La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

15 septiembre, 2017

El maestro de almas – Irène Némirovsky

Filed under: Libros — Nicolás Doncel Villegas @ 11:37

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El maestro de almas es en realidad un médico de almas. El doctor Darío Asfar, emigrante llegado a Francia en 1920 huyendo de su destino, huyendo de la pobreza y el hambre. El doctor Asfar es un meteco, un extranjero que busca mejor vida en aquella Europa de entreguerras, una persona que quiere esquivar lo que vivió siendo niño, una vida de supervivencia. Pero cuando llega a Niza siente que puede acabar siendo presa de aquello de lo que huye, siente que puede acabar perdiendo no sólo los sueños que le trajeron hasta allí sino también lo que en ese momento más quiere, la vida de su propio hijo recién nacido.

Y cómo escapar de ese precipicio. Pues con un poco de suerte y ascendiendo por la escalera del éxito en la que cada escalón que se sube supone la pérdida de unos valores, de unos principios morales que van quedando atrás mientras se asciende agarrado a la barandilla que proporciona dinero y consideraciones sociales entre la clase de la que se aspira formar parte. De esa forma el médico desconocido y harapiento, sin clientela segura, al borde del hambre, el médico de rasgos físicos que generan desconfianza entre la burguesía francesa, llega a convertirse en el maestro de sus almas, el sanador de las mentes que pasa a codearse con lo mejor de la sociedad, a enriquecerse y cambiar de vida hasta el límite de correr el riesgo de volver a la pobreza. Y para que tal cosa no suceda, para no volver a sus orígenes, es capaz de vender su propia alma a los intereses que le aseguren a él y a su familia una vida acomodada, una vida de plena integración social entre esa clase de la que ya ha llegado a formar parte.

El maestro de almas es una novela que la autora escribió como novela por entregas. Y ello se aprecia en su desarrollo poco complicado, en el número escaso de personajes, en la repetición de ciertos esquemas que ayudan al lector a recordar lo ya contado, etc. Una novela que se lee recordando ese tema tantas veces tratado en la literatura o en el cine: la búsqueda del reconocimiento social y el éxito económico.

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7 septiembre, 2017

Los almajos – Juan Villa Díaz

Filed under: Libros — Nicolás Doncel Villegas @ 9:51

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He leído esta novela corta, este breve relato que completa la trilogía marismeña, de una sentada. La primera curiosidad: el título. ¿Qué son los almajos? Decido no investigar y dejar que la novela me lo enseñe:

Almajos. Fabián jamás había escuchado esa palabra, como tantas otras del Nano, que se gastaba un argot marismeño peculiarísimo. El Nano, en su jerga, le vino a explicar más o menos lo que eran.

—Unas yerbas que se comen las yeguas para malparir en los años secos. Ellas saben que si paren a su tiempo, los potros no van a tener comida para criarse bien, así que los matan ellas mismas para que no los mate la miseria, que es lo último.

Estamos en 1951 y los personajes de esta historia viven de su victoria en la pasada guerra. De una victoria engañosa porque dentro de alguno de ellos pervive la inquietud de las decisiones que se tomaron en aquél pasado. Viven en el poblado de colonización del Patrimonio Forestal del Estado, en el Majadal, ese lugar por el que pasaron otros que también tenían pasados que esconder y futuros inciertos, esas gentes cuyas madres no pudieron comer almajos que evitasen vidas de penurias y sinsabores.

En tan escasas páginas hay lugar para varias historias de interés que se enlazan bien con el paisaje y la climatología invernal del poblado. Todo ello da como resultado un librito de agradable lectura, páginas de esa literatura que anda escondida entre baldas de olvido, alejadas de las grandes obras y los grandes autores pero que merecen un ratito de dedicación lectora.

1 septiembre, 2017

Aromas contrapuestos

Filed under: De libros — Nicolás Doncel Villegas @ 8:00

 

clip_image002Leyendo uno de los cuentos del libro “Mala letra”, de Sara Mesa, el titulado “Nada nuevo”, magnífico cuento, dicho sea de paso, me encuentro con lo que sigue: “…tras la dama de noche que, aun en la amanecida, seguía apestando con su caliente dulzura putrefacta…”.

Nunca, nadie había calificado, que yo sepa, tan a la perfección el aroma de ese arbusto también conocido como galán de noche. Quizás hay algo de hipérbole en el último adjetivo; sin embargo, para quienes no digerimos bien olfativamente ciertos olores les aseguro que no es nada exagerado. El aroma denso, pesado, que se te pega a la pituitaria cuando anochece y pasas cerca de una dama de noche es un crochet de derecha capaz de dejarte sin aire por unos instantes. Hasta que todo el aparato respiratorio se pone a pleno funcionamiento para limpiar las fosas nasales de tan empalagoso olor uno vive con la sensación de ahogo olfativo.

