La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

10 abril, 2017

De mercería en mercería (2/2 – Regina)

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 11:41

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Al contrario que La Central, Regina es una mercería moderna, amplia, luminosa, de grandes escaparates y atractivos expositores que muestran todo el material que allí se puede adquirir: tiras bordadas, cintas de satén, multicolores, madejas de lana, flecos volanderos, pasamanería en general, cremalleras de todos los tamaños y colores, cordones de oro y plata, bobinas de hilos, alfileteros y agujas etc.

Si en La Central, estando con mi santa, tuve que hacerme a un lado y quedar arrinconado cuando entró otra clienta, en Regina me siento en un cómodo silloncito mientras observo el trajín de compradoras que entran y salen del comercio.

El local está dividido en dos partes. En la sección en la que estamos atienden a la clientela dos dependientas. Me llama la atención la más joven porque viste de negro riguroso, incluido medias y botines, y muestra una tez pálida tan solo coloreada en los pómulos y los labios, muy afín a ese estilo gótico de tribu urbana. La veo moverse desde los mostradores, que aquí son modernos y abiertos, a los expositores y el contraste entre su imagen Felipe II y el colorido de los productos que maneja es más que llamativo. Atiende a mi esposa pero no encuentra las repuestas a lo que la clienta precisa. La otra dependienta, algo más mayor, se desenvuelve con aires de conocer bien el negocio. La oigo resolver las dudas que mi santa le plantea utilizando un lenguaje concreto y un vocabulario de mercería y costura tradicional que indican su conocimiento del asunto.

Concluido el trato de compra y arreglo, y antes de abandonar la tienda, a la que tendré que volver, hago disimuladamente una foto que refleje el multicolor y moderno ambiente del local. Ya en la calle pienso en la diferencia con la mercería La Central, aun tratándose del mismo tipo de comercio. Pienso también en la persistencia de estos negocios “de toda la vida” a pesar de la modernización. Sobreviven y tienen su clientela de mujeres (no vi ningún hombre comprando en estas mercerías) que siguen haciendo labores manuales en la confección o el ornamento de vestimentas, destinadas a ser lucidas en algún día señalado, o también para adornos de menaje del hogar.

Pasados unos días vuelvo a Regina y tan solo advierto un cambio. Suena música ambiente: una marcha procesional. No me extraña porque eran vísperas de Semana Santa y en el comercio, sin ser especialista en el ramo de la Semana Grande, se venden algunos accesorios para nazarenos y penitentes. Lo extraño es que concluidos los sones semanasanteros se escuchan unas alegres sevillanas. Pienso que la concatenación de músicas es ejemplo del tiempo que se avecina en estas Tierras del Sur: pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor; pasión, vida y deleite del ánimo y los sentidos.

8 abril, 2017

De mercería en mercería (1/2 – La Central)

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 10:29

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En las últimas semanas he visitado algunas mercerías. No es éste un tipo de comercio que me sea cercano pues poco tiene que ver con mis aficiones y menos con mis actividades de jubilado docente y agricultor sobrevenido.

La visita a varios de estos locales de la capital de la provincia ha sido de mero acompañante. Anda mi santa averiguando un vestido para, llegado el momento, acristianar (verbo más radical en la definición que su sinónimo bautizar) a la nieta. Y para tal indumentaria necesita equiparse de artículos que se venden en estos comercios. De entre todos los visitados comentaré dos de ellos: “La Central” y “Regina”.

La primera de estas mercerías es un pequeño local de cuatro metros de fachada y un mínimo espacio interior. La Central respira solera de comercio de toda la vida. Comenzando por el nombre; ya no se ponen nombres como ése a los comercios (y es una pena). Bajo el rótulo nominal dos pequeños escaparates exhiben los clásicos artículos enmarcando una estrecha puerta de madera vieja que se protege con una reja corredera de hierro. Como he dicho antes el interior es pequeño y sigue conservando el antiguo mostrador de madera y viejos expositores acristalados en los laterales. Tras el mostrador toda la pared se reviste de un mueble cajonera. Cada vez que el dependiente tira de uno de esos cajones para sacar una cinta o unos botones la estructura parece correr peligro y llegar a desvencijarse en cualquier momento. Devolver el cajón a su lugar de origen es una odisea pues el paso de los años y el uso continuado ha desencajado los espacios en los que cada cajón debe acoplarse.

