La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

29 diciembre, 2018

Me han robado el aire

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 10:40

roboEnormes pasillos en los que una multitud de gente permanece de pie dejándose caer con desgana sobre una y otra pared, abriendo entre ellas el espacio suficiente para que se pueda caminar en una y otra dirección. Avanzo hacia un fondo que no parece llegar nunca sintiendo que me están robando el aire para respirar. Las miradas pesan sobre mis hombros, el murmullo de las conversaciones en lenguas que no conozco, los olores espesos de humanidad apelmazada y las luces parpadeantes de los tubos fluorescentes que iluminan los pasillos crean un ambiente de angustia. No hay puertas por las que salir, no hay ventanas por las que saltar, no hay seres humanos uniformados a los que pedir información o auxilio. De pronto alguien me sustrae el papel que llevo en mi mano izquierda, una especie de documento escrito con antigua y noble caligrafía y timbrado con sello oficial de un organismo que desconozco. Miro mi mano izquierda, que aún permanece con  los dedos doblados como si todavía agarrase el documento enrollado que portaba hace solo un instante, al mismo tiempo que con mi mano derecha palpo el bolsillo trasero de mi pantalón: la cartera también ha desaparecido.

20 diciembre, 2018

Mi distorsionado mundo

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 9:43

distorsiónEstoy asomado a un balcón desde el que observo calles deshabitadas, parques solitarios, una vía férrea en cuyos raíles brillan los primeros rayos de sol… Todo parece deshumanizado hasta que oigo lo que me parece el ruido del motor de un coche. Pero es un ruido diferente al normal, es fuerte pero suena como amortiguado, como si el coche se encontrase encerrado en un habitáculo que distorsionase el sonido. Veo asomar por una esquina el origen de ese extraño ruido. No me equivocaba: es un coche, un antiguo Renault 11de color rojo. Algo no encaja. El ruido sigue siendo anormal, tanto como la velocidad a la que circula. Calculo que irá a poco más de diez kilómetros por hora pero cuando se acerca al lugar en el que me encuentro veo que la conductora gesticula, realiza constantes cambios de marcha como si fuese a cámara lenta, parece sentir los efectos de las fuerzas centrífugas y centrípetas, se le mueve el cabello de un lado a otro… como si condujera a gran velocidad. Al pasar frente al balcón la conductora mira hacia arriba y me hace un guiño que dura varios segundos, lo que a mí me parece una eternidad pues un guiño es un acto casi instantáneo. Mientras veo desaparecer el coche observo que por la vía férrea circula un tren a la misma velocidad. Me da tiempo suficiente para ver algunos viajeros a través de las ventanas de los vagones. Sus rostros aparecen desfigurados como sucede con los personajes de esas películas en las que los tripulantes de una nave espacial alcanzan tal velocidad que sus mofletes parecen querer ir de visita a la nuca. Empiezo a preocuparme por lo que veo cuando el vecino de enfrente está ya en la puerta de su casa. Me mira y levanta su mano para saludarme. Lo hace con tanta parsimonia que su gesto dura casi un minuto. Veo como su boca se va abriendo lentamente pero no emite ningún sonido en ese tiempo. Voy a corresponder a su saludo con un “buenos días” cuando me escucho soltando un sonido gutural, seco, como venido del final de un túnel, lento,  en el que creo entender algo así como “buuuuuuuuuueeeeeeeeeenoooooooooooooossssssssss díííííííííaaaaasssssssss”.

