La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

29 marzo, 2019

Todo en su punto (Cuento de marzo)

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 9:00

marzoHabían pasado una mala racha. Todas las parejas tienen que superar la tormenta perfecta. O hundirse en lo más profundo de la mar océana. Ellos no lo habían hecho, no se habían ahogado en las profundidades abisales de los celos, habían sabido salir a flote, esquivando, eso sí, los cacharros de cocina que aquella tarde volaron cuando ella descubrió los mensajes que él había mandado a Irene, su amiga del alma, aquella con la que había compartido confidencias y, al parecer, también a su marido. Y tras la tempestad… no llegó la calma. No. Guillermo tuvo que pasar un tiempo de alejamiento, de aislamiento más monacal que carcelario, de infinitas llamadas y mensajes de voz, de cartas de amor (sí, cartas) con exquisita caligrafía del siglo XIX… Hasta que Julia volvió a admitirlo en su vida un veintinueve de marzo.

Lo habían superado, habían reiniciado su relación hasta el punto de que esa segunda fase matrimonial  se desbordó con una pasión sexual desconocida para Julia (pensó que debería llamar a su ex amiga Irene para darle las gracias). Fueron meses de entrega apasionada, de fidelidades absolutas. Guillermo, irreconocible incluso por sí mismo, se había transformado en un hombre detallista capaz de preparar una cena sorpresa y romántica para agasajar a una Julia que recibía en el trabajo ramos de orquídeas (su flor preferida) con una tarjeta de “Tu Gigi L’Amoroso”.

Pero todo cambió en el segundo aniversario de la reconciliación. Aquella noche Guillermo lo tenía todo preparado: el bacalao en su punto de sal, la cerveza en su punto glacial, el merengue en su punto de nieve y la raya en su punto de coca. Esperaba a que Julia volviese para agasajarla hasta completar todos los puntos del círculo que una mujer puede desear. Fue entonces cuando escuchó el sonido de su móvil. Era un mensaje de Julia: “Estamos llegando”. Ese plural le creó un momentáneo desconcierto: ¿Estamos? Pensaba en el error gramatical, en el incorrecto uso del plural,  mientras se dirigía a la entrada de la vivienda. Se lo atribuyó al corrector ortográfico del móvil. Estaba guardando el teléfono en el bolsillo cuando la puerta se abrió. Allí estaba Julia con su mejor sonrisa. Tras ella apareció Irene.

23 febrero, 2019

Aquel cielo azul (Cuento de febrero)

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 9:19

azulDurante los últimos meses no había llovido. La ciudad seguía coronada por aquella nube tóxica de la que hablaban sin cesar contertulios televisivos incapaces de pronunciar bien clorofluorocarbonos. En cambio, se paladeaban a sí mismos cuando deambulaban entre los términos boina y esmog como los alfa y omega de su sabiduría sobre el asunto.

La gente, ajena a la charlatanería habitual, se iba acostumbrando año tras año a esos periodos de calima contaminante, cada vez más extensos en el tiempo, al igual que se había ido habituando a las olas de calor que desde abril a octubre sofocaban aún más el ambiente.

En sus dos años de vida Dalia había usado la mascarilla y vivido con el aire acondicionado tanto como lo hiciese su abuelo en los setenta años que llevaba ya vividos. Por primera vez desde que Dalia nació sus padres iban a poder disfrutar de unos días de vacaciones. Eligieron hacerlo a mediados de febrero. Habían decidido pasar esos días en la costa como regalo de cumpleaños de la niña y para que ésta conociese el mar. La pequeña había nacido el Día de los Enamorados, uno de los pocos días que, teniendo alguna relación con el santoral católico, aún se celebraban.