Dentro del aparente desorden todo parece guardar un orden natural. Miro con curiosidad todo lo que allí se acumula y me parece estar en un comercio de los años sesenta. Hasta el dependiente lo parece; es un señor de mediana edad que, por su aspecto, parece haber entrado en simbiosis con el local que regenta. Me lo imagino soltero y viviendo con su madre en un pisito cercano a la mercería. Me recuerda al personaje novelesco de Muñoz Molina, Lorencito Quesada, dependiente de “El sistema métrico decimal” (nombre, también, de otros tiempos). Pero entre tan añeja composición, entre tan rancio abolengo comercial, destaca, en un rincón tras el mostrador, una caja de cobro moderna, provista de una pantalla táctil y colorista en la que el eficaz dependiente marca el importe de cada producto adquirido.

Abandonamos el local y meto la mano en el bolsillo para sacar el móvil, mirar la hora y asegurarme que vuelvo al siglo XXI.

17 agosto, 2016

Crónicas vikingas (y 15) – Llegar a buen puerto

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 9:47

                                                                                                                                            16 de julio de 2016

clip_image002Volvemos a Málaga. En el control de embarque del aeropuerto de Copenhague la autoridad competente se afana en revisar meticulosamente mi equipaje de mano, trasteando y sacando del bolso todo lo que contiene, y devolviéndolo para que vuelva a ser escaneado. Esas maniobras, de las que no me quejo porque no están los tiempos para descuidar la seguridad, sí crean en mí una cierta desazón. La inquietud propia de quien hace muchos años veía cualquier acción de la autoridad policial como un indicio de que algo malo te podría ocurrir. Son los rescoldos de otros tiempos en los que… “Ninguna frontera es un refugio y todas son trampas que se cierran como cepos sobre los pies caminantes de los condenados.” La cita anterior pertenece a Sefarad, libro en el que se vive la angustia de las fronteras de aquella Europa convulsa del siglo XX. Hoy todo es diferente; el miedo proviene del terror de los inconscientes y desalmados y no del terror de los Estados, pero siempre queda esa preocupación. Vuelvo a Sefarad: “Me aterran los papeles, pasaportes y certificados que pueden perderse, puertas que no logro abrir, las fronteras, la expresión inescrutable o amenazadora de un policía, de alguien que lleve uniforme o esgrima ante mí alguna autoridad.”

Afortunadamente todo estaba en orden y pudimos embarcar tras hacer algunas compras en la zona libre de impuestos. Hemos despegado con algo de retraso respecto a la hora prevista, las ocho menos cinco de la tarde. Nada más dejar atrás la pista de despegue se puede ver el puente de Oresund que une Dinamarca con Suecia, y que es también el que da título a otra serie nórdica (El puente – Broen – Bron) de la que soy fiel adicto. A partir de ahí nubes en el piso inferior de la ventanilla hasta que sobrevolamos Francia y la puesta de sol, casi eterna, casi infinita, ofrece una vista maravillosa. Cuando anochece de manera definitiva los pueblos y ciudades iluminados parecen haber sido bañados en oro cual guirnaldas rococós. Escucho música de Corrs para hacer más llevadero el viaje y el ajetreo de pasajeros que van y vienen al claustrofóbico aseo.

Hemos llegado a Málaga alrededor de la media noche. Recogemos los coches del aparcamiento y viajamos a Caleta. Como es el día de la Virgen del Carmen hay fiesta marinera en el puerto. Allí nos vamos para tomar unas cervezas y unos montaditos de lomo. Sentados en sillones de plástico, en la dársena próxima a la lonja del puerto, cenamos mientras escuchamos a un conjunto músico-vocal que ameniza la velada. En pocas horas uno vuelve a vivir en el mundo mediterráneo de jolgorio y cálido trasnoche, asomado a unas aguas plácidas que no recuerdan en nada a los mares norteños de los días anteriores. Ahora sí que todo ha concluido; y por un momento pienso que si de un viaje en barco lo más importante es “llegar a buen puerto”, en éste que hemos realizado durante los últimos días la sentencia se ha cumplido fielmente. Ya sólo queda recordar todo lo bueno vivido. Y para ello he escrito estas crónicas a lo largo de un mes después.

