La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

6 noviembre, 2017

Música de órgano y coulant sevillanos

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 12:07

 

clip_image002Nos sorprendió la lluvia en la tarde del sábado bajando del Aljarafe hacia la ciudad. La mañana soleada no hacía prever el chubasco imprevisto y pasajero que dejó tras de sí un anochecer de nubes inconexas entre las que se dejaba ver una luna llena que iluminaba la ciudad. Ese chubasco fue el último coletazo del cambio meteorológico que anunciaba la llegada de un verdadero otoño.

El domingo el sol se muestra plácido, calienta la espalda del paseante y molesta cuando a él te enfrentas, si te paras a escuchar la música de películas que tocan cuatro jóvenes músicos con sus instrumentos de viento en la Plaza Nueva. La concurrencia, incluido el que escribe, deposita algunas monedas en el estuche abierto del trompetista mientras observa a un señor de cabellera rubia, totalmente vestido de blanco, que baila consigo mismo al son de los acordes musicales. La gente pasea tranquila entre el Ayuntamiento y la Catedral. Entramos a esta última por la Puerta del Bautismo, pues nunca está mal caminar por estos lugares que tanto arte acogen en sus naves, capillas y retablos. Como se está celebrando misa una parte del templo está acotada para los visitantes. Caminando por el trascoro suena solemne el órgano catedralicio mientras el paseante abandona en paz el sagrado recinto para rodearlo hasta llegar al Archivo General de Indias. Es el segundo intento de visita a este herreriano edificio pues ya hubo uno fallido en otra ocasión. Tras depositar llaves y móvil en la bandeja, el arco de seguridad vuelve a pitarme (entre ellos –los arcos de seguridad- y yo, hay algo personal); tras la revisión del guardia de seguridad, con ese elemento que parece una mini espada láser, accedemos a la planta superior por recomendación del mismo guardia que ha identificado la hebilla metálica de mi cinturón como culpable del pitido. Queda poco tiempo para el cierre así que habrá que dejar la planta inferior para otra visita. Subimos por la gran escalera a las galerías en las que hay una exposición de planos, mapas, maquetas , etc. del río Guadalquivir. Llama mi atención, entre las pinturas que adornan las paredes, una Inmaculada que aparece a ras de suelo. Me acerco y compruebo que el autor es Francisco Pacheco, maestro y suegro de Velázquez. Abandonamos la antigua Lonja de Mercaderes de Sevilla a la hora en la que el estómago demanda reparación.

Es hora de reponer la energía consumida en uno de los numerosos locales que avituallan a la tropa de turistas, visitantes y locales que paseamos por tan hermosos sitios. Así lo hacemos. Y para despedir la jornada turística cruzamos el Arco del Postigo hasta llegar al café Moderniste, local en el que esto escribe degusta un exquisito coulant de chocolate con helado. No hay mejor manera y placer gustativo para terminar la visita.

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4 junio, 2017

Antigüedad clásica y espiritualidad festiva

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 10:07

 

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En mi vida laboral fui a muchas excursiones con alumnos: parajes naturales, museos, edificios centenarios, teatros y auditorios, lugares históricos, instalaciones deportivas, etc. Uno de esos posibles destinos de viajes lectivos podría haber sido Itálica.

Como nunca había pasado por la antigua ciudad romana ubicada en Santiponce pido a mi chófer girar una visita (neologismo este que tenía ganas de usar; no sé por qué) turística a las famosas ruinas.

Se está bien caminando por la galería que recorre el interior de las gradas. Hace calor en la arena del anfiteatro. Junto al foso me fotografío con mi hijo bajo un efecto luminoso que no sé si atribuir a Helios, dios del Sol (aunque éste creo recordar que era griego), o al anuncio del la hora del ángelus que ya se aproximaba. Hace bochorno por los caminos de tierra que rodean el anfiteatro y por las calles de la que hubo de ser hermosa ciudad. Una numerosa y jaleosa excursión de escolares discurre por el lugar realizando una especie de gincana. Rememoro tiempos no lejanos en situaciones similares. Buscamos caminar entre sombras para ver los suelos de mármol y los mosaicos que aún se conservan; sobre todo el más hermoso de ellos, el que llaman de Neptuno. Un espacio arbolado que rodea un estanque natural nos da un respiro mientras, desde una caseta de observación, vemos a los patos deslizarse sobre el agua, alguna garceta volar de una orilla a otra, una tranquila tortuga nadar hasta perderse en la profundidad…