5 diciembre, 2018

Sobrevivir a las llamaradas aerostáticas

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 10:37

globosSentado en una silla baja, una de esas sillas que las mujeres usaban cuando se sentaban a coser, silla costurera hecha a mano con la dura madera de olivo. Junto a mí otras personas sentadas en el mismo tipo de silla; todos son hombres y todos estiramos las piernas formando un círculo en cuyo centro convergen los pies. No sé cómo ni por qué me encuentro allí, no sé por dónde he venido ni cómo he llegado a ese lugar. El lugar es una especie de extenso prado cercado por unas tapias bajas de piedras como las que se ven en los páramos castellanos convirtiendo la naturaleza abierta en apriscos protectores para el ganado. Los que allí nos hemos congregado nos miramos unos a otros con intención de conocer el porqué del encuentro. Nadie habla, nadie dice nada, nadie quiere o puede explicar. Es entonces cuando uno de los hombres extiende su brazo derecho, cierra el puño y con su dedo índice señala hacia el cielo. Como autómatas, el resto de los que allí estamos levantamos la vista. Sobre un cielo despejado, un cielo azul sin matiz alguno, flotan una decena de globos aerostáticos, inmensas bolsas multicolores de los que penden livianas canastillas de mimbres equipadas con unos hornillos que expelen llamaradas intermitentes. Aunque las canastillas lucen grandes números para identificar a cada uno de los globos todos parecen ir pilotados por la misma persona. Mientras los demás se elevan y se alejan más allá de las tapias que cercan el prado el globo número siete permanece flotando sin moverse, ni vertical ni horizontalmente. Su quietud se ve alterada con las constantes llamaradas que del hornillo salen cuando el piloto maneja el artilugio. La última de ellas es tan dragoniana que la tela del globo se incendia con tal voracidad que todo se derrumba y cae como si fuese una gran antorcha. Nos levantamos sobresaltados de nuestras bajas sillas y nos dirigimos al lugar de la caída. Entre las llamas veo salir a alguien de la canastilla incendiada. Aunque está de espaldas su figura me resulta conocida. Es una mujer de larga cabellera rubia vestida con un impoluto vestido blanco (el fuego no parece haber afectado ni a su cuerpo ni a su vestuario) que al girarse y ver al grupo que nos hemos acercado sonríe y nos dice: “Soy Daenerys, La Que No Arde”.

20 noviembre, 2018

Aguas que todo lo ocupan

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 10:20

aguasEstoy mirando el mar. Olas embravecidas de varios metros de altura se abaten sobre la playa de arena oscura. He llegado hasta allí conduciendo por una carretera costera. He dejado el coche al borde la carretera y he subido un montículo arenoso hasta poder ver la naturaleza desatada en forma de oleaje del que apenas sobresale la proa de un barco que cabecea indefenso ante la fuerza del mar y acaba desapareciendo de mi vista. Giro mi cabeza y veo el coche aparcado en el arcén de la carretera. Cuando vuelvo a mirar al mar el coche ha desparecido. Frente a mí discurre ahora un río con una anchura similar al largo de un campo de fútbol. Las aguas bajan turbias y a gran velocidad, como si una fuerte tormenta hubiese descargado en el curso alto del río. Troncos de olivos son mecidos por la bravura de la corriente. Varios coches, entre ellos un Austin de color amarillo, pasan flotando frente a mí. En ninguno de ellos observo que vayan personas en su interior. Me alegro porque nadie puede sobrevivir a la fuerza con la que el río baja. Tras los coches las aguas arrastran un barco escorado a babor; es el mismo que vi desaparecer hace un rato en el mar desaparecido. Un gran remolino se forma en el centro del río y el barco vuelve a desaparecer de mi vista por segunda vez en pocos minutos. Giro de nuevo mi cabeza para mirar el coche. Apenas lo veo, tan solo el techo. Una gran balsa de agua, que no cesa de subir de nivel, ha cubierto los campos y la carretera por la que llegué hasta allí y rodea el montículo en el que me encuentro.

1 noviembre, 2018

Multiplícate por 3

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 11:05

tresAndamos buscando una nueva casa. La otra es tan pequeña que apenas hay espacio para llevar una vida placentera. Nos hemos puesto de acuerdo con otra pareja que también busca casa. Hemos acordado que si encontramos una grande que esté en ruinas, o un solar en el que se puedan edificar las dos viviendas, compraríamos y edificaríamos de manera conjunta. Ha sonado el teléfono de góndola para avisarnos que ya han encontrado lo que estábamos buscando. Nos dan una dirección y hacía allí nos dirigimos en el Seat 127 de color blanco. Nos han comunicado que en el lugar nos espera el propietario para mostrarnos el edificio. Está en las afueras. Cuando llegamos observamos desde el coche que es un edificio enorme que parece abandonado hace ya muchos años. Bajamos del auto y nos encaminamos hacia la fachada. Mientras nos acercamos siento una extraña sensación que no termino de identificar; es la impresión de que todo lo que me rodea pareciese ir creciendo de tamaño. Cuando nos detenemos ante la puerta de la vieja casa esa sensación se ha hecho realidad: todo se ha triplicado. Los escalones que dan acceso a la puerta de entrada tienen una altura triple de lo que es normal, la puerta es tres veces más alta que una puerta habitual, el coche del propietario de la casa –un Seat 1500 de color verde- es tres veces más grande que otro con el que me he cruzado viniendo hasta aquí… Todo lo material que entra en mi campo de visión triplica su tamaño. Desconcertado, me vuelvo para mirar al propietario. La cabeza cana del hombre apenas llega a la altura de la manilla niquelada de su coche.