13 agosto, 2016

Crónicas vikingas 14 – Copenhague: de la Sirenita a los palacios

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 9:50

                                                                               16 de julio de 2016

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Último día del viaje (qué pena). Hemos contratado la excursión por Copenhague. La distancia del puerto al aeropuerto es enorme (lo vimos cuando llegamos), la ciudad es extensa y a las seis hay que estar en la terminal 2 del aeropuerto. Mejor no complicarse la existencia y abandonar la rutina de los últimos días en los que hemos callejeado a nuestro aire por las ciudades visitadas. Hoy seremos los típicos turistas a los que llevan de un lugar para otro con un tiempo fijo. No reniego de ese tipo de turismo, no soy de esos exquisitos que siempre tienden a colocarse por encima de la media, pues pienso que cada momento de la vida requiere la mejor elección.

Así que subimos a la segunda planta del bus que nos lleva por la capital danesa con la guía llamada Ivi. Es una mujer de “cierta edad” que llama morralla a la muralla y comenta que algunos edificios están cubiertos con tejados de… “eso que se utiliza en las escuelas, tejados de tiza, sí.” Hay quien le aclara que los tejados no son de tiza sino de pizarra. Aparte de estas anécdotas, Ivi nos explica con destreza y amenidad los lugares que visitamos. Entre esos lugares, claro está, la primera parada es la Sirenita. Hay que hacer cola para fotografiarse con ella. Así de complicados somos los humanos. Lo que más me satisface de esa visita es enterarme que fue el señor Jacobsen, propietario de la cervecera Carlsberg quien financió y mandó colocar la escultura en tal lugar. Ello afianza mi creencia de que la gente relacionada con la cerveza suele tener buenas ideas.

clip_image004Copenhague es una ciudad inundada de bicicletas; tras Ámsterdam, es la segunda ciudad del mundo en número de este tipo de vehículos, nos cuenta Ivi. Y doy fe de que no miente. Pero Copenhague es también una ciudad monumental. Para compensar el atracón de naturaleza que nos dimos en la primera excursión del viaje (glaciar Briskdal, monte Dalsnibba y fiordo de Geiranger) viene bien este paisaje urbano y arquitectónicamente variado. Paramos en Amalienborg, residencia de la familia real danesa, compuesto por cuatro palacios, con la Iglesia de Mármol (que no es de mármol) al fondo de una plaza de dimensiones gigantescas. Nos hacemos fotos en el entorno de la plaza con la guardia real que custodia los edificios. Los guardias se desplazan de garita a garita (una caseta con forma de lápiz hueco) marcando un paso marcial y con el fusil al hombro. Uno de los guardias suelta un grito atemorizador cuando un niño turista se adentra en una de las aceras vigiladas. Tal advertencia nos lleva a hacer las fotos a prudencial distancia del irascible guardián real.

Tras Amalienborg, y una visita panorámica por la ciudad, visitamos el Palacio de Cristiansborg, sede de los tres poderes daneses (Parlamento, Primer Ministro y Justicia) y único recinto del mundo que acoge esos tres poderes (legislativo, ejecutivo y judicial). Curiosamente, tras volver del viaje, mientras publico estas Crónicas vikingas, veo las tres temporadas de una serie danesa llamada Borgen (muy recomendable). Borgen es el nombre popular con el que se conoce al Palacio de Cristiansborg.

Tiene Copenhague también un canal, Nyhavn, que le da un tono de color al gris reinante en la ciudad. Un canal repleto de barcos, y cerca de él una calle repleta de gentes que caminan en ambas direcciones, como se hacía antiguamente en la calle Alta de mi pueblo los domingos por la tarde. Son gentes repetitivamente rubias y altas, vestidas de negro o con colores grisáceos, gentes que se mezclan con una multitud de turistas entre las que destaca mi chubasquero azul cielo mediterráneo. Chubasquero que he tenido que colocarme porque una vez más (y van…) se ha levantado viento y ha comenzado a chispear. Nunca en mi vida me había puesto y quitado ropa tantas veces y en tan poco tiempo. El asunto del tiempo meteorológico por estas latitudes nórdicas es algo tan imprevisible como el trabajo de un entrenador de fútbol con resultados irregulares. Comemos en Copenhague porque toca volver al autobús y tomar el camino del aeropuerto.

