La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

3 mayo, 2018

Patios de Córdoba

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 9:42

patio1En este mes de mayo Córdoba se viste de flores y turistas. No exagero. Me adentro en la parte antigua por la parroquia de la Trinidad hasta bajar a la zona más turística, el corazón de la Judería, junto a la Mezquita – Catedral. Me asomo al Patio de los Naranjos y echo un rápido vistazo antes de verme abducido entre un grupo de veteranos asiáticos y otro de jóvenes franceses. Me encamino hacia el Alcázar de los Reyes Cristianos y en la explanada de entrada una larga fila de personas espera el comienzo de la visita. Recuerdo caminar por estos lugares hace algo más de treinta años con una tranquilidad casi de pueblo, sentarme con mis hijos pequeños en el Patio de los Naranjos a ojear el periódico mientras ellos jugaban como si fuese el patio de casa, visitar los jardines del Alcázar sin agobio de esperas y multitudes internacionales.

patio2Si hay un barrio de patios cordobeses es el de san Basilio. He llegado a él tras cruzar el arco que lo separa de las Caballerizas Reales. Hace ya muchos años que no visito estos espacios de las viejas casas de barrio. Las puertas abren a las once para que el público pueda entrar al patio, ese lugar del que el poeta Ricardo Molina decía que era “isla de sombra, de silencio y perfume”. Son las once menos diez y cuando llego a la primera casa me encuentro, también, con la pertinente fila de turistas (hay muchos madrileños debido al “puente de Allí”). Delante de mí una joven se acompaña de un esbelto galgo y de su abuela. Esta última, cordobesa  emigrada hace muchos años, parece haber traído a la nieta a conocer la maravilla de los patios de su ciudad. Porque no exagero, tampoco, si califico de maravillosos estos lugares de paredes encaladas y vestidas de geranios, claveles y gitanillas, de suelos empedrados, fuentes de música acuática, pozos como testigos mudos del transitar de gentes de todo el mundo, macetas de helechos y aspidistras, viejas mecedoras y bajas sillas de costura talladas en madera de olivo y con asientos de anea, pequeños limoneros y naranjos que han roto en flor de azahar; y la caña larga en cuyo final una lata atada a ella sirve para regar las macetas más altas. Hay patios de casa antiguas, viejas de edad pero conservadas con el primor de quienes en ellas viven; los hay de casas reformadas que conservan balaustradas de madera y ventanas que se muestran a medio tapar con persianas de esparto. Pero, en todos hay color de pétalos, verdor de enredaderas y jazmines, macetas que parecen escalar por las paredes buscando el sol que ya se asoma entre las terrazas del vecindario.

Camino por estas calles de casas que muestran también la exuberancia floral en sus rejas y balcones. Junto al geranio y la gitanilla (rey y reina de este derroche floral), cuelgan petunias, buganvillas, pendientes de la reina… En los zaguanes  se muestran con orgullo azulejos grabados con los premios recibidos por el patio de la casa. En algunos balcones hay colgados estandartes que lucen versos o pensamientos de conocidos literatos que en algún momento de su vida escribieron del patio. Llaman mi atención unos versos del porteño Jorge Luis Borges: El patio es el declive / por el cual se derrama el cielo en la casa.

11 abril, 2018

Puertas de arte y viaje

Filed under: De libros,En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 9:22

puertas

Cuántas puertas hemos traspasado, cuántas nos han impedido el paso…Leyendo “Las rosas de piedra” (Julio Llamazares), me encuentro con lo que sigue: “Por si faltara algo, además, el viajero accede a ella por la puerta más hermosa de la Tierra: el pórtico de la Gloria, la obra en piedra más fabulosa de todas las de su estilo posiblemente del mundo.”

Recuerdo entonces mi visita, cuando el siglo XX finalizaba, a la catedral compostelana de Santiago. Este viajero que ahora escribe no entró por el famoso Pórtico sino por la Puerta de las Platerías. Eso sí, volví a salir a la Plaza del Obradoiro para volver a entrar y cumplir con el rito del Santo dos Croques y admirar esa maravilla, salida de la inspiración de alguien con un nombre tan común como es Maestro Mateo.