Cuando bajamos la pequeña colina una familia entra en el recinto con dos hijos de unos siete – ocho años vestidos de romanos. Supongo que serán la envidia de los escolares más pequeños que estaban de excursión y objeto de alguna chanza entre los más mayores. Salimos del conjunto arqueológico y debemos esperar unos minutos para que pase otra caravana, similar a las que he visto en días anteriores, con esas carrozas blancas tiradas por tractores que se encaminan hacia la Aldea del Rocío. La espiritualidad festiva de esta tierra se da la mano con la antigüedad clásica: el espíritu de Trajano debe andar asomado entre las piedras milenarias viendo pasar a los devotos de la Virgen.

3 junio, 2017

De la Esfera a la Torre

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 9:34

 

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Hace veinticinco años llegaron a esta ciudad millones de visitantes. Unos dicen que más de veinte millones; otros, que más de cuarenta. Sean los que fuesen, musha jente. En aquel 1992 se celebró la Exposición Universal de Sevilla, a la que todos llamábamos “la Expo”. Yo la visité dos veces. Mis hijos, que por entonces andaban entre los seis y nueve años, soportaron bien las intensas y largas jornadas de calor, las caminatas por las calles de aquella ciudad de artificio, las colas para entrar a los pabellones más solicitados… El que escribe, que aún no había llegado a la cuarentena, esa edad en la que se comienza a poner en prevención algunas actividades, vivía entusiasmado un acontecimiento que parecía despejar el atraso secular de Andalucía a base de las autovías, el tren de alta velocidad, los edificios vanguardistas que se construían para la Expo y la mascota Curro, ese pájaro con patas de elefante y cresta y pico multicolor.

Le comento a mi hijo que me gustaría echarle un vistazo a la Isla de la Cartuja, esa isla que fue el lugar en el que estuvo enclavada aquella Expo del noventa y dos. Como las piernas ya no son las de hace veinticinco años lo hacemos en coche cruzando el Puente del Alamillo. Bajo el puente observo una caravana de carrozas como las que vi junto a la autovía; es la segunda vez y no será la última. Junto al que fuese monasterio cartujo que le da nombre, la Isla guarda algunos restos de aquella Exposición Universal; algunos restos que perjudican la imagen moderna del lugar pues se encuentran deteriorados o son espacios abandonados. Pasamos junto a uno de los símbolos de aquel pasado. No hablo de Curro, que al ser pájaro-elefante con veinticinco años de edad sepa Dios dónde andará, sino de la Esfera, aquel ingenio bioclimático que tanto aliviaba el sofocante calor de aquel verano del noventa y dos. Todavía conservo un llavero que simboliza esa esfera y en el que cuelgan las llaves del piso de la playa, un guiño intemporal y consecuente que relaciona los efectos benéficos de aquella esfera sevillana con los del mar malagueño.

Otro de los lugares por el que pasamos es la llamada Isla Mágica, ese parque de aventuras que también visité junto a mis hijos, algunos años después de la Expo, y en el que tuve el atrevimiento de subir por última vez a una de esas endiabladas atracciones acuáticas, una de esas actividades de las que comentaba al principio que debemos ir evitando conforme vamos cumpliendo años.

Junto al monasterio, el parque de atracciones y lo que queda de la Expo, la Isla se ha llenado con algunas facultades universitarias, el estadio olímpico, modernos edificios de oficinas, etc. En unos de esos edificios ha comenzado a trabajar la pareja de quien es mi chófer en esta visita. Ojalá le vaya muy bien. En otra de esas construcciones trabaja también él, aunque su empresa va a mudarse al más llamativo de los edificios de la Isla, la Torre Sevilla, ésa que con sus casi cuarenta plantas y sus ciento ochenta metros de altura, dicen que da celos a la Giralda.

Nos bajamos del coche a los pies del rascacielos para observar su vertiginosa altura antes de salir de la Isla de la Cartuja y, como ya casi anochece, tomar asiento en una de las tabernas que está al otro lado del canal para degustar cena mientras el sol se pone.