Salieron cuando aún no había amanecido. Viajaron por carreteras desde las que se veían unas tierras esquilmadas que cobijaban miles de efímeras construcciones de plásticos en las que los nuevos cultivos híbridos crecían sin apenas agua. Divisaron urbanizaciones construidas de manera escalonada, arañando las faldas de los cerros, para que los residentes pudiesen ver el mar. Muchas de ellas estaban abandonadas y entre sus restos se movían gentes que parecían esconderse al paso de los vehículos y a los que se les intuía entre las luces y las sombras de las fogatas que ellos mismos habían encendido con restos de maderas traídos de las obras abandonadas.

Afortunadamente, Dalia iba dormida y sus padres pensaron que mejor así. Mejor que su despertar coincidiera con el avistamiento del mar para que esa visión pasase a formar parte de su memoria. Conforme se habían ido alejando de los lugares habitados, y la noche dejaba paso a la luz del día, el cielo había ganado claridad y limpieza. Al amanecer llegaron a una playa desierta y despertaron a la hija:

– Mira, Dalia. Mira, el mar. ¿Te gusta?

La niña, con la cabeza levantada, con mirada extasiada, solo miraba aquel cielo azul que nunca antes había visto.

1 enero, 2019

Prisioneros sin rejas (Cuento de enero)

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 10:54

prisionerosVolver al colegio tras las vacaciones de Navidad es lo que menos me gusta en la vida. Odio tener que levantarme temprano  y pasar frío. Pero, este año lo hice con más ganas porque don Justo, mi maestro, nos había anunciado, un día antes de comenzar las vacaciones, algo muy importante: “Cuando sus colegas los niños del Colegio de san Idelfonso hayan repartido una lluvia de millones, cuando haya nacido Jesús en Belén y en sus corazones, cuando hayamos despedido este año y los Reyes Magos les hayan colmado de regalos o carbón, volveremos a clase el 7 de enero y justamente una semana después haremos una excursión al zoológico de la capital.”

Y así fue, el catorce de enero visitamos el parque zoológico tal como don Justo nos había comunicado. Lo que más ilusión me hizo fue ver la melena de los leones; y lo que más miedo me dio fue sostenerle la mirada a las hienas. Tanto en una jaula como en la otra me quedé rezagado del grupo y don Justo tuvo que regañarme dos veces en poco rato. “Si en lo que resta de visita al zoo tengo que avisarte otra vez… la próxima te quedas en el colegio”, sentenció con esa voz grave que sacaba don Justo no sé de qué parte de su escuálido organismo.

Mientras mis compañeros de clase les hacían monerías al pobre orangután de ojos tristes, yo, algo alejado de ellos, escuché tras de mí una especie de sollozo. Me giré y no había nadie. Tan solo un árbol de flores blancas. Me acerqué a él y leí el cartelillo pinchado a su lado: “Castaño de Indias”. Palpé su tronco con mis manos temblorosas y volví a escuchar un corto sollozo y una voz que me susurraba desde el interior del  tronco: “Ya ves, todos vuestros ojos fijos en las fieras. Nadie repara en nosotros, prisioneros sin rejas. Fíjate en mí: Castaño de Indias, cuando ni soy castaño ni soy de las Indias. Me trajeron desde los Balcanes y aquí sigo viendo pasar el tiempo y grupos de niños ilusionados, como tú, por ver bostezar a los tigres de Bengala y reírse cuando el viejo elefante levanta su trompa con torpeza. En cambio, ahí están mis hermanos los cedros, y el violáceo árbol del amor, los eternos ginkgos orientales, los fúnebres cipreses y hasta un olivo centenario, bisabuelo de aquellos a los que tus padres recogieron la aceituna el pasado invierno. Aquí estamos dando sombra y escoltando a quienes pasáis a nuestra vera sin escucharnos.”

Se hizo el silencio cuando oí tras de mí a don Justo gritar: “¡Rafalín! ¡Otra vez quedándote embobado con cualquier historia de las tuyas! Vamos, espabila y deja de tocar ese árbol.”