10 agosto, 2016

Crónicas vikingas 13 – Volar, navegar y jacuzzear

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 10:26

 

15 de julio de 2016

Es nuestra última tarde en el Costa Favolosa. Conocemos bien los bares de los puentes 3 y 5. Cócteles de todo tipo y cafés variados han sido abundantemente degustados en los días anteriores. Hemos visto varias actuaciones en el teatro y escuchado músicas diferentes. El bufet del desayuno y del almuerzo es abundante y de calidad. La cena en el salón Duque de Borgoña, creo haber comentado ya, exquisita. Pero, como decía al principio, es nuestra última tarde a bordo y hemos regresado de Warnemünde para descansar. Mañana espera un largo día en Copenhague y el regreso a casa. Mi compaña decide hacerlo en los jacuzzis que hay en el puente nueve, en el solárium, un lugar que invita al relax.

clip_image002No soy amante de poner mi cuerpo a remojo en baños comunales pero como este es un viaje de nuevas experiencias decido sumarme a la compaña. Después de volar y navegar me sumerjo en esa especie de gran olla colorista y plastificada llena de agua caliente y borboteante. Qué decir de esta nueva experiencia; que no está mal, pero que tampoco la voy a colocar en el top ten de mis placeres personales. Eso sí, tras el remojo uno se tumba en la hamaca, observa el cielo nuboso que se ve a través del techo acristalado del solárium , gira la cabeza para observar el mar Báltico, disfruta los escasos momentos en los que el sol se cuela entre las nubes, degusta un café marocchino, y se olvida del mundanal ruido. A todo ello contribuye que es la tarde en la que muchos pasajeros han concluido el crucero por la mañana y otros están embarcando, con lo cual la zona de piscina y jacuzzis está más tranquila que de costumbre. Tan sólo echo de menos que en la gran pantalla que hay frente a mi tumbona no proyecten la etapa del Tour de Francia en lugar de los repetitivos videos promocionales del crucero. Pero hallar la perfección y la felicidad completa no es tarea fácil.

Por la noche toca preparar maletas antes de ir al comedor. El camarero de nuestra mesa (ya hablé de él en otro capítulo de estas Crónicas vikingas) nos asiste amablemente, como siempre. Conoce ya nuestras costumbres: agua sin gas para todos, los que beben vino y los que no… Nos asesora en la elección de los platos (esos nombres tan largos, e italianizados en muchos casos, pueden confundir al comensal en el momento de la elección) y se ha convertido en un elemento importante en la cena de cada noche. Además, desde el primer día nos pareció “buena gente”. Su rostro apacible y sonriente, la suave tonalidad al hablar, el ser un hombre algo mayor que la mayoría de los jóvenes que atienden otras mesas, etc. nos hace coincidir a todos que merece una propina de la mesa 177. Así lo hacemos, y al despedirnos se la entrego discretamente y él, como siempre, nos muestra su amabilidad y gratitud.

Tras tomar alguna copa después de la cena en el “rincón caleteño” los niños y las niñas se retiran para preparar las maletas que hay que dejar en la puerta de los camarotes antes de la una de la madrugada. Mi santa y yo decidimos permanecer un rato más pues queremos ver el paso del buque por debajo del puente Storebaeltsbroen, en el estrecho del Gran Belt. A las doce y media, noche ya cerrada, la visión del barco bajo el puente (unos 15 km de longitud), en medio de las dos grandes estructuras que se hunden en el mar y sostienen el tramo colgante de casi dos kilómetros de largo, es realmente espectacular. Ante la magnitud de esa construcción arquitectónica sobe la que se ven circular coches en mitad de la noche y del mar, y la del barco que nos lleva, uno congrega una mezcla de sensaciones que van desde la incredulidad hasta el temor.