1 junio, 2017

Llueve sobre la memoria

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 11:00

Apetece pasear junto a los viejos paños de esta muralla que tanto ha tenido que ver y soportar. Una hora antes ha caído uno de esos chubascos desatados; una lluvia que es una maravilla, según dice el dicho que tal sucede en esta ciudad. Afortunadamente nos cogió resguardados haciendo la compra en un supermercado y, mientras la gente se asomaba a la puerta para ver caer el agua y esperar a que pasase el chaparrón, dos cajeros (hombres que trabajan en las cajas cobradoras del supermercado) comentaban entre ellos:

Esto es ná, ya mismo se pasa. ¡Qué te lo digo yo!

– Ya, pero, por lo menos los naranjos se riegan, mi arma.

Ahora, pasado el breve e intenso aguacero que ha dejado los naranjos regados y algunos charcos en las aceras, caminamos con paraguas que ya son inútiles pues el sol ha salido bravío y no es cosa de usarlos como parasoles cual si fuésemos pálidos turistas japoneses. Paseamos junto a esos viejos paños de muralla que antes citaba, esos que acaban fronteros a la basílica de la Macarena. Aunque mi santa siempre está dispuesta a rezarle algo, y de paso pedirle que se le cumpla algún buen deseo, a esta Señora de Sevilla, en esta ocasión es a mí al que le apetece entrar en templo tan sagrado y en tan elevada consideración tenido por muchos de los habitantes de esta ciudad. El motivo de mi interés es la memoria histórica. En los últimos días, por la ley de esa memoria histórica, había visto en la noticias que ciertas calles de Madrid iban a cambiar de nombre y que el medallón con la figura de Franco en la Plaza Mayor de Salamanca sería retirado. También estaba reciente la votación en el Congreso de los Diputados sobre el Valle de los Caídos y la posible exhumación de los restos del dictador allí enterrado. Y, por último, en el lugar al que ahora me disponía a entrar se encontraba otro motivo de polémica que era consecuencia de esa misma ley. Cuando el año pasado, en días de Semana Santa, entré un par de veces en tal lugar, debido a la gran afluencia de personal que allí se congregaba, pasó desapercibido para mí el motivo de esa polémica de la que antes hablaba: el enterramiento del general franquista Queipo de Llano. Este militar rebelde está enterrado no a los pies de la Macarena, como dice el titular de la noticia, sino en una capilla lateral. Y ahí sigue quien se jactaba de sus “hazañas”, quien, por ejemplo, alababa que sus soldados violasen a las mujeres republicanas.

Sentado en uno de los bancos de la basílica le comento brevemente a mi hijo la historia sobre la que ahora escribo antes de salir del templo para que el sol despeje con su luminosidad de primavera todo el negro pasado que muchos vivieron.

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31 mayo, 2017

Nunca sabe uno qué puede caer del cielo

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 15:26

 

clip_image002Viajando el pasado domingo observo una caravana de carretas desplazándose por la vía de servicio de la autovía. Por un momento recuerdo aquellas viejas películas en blanco y negro en las que los pioneros americanos se adentraban en el salvaje oeste buscando tierras para colonizar. Esta caravana tan solo se parece a aquéllas en las cubiertas blancas de las carretas. No será la única vez que las vea en los próximos días.

Cuando atardece sopla un vientecillo agradablemente fresco mientras paseamos junto al canal. Las flores blancas de las adelfas contrastan con el atardecer en gris. Muchas personas caminan haciéndose compañía y otras corren con la sola compaña de esos aparatos que miden esfuerzo, potencia y consumo de calorías con el que compensar el mal trago de andar castigando el organismo en esperas del efector benefactor que tal castigo debe conllevar.

Ha refrescado estos últimos días de mayo y pasear por estos lugares sevillanos resulta muy satisfactorio. Tomamos una cerveza cerca del Puente de la Barqueta. Llama mi atención una torre que otras veces he visto de pasada y que por su considerable altura descuella sobre los edificios vecinos. Es la Torre de los Perdigones (así me dicen que se llama). Me imagino que tal nombre debe estar relacionado con las crías de la perdiz, esas aves que tan familiares me son en la campiña cordobesa. Pero, no; estos perdigones que dan nombre a la torre son otros, los de plomo, los que al ser disparados acaban con la vida de los plumíferos de mismo nombre. Al abandonar el lugar enlazo uno de esos pensamientos que me entretienen los tiempos muertos: el perdigón de reclamo atrajo con su canto al perdigón hasta que fue abatido por un perdigón disparado por la escopeta del cazador.