14 noviembre, 2018

Pasa la vida

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 10:17

vida

Durante las últimas semanas Tomás no había dormido bien. Se despertaba entre sudores injustificables y con el pulso acelerado, escuchaba el tenue ruido del aparato de aire acondicionado, bebía un trago de agua de la botella que siempre tenía en la mesita de noche e intentaba volver a dormir escuchando uno de esos programas de radio en los que la gente que no duerme aprovecha para hacerse oír.

El desasosiego nocturno no le dejaba rastros profundos y por la mañana se encontraba medianamente bien. Su reciente jubilación le permitía darse uno de los grandes placeres que siempre había anhelado: desayunar sin prisas y sin horas. Tras el desayuno ojeaba los diarios digitales, salía a dar su caminata por los alrededores del pueblo, descansaba en el banco solitario… Durante este mes podría hacerlo sin preocuparse de nada pues su anciano padre estaría en casa de una de sus dos hermanas.

Tras la muerte de la madre habían decidido turnarse en el cuidado del padre. No fue una decisión fácil de tomar. Consultaron con amigos que habían pasado por situaciones similares. Unos decían que los ancianos se desorientaban con tantas idas y venidas, con tantos hogares provisionales; otros, por el contrario, afirmaban, con la seguridad que les daba la experiencia, que el cambio distraía a los ancianos de pensamientos pesimistas y les ayudaba a convivir con toda la familia. El psicólogo geriátrico, profesión en amplia expansión y muy bien considerada socialmente desde que la esperanza de vida era cada vez mayor, les comentó que no había parámetros estables para tomar tal decisión y se explayó con una exposición en la que les habló de la psique anciana en relación con el peso vital de lo anteriormente vivido. Salieron tan confusos de aquella reunión que decidieron turnarse en el cuidado del padre y pagar a escote la elevada factura del psicólogo.

Pasaron los días sin que los sobresaltos nocturnos despareciesen del todo. El treinta y uno cumplió con su rutina diaria y esperó la llamada de su hermana María en la que debería comunicarle a qué hora del día siguiente le llevaría a su padre. Pero su hermana no llamó en toda la tarde. Extrañado por tan anómala circunstancia decidió llamar a casa de la hermana:

– Dígame.

– Hola; María, soy yo, Tomás. Mira, te llamo porque me ha extrañado que no me llamases esta tarde para decirme a qué hora vendríais mañana.

– Ir mañana… ¿A tu casa? – escuchó decir a la hermana con voz dubitativa.

– Sí, claro. Para traer a papá a pasar este mes aquí conmigo.

– Pero… Tomás… Papá murió hace hoy seis meses.

 

26 mayo, 2018

El temeroso tiempo de la espera

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 10:36

tiempoAhora nadie le pregunta. Hace tiempo que ningún cliente le pide que le explique el porqué del nombre. Es normal, los clientes son los habituales de hace muchos años. Son los parroquianos fieles que antes venían a beber el vino cuando salían de la obra y ahora juegan al dominó o a las cartas mientras toman a sorbos pequeños el café con leche de media tarde. En los viejos veladores resuena el sonido metálico de las fichas de dominó o el golpe del nudillo del dedo medio de quien reafirma su suerte al cantar las cuarenta en bastos.

Gavilán, date un vuelo por aquí –le dice Paco el Hormigón, antiguo encofrador, ahora jubilado de cuerpo voluminoso y pelo cano solicitando su copa de Soberano.

“El Gavilán”, así podría haberle llamado. Puesto que casi nadie le llamaba por su nombre, Servando, habría hecho honor al apellido familiar que muchos creían apodo y que desde generaciones habían usado los hombres de su familia. Solo los hombres; con excepción de su abuela, la Gavilana, que heredó en femenino el apellido del marido fusilado un año después de que fuera cautivo y desarmado y tal…

 