Y enlazo este recuerdo con otros de puertas y viajes. Por ejemplo, con el que un año después me llevó hasta la Puerta del Paraíso del Baptisterio de la catedral de Florencia. De la austera piedra compostelana al dorado bronce florentino del orfebre Lorenzo Ghiberti. Puertas que te llevan a la gloria o al paraíso del arte románico y renacentista, testimonios extraordinarios de lo que somos y de donde venimos, independientemente de nuestros pensamientos y creencias.

Puertas hermosas, también, las de las pequeñas iglesias románicas perdidas en los valles pasiegos de Cantabria y en los verdes prados asturianos, las que se abren a los claustros de monasterios y catedrales castellanas; y las puertas llenas de luz de los patios andaluces, desde los más recogidos hasta los más abiertos al mundo que los visita, las puertas que se abren al Patio de los Naranjos o al de los Leones.

Puertas de arcos apuntados, rampantes o lobulados, puertas de maderas nobles, talladas y con goznes que soportan el paso de los siglos, el paso de los que antes eran fieles a su religión y ahora son devotos del viaje turístico o del amor al arte. Puertas como la de la iglesia románica de Santa María, en Bergen (Noruega), con varios arcos de medio punto en orden decreciente. Y las últimas, las que dejan fuera el frío de Vitoria o Pamplona y permiten al viajero buscar paz y calor entre muros de catedrales inacabadas o iglesias con calefacción. Todas esas puertas he atravesado, por ellas entré al pasado y salí para reencontrar ese presente que hoy es ya, también, pasado.

6 abril, 2018

Croniquillas vascas (y 4)

Filed under: Cosa que de contar fuese,En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 8:43

cv4

03/04/2018 – En Pamplona un reloj marca la cuenta atrás para el próximo chupinazo de las fiestas de san Fermín. En eso no se diferencian de un carnavalero gaditano, de un capillita sevillano o de un fallero valenciano. En esto de la fidelidad a la fiesta local somos muy parecidos por todos lados.

04/04/2018 – Mi santa quiere regalar a las nueras el símbolo vasco por excelencia: ¿Una ikurriña? No. El lauburu, esa especie de cruz esvástica con brazos curvos. Pero las semejanzas con la fatídica cruz gamada nazi le hace dudar. Al final elige otro símbolo: la eguzki-lore ,o “flor del sol”, que representa la flor seca del cardo silvestre, y que hemos visto labrada en piedra en algunos edificios. Le alabo el gusto mientras pienso que esta simbología mitológica y protectora es equiparable (salvando las diferencias) a las estampitas de Vírgenes y Santos tan usuales en mi tierra.

05/04/2018 – En Saint Jean de Luz su Ayuntamiento tiene dos placas, una a cada lado de la reja que da acceso al edificio: Hotel de Ville y Herriko Etchea. La bandera francesa en el centro de la reja; la ikurriña, separada de la tricolor, en un lateral del edificio. Nada, un dato lingüístico y vexilológico.

06/04/2018 – Seguimos con el asunto banderas. Pero, esta vez relacionado con la gastronomía local: ¿Se imaginan un espeto de sardinas en un chiringuito de Málaga adornado con banderitas verdiblancas? ¿Y un salmorejo servido en una taberna de la Judería cordobesa con el mismo ornamento banderil? Pues ahí tienen unos pintxos del Casco Viejo bilbaíno haciendo patria.