Andaba entretenido con mis pensamientos y la charla de mi compaña cuando en la tranquilidad del paseo callejero observo que una pareja de policías locales, uno de ellos libreta en mano, charla con varias personas. En la calzada numerosos cristales dan a entender que ha habido un choque de coches con la consiguiente rotura de elementos equipados con tal material: faros, intermitentes, etc. Deduzco que los municipales deben estar haciendo atestado del incidente. Miro a los vehículos que allí se encuentran y todos están perfectamente aparcados. Es entonces cuando llama mi atención un señor que, escoba en mano, barre los vidrios de la calzada y comenta en voz alta: “Sí señor, se me ha escapado mientras la limpiaba”. Uno de los coches aparcados tiene todo el parabrisas resquebrajado y en la acera, apoyado junto a la pared, un marco de ventana corredera conserva aún algún resto de su cristal. Pienso que es hora de ir recogiéndose pues hace fresco y nunca sabe uno qué puede caer del cielo.

10 abril, 2017

De mercería en mercería (2/2 – Regina)

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 11:41

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Al contrario que La Central, Regina es una mercería moderna, amplia, luminosa, de grandes escaparates y atractivos expositores que muestran todo el material que allí se puede adquirir: tiras bordadas, cintas de satén, multicolores, madejas de lana, flecos volanderos, pasamanería en general, cremalleras de todos los tamaños y colores, cordones de oro y plata, bobinas de hilos, alfileteros y agujas etc.

Si en La Central, estando con mi santa, tuve que hacerme a un lado y quedar arrinconado cuando entró otra clienta, en Regina me siento en un cómodo silloncito mientras observo el trajín de compradoras que entran y salen del comercio.

El local está dividido en dos partes. En la sección en la que estamos atienden a la clientela dos dependientas. Me llama la atención la más joven porque viste de negro riguroso, incluido medias y botines, y muestra una tez pálida tan solo coloreada en los pómulos y los labios, muy afín a ese estilo gótico de tribu urbana. La veo moverse desde los mostradores, que aquí son modernos y abiertos, a los expositores y el contraste entre su imagen Felipe II y el colorido de los productos que maneja es más que llamativo. Atiende a mi esposa pero no encuentra las repuestas a lo que la clienta precisa. La otra dependienta, algo más mayor, se desenvuelve con aires de conocer bien el negocio. La oigo resolver las dudas que mi santa le plantea utilizando un lenguaje concreto y un vocabulario de mercería y costura tradicional que indican su conocimiento del asunto.

Concluido el trato de compra y arreglo, y antes de abandonar la tienda, a la que tendré que volver, hago disimuladamente una foto que refleje el multicolor y moderno ambiente del local. Ya en la calle pienso en la diferencia con la mercería La Central, aun tratándose del mismo tipo de comercio. Pienso también en la persistencia de estos negocios “de toda la vida” a pesar de la modernización. Sobreviven y tienen su clientela de mujeres (no vi ningún hombre comprando en estas mercerías) que siguen haciendo labores manuales en la confección o el ornamento de vestimentas, destinadas a ser lucidas en algún día señalado, o también para adornos de menaje del hogar.

Pasados unos días vuelvo a Regina y tan solo advierto un cambio. Suena música ambiente: una marcha procesional. No me extraña porque eran vísperas de Semana Santa y en el comercio, sin ser especialista en el ramo de la Semana Grande, se venden algunos accesorios para nazarenos y penitentes. Lo extraño es que concluidos los sones semanasanteros se escuchan unas alegres sevillanas. Pienso que la concatenación de músicas es ejemplo del tiempo que se avecina en estas Tierras del Sur: pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor; pasión, vida y deleite del ánimo y los sentidos.

8 abril, 2017

De mercería en mercería (1/2 – La Central)

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 10:29

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En las últimas semanas he visitado algunas mercerías. No es éste un tipo de comercio que me sea cercano pues poco tiene que ver con mis aficiones y menos con mis actividades de jubilado docente y agricultor sobrevenido.

La visita a varios de estos locales de la capital de la provincia ha sido de mero acompañante. Anda mi santa averiguando un vestido para, llegado el momento, acristianar (verbo más radical en la definición que su sinónimo bautizar) a la nieta. Y para tal indumentaria necesita equiparse de artículos que se venden en estos comercios. De entre todos los visitados comentaré dos de ellos: “La Central” y “Regina”.