Gavilán, tras dejar la copa de coñac junto a la enorme y consistente mano de el Hormigón, vuelve detrás de la barra a ensimismarse en sus pensamientos y a pensar en los pocos meses que le quedan para la jubilación. Mira a quienes enfrascados en el juego tendrán que buscarse otro lugar para echar sus partidas. Algunos ya le han confesado que cuando cierre el bar ellos no buscarán otro sitio. Hace un par de días, hablando de ese asunto, Juan el Nivel, oficial de primera en el arte del enlosado y el alicatado, hábil en el manejo de la herramienta de albañilería que le sirve de mote, habitual lector de libros de divulgación histórica y de poesía, y dado a soltar frases célebres que casi nunca vienen a cuento (seguidas siempre por el mismo latiguillo de Paco el Hormigón: “¡Qué nivel, Juanillo!”) le confesó:

Mira, Gavilán, cuando tu cierres el garito esta cuadrilla quedará recluida en sus casas como monjas clarisas enclaustradas en sus cenobios.

Tras escuchar la frase, Gavilán se quedó con un sentimiento de culpa que todavía no se ha quitado de encima. Por su parte, el Hormigón guardó silencio, sin atreverse a soltar su reiterativa muletilla porque en el ambiente había quedado un aire de transcendencia. Y porque le daba la impresión que esta vez Juanillo había dado el nivel.

 

Antes, sí. Cuando abrió el bar, y antes de abrirlo, todos le preguntaban el porqué de ese nombre: “La Tercera”. Gavilán solía responder con un esquivo: “Ea, alguno había que ponerle”. Hombre de carácter silencioso, poco dado a palabras innecesarias, meditabundo y reflexivo, no daba más explicaciones. Quienes sentían el picor de la curiosidad, ante respuesta tan inconcreta, se daban al juego de las adivinanzas:

– Será por la tercera de sus hijas, la Dolores, que es la niña de sus ojos –aventuraba Tomás Arenas, el Arena.

– Pues yo creo que es por la tercera Copa de Europa ganada por el Real Madrid, que coincidió con el año de su nacimiento.

– Pero, ¿qué dices? Gavilán, aunque no le gusta el fútbol, siempre ha sido un poco colchonero.

Ante tal avalancha de elucubraciones, Paco el Hormigón, que ya conocía en aquellos años a parte de la familia del tabernero, dijo muy convencido:

– A  mí me explicó una vez su cuñado Bartolo que él cree que lo del nombre es porque el año que abrieron el bar fue cuando España ganó por tercera vez el festival de Eurovisión.

– Sí, claro, seguro que es por eso… O porque fue el año que España ganó su tercer Mundial -añadía entre risas Marcelino el Palaustre.

– Lo del dichoso nombrecito es una asociación simbólica, religiosa  y ornitológica –explicó el por entonces Juan Jaramillo-. Es por la Santísima Trinidad; Servando ha transmutado a la paloma en su apellido, gavilán. ¿Y qué persona es la paloma, ahora gavilán? Pues… La Tercera.

A lo que Paco el Hormigón, por primera vez, sentenció: “¡Qué nivel, Juanillo!”

 

Todo eso era antes. Con el tiempo, tan solo algún cliente pasajero, curioso y con ganas de hablar le pregunta a Gavilán el porqué del nombre del bar. Y la respuesta, sí, siempre es la misma: “Ea, alguno había que ponerle”. Ahora, detrás de la barra, mientras seca los vasos de los cafés y mira a la cuadrilla de futuras “monjas clarisas” apurar las copas de coñac, Gavilán recuerda los días en los que se hipotecó hasta los ojos para poder comprar el local. Recuerda también como el barrio fue creciendo y mejorando. Ve pasar los años mientras mira en la acera de enfrente la marquesina de la parada del autobús. Recuerda que la primera línea que llegó hasta allí fue la 14. A lo largo de estos años han llegado dos líneas más; la última ha sido la 31. Mientras mira los números de la tres líneas de autobuses, serigrafiados consecutivamente en la marquesina, Gavilán se percata que Juan el Nivel, lector de libros de divulgación histórica y de poesía, se ha acercado a la barra para pagar la consumición, le ha estado observando y se ha fijado en la mueca de casi sonrisa que el tabernero tenía y, a continuación, en la serie de números de las tres líneas de autobuses urbanos. Cuando las miradas de ambos se cruzan, Gavilán, cuyo rostro ha retomado su habitual semblante senequista, observa un brillo chispeante en los ojos del ex oficial de primera mientras este le dice:

Ea, ya va siendo hora de que llegue, que finalice el tiempo de la espera.

