La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

14 octubre, 2018

Disparos en Downton Abbey

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 9:41

downtonHe llegado por una camino de grava mirando la arboleda a través de la ventanilla del viejo auto conducido por un chófer con gorra de plato. Ya en la casa observo los grandes cuadros colgados en las paredes y en la escalera que sube al primer piso de la mansión. Un señor con cara, traje y prestancia de mayordomo inglés de principios del siglo XX me invita a salir a los jardines y me acompaña hasta donde se encuentra el señor de la casa. Mientras camino hacia él me giro y observo la grandiosidad de la construcción, una fachada que me recuerda a la de Downton Abbey. Ahora sé de dónde provenían esos estampidos que escuché mientras el coche me traía hasta aquí. Un grupo de señores disparan con escopetas que son cargadas por sirvientes tras cada descarga. El señor de la casa me comenta algo cuando llego a su lado. No entiendo con claridad lo que me dice porque en ese momento hay un gran estruendo de tiros pero intuyo que me está invitando a disparar con la escopeta que me ofrece el circunspecto mayordomo. Le digo que no soy aficionado a las armas y que solo he disparado cuando lo hice obligatoriamente siendo soldado. Me doy cuenta de que un caballero vestido con uniforme militar me mira de soslayo y con un gesto tan grave que no tengo más remedio que agarrar torpemente la escopeta. Miro a los demás escopeteros disparar a una especie de platos que son lanzados por un artilugio mecánico y que al llegar a cierta altura despliegan unos pequeños paracaídas de los que cuelgan una especie de estandartes que llevan impresos rostros de personas que desconozco. Llegado un momento los escopeteros dejan de tirar, entregan sus armas a los lacayos que les asisten y me miran. El señor de la casa hace un gesto con la mano invitándome a que me prepare para disparar. Coloco la culata sobre mi hombro y el dedo índice en el gatillo, separo ligeramente las piernas, escucho el sonido mecánico de la máquina lanzadora y al instante veo como el plato alcanza altura, despliega el paracaídas, y en el estandarte que cuelga de él veo impresa mi propia imagen.

4 septiembre, 2018

Con la bolsa al cuello

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 10:30

bolsaEn un gran salón, que bien podría ser de un castillo o palacio renacentista, se exponen sobre grandes mesas viejos manuscritos y antiguos códices protegidos por transparentes cristaleras. Paseo observando lo allí expuesto hasta salir a una especie de claustro monacal en el que me encuentro con dos primos hermanos a los que intento llamar la atención de mi presencia sin que ellos se percaten. Más bien me parece que sí lo han hecho pero han decidió obviar mi estancia en ese patio cuadrangular de galerías con arcadas que me recuerda al de la Colegiata de Santillana del Mar. Sorprendido por esa especie de ninguneo recibido sigo observándolos hasta darme cuenta de que ambos miran hacia atrás, hacia uno de los lados del lugar en el que me hallo. En sus rostros denoto preocupación y mientras ambos aceleran el paso y salen por una vieja puerta de madera veo que un hombre encapuchado, con vestimenta frailuna, se acerca hacia mí, se detiene y agarra algo que llevo colgado de mi cuello. Hasta ahora no me había percatado de que, aun yendo vestido de manera actual, llevaba colgada una pequeña bolsa de piel del tamaño de un puño. Es esa bolsa la que el extraño ha agarrado y de la que tira con fuerza intentando arrancarla. Tras cada tirón mi cabeza se inclina hasta casi tocar su pecho sin que el intruso consiga su objetivo porque el cordel que cierra la bolsa y rodea mi cuello está hecho de un cuero resistente. Tras varios intentos el sujeto saca un cuchillo de no sé dónde y de un certero tajo corta el cordel, se hace con la bolsa y corre hacia la misma puerta por la que habían salido mis primos hermanos. Intento gritar: ¡al ladrón! Pero la angustia ahoga las palabras mientras siento correr por mi cuello un hilillo de sangre.