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7 agosto, 2016

Crónicas vikingas 12 – Warnemünde: ciudad del viento

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 10:03

 

15 de julio de 2016

Warnemünde es un barrio balneario de la ciudad de Rostock. Fue territorio de la desaparecida República Democrática de Alemania, la Alemania comunista, antes de que el Muro se agrietara tanto ideológica como estructuralmente.

Desembarcamos para hacer una visita rápida, pues no esperamos gran cosa de esta ciudad, importante nudo de comunicaciones, asomada al Báltico. El lugar en un no parar de pasajeros que desembarcan de varios cruceros; pero también hay ferrys que atracan cargados de personas y vehículos, trenes que llegan desde Rostock y otras ciudades alemanas, buques de todo tipo que amarran en los muchos muelles del puerto…

Pero Warnemünde, al contrario de lo esperado, es también una ciudad con encanto. Alejado del bullicio turístico se camina por lugares tranquilos, calles típicas alemanas y parque extensos hasta llegar a una playa de arena tan blanca y ligera que el viento la arrastra hasta el paseo marítimo. En la playa hay un sinfín de casetas que tienen forma de pupitres cubiertos por un tejadillo y con unas paredes laterales, y en las que los valientes bañistas (que no se bañan) se protegen del fuerte viento. Al fondo, el Mar Báltico se muestra desafiante con un rugir continuo y un oleaje que impone respeto. Una multitud de windsurfistas exhiben sus habilidades mientras la gente pasea junto a esas frías y embravecidas aguas. Tras pisar la arena regresamos al paseo marítimo. Concluye éste frente a la imponente figura de un gran faro construido en el siglo XIX. Los niños y las niñas deciden subir (previo pago, claro está) desafiando la escalinata y la ventolera que debe soplar arriba. Mi santa y yo decidimos permanecer abajo pues las piernas no están ya para sobreesfuerzos físicos ni el ánimo para tales heroicidades.

En uno de los parques, en el que nos adentramos por el azar del callejeo, hay una especie de caseta cilíndrica con baldas y cubierta con plásticos que ofrece libros a los visitantes. Algunos nativos hacen uso de ellos y disfrutan de la lectura sentados en los bancos. Hay también un campito de fútbol en el que juegan varios niños acompañados por dos mujeres y varios columpios y toboganes. Estamos haciéndonos algunas fotos cuando una de las fraus germanas llama nuestra atención. Al principio creemos que nos invita a hacernos fotos con los niños y con ellas, pero resulta ser lo contrario. Nos está regañando porque entiende que hemos hecho fotos a los kinders. Como entiendo que es un exceso de celo protector (y un error por su parte) enfoco mi cámara (apagada) hacia los niños. La dama responde con ademanes y voces (tan exaltados como el viento del lugar) de los que deduzco entender “nada de fotos”. Le digo que “off” mientras le muestro mi cámara apagada y añado que “tranquilen” (que en espaleman significa lo que ustedes saben). Intercambiamos miradas y pienso que ambos nos hemos entendido. Ese exceso de celo por proteger niños o gaviotas, tan germánico, tan nórdico, exaspera mi carácter latino. Lo correcto, lo educado, etc. son valores que no están sometidos a cuadrículas perfectas. En todos los aspectos de la vida hay términos medios y una amplia gama de grises.

Regresamos por un canal repleto de barcos-restaurantes en los que una multitud de nativos y turistas consumen cerveza y hamburguesas. Nosotros preferimos tomarlas en el Costa Favolosa haciendo uso de la tarjeta Più Gusto, que cubre el comer y el beber tranquilamente, alejados de damas histéricas.