– ¿Qué me dices, Nivel? –pregunta el tabernero.

– Nada, mis cosas, Gavilán.  Que me he acordado de unos versos que leí ayer, y que dicen: En mi pecho, el reloj de sangre mide / el temeroso tiempo de la espera.”

 

PS. Este relato fue escrito para ser publicado en El Ilustre Cenáculo

31 enero, 2018

Isidoro Garrafón, sagaz criminólogo (y algo más)

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 14:03

criminólogoEl señor que aparece en la foto pertenece a una galería de personajes a los que les une la lectura del libro también retratado. En este caso, para el autor de ese libro (Francisco Manuel Espinosa, “Sap”), el señor que aparece en la foto es Isidoro Garrafón. Al ser presentado públicamente, a través del feisbu, en la susodicha galería de lectores, el autor se refería a Isidoro con estas palabras: “Le toca ahora el turno al sagaz criminólogo Isidoro Garrafón –que con orgullo enseña a la cámara su colección de venenos embotellados– de mostrar desde su domicilio de Teruel el solicitado ejemplar de “La merienda del caníbal”; libro que se ha echado a las gafas de inmediato. “Para acompañar esta merienda, tengo yo la bebida precisa”, le ha comentado a su nietecilla con algo de sorna.

¡Muchas gracias, Isidoro, por tu adquisición!

🙂

Ojo, aclaro que Isidoro Garrafón vive en Teruel, pero que es natural de San Nicolás del Puerto, Sevilla.”

Ante tal presentación, el que ahora escribe comentó en la famosa red social lo que sigue: “Conozco a Isidoro desde que se asentó en nuestra noble ciudad, cuna de famosos amantes y gloria del mudéjar. En mi botica preparamos las pócimas y bebedizos que en la foto aparecen. Suele venir con su nieta, a la que ve como su heredera y continuadora en las artes de la criminología.”

En esa conversación pública intervinieron gentes de diferentes puntos de nuestra geografía patria. Tal fue el caso de un señor que, sin duda confundido por los recipientes de licor cervecero que se ven en la foto, refiriéndose al autor y a Isidoro, comentó: “Tanto a uno como al otro, se observa que os gusta el morapio. Feliz lectura Isidoro.” A lo que, en condición de amigo del sagaz criminólogo, tuve que responder: “Lo de las botellas… coleccionismo sin más.”

Poco después, una señora hizo el siguiente comentario: “¿Y le queda tiempo para leer? Lo digo porque viviendo en Teruel, a un maestro de la criminología no le faltará trabajo.” Acostumbrado como estoy, desde que acompaño al señor Garrafón en sus investigaciones, al estudio de todos los detalles, denoté en el comentario de la dama un tonillo de menosprecio a nuestro insigne investigador y a nuestra gloriosa ciudad. Así que, sin pensármelo dos veces, con educación , pero también con firmeza, le contesté: “Denoto, señora mía, cierta sorna en su comentario. Sepa usted que Aquí somos mucho de matarnos. Isidoro Garrafón trabaja en una hipótesis sobre los posibles asesinatos de Isabel y Diego (lo de morir por amor no se lo cree nadie en Teruel). Este humilde boticario, cual doctor Watson, colabora con el genio de la criminología en esa tarea.”