La primera de estas mercerías es un pequeño local de cuatro metros de fachada y un mínimo espacio interior. La Central respira solera de comercio de toda la vida. Comenzando por el nombre; ya no se ponen nombres como ése a los comercios (y es una pena). Bajo el rótulo nominal dos pequeños escaparates exhiben los clásicos artículos enmarcando una estrecha puerta de madera vieja que se protege con una reja corredera de hierro. Como he dicho antes el interior es pequeño y sigue conservando el antiguo mostrador de madera y viejos expositores acristalados en los laterales. Tras el mostrador toda la pared se reviste de un mueble cajonera. Cada vez que el dependiente tira de uno de esos cajones para sacar una cinta o unos botones la estructura parece correr peligro y llegar a desvencijarse en cualquier momento. Devolver el cajón a su lugar de origen es una odisea pues el paso de los años y el uso continuado ha desencajado los espacios en los que cada cajón debe acoplarse.

Dentro del aparente desorden todo parece guardar un orden natural. Miro con curiosidad todo lo que allí se acumula y me parece estar en un comercio de los años sesenta. Hasta el dependiente lo parece; es un señor de mediana edad que, por su aspecto, parece haber entrado en simbiosis con el local que regenta. Me lo imagino soltero y viviendo con su madre en un pisito cercano a la mercería. Me recuerda al personaje novelesco de Muñoz Molina, Lorencito Quesada, dependiente de “El sistema métrico decimal” (nombre, también, de otros tiempos). Pero entre tan añeja composición, entre tan rancio abolengo comercial, destaca, en un rincón tras el mostrador, una caja de cobro moderna, provista de una pantalla táctil y colorista en la que el eficaz dependiente marca el importe de cada producto adquirido.

Abandonamos el local y meto la mano en el bolsillo para sacar el móvil, mirar la hora y asegurarme que vuelvo al siglo XXI.

17 agosto, 2016

Crónicas vikingas (y 15) – Llegar a buen puerto

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 9:47

                                                                                                                                            16 de julio de 2016

clip_image002Volvemos a Málaga. En el control de embarque del aeropuerto de Copenhague la autoridad competente se afana en revisar meticulosamente mi equipaje de mano, trasteando y sacando del bolso todo lo que contiene, y devolviéndolo para que vuelva a ser escaneado. Esas maniobras, de las que no me quejo porque no están los tiempos para descuidar la seguridad, sí crean en mí una cierta desazón. La inquietud propia de quien hace muchos años veía cualquier acción de la autoridad policial como un indicio de que algo malo te podría ocurrir. Son los rescoldos de otros tiempos en los que… “Ninguna frontera es un refugio y todas son trampas que se cierran como cepos sobre los pies caminantes de los condenados.” La cita anterior pertenece a Sefarad, libro en el que se vive la angustia de las fronteras de aquella Europa convulsa del siglo XX. Hoy todo es diferente; el miedo proviene del terror de los inconscientes y desalmados y no del terror de los Estados, pero siempre queda esa preocupación. Vuelvo a Sefarad: “Me aterran los papeles, pasaportes y certificados que pueden perderse, puertas que no logro abrir, las fronteras, la expresión inescrutable o amenazadora de un policía, de alguien que lleve uniforme o esgrima ante mí alguna autoridad.”

Afortunadamente todo estaba en orden y pudimos embarcar tras hacer algunas compras en la zona libre de impuestos. Hemos despegado con algo de retraso respecto a la hora prevista, las ocho menos cinco de la tarde. Nada más dejar atrás la pista de despegue se puede ver el puente de Oresund que une Dinamarca con Suecia, y que es también el que da título a otra serie nórdica (El puente – Broen – Bron) de la que soy fiel adicto. A partir de ahí nubes en el piso inferior de la ventanilla hasta que sobrevolamos Francia y la puesta de sol, casi eterna, casi infinita, ofrece una vista maravillosa. Cuando anochece de manera definitiva los pueblos y ciudades iluminados parecen haber sido bañados en oro cual guirnaldas rococós. Escucho música de Corrs para hacer más llevadero el viaje y el ajetreo de pasajeros que van y vienen al claustrofóbico aseo.

