el centro del túnel. Las dos figuras humanas colocan las armas sobre sus hombros, disparan y yo veo acercarse las balas como sucede en Matrix.

 

1 diciembre, 2017

La procesión del viento

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 12:45

vientoCamino junto a la fachada lateral de la iglesia de mi pueblo, un espacio que desde pequeño me impresionaba por sentir el peso de su altura al estrecharse la calle que daba paso a la plaza de la fachada principal. Vuelvo a tener esa sensación, como si los edificios fuesen capaces de cerrar la bóveda celeste. Cuando llego al espacio abierto el decorado cambia. Pareciese que una gran tramoya haya escondido ese suelo empedrado y la contigua plaza para poner en escena el atrio de la iglesia de este mi otro pueblo. Entreveo un cortejo religioso, con niños que se adentran en el templo conducidos por quienes parecen ser sus guías espirituales. A la sombra de unos árboles, que no identifico, permanezco en silencio viendo pasar el cortejo mientras se levanta un fuerte viento. Para protegerme de él abro un paraguas que rápidamente es víctima del temporal. Mi esposa, que ha abandonado la procesión, me ofrece otro al mismo tiempo que me encarga el cuidado de una niña que no puede o no quiere entrar en la iglesia. La niña se entretiene con el paraguas estropeado intentando colocar bien las deformes varillas metálicas. Yo la observo ensimismado cuando oigo que alguien detrás de mí me dice que ya puedo entrar en la iglesia, que ya quedan sitios vacíos. Me giro porque la voz me es conocida y me encuentro con el rostro de alguien que fue mi superiora laboral.

25 octubre, 2017

Al otro lado de la luz

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 10:16

 

clip_image002La hoja del almanaque colgado en el comedor me dice que es domingo. Pero no distingo el año, a pesar de que sus números son mucho más grandes que los del mes. Es la última hoja, muestra una estampa de la Adoración de los Pastores, de Rubens; lo he reconocido por la luminosidad que desprende el Niño sobre su lecho de paja. Esa luz cegadora me deslumbra. Cuando abro los ojos poco a poco, restregándomelos con el dorso de la mano, me percato que estoy en un local de luces tenues en las que suenan los acordes de una guitarra. Miro a mi alrededor y una espesa humareda se ha adueñado del local. Calculo que unas ochenta personas, casi todos jóvenes, casi todos varones, casi todos fumando, miran hacia el fondo. Allí, sobre un pequeño entarimado veo a otro joven que toca la guitarra. Un foco de luz tan blanca como la del cuadro de Rubens ilumina su figura delgada, barbilampiña, su melena rizada y negra. Canta una canción de mi juventud, Te recuerdo Amanda, de Víctor Jara. Me abro paso entre la gente allí congregada; cuando mi hombro o mi codo contacta con alguno de ellos veo rostros de antiguos compañeros de instituto, amigos de juventud. Hay quien me sonríe, como si reconociera mis facciones cuarenta o cincuenta años después; hay quien me mira con indiferencia o extrañeza, como preguntándose qué hace un tipo como yo en ese lugar. Ante esas mirada soy yo el que se pregunta por qué no me habrá reconocido si fuimos compañero de pupitre y salíamos juntos los domingos por la tarde en aquella pandilla que poco a poco se fe deshaciendo con los años. Casi he llegado por un lateral al minúsculo escenario. El cantante y los congregados a su alrededor me impiden ver a los que están al otro lado de la luz. Me ha parecido que en ese lateral hay alguien que conozco bien. Muevo la cabeza entre los huecos que dejan los otros, me muevo despacio lateralmente. Por fin tengo contacto visual con el chaval que quería ver: pantalones vaqueros, camisa a cuadros, pelo largo…Nuestras miradas se cruzan: soy yo con dieciocho años. El foco que iluminaba al cantante gira y me deslumbra.

1 octubre, 2017

Gentes de tocino y telarañas

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 11:16

 

clip_image001Me sorprendo cuando al doblar la curva que te deja frente a la era me encuentro con unas construcciones que ahora no sabría describir. Trabajadores de rostros difuminados se afanan en su tarea: enlucir de un gris húmedo las fachadas de los edificios. Mientras eso ocurre unos coches suben por el camino del pozo y en la zona baja que llamamos Cañá del Barco se mueven otras gentes que entran y salen de una especie de grandes jaimas. Las enormes tiendas de campaña se asientan sobre un suelo casi desértico y junto a ellas pastan animales desconocidos para mí, seres que pareciesen salidos de un cuadro de El Bosco. Desde el filo de la era miro a unos y a otros, desconcertado por la presencia de ambos grupos, mientras recuerdo el viejo cortijo y las faenas que durante el verano eran propias de ese escenario. Abandono el lugar con la intranquilidad que produce la incongruencia. Subo en mi coche y comienzo a descender por el camino mientras miró por el espejo retrovisor. De pronto oigo voces que me llaman. De lo que era la antigua cochera del cortijo asoma el hombre de confianza. Me hace señas para que me detenga. Así lo hago. Entro en la cochera de suelo terrizo y me pregunta si he visto lo que “están haciendo”. Le contesto afirmativamente y farfullo frases inconexas que tratan de explicar las sensaciones que me provocan lo visto. Frases de la misma condición salen de la boca del hombre de confianza mientras trata de cortar un trozo de tocino blanco, casi níveo, que, amarrado a una tomiza, se balancea colgado de una de las viejas vigas de madera del techo. Levanto la vista para ver otros trozos de tocino que también cuelgan del techo y se mezclan con las telarañas que bajan de las vigas hasta las tirantas de hierro en las que hay algunas sogas y numerosos iscales. Por un momento tengo la sensación de que uno de los trozos de tocino, del que cuelgan restos de telaraña, se acerca a mi cara.

15 agosto, 2017

En_sueños

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 11:14

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Los sueños son las novelas breves de la literatura onírica, los relatos que comienzan a escribirse con la somnolencia y acaban con el despertar abrupto de lo imprevisto. Los sueños son el material que modelan los psicoterapeutas, los rompecabezas que tratan de explicar los psiquiatras y el imaginario personal que se desgaja en la nocturnidad. Hay tanto escrito sobre los sueños, tanta literatura, tanto tratado médico; hay interpretaciones para cada sueño, hay sueños que no son interpretables, los hay que vienen a actualizar el pasado y algunos otros, dicen, vienen a anunciar el futuro; hay sueños fugaces, de terror y amor, sueños de colores y en claroscuro, eróticos y patéticos…

De un tiempo a esta parte mis sueños parecen seguir el camino de los modernos televisores; cada vez parecen más grandes (más extensos) y ganan en calidad de imagen. Son tan vivos que a veces pareciesen escapar del reino de lo onírico; son tan intensos que parecen compensar el sosiego que trato de dar a mi vida de persona insomne. Hay días que me despierto e intento continuar imaginando la realidad que se engarzaría con los soñado, me pongo a diluir las fronteras entre lo irreal y lo que va a suceder una vez que los ojos están tan abiertos que ya no hay marcha atrás para que el sueño me organice la vida.

Por todo esto me he puesto manos a la obra para abrir nueva capilla en esta Girola, una capilla que acoja ese derroche incontrolado de la imaginación durmiente. La llamaré “En_sueños”, y en ella guardaré el relato sustancial de lo soñado, la sustancia de lo imaginado, escrito con una dosis de literatura, un barniz de cuento y unas gotas de invención, hermanas gemelas de todo lo que es sueño.

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