7 agosto, 2018

I’m running down the road (Estoy corriendo por la carretera)

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 11:30

corriendoVoy conduciendo uno de esos lujosos coches negros que ahora son tan conocidos; los taxistas con los que me cruzo me miran con caras enemigas. Al día siguiente conduzco una de esas furgonetas de reparto a domicilio, con llamativo logo y numerosas abolladuras y arañazos. Al tercer día maniobro un tractor con remolque cargado de trigo que intento meter, torpemente y con gran dificultad, marcha atrás, en un gran almacén… Es otro día, conduzco de noche mi coche por una autovía con escaso tráfico. Llevo puesta música; suena Take It Easy de Eagles. No voy solo, pero no identifico quienes son mis acompañantes. El viaje transcurre plácido hasta que un vehículo policial me adelanta a gran velocidad haciendo sonar la sirena. Lo veo alejarse mientras se va difuminando en la lejanía el parpadeo de sus luces azules de aviso. A partir de ahí todo cambia. En los laterales de la autovía comienzan a aparecer señales reflectantes de fondo amarillo con una simbología que no identifico. Mientras pienso que tengo que actualizar mis conocimientos del código de circulación observo que en el carril derecho por el que circulo aparecen unos conos y pequeñas vallas destellantes que me obligan a cambiar al carril izquierdo. En ese momento el motor del coche se acelera, la velocidad aumenta sin que pueda hacer nada para reducirla, el carril sigue estrechándose hasta dejar el espacio justo para que el coche siga avanzando a gran velocidad… Piso con todas mis fuerzas, una vez más, el pedal del freno y las ruedas chirrían en el silencio de la noche, sostengo el volante con la mano izquierda mientras extiendo horizontalmente mi brazo derecho como si fuese un escudo de seguridad que pudiese evitar que mis acompañantes salgan despedidos por la fuerza de la inercia, siento que el coche comienza a perder velocidad hasta que se detiene a escasos centímetros de uno de esos topes de hierro y hormigón que hay al final de las vías de tren.

12 julio, 2018

Cuadernos al peso

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 9:39

cuadernosHe entrado en una librería-papelería. Es un comercio antiguo, con estanterías de madera vieja, algunas de las cuales, vacías y brillantes, huelen a barniz. En otras  se apilan paquetes de folios amarillentos y esos libros de anotaciones con pasta dura en los que se llevaba la contabilidad de las empresas familiares a mediados del siglo pasado. El encargado del negocio viste con una bata azul y su fisonomía me recuerda a un viejo amigo de la juventud que no ejerció los estudios realizados para dedicarse al negocio de su padre, una ferretería de mostrador amplio en la que podías encontrar casi de todo. Deambulo por el local mirando los lomos de algunos libros viejos, soplo el polvo que se acumula en la portada de uno ellos y leo un título en el que aparece la palabra gris. El hombre de la bata azul llama mi atención para atenderme. Ya no es el mismo que vi al entrar. Tan solo conserva la indumentaria del otro. Me pregunta sobre lo que estoy buscando y le respondo que curioseaba, pero que venía a comprar un cuaderno. Al instante coloca sobre el plato de una antigua balanza un montón de cuadernos, calculo que unos veinte. El plato de la balanza se vence con el peso. Cuando voy a indicarle que tan solo quiero uno el encargado coloca en el otro plato un cuaderno abierto que equilibra la balanza. Ante mi sorpresa miro con atención el solitario cuaderno abierto en el que alguien ha escrito algo más de media página. Reconozco mi letra.

9 junio, 2018

La mirada del asesino

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 10:12

miradaEs un edificio moderno, con un gran salón en el que desembocan pasillos y escaleras. Ese estilo actual se rompe con una vieja puerta de madera estropeada cuya reparación ha sido encargada a un hombre que viste mitad operario mitad ejecutivo. El hombre charla con quien parece ser el director de esa institución que no identifico. Le comunica que ya ha preparado las tablas para arreglar la puerta y hace entrar a un joven aprendiz cargado con maderas de nogal barnizado. El joven va colocando las tablas relucientes en la deteriorada puerta hasta que esta queda como nueva. A continuación, el hombre jefe cierra la puerta con un gran cerrojo y un candado dorado mientras el director de la institución hace lo propio con las otras puertas del salón utilizando un mando a distancia. Los que estamos dentro quedamos tan asombrados  como los que están fuera. Dentro ha quedado un hombre que hasta ahora entraba y salía del salón portando una bandeja plateada en la que llevaba una especie de tetera victoriana y un juego de tazas de metacrilato. Me pareció cuando lo vi una especie de camarero con rango mayor al de un simple sirviente. Es un personaje estirado, de mirada extraña, que viste una especie de traje galáctico de un deslumbrante color naranja y que más que andar parece deslizarse. Fuera han quedado varios grupos de personas que, llevados por un guía, bajaban las escaleras hacia el salón y que ahora nos observan a través de los grandes ventanales. El director de la institución ordena silencio y pide que todos escuchemos al hombre jefe. Este, con un tono teatral y voz grave, nos dice algo parecido a lo que sigue: “Hemos reparado la puerta del tiempo y cerrado todas las demás para que él no escape. Porque todos sabemos que el asesino está entre nosotros”. Al pronunciar la palabra asesino giro la cabeza y veo la mirada del camarero de traje galáctico fijada en mí.