Hemos llegado a Málaga alrededor de la media noche. Recogemos los coches del aparcamiento y viajamos a Caleta. Como es el día de la Virgen del Carmen hay fiesta marinera en el puerto. Allí nos vamos para tomar unas cervezas y unos montaditos de lomo. Sentados en sillones de plástico, en la dársena próxima a la lonja del puerto, cenamos mientras escuchamos a un conjunto músico-vocal que ameniza la velada. En pocas horas uno vuelve a vivir en el mundo mediterráneo de jolgorio y cálido trasnoche, asomado a unas aguas plácidas que no recuerdan en nada a los mares norteños de los días anteriores. Ahora sí que todo ha concluido; y por un momento pienso que si de un viaje en barco lo más importante es “llegar a buen puerto”, en éste que hemos realizado durante los últimos días la sentencia se ha cumplido fielmente. Ya sólo queda recordar todo lo bueno vivido. Y para ello he escrito estas crónicas a lo largo de un mes después.

13 agosto, 2016

Crónicas vikingas 14 – Copenhague: de la Sirenita a los palacios

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 9:50

                                                                               16 de julio de 2016

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Último día del viaje (qué pena). Hemos contratado la excursión por Copenhague. La distancia del puerto al aeropuerto es enorme (lo vimos cuando llegamos), la ciudad es extensa y a las seis hay que estar en la terminal 2 del aeropuerto. Mejor no complicarse la existencia y abandonar la rutina de los últimos días en los que hemos callejeado a nuestro aire por las ciudades visitadas. Hoy seremos los típicos turistas a los que llevan de un lugar para otro con un tiempo fijo. No reniego de ese tipo de turismo, no soy de esos exquisitos que siempre tienden a colocarse por encima de la media, pues pienso que cada momento de la vida requiere la mejor elección.

Así que subimos a la segunda planta del bus que nos lleva por la capital danesa con la guía llamada Ivi. Es una mujer de “cierta edad” que llama morralla a la muralla y comenta que algunos edificios están cubiertos con tejados de… “eso que se utiliza en las escuelas, tejados de tiza, sí.” Hay quien le aclara que los tejados no son de tiza sino de pizarra. Aparte de estas anécdotas, Ivi nos explica con destreza y amenidad los lugares que visitamos. Entre esos lugares, claro está, la primera parada es la Sirenita. Hay que hacer cola para fotografiarse con ella. Así de complicados somos los humanos. Lo que más me satisface de esa visita es enterarme que fue el señor Jacobsen, propietario de la cervecera Carlsberg quien financió y mandó colocar la escultura en tal lugar. Ello afianza mi creencia de que la gente relacionada con la cerveza suele tener buenas ideas.

clip_image004Copenhague es una ciudad inundada de bicicletas; tras Ámsterdam, es la segunda ciudad del mundo en número de este tipo de vehículos, nos cuenta Ivi. Y doy fe de que no miente. Pero Copenhague es también una ciudad monumental. Para compensar el atracón de naturaleza que nos dimos en la primera excursión del viaje (glaciar Briskdal, monte Dalsnibba y fiordo de Geiranger) viene bien este paisaje urbano y arquitectónicamente variado. Paramos en Amalienborg, residencia de la familia real danesa, compuesto por cuatro palacios, con la Iglesia de Mármol (que no es de mármol) al fondo de una plaza de dimensiones gigantescas. Nos hacemos fotos en el entorno de la plaza con la guardia real que custodia los edificios. Los guardias se desplazan de garita a garita (una caseta con forma de lápiz hueco) marcando un paso marcial y con el fusil al hombro. Uno de los guardias suelta un grito atemorizador cuando un niño turista se adentra en una de las aceras vigiladas. Tal advertencia nos lleva a hacer las fotos a prudencial distancia del irascible guardián real.

Tras Amalienborg, y una visita panorámica por la ciudad, visitamos el Palacio de Cristiansborg, sede de los tres poderes daneses (Parlamento, Primer Ministro y Justicia) y único recinto del mundo que acoge esos tres poderes (legislativo, ejecutivo y judicial). Curiosamente, tras volver del viaje, mientras publico estas Crónicas vikingas, veo las tres temporadas de una serie danesa llamada Borgen (muy recomendable). Borgen es el nombre popular con el que se conoce al Palacio de Cristiansborg.