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Siempre lo he dicho, quizás en este lugar también lo haya comentado ya, el contrapunto al aroma de la dama de noche es el del jazmín. El anochecer aromatizado por las flores blancas de un jardín trepador en un patio silencioso es una de las grandes delicias que un ser humano puede vivir. El olor etéreo, liviano, que desprenden esas flores ayuda a aligerar la carga pesada de la vida diaria, a sobrellevar la canícula veraniega, a espantar los mosquitos insufribles cuando un ramillete de jazmines son depositados en la mesita de noche… Aspirar el aroma de un jazmín arrastrado por una ligera brisa nocturna es la adormidera perfecta cuando el insomnio intenta hacerse fuerte.

29 agosto, 2017

Mala letra–Sara Mesa

Filed under: Libros — Nicolás Doncel Villegas @ 10:19

 

clip_image002El título de este conjunto de relatos no es el de uno ellos. El título viene de una de esas historias que Sara Mesa escribe para mostrarnos la inquietud de los protagonistas de estos cuentos, protagonistas que son jóvenes, chicas rebeldes o niños que viven con preocupaciones el proceso de crecer. Mala letra viene del segundo de los relatos, Mármol, que escrito así en mayúscula nos avisa ya que no es roca empleada en construcción o escultura sino apellido de uno de esos chicos de los que antes hablaba. En ese cuento la protagonista es reprendida por el maestro, ay, estos maestros siempre reprendiendo, porque no agarra bien el lápiz para escribir: –¿Es que no sabes escribir como Dios manda? ¡Fíjate bien en esto! Era otra vez el maestro de ciencias, obsesionado con mi manera de coger el lápiz. Parece que tuvieras un muñón, me decía, se te van a hacer callos en los dedos, así sólo te sale mala letra…”.

En lo que debía fijarse la chica era en aquellos dibujos de los cuadernillos de caligrafía (que también aparecen en la portada del libro) y que mostraban una mano agarrando bien el lápiz y otra agarrándolo mal: Cuánto me gustaría ahora –si es que aún vive– decirle a aquel maestro que a pesar de coger mal el lápiz, y con mi mala letra incluso, acabé por hacerme escritora. Esa chica acaba convirtiéndose en la autora de estas historias de quienes parecen perderse en el bosque intencionadamente, del joven deforme y encamado, de quienes se creen culpables sin serlo, del peso de la orfandad, del malvado que muere sin remordimiento, de la chica atrapada en el mundo de los otros, de los niños que quieren seguir teniendo un padre…

Quizás la clave de todos esos cuentos sea el último, Mustélidos, en el que una joven autora de un libro de cuentos huye del peligro escribiendo sobre él, utiliza la literatura “como desagüe” del horror cotidiano, de ese peligro y de ese horror que viven los personajes de todos los cuentos de Sara Mesa.

23 agosto, 2017

El espíritu de la escalera

Filed under: De libros — Nicolás Doncel Villegas @ 10:31

 

clip_image002Si lo que acaba de venirme a la cabeza se me hubiese ocurrido en aquel momento se lo hubiese dicho, y así…

A quién no le ha sucedido alguna vez, a quién no le ha pasado que charlando con alguien, en algún debate familiar o con amigos, o incluso en alguna discusión más o menos temperamental, no ha encontrado la respuesta adecuada en el momento culmen para zanjar ese diálogo, no ha hallado la sentencia definitiva en forma de contestación que dejé sin argumentos a nuestro rival dialéctico.

Y a quién no le ha sucedido que poco después de aquel momento en el que la mente no fue nuestra fiel aliada, aquel momento en el que no encontramos la respuesta adecuada, ésta se nos aparece como una epifanía, como una revelación inesperada y luminosa que nos invita a decir aquella frase con la que comenzaba este texto: “Si lo que acaba de venirme a la cabeza se me hubiese ocurrido en aquel momento se lo hubiese dicho, y así…”

Pienso que todos hemos pasado en alguna ocasión por esa situación. Y cómo llamar a esa sensación de desamparo intelectual que padecemos en el momento más transcendente, esa sensación en la que nos hemos sentido batidos por el rival y, posteriormente, abatidos por nuestra minusvalía ocasional. Y cómo llamar al siguiente paso que se encadena con el anterior, ése en el que descubrimos que no somos inferior al otro porque, ahora sí, hemos encontrado la respuesta adecuada; cómo llamar a ese momento en el que fuimos más lentos, o más reflexivos (si de no hundir nuestra autoestima se trata) que nuestro rival dialéctico. Porque todo eso debería tener un nombre.