5 abril, 2018

Crónicas Vascas (y 5): Guernica, Bermeo…

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 8:23

GB

23 de marzo

Guernica es algo así como la ciudad santa de los vascos. Es una “santidad” laica y ancestral, política y democrática, de la tierra y las ideas… Hemos llegado a esta localidad vizcaína a través de la orografía quebrada de estas tierras, de montes con caseríos y ovejas lachas, de ríos breves que bajan tumultuosos buscando el Cantábrico. Llegamos a la Casa de Juntas bajo un sirimiri intermitente y una neblina que sobrevuela los montes que rodean Guernica. Observo el viejo roble, reducido a un tronco quebrado y venerado bajo templete neoclásico. Enfrente, el joven roble luce delante de la tribuna, también  neoclásica, y sobresale ya por encima del tímpano. Dentro de la Casa, varias dependencias son del gusto del visitante. La piedra y la madera usada en la construcción y en el mobiliario dan prestancia y señorío a la Sala de Juntas. La decoración rezuma historia, la historia de estos vizcaínos que hacían jurar a los reyes fidelidad a los fueros aquí aprobados. Tiene también su encanto la antesala que precede a la anterior, una especie de patio cubierto con una gran y colorista vidriera alegórica del Árbol y los fueros, y que se comunica  con una biblioteca en dos niveles. Sale uno al exterior satisfecho por la visita y se fotografía junto al Árbol antes de abandonar el recinto por un hermoso parque de un verdor extraordinario, riachuelo y estanque con patos incluido, variedad arbórea, etc. hasta llegar a un mural de cerámica que reproduce el famoso cuadro de Picasso. Curiosamente, el lugar donde veraneo, mil kilómetros al sur,  también luce una réplica similar de esta alegoría contra el horror de la guerra. Bajo este mural hay un rótulo que dice: “Guernica” Gernikara . Dice la guía que significa el “Guernica” a Gernika. El matrimonio madrileño del grupo parece no estar de acuerdo.

Bermeo es un antiguo pueblo que se dedicaba a la pesca de la ballena. Aprendices de la Escuela de la Madera (o algo así) se afanan en la construcción de lo que puede ser un viejo barco ballenero. Al puerto se asoman las antiguas casas de los pescadores, estrechas y elevadas, y se hace notar el trajín de gentes del mar. Sobre algunos balcones cuelgan banderolas y otros símbolos de lo que parecen ser clubes de remeros. El puerto casi se da la mano con la gran plaza en la que numerosos jubilados hablan más en euskera que en castellano. Subimos hacia la zona antigua por calles empinadas y adoquinadas hasta toparnos con un resto de muralla y una antigua puerta de la misma, el llamado Arco de San Juan, custodiada a ambos lados por sendas esculturas de mujeres vendedoras de pescado. Todo parece girar aquí alrededor del mar y la pesca. Salimos a las afueras del pueblo hasta llegar al restaurante en el que vamos a reponer fuerzas. Un arroyo corre bravo hacia el mar y la cobertura del teléfono desaparece mientras aparece una buena cazuela de marmitako.

Al mirador de San Juan de Gaztelugatxe se sube desde Bermeo ascendiendo por una sinuosa carretera de bosques a un lado y el precipicio sobre el Cantábrico al otro. En una tarde soleada como la de hoy el verde vegetal y el azul marino son un colorido armónico y agradable para la vista. Desde el mirador elevado se observa una magnífica vista de la ermita enclavada en el islote rocoso unido a la tierra por un puente. Me imagino al Cantábrico desatado golpeando la ermita en una noche de temporal invernal y no me gustaría estar en ella. Hoy, el pequeño templo parece emerger de ese mismo mar y se muestra como un lugar de tranquilidad casi franciscana.

Hemos bajado siguiendo la misma carretera para despedir este viaje en la Ría de Bilbao, cerca del lugar en el que el Nervión desemboca, en ese barrio lujoso que es Guecho, ahí donde buscó refugio la burguesía vizcaína que huía de la suciedad industrial de Bilbao. Las hermosas mansiones así lo atestiguan. Como típicos turistas que somos nos han traído hasta aquí para cruzar hasta la margen izquierda de la ría, al popular Portugalete, utilizando el puente colgante o puente transbordador que tan variados nombres recibe. Nos dicen que se puede cruzar andando por la pasarela superior que, calculo debe estar a unos cincuenta metros de altura sobre la ría, o utilizando el transbordador que cuelga sobre unos cables y se desliza por la pasarela de un lado a otro. Pero, como no somos unos turistas típicos preferimos no cruzar al otro lado. Tomamos  café  en esta margen derecha, viendo el ir y venir del transbordador, y después paseamos por el lado burgués de la ría observando a los esforzados remeros que en esforzado entrenamiento suben y bajan por ella.

Tras la última noche en el hotel de Lejona toca el viaje de regreso. En Madrid nos despedimos de nuestros compañeros de ruta, especialmente de Carlos y Adriana, el  matrimonio argentino con el que tanto hemos conversado y compartido.