Tiene Copenhague también un canal, Nyhavn, que le da un tono de color al gris reinante en la ciudad. Un canal repleto de barcos, y cerca de él una calle repleta de gentes que caminan en ambas direcciones, como se hacía antiguamente en la calle Alta de mi pueblo los domingos por la tarde. Son gentes repetitivamente rubias y altas, vestidas de negro o con colores grisáceos, gentes que se mezclan con una multitud de turistas entre las que destaca mi chubasquero azul cielo mediterráneo. Chubasquero que he tenido que colocarme porque una vez más (y van…) se ha levantado viento y ha comenzado a chispear. Nunca en mi vida me había puesto y quitado ropa tantas veces y en tan poco tiempo. El asunto del tiempo meteorológico por estas latitudes nórdicas es algo tan imprevisible como el trabajo de un entrenador de fútbol con resultados irregulares. Comemos en Copenhague porque toca volver al autobús y tomar el camino del aeropuerto.

10 agosto, 2016

Crónicas vikingas 13 – Volar, navegar y jacuzzear

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 10:26

 

15 de julio de 2016

Es nuestra última tarde en el Costa Favolosa. Conocemos bien los bares de los puentes 3 y 5. Cócteles de todo tipo y cafés variados han sido abundantemente degustados en los días anteriores. Hemos visto varias actuaciones en el teatro y escuchado músicas diferentes. El bufet del desayuno y del almuerzo es abundante y de calidad. La cena en el salón Duque de Borgoña, creo haber comentado ya, exquisita. Pero, como decía al principio, es nuestra última tarde a bordo y hemos regresado de Warnemünde para descansar. Mañana espera un largo día en Copenhague y el regreso a casa. Mi compaña decide hacerlo en los jacuzzis que hay en el puente nueve, en el solárium, un lugar que invita al relax.

clip_image002No soy amante de poner mi cuerpo a remojo en baños comunales pero como este es un viaje de nuevas experiencias decido sumarme a la compaña. Después de volar y navegar me sumerjo en esa especie de gran olla colorista y plastificada llena de agua caliente y borboteante. Qué decir de esta nueva experiencia; que no está mal, pero que tampoco la voy a colocar en el top ten de mis placeres personales. Eso sí, tras el remojo uno se tumba en la hamaca, observa el cielo nuboso que se ve a través del techo acristalado del solárium , gira la cabeza para observar el mar Báltico, disfruta los escasos momentos en los que el sol se cuela entre las nubes, degusta un café marocchino, y se olvida del mundanal ruido. A todo ello contribuye que es la tarde en la que muchos pasajeros han concluido el crucero por la mañana y otros están embarcando, con lo cual la zona de piscina y jacuzzis está más tranquila que de costumbre. Tan sólo echo de menos que en la gran pantalla que hay frente a mi tumbona no proyecten la etapa del Tour de Francia en lugar de los repetitivos videos promocionales del crucero. Pero hallar la perfección y la felicidad completa no es tarea fácil.

Por la noche toca preparar maletas antes de ir al comedor. El camarero de nuestra mesa (ya hablé de él en otro capítulo de estas Crónicas vikingas) nos asiste amablemente, como siempre. Conoce ya nuestras costumbres: agua sin gas para todos, los que beben vino y los que no… Nos asesora en la elección de los platos (esos nombres tan largos, e italianizados en muchos casos, pueden confundir al comensal en el momento de la elección) y se ha convertido en un elemento importante en la cena de cada noche. Además, desde el primer día nos pareció “buena gente”. Su rostro apacible y sonriente, la suave tonalidad al hablar, el ser un hombre algo mayor que la mayoría de los jóvenes que atienden otras mesas, etc. nos hace coincidir a todos que merece una propina de la mesa 177. Así lo hacemos, y al despedirnos se la entrego discretamente y él, como siempre, nos muestra su amabilidad y gratitud.

Tras tomar alguna copa después de la cena en el “rincón caleteño” los niños y las niñas se retiran para preparar las maletas que hay que dejar en la puerta de los camarotes antes de la una de la madrugada. Mi santa y yo decidimos permanecer un rato más pues queremos ver el paso del buque por debajo del puente Storebaeltsbroen, en el estrecho del Gran Belt. A las doce y media, noche ya cerrada, la visión del barco bajo el puente (unos 15 km de longitud), en medio de las dos grandes estructuras que se hunden en el mar y sostienen el tramo colgante de casi dos kilómetros de largo, es realmente espectacular. Ante la magnitud de esa construcción arquitectónica sobe la que se ven circular coches en mitad de la noche y del mar, y la del barco que nos lleva, uno congrega una mezcla de sensaciones que van desde la incredulidad hasta el temor.

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