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3 agosto, 2016

Crónicas vikingas 11 – Aarhus: liarse la manta a la cabeza

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 9:02

                                                                                                                           14 de julio de 2016

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Aarhus es una ciudad con edificios de ladrillo. Toda ella, a excepción de esas construcciones modernas y culturales, es un gran lienzo de ladrillos rojos que se eleva en edificios de cuatro o cinco plantas con grandes ventanales que carecen de cortinas, persianas o rejas. Parques con grandes espacios verdes, meteorología que cambia cada pocos minutos, semáforos que apenas dejan tiempo para cruzar la calzada, gente que viste mayoritariamente ropas de negro o con colores de tonos apagados, mercadillo con tenderetes en los que se cocina gastronomía de diferentes lugares del mundo, etc. se ofrecen a nuestra vista hasta llegar a un montículo (debe ser el único de la ciudad) en el que se divisa una gran cúpula de plástico grisáceo traslúcido. Subiendo el montículo hay también un gran molino de madera que es reclamo para el recuerdo fotográfico. Está situado antes de llegar a la cúpula de plástico, que alberga una especie de jardín botánico. Dentro, en diversos espacios, se ofrece al visitante hábitats naturales con diferentes vegetaciones del mundo. En uno de ellos, con una asfixiante humedad tropical, revolotean mariposas de múltiples colores y tonalidades.

De regreso al barco, en uno de los escasos intervalos en los que el sol luce tímidamente, nos sentamos en una terraza de la calle principal a tomar una cerveza. A los pocos minutos el tiempo cambia (una vez más), se nubla, se levanta un viento más que fresco y comienza a caer una llovizna finísima. Afortunadamente la terraza tiene unas grandes “sombrillas” (aquí deben usarse más como grandes paraguas), estufas y mantas (sí, en el respaldar de los sillones hay mantas dobladas). Así que ahí estamos, tomando una fría cerveza danesa con la manta liada a la cabeza (literalmente).

Por la noche hay cena de gala para despedir a los pasajeros que desembarcarán mañana en Warnemünde. La cena, como siempre, magnífica. Bien presentada, mejor cocinada y regada con un buen vino. El ambiente cálido y las vistas de la ciudad cuando el barco deja atrás la península de Jutlandia ayudan a compensar la fría cerveza danesa de hace unas horas.

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1 agosto, 2016

Crónicas vikingas 10 – Aarhus: tradición y modernidad cultural

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 9:01

14 de julio de 2016

Hemos dejado atrás las aguas noruegas y a las nueve de la mañana el barco ha atracado en el puerto danés de Aarhus, en la Península de Jutlandia. Desembarcamos y, en el muelle de enfrente, un barco luce una gran bandera danesa en popa. La proa aparece decorada con motivos dorados y a los pies de la plataforma de acceso al buque un marinero vestido de blanco impoluto y fusil al hombre hace guardia. Dicen que es el barco de la reina Margarita de Dinamarca.

Nos adentramos en la ciudad hasta llegar a una gran plaza en la que una colosal estatua ecuestre de Cristian IV custodia la catedral de san Clemente. En esto de las estatuas reales al lado de las catedrales no hay gran diferencia entre nórdicos y mediterráneos. La catedral destaca en el exterior por su gran chapitel y el interior por el retablo medieval. Es un templo con tres naves y girola, que lógicamente transito para hacer honor a este lugar en el que dejo mis historias, y porque busco a mi santa que se ha separado del grupo y anda desaparecida. El templo está dedicado al culto de lo que aquí llaman la Iglesia del Pueblo Danés; es decir, la Iglesia Evangélica Luterana de Dinamarca. Tras la visita eclesial volvemos a la plaza, en la que también destaca la fachada de un teatro coronada por la inquietante figura de un hombre murciélago. Caminamos siguiendo un canal que atraviesa la ciudad. A ambos lados hay numerosos bares y restaurantes con terrazas. Y por doquier grandes carteles anunciado que ésta será la capital cultural europea el próximo año. Ese hecho se hace notar en la gran cantidad de edificios, algunos de ellos de una moderna y atractiva construcción, que están dedicados a actividades culturales: teatros, museos, auditorios musicales… Una de esas construcciones se corona con un enorme anillo de cristaleras multicolores a través de las cuales caminan los visitantes. Es el museo ARoS: subimos a su vestíbulo y una gran cantidad de personas esperan entrar. Mejor continuar callejeando.