3 abril, 2018

Crónicas Vascas (4): Pays Basque y Fuenterrabía

Filed under: Cosa que de contar fuese,En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 9:12

PB

22 de marzo

Por primera vez en estos días vascongados amanece con un sol que luce sin timidez. Viajamos hacia San Juan de Luz,  un pueblo francés en el que celebró su boda el Rey… Sol, Luis XIV, con su prima hermana, la española María Teresa de Austria como parte del Tratado de los Pirineos firmado en la cercana Isla de los Faisanes.

Bien, Historia aparte, hemos cruzado esa frontera, que no lo aparenta, bajo la atenta mirada y risa socarrona  de cuatro gendarmes, hasta llegar a este hermoso pueblo costero del País Vasco francés. Disfrutamos de la vista del puerto con fondo de montaña nevada. Relaja el espíritu y alivia el cuerpo sentir el sol mientras se disfrutan paisajes como este. La arquitectura rural que hemos visto hasta llegar a San Juan de Luz es parecida a la del otro lado de la frontera. Estamos en esta parte norte de esa Euskal Herría cultural que algunos quieren convertir en Estado. Pero, la verdad sea dicha, uno observa que los vascos franceses mantienen los caseríos en mejor estado que sus paisanos los vascos españoles.  Espero que esta afirmación no se tome como un ataque a la Patria Vasca ni un intento de interferir en ese fin común que muchos vascos de Arriba y Abajo tienen. Se camina apaciblemente y sin agobios desde el puerto hasta la iglesia en la que tuvo lugar aquel enlace regio que antes comentaba. Dicen que los novios salieron por una puerta que fue tapiada para que nadie más pudiese cruzarla para entrar al templo. Una placa en la fachada atestigua ese enlace y el visitante se fotografía ante ella para dejar prueba de la visita.

De San Juan de Luz a Biarritz. Aquí la realeza también tiene su historia. Napoleón III y su esposa, otra española, Eugenia de Montijo, eligieron este lugar como ciudad de veraneo. El emperador construyó para su esposa una residencia que vista desde el cielo tiene forma de E. La residencia, un autentico palacio, junto con el Casino, una iglesia ortodoxa (la nobleza rusa también veraneó aquí), y un par de magníficas iglesias católicas (la de la Virgen del la Roca y la de Santa Eugenia) conforman un gran conjunto arquitectónico. Además, están las Galerías Lafayette en las que mi santa cumple con la tradición de visitarlas mientras el que escribe espera sentado en un banco tomando el sol. Pero, la belleza de Biarritz no está completa sin su magnífica playa donde tomaban los baños de ola aquellos personajes de la nobleza y en la que hoy surfean numerosos jóvenes. La vista desde el faro es hermosa pero también lo es a pie de playa las rocas que emergen del mar, el Puerto Viejo y la silueta de la iglesia de Santa Eugenia elevándose desde su promontorio y asomándose a este Golfo de Vizcaya que hoy luce más a la manera mediterránea que a la cantábrica.

Volvemos por la tarde a tierra vasco española para comer en Fuenterrabía. Lo hacemos en un restaurante típico de la zona. Tan típico que en su balcón luce una gran ikurriña y en su fachada hay un letrero en hierro con la palabra Batzoki. Sé lo que es un batzoki (una sede del PNV, el Partido Nacionalista Vasco). En el interior se habla euskera más que en ningún lugar que hayamos visitado antes. El edificio tiene la sede social del partido en el lado derecho y en el izquierdo está el restaurante (me lo confirma una camarera a la que pregunto cuando nos marchamos). Tras haber comido en tan vascuence lugar visitamos el casco histórico de esta Hondarribia (uso la nomenclatura de Aquí; debe ser el efecto batzokiano).  Bien conservado ese casco histórico, con una monumental Plaza de Arma desde la que se divisa la desembocadura del Bidasoa (frontera con Francia), balconadas de madera por calles adoquinadas y casas de piedra bien trabajada, etc. Descendemos hacia la parte nueva para asomarnos al puerto y dar un paseo a pie de playa. El sol sigue luciendo.