12 mayo, 2018

La puerta está abierta

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 11:10

puertaTiene toda la pinta de ser un islamista radical, pienso. Y no soy de los que califican, ni clasifican, a las personas por su aspecto. Pero… vestido de oscuro, luenga barba, turbante negro y pantalones remetidos en botas militares. Hablo con él de varios asuntos que la memoria no retiene pero sí recuerdo que su conversación es fluida, con un tono de voz agradable y modulado, se expresa correctamente y admite la discrepancia. Todo lo que su aspecto físico expone lo desmiente su conversación. La escena transcurre en el salón de casa hasta que él desaparece y yo me dedico a la rutina diaria: leo un rato, enciendo el ordenador, abro el buzón y voy al aseo. Mientras me afeito escucho las noticias en una de esas radios antiguas que hoy sirven como objetos decorativos. El locutor de voz engolada habla de un peligroso criminal al que se le busca por el pueblo. Por un momento pienso si habré cerrado bien la puerta, no la de la calle, sino la del zaguán. Pero en mi pensamiento no aparece la puerta del zaguán de mi casa sino la de la casa de mis padres, esa que tiene un portillo enrejado que permite, no obstante, abrir desde fuera, si se tiene una cierta maña, el cerrojillo de la puerta que da acceso a la vivienda. Mientras, el locutor sigue hablando y comenta que el criminal huido es un peligroso islamista radical; hace una descripción del personaje que coincide con la imagen de aquél con el que estuve hablando no hace mucho. Dejo de afeitarme y asomo tímidamente la cabeza, temiendo lo peor, para mirar la puerta del zaguán: el portillo y la puerta están abiertos.

18 febrero, 2018

En el centro del túnel

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 10:49

matrixPor fuera el edificio parece un museo Guggenheim cualquiera. En el interior espacios abiertos y acristalados, despachos  transparentes, como si fuesen las oficinas de Bobby Axelrod en la serie televisiva Billions. Un gran ventanal ilumina el ambiente pero las luces del interior, empotradas en techos y paredes, permanecen encendidas. No hay nadie en el interior, veo pasillos amplios y vacíos de toda decoración. Sobre las mesas monitores y teléfonos de última generación, todo es inalámbrico, no se ven cables ni tomas de corriente en las paredes. Me acerco a una mesa en la que hay un portafotos junto al monitor, lo giro, está vacío. El silencio es absoluto; el ruido de la calle se adivina pero no se oye y en el interior ni el más leve murmullo. De pronto, el profundo silencio se rompe con un ruido seco al que le siguen otros similares, con intervalos de diez o quince segundos. Me sorprendo por lo que parecen detonaciones. Miro a mi alrededor y observo como una puerta opaca, la única que he visto en todo el edificio, se abre automáticamente, invitándome a pasar al otro lado. Así lo hago. Entro en un espacio sin ninguna ventana, tan amplio como una cancha de baloncesto, atravesado por un túnel transparente, elevado un metro por encima del suelo. En los extremos de ese túnel dos figuras humanas vestidas con monos blancos se disparan una a la otra. Lo hacen con una especie de fusiles tan modernos como simples. Reconozco el ruido de las detonaciones anteriores en cada disparo. En un determinado momento las dos figuras dejan de disparar, todas las luces se apagan y una oscuridad total se adueña del espacio. Acto seguido la luz se hace y yo me encuentro en el centro del túnel. Las dos figuras humanas colocan las armas sobre sus hombros, disparan y yo veo acercarse las balas como sucede en Matrix.

 

1 diciembre, 2017

La procesión del viento

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 12:45

vientoCamino junto a la fachada lateral de la iglesia de mi pueblo, un espacio que desde pequeño me impresionaba por sentir el peso de su altura al estrecharse la calle que daba paso a la plaza de la fachada principal. Vuelvo a tener esa sensación, como si los edificios fuesen capaces de cerrar la bóveda celeste. Cuando llego al espacio abierto el decorado cambia. Pareciese que una gran tramoya haya escondido ese suelo empedrado y la contigua plaza para poner en escena el atrio de la iglesia de este mi otro pueblo. Entreveo un cortejo religioso, con niños que se adentran en el templo conducidos por quienes parecen ser sus guías espirituales. A la sombra de unos árboles, que no identifico, permanezco en silencio viendo pasar el cortejo mientras se levanta un fuerte viento. Para protegerme de él abro un paraguas que rápidamente es víctima del temporal. Mi esposa, que ha abandonado la procesión, me ofrece otro al mismo tiempo que me encarga el cuidado de una niña que no puede o no quiere entrar en la iglesia. La niña se entretiene con el paraguas estropeado intentando colocar bien las deformes varillas metálicas. Yo la observo ensimismado cuando oigo que alguien detrás de mí me dice que ya puedo entrar en la iglesia, que ya quedan sitios vacíos. Me giro porque la voz me es conocida y me encuentro con el rostro de alguien que fue mi superiora laboral.