Y más que podría haber dicho de mi admirado especialista en descubrir todo tipo de crímenes. Podría haberles contado cómo resolvió el caso de nuestro paisano, el alférez de navío Gumersindo Narváez, que murió “extrañamente ahogado” en el pantano de Las Bobadillas, que suministra agua potable a todo Teruel; o el caso de Beatriz de Segura, que guarda un lejano parentesco con aquella Isabel de los afamados amantes turolenses, costurera de profesión, que fue hallada muerta en lo que “parecía” una auto sesión de acupuntura. Eso sí, hay un caso que mi amigo el criminólogo no ha desenmarañado. Y eso que tanto él como yo hemos puesto todo el empeño. Se trata de la extraña muerte del licenciado Evaristo de la Hoz y Rivera. Este luctuoso hecho sucedió a los dos años de la llegada de Isidoro a nuestra ciudad, y cuando ya ambos teníamos buena amistad. El licenciado De la Hoz, aragonés recio y soltero, murió en la tertulia que  manteníamos algunos representantes de las fuerzas vivas de la ciudad las tardes de los sábados en el Casino Mercantil. El farmacéutico, tras tomar un café, cayó desplomado después de  balbucear: “Efte afé me safe dado”. Era don Gumersindo el farmacéutico de la Plaza Mayor, cuya licencia y local pude adquirir tras un rápido y beneficioso (para ambas partes) acuerdo de compraventa con los herederos del finado, unos sobrinos que vivían en Venezuela. En fin, son tantas las peripecias que Isidoro Garrafón y un servidor de ustedes hemos vivido juntos, en “plena simbiosis” como solemos decir ambos al unísono.

Bien, me despido de ustedes agradeciendo al autor del libro que haya escrito en su galería de personajes/lectores tan acertado comentario de mi amigo Isidoro Garrafón y, sobre todo, que haya tenido a bien mencionar a este humilde boticario, junto a mi fiel mascota, en la magna obra literaria origen de esta historia, tal como pueden ver en la foto de abajo. Una prueba más para ratificar que todo lo aquí contado es verdadero.

ND

Todo esto comenzó aquí:

https://www.facebook.com/permalink.php?story_fbid=10214639114516146&id=1371191617&comment_id=10214642878090233

29 diciembre, 2017

El punto de no retorno

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 10:04

retorno1. Estaba a punto de caer al precipicio cuando los guardas que le llevarían a la cámara de gas le despertaron del sueño.

2. Reconoce el tono de la llamada esperada unos instantes después de saltar desde el pretil del puente.

3. En el momento en el que el sobre caía dentro de la urna recordó donde había dejado el décimo de lotería que había buscado unas horas antes.

4. Mientras la anestesia hacía efecto pensó que quizás sus pechos no eran tan pequeños.

5. El director de la sucursal le explicó las ventajas del nuevo producto. Mientras firmaba miró la letra pequeña sin darle importancia.

6. Mientras mira por el espejo retrovisor ve como se empequeñecen las figuras de sus hijos y de la que fue su esposa.

7. La enfermera observó el temblar de manos del cirujano en el momento en el que éste ya había comenzado la incisión con el bisturí.

8. En la oscuridad de la noche, con su hijo en brazos, camina sobre la arena y sube con los demás a la embarcación neumática.

9. Tras recoger el guante alguien le dijo al oído que su oponente era el mejor espadachín de la ciudad.

10. Decidió sacar del campo a la estrella del equipo. Dos jornadas después el club despedía al entrenador.

11. Siempre se negó a estar a solas con él. Pero ahí está ahora, escondida en la sacristía, esperando que las beatas acaben de confesar.

24 diciembre, 2017

La tila

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 13:36

tila1. Tras la frugal cena se retira a su celda. Al rato se toma su ansiolítico porque el rezo y la tila no apaciguan los malos pensamientos.

2. Habrá manifestantes que le insulten, otros intentarán darle un clavel… Se toma la tila mientras se pone el casco y coge la porra.

3. Hoy no se tomará su tila diaria. Hay manifestación y en la asamblea de la facultad han decidió que se harán oír en la calle.