Y lo tiene. En el libro “De la estupidez a la locura”, de Umberto Eco, leo: “…ese fenómeno que los franceses llaman esprit d’escalier, que consiste en que, apenas llegas a la escalera después de haber hablado con alguien, ves con claridad cuál es la respuesta exacta que deberías haberle dado, la frase que un momento antes no se te ocurrió.”

20 agosto, 2017

Ruido de fondo – Don Delillo

Filed under: Libros — Nicolás Doncel Villegas @ 10:18

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La historia de una familia americana (estadounidense) de los años ochenta; una familia que se ha formado tras la disolución de otras familias (varios matrimonios anteriores que aportan hijos), profesionales de la enseñanza en una típica ciudad americana, hijos adolescentes que viven asentando personalidades, amigos y compañeros de trabajo con características muy especiales… Esa es la primera parte de la novela, salpicada de historias menores que te hacen pasar páginas de una agradable lectura.

Pero llega la nube tóxica, un escape de gas extraño que provoca la evacuación, la ruptura de la vida cotidiana, el desconcierto, y que contamina al papá de la familia, ese profesor experto en Hitler que sirve de engarce a toda la historia. El que ocurra ese accidente contaminante no hace de la novela un relato de catástrofe apocalíptica; tan solo es el elemento necesario para acentuar otras historias ya planteadas. Por ejemplo, quién debe morir primero en la pareja, qué sentirá cada uno cuando el otro ya no esté. Pues bien, parece que ya sabemos que será él, Jack, el intoxicado, quién se irá primero. Pero ahí está ella, Babette, atosigada por el miedo a la muerte, conejillo de indias de experimentos farmacológicos, para llegar junto a él a la tercera parte del libro.

La tercera y última parte es consecuencia de todo lo sucedido anteriormente, lógico, y muestra a unos personajes que están a años luz de los que conocimos al principio de la historia; lógico, también.

Es Ruido de fondo una novela que tiene como trasfondo una catástrofe, pero no piensen en Chernobyl o similares. Aunque sí es ese tipo catástrofe que lleva consigo el pánico a consecuencias desconocidas. Y entre esas consecuencias no están solamente las de la contaminación propiamente dichas sino las que provocan la desestructuración de una vida corriente. Y además están las historias paralelas, los diálogos universitarios, el chico que quiere jugarse la vida, las monjas del hospital (pasaje extraordinario), la muerte vista desde muchos puntos de vista, etc.

13 agosto, 2017

Años lentos – Fernando Aramburu

Filed under: Libros — Nicolás Doncel Villegas @ 10:19

 

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Tras el éxito de Patria, y como no había leído nada más de Fernando Aramburu, picado por la curiosidad, busco una novela anterior a la tan aclamada y que tocase el “asunto vasco”.

Años lentos es una novela en la que un niño navarro, por razones familiares y económicas, se va a vivir con unos familiares a San Sebastián. Años después, siendo ya mayor, ese niño le escribe una carta a Fernando Aramburu contándole sus vivencias de aquellos finales de los sesenta en los que el movimiento independentista desemboca en ETA, se cometen los primeros atentados con la consiguiente represión policial, etc. Pero, eso no ocurre hasta ya avanzada la novela. Hasta entonces, y una vez conocido que el primo de ese niño se “ha metido en política”, como dice el padre, la novela es también el reflejo de la sociedad vasca de aquella época. Y lo seguirá siendo hasta el final.

Ese recurso de la carta dirigida al autor del libro es un clásico de la literatura española. Junto a él, Aramburu completa la novela con una serie de “apuntes” que van dando cuerpo a la historia contada. Historia que, como ya he dicho, no es una sola sino varias. No hay un solo relato sino uno doble: el del narrador que escribe la carta y el receptor de la misma, el autor que nos apunta por donde irá la novela que está por escribir y que ya estamos leyendo.

Se lee pronto esta novela de pocas páginas que no es monotemática, como lo es Patria. Aunque en el asunto del independentismo-terrorismo sí que tiene algo en común con ésta última. Se trata de un personaje: el cura. Si en Patria era el cura del pueblo, en Años lentos es el cura del barrio. Si en Patria era don Serapio, en Años lentos es don Victoriano. Menudos elementos ambos dos. Se apunta también el agobio social que ejercen los vecinos con los que son señalados por el dedo; se destaca también el papel fuerte de la madre de la familia y alguna otra señal que en la última novela de Aramburu son fundamentales. Apuntes de lo que luego será la afamada Patria.