2 abril, 2018

Croniquilla vasca (3)

Filed under: Cosa que de contar fuese,En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 9:12

cv3

30/03/2018 –  Cómo serán estos bilbaínos que al Museo Guggenheim le llaman “La caseta de Puppy”, el gigantesco perro floral que posa delante del famoso museo. Son unos guasones, parecen andaluces.

31/03/2018 –  Al ser un grupo de doce compartimos una mesa común en las comidas que hacemos en ruta durante el viaje. Por la noche, en la cena del hotel, compartimos mesa con el matrimonio argentino: Adriana y Carlos (con segundos nombres Graziella y Gustavo). Ella fue odontóloga y habla como habla una argentina típica. Él no es futbolero, es “más de autos” y habla poco. Hay noches que el resto de compañeros de viaje se retiran pronto tras la cena mientras que nuestra sobremesa se alarga un buen rato. Han sido unos agradables compañeros de viaje y tertulia.

01/04/2018 – En el asunto “banderas”, lo esperado: mucha bandera y simbología nacionalista e independentista (incluidas esteladas catalanas). En todos los pueblos que hemos visitado estos días tan solo vi una bandera española en la fachada de un edificio particular. Era una casa con aspecto de caserío cerca de la playa de Fuenterrabía.

02/04/2018 – En Guetaria me fotografío junto al monumento dedicado a Elcano. En una placa situada en la parte inferior, algo deteriorada, están los nombres de los marineros que culminaron con él la primera circunnavegación a la Tierra. Entre ellos hay tres andaluces y uno de… Mérida. Nada, un simple dato natalicio-geográfico.

31 marzo, 2018

Crónicas Vascas (3): Bilbao

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 9:35

bilbao

21 de marzo

El bocho, el agujero en el que se encuentra Bilbao, no despierta ningunas ganas de entrar en él cuando se ve desde la autopista. Uno pasaría de largo si no le hubiesen dicho que sí, que ahora sí merece la pena visitar esta ciudad para cuyos vecinos no es solo la mayor ciudad del País Vasco sino el centro del mundo.

La explanada en la que se encuentra el Museo Guggenheim nos recibe con un sol que se mira en las láminas de titanio que cubren la mayor parte del edificio. Se ha escrito mucho sobre la influencia que este edificio, que acoge arte contemporáneo, tuvo en el cambio radical que vivió la ciudad. A uno, mientras pasea por su exterior escuchando las explicaciones sobre su  corta historia, tan solo le queda decir que el arquitecto Frank Ghery acertó plenamente en la forma y el emplazamiento. Acertó en ese guiño con forma de barco que parece navegar por la ría; y que construyó el símbolo de los nuevos tiempos que llegaban a esta ciudad, antes oscura y sucia por los efectos de la industria que la asfixiaba entre humos y grandes ganancias para la burguesía vasca. De esos nuevos tiempos surgieron otras construcciones de famosos arquitectos de varios países; entre ellos el inevitable Puente de Calatrava, que cruzaremos por la tarde cuando el viento se colaba ría arriba, y al que tuvieron que poner una moqueta en el suelo al poco de su inauguración para que no resbalara el personal que por él cruzaba. En esta zona nueva y pujante del gran Bilbao destaca también su última perla, el estadio de San Mamés. Demasiadas cosas para ver en tan solo un día.

Subimos a la Basílica de Nuestra Señora de Begoña, lugar de máxima devoción para la gente de aquí. Esa imagen mariana la veremos varias veces por calles de la ciudad. Por ejemplo en las Siete Calles (que no son siete sino muchas más) del Casco Viejo. Hay en esta zona de la ciudad, como en la Parte Vieja de San Sebastián, mucha historia de violencia y odio que uno prefiere olvidar mientras camina por estas calles y plazas. Ayuda a ello el carácter dicharachero del guía que nos acompaña y que acaba su tarea en la Plaza Nueva, una plaza que bien podría ser de cualquier ciudad castellana.