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29 julio, 2016

Crónicas vikingas 9 – Kristiansand: el sueño del museo

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 8:42

                                                                                                                              13 de julio de 2016

clip_image002En nuestro andorretear por las calles de Kristiansand nos encontramos con el Kunsthall, un museo de arte contemporáneo. Tiene tres plantas dedicadas al arte moderno noruego: esculturas y pinturas en las plantas 2ª y 3º, y salas de vídeos experimentales en la 1ª planta. En una sala se proyecta un vídeo sobre dos paredes que forma un ángulo recto. Hay que entrar descalzos o cubriendo el calzado con esas protecciones que usan en hospitales. Grandes cojines en el suelo invitan a tenderse para ver la proyección. Lo hacemos y la combinación de imagen y música aumenta la capacidad reflexiva, relaja el cuerpo y el alma hasta el punto de correr el riesgo de quedar dormido.

Regresamos al barco, no sin antes detenernos en un hermoso rincón portuario con terrazas calentadas por esas estufas que en España se usan en pleno invierno. Pedimos cerveza noruega. Un vaso de medio litro (no hay riesgo de que se caliente) por cabeza y noventa coronas noruegas por vaso (unos doce euros). Demasiada cerveza y demasiadas coronas. Al lado hay un local en el que se venden los productos típicos de la zona y recuerdos. Tras algunas compras nos embarcamos.

Por la noche, en el restaurante, hay fiesta italiana. Mientras cenamos ponen por la megafonía “O sole mio”, se agitan las servilletas blancas, la gente hace la conga, los camareros sacan a bailar a los comensales de las mesas a las que atienden, otros camareros se marcan un número de baile desde el piso superior del comedor… El camarero que atiende nuestra mesa (la 177) se llama Alexánder. Me comunica que hoy es cena italiana y mañana cena de gala. Entablo una conversación con él y le comento que no lo he visto bailar con sus compañeros. Sonríe y señala sus pies mientras comento algo sobre el cansancio. Asiento y me cuenta que tiene jornadas de once horas de trabajo y que sólo descansa un día a la semana. Cuando la cena ha terminado le pido que se haga una foto con nosotros.

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28 julio, 2016

Crónicas vikingas 8–Kristiansand: vikingos en el parque

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 9:11

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                                          13 de julio de 2016

Se ve poco el sol por estas tierras escandinavas; se ve muy poco a pesar de la cantidad de horas diurnas. El orto llega antes de las cinco y hasta bien pasadas las once no llega el ocaso. Muchas horas de día, pocos minutos de sol. Pero cuando se ve, atrae todas las miradas. Anoche, tras abandonar el fiordo de Bergen y poner rumbo sur hacia el Mar del Norte, pudimos verlo desde cubierta; lucía entre nubes creando una luminosidad extraña sobre la gran masa de agua. Era cerca de la medianoche y su silueta anaranjada contrastaba con el oleaje oscuro y la estela que el barco dejaba tras de sí.

Hasta la una del mediodía no hemos llegado a Kristiansand. Hemos visto el atraque del barco desde cubierta. Las ciento doce mil toneladas de esta mole acuática se desplazan lateralmente hasta el muelle de atraque hasta topar con las protecciones. Desembarcamos y nos encontramos con una ciudad portuaria, turística y comercial. Pero, sobre todo, es un remanso de tranquilidad. Uno camina por sus calles contagiándose del carácter relajado de estas gentes. Hay una multitud de personas sentadas en terrazas (no llueve y a ratos luce el sol) y, sobre todo, hay gaviotas que se adentran por las calles de la ciudad como hacemos los que hemos desembarcado. Los coches circulan tan lentos y silenciosos que apenas se hacen notar. Los conductores respetan los pasos de cebra con tanta antelación que uno siente innecesaria esa mirada de prevención antes de cruzar a la que estamos acostumbrados en España. Grandes macetones de flores multicolores decoran las calles. Las familias con niños pequeños disfrutan de un parque decorado con esculturas de arena, barcos vikingos y una pequeña playa artificial de apenas veinte metros cubierta de fina arena dorada. Una fortaleza que se asoma al mar sirve para hacer un descanso. Grandes espacios verdes aumentan la sensación de placidez. Caminamos por la calle más comercial, repleta de restaurantes. Uno de ellos se anuncia como “bar de tapas”; en la pizarra de menús anuncia patatas bravas y “albóndingas”, con un exceso de enes muy propio de estas lenguas nórdicas.

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