4. La maestra lo llama nada más entrar en clase. Destapa el termo que le ha dejado la mamá de Juanito y le da el primer vasito de la mañana.

5. Se ha tomado un par de tilas en la cafetería del hospital materno. Cuando vea el color de piel de su “hijo” necesitará algo más fuerte.

6. Se había fijado en ella porque le parecía una “mujer fogosa”. Se acercó a la barra y la oyó pedir una tila. Todo el encanto desapareció.

7. Cada lunes el encargado renueva existencias pero cada miércoles ya no queda tila en la máquina de la sala de profesores.

8. Coloca el termo de tila en el rincón del confesionario mientras espera que las chicas de madame Julie vayan llegando.

9. Desde que tuvo el infarto y abandonó los excesos nocturnos solo toma alguna tila. Desde entonces no ha compuesto una buena canción.

10. No es solo mate lo que el cocinero del equipo echa en el termo del futbolista paraguayo que fue expulsado dos veces el pasado mes.

19 diciembre, 2017

El nuevo de la clase

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 9:42

nuevo1.  Era tan perfecto que se nos pasó todo el curso y no encontramos un mote para el nuevo.

2. Treinta años después, sentado en el despacho ministerial, recuerdo aquel primer día de colegio en el que decidí protegerlo del abusón.

3. Toda la noche sin dormir temiendo lo peor y el primer día sus nuevos compañeros lo eligen delegado de clase.

4. No fue uno, ni una. Fueron cinco las nuevas compañeras que llegaron a clase cuando el colegio paso a ser mixto. Una nueva vida empezaba.

5. Todos nuestros planes se desvanecieron cuando vimos entrar al nuevo: un repetidor que nos sacaba a todos la cabeza.

6. Los padres del nuevo tenían una tienda de chucherías. Su mercancía para el recreo le convirtió en el mejor amigo de nuestra pandilla.

7. Era nuestro último curso de bachillerato cuando llegó ella. Aquella alumna logró que el director volviera a dar clase ese curso.

8. La maestra dijo que nuestro nuevo compañero, Ousmane, venía de Senegal. Juanito “el Alelao” le preguntó si su padre era rey mago.

9. A todos nos dejó sorprendido que siendo nuevo en el colegio retirase con firmeza la mano que el padre Alberto puso en su mejilla.

10. Miré con tristeza a Toño cuando vi que el padre Alberto cogía cariñosamente de la mano al nuevo y cerraba por dentro el aula de música.

11 diciembre, 2017

La deformación profesional

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 12:09
  1. deformación1. Tan solo cuando el capitán del crucero le echó unas monedas el mimo decidió abandonar el barco que estaba a punto de hundirse.
  2. Los días que no hay ejecuciones los vecinos de la aldea se encierran en casa cuando el verdugo del rey vuelve con el hacha al hombro.
  3. Pasaron una noche juntos y el joven heredero al trono declaró que estaba dispuesto a casarse con la contorsionista del circo.
  4. 4. El cadáver de la joven violada fue hallado con grasa en la vagina. La policía detuvo a los pocos días al asesino en su taller mecánico.
  5. Su madre siempre le dijo que no entrenara en la azotea. Aquel día intentó hacer un doble mortal y su cuerpo voló más allá de la baranda.
  6. Estrelló los cinco drones contra los vehículos en marcha de los cinco médicos del tribunal que decretó su incapacidad como piloto.
  7. Antes de que sus hijos beban el padre echa un buchito del refresco de cola en un vaso, lo mueve, olisquea y diserta sobre su elaboración.
  8. Cada noche, solo en casa, se pone de pie, vacía la botella y eleva hacia el techo la última copa mientras masculla: “Esta es mi sangre…”
  9. Cada día, cuando vuelve del colegio, pasa lista a su familia: el caniche Miko y la tortuga Baltasara.
  10. Cuando termina de hablar hace una pausa esperando el aplauso de su “grupo”. Toda la familia lo hace menos la oposición: suegra y cuñada.
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