Hay que reponer fuerzas para continuar la visita de la tarde. Lo hacemos a base de pinchos en el Mercado de la Ribera, junto a la Ría del Nervión. Este mercado le recuerda a uno al Mercado de la Victoria de Córdoba. Al igual que la transformación de Bilbao guarda cierto parecido con la que hubo en Sevilla con motivo de la Exposición Universal de 1992. Esta ría podría ser aquel Canal del Guadalquivir, los modernos edificios que albergan a entidades financieras o empresas tecnológicas son parecidos (aquí también hay una Torre Pelli), la ciudad se ha asomado y ha tomado posesión de zonas que estaban degradadas y que han sido transformados en espacios de un urbanismo acogedor. A media tarde nada mejor que un chocolate con bizcocho casero para seguir paseando por el otro lado de la ría (ya saben, cruzando el Puente de Calatrava). Pasamos junto al Ayuntamiento. Es una imagen que se ha dado a conocer en las últimas semanas porque es ahí donde se concentran cada lunes mis colegas jubilados para reclamar la mejora de las pensiones; suele aparecer en televisión el edificio municipal, el puente y la escultura de Oteiza llamada “La variante ovoide de la desocupación de la esfera”, y que aquí llaman “La Txapela”. Acabamos la visita pocos metros más adelante, en el templo barroco de San Nicolás. Lo hacemos ahí no por hacer honor al santo que a uno le da nombre sino porque esta iglesia se encuentra en la plaza donde tomaremos el autocar que nos devolverá al hotel tras un día que, por fin, ha sido soleado.

29 marzo, 2018

Croniquilla Vasca (2)

Filed under: Cosa que de contar fuese,En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 10:21

cv2

26/03/2018 –  La primera mañana en el hotel de Lejona (Vizcaya), el encargado del restaurante le explica a mi santa cómo funciona la máquina de café del buffet del desayuno. Lo hace con la misma consistencia oral que emplearía en defender un argumento en el que se jugase la vida.

27/03/2018 –  La tercera de las guías que nos han acompañado en este viaje es la primera en emplear la palabra terrorismo. Sucede en Vitoria cuando pasamos frente al edificio que albergará el Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo. Y eso que el llamado “conflicto vasco” (asesinatos, secuestros…) acabó hace ya unos años.

28/03/2018 –  El guía que nos enseñó Bilbao es un joven locuaz (como debe ser un buen guía) y con tan buen humor que a veces pareciese un monologuista. Pero, hubo un momento en el que se puso serio y comentó: “En los años ochenta la ciudad era sucia y oscura, llegó la desindustrialización y la heroína, etc. Era difícil escapar a esa situación.” Por un momento estuve a punto de preguntarle si en el etcétera iba incluida ETA porque me acordé de lo que declaró Fernando Aramburu, el autor de “Patria”: “Yo pude caer en ETA como cualquier otro joven vasco.”

29/03/2018 –  Entro en una tienda de recuerdos. Entre toda la parafernalia de tazas serigrafiadas con la ikurriña, llaveros con la imagen del lauburu, camisetas con la silueta de Euskalerría, etc. veo unos bolígrafos decorados con la bandera de España. Parpadeo sorprendido y miro a la dependienta, una mujer de origen sudamericano.

28 marzo, 2018

Crónicas Vascas (2): Pamplona y Vitoria

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 9:06

pv

20 de marzo

Camino de Pamplona nieva con intensidad. El verde arbóreo se va transformando en un blanco níveo que cubre los pequeños huertos de los caseríos cuyas chimeneas exhalan continuas columnas de humo. La arboleda se adorna como una postal de Navidad noruega mientras que por la radio dicen que hoy comienza la primavera. Es la primera vez que en un viaje al vehículo que me lleva le antecede una máquina quitanieves a pleno funcionamiento. La máquina nos abre paso en una autopista en cuyos laterales se acumulan ya más de treinta centímetros de nieve. El paisaje es tan atractivo que resulta difícil dejar de mirar por las ventanillas. Es como si los Pirineos hubiesen bajado cien kilómetros hacia el sur.