14 octubre, 2018

Disparos en Downton Abbey

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 9:41

downtonHe llegado por una camino de grava mirando la arboleda a través de la ventanilla del viejo auto conducido por un chófer con gorra de plato. Ya en la casa observo los grandes cuadros colgados en las paredes y en la escalera que sube al primer piso de la mansión. Un señor con cara, traje y prestancia de mayordomo inglés de principios del siglo XX me invita a salir a los jardines y me acompaña hasta donde se encuentra el señor de la casa. Mientras camino hacia él me giro y observo la grandiosidad de la construcción, una fachada que me recuerda a la de Downton Abbey. Ahora sé de dónde provenían esos estampidos que escuché mientras el coche me traía hasta aquí. Un grupo de señores disparan con escopetas que son cargadas por sirvientes tras cada descarga. El señor de la casa me comenta algo cuando llego a su lado. No entiendo con claridad lo que me dice porque en ese momento hay un gran estruendo de tiros pero intuyo que me está invitando a disparar con la escopeta que me ofrece el circunspecto mayordomo. Le digo que no soy aficionado a las armas y que solo he disparado cuando lo hice obligatoriamente siendo soldado. Me doy cuenta de que un caballero vestido con uniforme militar me mira de soslayo y con un gesto tan grave que no tengo más remedio que agarrar torpemente la escopeta. Miro a los demás escopeteros disparar a una especie de platos que son lanzados por un artilugio mecánico y que al llegar a cierta altura despliegan unos pequeños paracaídas de los que cuelgan una especie de estandartes que llevan impresos rostros de personas que desconozco. Llegado un momento los escopeteros dejan de tirar, entregan sus armas a los lacayos que les asisten y me miran. El señor de la casa hace un gesto con la mano invitándome a que me prepare para disparar. Coloco la culata sobre mi hombro y el dedo índice en el gatillo, separo ligeramente las piernas, escucho el sonido mecánico de la máquina lanzadora y al instante veo como el plato alcanza altura, despliega el paracaídas, y en el estandarte que cuelga de él veo impresa mi propia imagen.

4 septiembre, 2018

Con la bolsa al cuello

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 10:30

bolsaEn un gran salón, que bien podría ser de un castillo o palacio renacentista, se exponen sobre grandes mesas viejos manuscritos y antiguos códices protegidos por transparentes cristaleras. Paseo observando lo allí expuesto hasta salir a una especie de claustro monacal en el que me encuentro con dos primos hermanos a los que intento llamar la atención de mi presencia sin que ellos se percaten. Más bien me parece que sí lo han hecho pero han decidió obviar mi estancia en ese patio cuadrangular de galerías con arcadas que me recuerda al de la Colegiata de Santillana del Mar. Sorprendido por esa especie de ninguneo recibido sigo observándolos hasta darme cuenta de que ambos miran hacia atrás, hacia uno de los lados del lugar en el que me hallo. En sus rostros denoto preocupación y mientras ambos aceleran el paso y salen por una vieja puerta de madera veo que un hombre encapuchado, con vestimenta frailuna, se acerca hacia mí, se detiene y agarra algo que llevo colgado de mi cuello. Hasta ahora no me había percatado de que, aun yendo vestido de manera actual, llevaba colgada una pequeña bolsa de piel del tamaño de un puño. Es esa bolsa la que el extraño ha agarrado y de la que tira con fuerza intentando arrancarla. Tras cada tirón mi cabeza se inclina hasta casi tocar su pecho sin que el intruso consiga su objetivo porque el cordel que cierra la bolsa y rodea mi cuello está hecho de un cuero resistente. Tras varios intentos el sujeto saca un cuchillo de no sé dónde y de un certero tajo corta el cordel, se hace con la bolsa y corre hacia la misma puerta por la que habían salido mis primos hermanos. Intento gritar: ¡al ladrón! Pero la angustia ahoga las palabras mientras siento correr por mi cuello un hilillo de sangre.

7 agosto, 2018

I’m running down the road (Estoy corriendo por la carretera)