25 octubre, 2017

Al otro lado de la luz

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 10:16

 

clip_image002La hoja del almanaque colgado en el comedor me dice que es domingo. Pero no distingo el año, a pesar de que sus números son mucho más grandes que los del mes. Es la última hoja, muestra una estampa de la Adoración de los Pastores, de Rubens; lo he reconocido por la luminosidad que desprende el Niño sobre su lecho de paja. Esa luz cegadora me deslumbra. Cuando abro los ojos poco a poco, restregándomelos con el dorso de la mano, me percato que estoy en un local de luces tenues en las que suenan los acordes de una guitarra. Miro a mi alrededor y una espesa humareda se ha adueñado del local. Calculo que unas ochenta personas, casi todos jóvenes, casi todos varones, casi todos fumando, miran hacia el fondo. Allí, sobre un pequeño entarimado veo a otro joven que toca la guitarra. Un foco de luz tan blanca como la del cuadro de Rubens ilumina su figura delgada, barbilampiña, su melena rizada y negra. Canta una canción de mi juventud, Te recuerdo Amanda, de Víctor Jara. Me abro paso entre la gente allí congregada; cuando mi hombro o mi codo contacta con alguno de ellos veo rostros de antiguos compañeros de instituto, amigos de juventud. Hay quien me sonríe, como si reconociera mis facciones cuarenta o cincuenta años después; hay quien me mira con indiferencia o extrañeza, como preguntándose qué hace un tipo como yo en ese lugar. Ante esas mirada soy yo el que se pregunta por qué no me habrá reconocido si fuimos compañero de pupitre y salíamos juntos los domingos por la tarde en aquella pandilla que poco a poco se fe deshaciendo con los años. Casi he llegado por un lateral al minúsculo escenario. El cantante y los congregados a su alrededor me impiden ver a los que están al otro lado de la luz. Me ha parecido que en ese lateral hay alguien que conozco bien. Muevo la cabeza entre los huecos que dejan los otros, me muevo despacio lateralmente. Por fin tengo contacto visual con el chaval que quería ver: pantalones vaqueros, camisa a cuadros, pelo largo…Nuestras miradas se cruzan: soy yo con dieciocho años. El foco que iluminaba al cantante gira y me deslumbra.

1 octubre, 2017

Gentes de tocino y telarañas

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 11:16

 

clip_image001Me sorprendo cuando al doblar la curva que te deja frente a la era me encuentro con unas construcciones que ahora no sabría describir. Trabajadores de rostros difuminados se afanan en su tarea: enlucir de un gris húmedo las fachadas de los edificios. Mientras eso ocurre unos coches suben por el camino del pozo y en la zona baja que llamamos Cañá del Barco se mueven otras gentes que entran y salen de una especie de grandes jaimas. Las enormes tiendas de campaña se asientan sobre un suelo casi desértico y junto a ellas pastan animales desconocidos para mí, seres que pareciesen salidos de un cuadro de El Bosco. Desde el filo de la era miro a unos y a otros, desconcertado por la presencia de ambos grupos, mientras recuerdo el viejo cortijo y las faenas que durante el verano eran propias de ese escenario. Abandono el lugar con la intranquilidad que produce la incongruencia. Subo en mi coche y comienzo a descender por el camino mientras miró por el espejo retrovisor. De pronto oigo voces que me llaman. De lo que era la antigua cochera del cortijo asoma el hombre de confianza. Me hace señas para que me detenga. Así lo hago. Entro en la cochera de suelo terrizo y me pregunta si he visto lo que “están haciendo”. Le contesto afirmativamente y farfullo frases inconexas que tratan de explicar las sensaciones que me provocan lo visto. Frases de la misma condición salen de la boca del hombre de confianza mientras trata de cortar un trozo de tocino blanco, casi níveo, que, amarrado a una tomiza, se balancea colgado de una de las viejas vigas de madera del techo. Levanto la vista para ver otros trozos de tocino que también cuelgan del techo y se mezclan con las telarañas que bajan de las vigas hasta las tirantas de hierro en las que hay algunas sogas y numerosos iscales. Por un momento tengo la sensación de que uno de los trozos de tocino, del que cuelgan restos de telaraña, se acerca a mi cara.

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