Pamplona nos recibe con un frío siberiano y la elegancia de una ciudad próspera. Desde la Plaza del Castillo caminamos por calles de adoquines pisoteados cada mes de julio por Mihuras y otras ganaderías. Tomamos la curva de Estafeta con Mercaderes y subimos hasta la catedral. Está cerrada y pasamos de largo mientras miro esa horrible fachada neoclásica de la que Julio Llamazares escribió: “…a Ventura Rodríguez, el considerado padre del neoclasicismo hispano, tendrían que haberle inhabilitado antes de que perpetrara la barbaridad que llevó a cabo con este templo.” El cierzo sigue castigando nuestros rostros y los muros de la seo pamplonica mientras nos asomamos a un mirador desde el  que se observan las murallas de la ciudad. Volvemos a las calles taurinas hasta llegar a la Plaza del Ayuntamiento, más pequeña de lo que suponía, y en la que se conservan un par de metros de la barrera protectora que separa a los astados del público que presencia los encierros en las fiestas de san Fermín. Se insertan en estas calles, de adoquinado resplandeciente por el aguanieve que cae de vez en cuando, los símbolos del Camino de Santiago. Volvemos hasta adentrarnos en la Basílica de san Ignacio para buscar refugio contra el frío. De ahí a otro templo situado en uno de los soportales de la Plaza del Castillo: el café que lleva el mismo nombre vasco de esta ciudad, el Café Iruña. Estos establecimientos, estos cafés decimonónicos no deberían desaparecer nunca. En este tomamos unos pinchos con un vino de Rioja que nos alivia del frío acumulado en la caminata mañanera. Poco después almorzamos en una taberna un rico guiso de alubias, un bacalao “de la zona” (dice el camarero con ironía) y una torrija. El aporte calórico es fundamental para estos días gélidos y de moderno peregrinaje.

A Vitoria-Gasteiz la llaman por aquí Siberia-Gasteiz. No es una exageración. Esta ciudad verde, de innumerables parques, nos recibe con una granizada que nos obliga a buscar refugio en la Catedral Nueva, un edificio del siglo XX, tan grande como vacío, y que se quedó a medio construir por problemas económicos. Paseando por plazas, callejas, iglesias, etc. la tarde va pasando y uno ve con alivio como el sol se abre paso e ilumina esa escultura de Agustín Ibarrola titulada “La mirada” y que, según nos cuentan, todos los vitorianos conocen (por su forma) como “El coño”.  Pasamos por el Parlamento Vasco, antiguo Instituto de Enseñanzas Medias, edificio pequeño y modesto, propio del carácter de estas gentes, si lo comparamos con el Parlamento Andaluz, con sede en el antiguo Hospital de las Cinco Llagas. Si el edificio del Parlamento pasa inadvertido la que sí destaca es la Iglesia de san Pedro, tanto por su arquitectura gótica como por la reja que hay en el suelo de la nave central, frente al baptisterio, y por la que emerge un agradable aire caliente fruto de la calefacción que trata de combatir el frío interior del templo. Ya saben, estamos en Siberia-Gasteiz. Subimos a la parte más alta de la ciudad a través de unas escaleras mecánicas que no me aparecen muy apropiadas para el entorno urbanístico pero sí para el cansancio del visitante. Nos quedamos sin ver la Catedral Vieja, en restauración. La tarde se cierra y hay que volver al hotel pues amenaza nevada.

26 marzo, 2018

Crónicas Vascas (1): San Sebastián y Guetaria

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 14:17

ss

19 de marzo

La autopista se interna entre montes custodios y naturaleza de variados tonos verdes. Llegamos a San Sebastián, una ciudad elegante y afrancesada que hoy se baña con lluvia y viento. Caminamos hacia el Palacio de Miramar, antiguo Palacio Real de estilo inglés, situado en una colina, para refugiarnos en los soportales que anteceden a su fachada. El temporal que viene del Cantábrico obliga a buscar protección para observar sin empaparse esa costa escoltada por los montes Igueldo y Urgull y esa Isla de Santa Clara que adornan la magnífica Playa de la Concha. Lástima no poder pasear por este lugar que hoy ha sido condenado a soportar vendavales y chubascos que castigan sin piedad al visitante. Cuando la guía nos da las últimas explicaciones aparece un numeroso grupo de jubilados que buscan refugio en el mismo lugar y parecen intentar quitarse el frío hablando a voces. En el último vistazo echo de menos a ese donostiarra que, en días tan adversos como el de hoy, siempre aparece en las noticias bañándose en estas aguas como si la meteorología adversa no fuese con él.