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 11:30

corriendoVoy conduciendo uno de esos lujosos coches negros que ahora son tan conocidos; los taxistas con los que me cruzo me miran con caras enemigas. Al día siguiente conduzco una de esas furgonetas de reparto a domicilio, con llamativo logo y numerosas abolladuras y arañazos. Al tercer día maniobro un tractor con remolque cargado de trigo que intento meter, torpemente y con gran dificultad, marcha atrás, en un gran almacén… Es otro día, conduzco de noche mi coche por una autovía con escaso tráfico. Llevo puesta música; suena Take It Easy de Eagles. No voy solo, pero no identifico quienes son mis acompañantes. El viaje transcurre plácido hasta que un vehículo policial me adelanta a gran velocidad haciendo sonar la sirena. Lo veo alejarse mientras se va difuminando en la lejanía el parpadeo de sus luces azules de aviso. A partir de ahí todo cambia. En los laterales de la autovía comienzan a aparecer señales reflectantes de fondo amarillo con una simbología que no identifico. Mientras pienso que tengo que actualizar mis conocimientos del código de circulación observo que en el carril derecho por el que circulo aparecen unos conos y pequeñas vallas destellantes que me obligan a cambiar al carril izquierdo. En ese momento el motor del coche se acelera, la velocidad aumenta sin que pueda hacer nada para reducirla, el carril sigue estrechándose hasta dejar el espacio justo para que el coche siga avanzando a gran velocidad… Piso con todas mis fuerzas, una vez más, el pedal del freno y las ruedas chirrían en el silencio de la noche, sostengo el volante con la mano izquierda mientras extiendo horizontalmente mi brazo derecho como si fuese un escudo de seguridad que pudiese evitar que mis acompañantes salgan despedidos por la fuerza de la inercia, siento que el coche comienza a perder velocidad hasta que se detiene a escasos centímetros de uno de esos topes de hierro y hormigón que hay al final de las vías de tren.

12 julio, 2018

Cuadernos al peso

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 9:39

cuadernosHe entrado en una librería-papelería. Es un comercio antiguo, con estanterías de madera vieja, algunas de las cuales, vacías y brillantes, huelen a barniz. En otras  se apilan paquetes de folios amarillentos y esos libros de anotaciones con pasta dura en los que se llevaba la contabilidad de las empresas familiares a mediados del siglo pasado. El encargado del negocio viste con una bata azul y su fisonomía me recuerda a un viejo amigo de la juventud que no ejerció los estudios realizados para dedicarse al negocio de su padre, una ferretería de mostrador amplio en la que podías encontrar casi de todo. Deambulo por el local mirando los lomos de algunos libros viejos, soplo el polvo que se acumula en la portada de uno ellos y leo un título en el que aparece la palabra gris. El hombre de la bata azul llama mi atención para atenderme. Ya no es el mismo que vi al entrar. Tan solo conserva la indumentaria del otro. Me pregunta sobre lo que estoy buscando y le respondo que curioseaba, pero que venía a comprar un cuaderno. Al instante coloca sobre el plato de una antigua balanza un montón de cuadernos, calculo que unos veinte. El plato de la balanza se vence con el peso. Cuando voy a indicarle que tan solo quiero uno el encargado coloca en el otro plato un cuaderno abierto que equilibra la balanza. Ante mi sorpresa miro con atención el solitario cuaderno abierto en el que alguien ha escrito algo más de media página. Reconozco mi letra.

9 junio, 2018

La mirada del asesino

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 10:12

miradaEs un edificio moderno, con un gran salón en el que desembocan pasillos y escaleras. Ese estilo actual se rompe con una vieja puerta de madera estropeada cuya reparación ha sido encargada a un hombre que viste mitad operario mitad ejecutivo. El hombre charla con quien parece ser el director de esa institución que no identifico. Le comunica que ya ha preparado las tablas para arreglar la puerta y hace entrar a un joven aprendiz cargado con maderas de nogal barnizado. El joven va colocando las tablas relucientes en la deteriorada puerta hasta que esta queda como nueva. A continuación, el hombre jefe cierra la puerta con un gran cerrojo y un candado dorado mientras el director de la institución hace lo propio con las otras puertas del salón utilizando un mando a distancia. Los que estamos dentro quedamos tan asombrados  como los que están fuera. Dentro ha quedado un hombre que hasta ahora entraba y salía del salón portando una bandeja plateada en la que llevaba una especie de tetera victoriana y un juego de tazas de metacrilato. Me pareció cuando lo vi una especie de camarero con rango mayor al de un simple sirviente. Es un personaje estirado, de mirada extraña, que viste una especie de traje galáctico de un deslumbrante color naranja y que más que andar parece deslizarse. Fuera han quedado varios grupos de personas que, llevados por un guía, bajaban las escaleras hacia el salón y que ahora nos observan a través de los grandes ventanales. El director de la institución ordena silencio y pide que todos escuchemos al hombre jefe. Este, con un tono teatral y voz grave, nos dice algo parecido a lo que sigue: “Hemos reparado la puerta del tiempo y cerrado todas las demás para que él no escape. Porque todos sabemos que el asesino está entre nosotros”. Al pronunciar la palabra asesino giro la cabeza y veo la mirada del camarero de traje galáctico fijada en mí.

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