El paseo en bus y a pie nos enseña una ciudad homogénea en el color de sus edificios. El tono ocre de la piedra arenisca se da la mano con el negro del hierro forjado, los dos elementos con los que se construyen los edificios de esta coqueta urbe que se asoma al mar. Cuando la lluvia aprieta se agradecen los numerosos soportales que el visitante encuentra. Buscamos paz y refugio en la Iglesia de san Vicente, de la que dicen es el edificio más antiguo de la ciudad, gótica y de gruesos contrafuertes. Por nuestra parte visitamos la catedral del Buen Pastor, neogótica del siglo XIX, para contrastar lo que sobre ella dice Julio Llamazares en su libro “Las rosas de piedra”, que he leído días antes de este viaje, y al que seguramente citaré en estas Crónicas Vascas. Dice Llamazares: “No en vano la catedral ocupa una gran cuadrícula del ensanche de San Sebastián; aquellos arenales y marismas que, al decir de los cronistas de la época, llenaban toda esta zona cuando, a mediados del XIX, la entonces villa marinera vio caer y desbordarse sus murallas. Se nota en el trazado de las calles, de crucigrama, muy rectilíneas, y en la factura de los edificios, todos de la misma época.”

guetCaminamos poco después cerca del Kursaal, tan moderno y cúbico, tan cercano a prestigiosos hoteles con nombres de reinas que llegaron a esta ciudad a tomar baños de ola (no sería en días como el de hoy). Se adentra uno por el cuadriculado urbanismo de la Parte Vieja, que no es tan vieja pues fue construida tras el incendio de la guerra napoleónica, entre una multitud de bares de pinchos y una historia de tragedia y violencia que aquí sucedía no hace tanto y que le hace a uno pensar en la idiotez y la maldad humana. Piensa uno en ello mientras el viento voltea el inútil paraguas y me topo con uno de los símbolos de quienes padecieron esa historia de violencia, la librería Lagun, cerca ya del puente de María Cristina, el cual cruzamos entre un jaleoso grupo de estudiantes ingleses que nos protegen del vendaval que en ese momento sopla sobre el puente y que podría hacernos caer al río Urumea.

Hemos comido en un restaurante de la parte nueva de Donostia . Tan solo una observación: de los numerosos platos  de pescado (principalmente bacalao) que comeré durante esta semana el mejor de todos será aquí: una ensalada con bacalao que bien podría hacerme devoto de la llamada nueva cocina. Tras la ingesta alimentaria viajamos por la costa guipuzcoana. Pasamos por Zarautz, en el que me dice mi santa, antes de que lo cuente la guía, que tiene su restaurante el televisivo cocinero Arguiñano. Vamos a visitar Guetaria, cuna de Juan Sebastián Elcano, aquel marinero que al mando de la nao Victoria fue el primero que circunnavegó la Tierra. Se asoma uno al mirador para ver la playa de arena batida por el Cantábrico y disfruta del sol que aparece intermitentemente. Bajamos al puerto para tomar café en un bar de pescadores en el que dos paisanos se cubren con chapela y gorro marinero y hablan en euskera con la consistencia propia de la tierra. A pie de puerto echo una ojeada a la iglesia de san Salvador, a la estatua del insigne marinero aquí nacido y a los edificios adornados con banderas independentistas catalanas y con las pancartas que siguen pidiendo la vuelta de los presos etarras al País Vasco.

Abandonamos Guetaria por una carretera que bordea la costa. El Cantábrico se muestra embravecido y el oleaje empujado por el temporal rompe contra los muros de protección llegando a salpicar la carretera. Pasamos por Zumaia, localidad en la que se rodó buena parte de la película “Ocho apellidos vascos” antes de tomar la autopista hacia Bilbao. Al anochecer la visión de algunos pueblos del interior vizcaíno, como Ermua o Éibar, acrecientan la visión de un desorden urbanístico que ya vimos por la mañana y que le hace a uno pensar en lo poco agradable que debe resultar vivir en uno de esos grandes bloques de pisos que asoman apelotonados y que parecen aprisionados por las carreteras, los montes y la neblina. Vuelve a llover.

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