6 agosto, 2017

Una meada con olor a espárragos

Filed under: De libros — Nicolás Doncel Villegas @ 9:52

 

clip_image002Es conocido el asunto de la magdalena en la obra de Marcel Proust. Esa magdalena, empapada en una cucharilla de té, es el detonante de una epifanía, de un despertar de recuerdos infantiles, del encuentro de una situación en el que las vicisitudes de la vida se vuelven indiferentes. Cierto que hay quien defiende que el líquido empapador no era té sino tila, y que la famosa magdalena no era tal sino tostada. Más que los ingredientes importa el resultado, aquello que desencadena.

Viene este prefacio a cuento de una de esas relaciones que se generan cuando uno va leyendo y recuerda pasajes como el anterior. En este caso, tal hecho ha sucedido al relacionar infancia y los efectos sensoriales (no será el “sabor” de la magdalena proustiana, será un olor) mientras leía “El cuaderno gris”, de Josep Pla. Si a Proust un determinado sabor le lleva a la infancia, a Pla el recuerdo de la infancia y de un determinado olor le lleva a plantearse cuándo, en qué momento, se despierta en uno la consciencia, la capacidad de descubrir el complejo entramado de la vida y la facultad para que esos descubrimientos se perpetúen en el desorden que siempre es la memoria de los tiempos infantiles: “Dentro de este desorden inextricable aparece, muy precisa, la sorpresa que tuve el día en que, en el momento de orinar, sentí que el líquido tenía olor de espárragos. Había comido, hacía dos horas, una tortilla con espárragos. Comprendí la ley de la causalidad.”

Un olor, el de los espárragos, es capaz de hacer comprender a un niño que en esta vida los actos tienen consecuencias. La esponja que es esa etapa de la vida, la capacidad de absorción que tiene la infancia, es capaz de descubrir las leyes no escritas sobre las que iremos fundamentando nuestra vida. Al mismo tiempo, conserva en su esponjosidad las gotas de recuerdos capaces de aflorar muchos años después para devolvernos momentáneamente a esa lejana infancia.

4 agosto, 2017

El complot mongol – Rafael Bernal

Filed under: Libros — Nicolás Doncel Villegas @ 9:55

 

clip_image002Decidí leer esta novela negra mexicana, muy mexicana, cuate, por recomendación de Iñigo Errejón. El político de Podemos la recomendaba como lectura de verano en una de esas listas que los periódicos elaboran cuando llega el estío. Podía haber elegido la recomendada por Javier Cercas o Pepa Bueno pero a veces uno se deja llevar por el interés que despierta el personaje recomendador.

El complot mongol no es una novela actual, fue publicada en México en el lejano 1969. Y en aquellos años de Guerra Fría, pinche guerra fría, que diría el protagonista, Filiberto García, se sitúa la trama de esta historia de colaboración entre un agente del FBI, otro del KGB y un policía mexicano. Entre los tres deben tratar de impedir un complot chino, pinche complot mongol, por el que el presidente de los Estados Unidos sería asesinado en su viaje al país en cuya frontera otro presidente USA quiere colocar ahora un muro. Pinche muro, añadiría yo a la par que Filiberto García.

A partir de ese hecho Rafael Bernal escribe una novela negra en la que el policía mexicano cumple con su papel de funcionario desarraigado, de solitario envejecido, de tonto útil para trabajos sucios, de protector de la chica desamparada, de “fabricante en serie de pinches muertos”… Pero, García es algo más. Es el tipo inteligente que está de vuelta de todo, del que sus superiores desconocen capacidades escondidas, el que es capaz de querer y respetar, el que desconfía hasta de su sombra y de las sombras de los demás. Por ello, cuando el trabajo se complica, Filiberto ve más allá de lo que la realidad le muestra.

Decía Errejón en su justificación del libro elegido que para él “no hay mejor remedio para el tedio y el calor de un largo y cálido verano que la novela negra”. Parte de razón lleva en tal justificación. La lectura ligera de este tipo de novelas soporta bien los momentos de calima mental por la que todo ser humano atraviesa a lo largo de los largos días estivales. A mí me ha entretenido, no más, con su ritmo trepidante de hechos, que se mezclan con las reflexiones personales de Filiberto García y su manera de vivir la vida, la presente y la pasada. Reflexiones en las que el sarcasmo siempre está presente porque sin él, sin la pistola del cuarenta cinco y sin la navaja de resorte, la vida es muy complicada.

22 julio, 2017

El hombre de ninguna parte – Alexandar Hemon

Filed under: Libros — Nicolás Doncel Villegas @ 8:58

 

clip_image002El hombre de ninguna de parte, Josef Pronek, es de Sarajevo. Pero se siente de ninguna parte. Es ésta una novela cuya lectura transmite una fuerte sensación de desarraigo. El protagonista, un bosnio que busca sus raíces en Ucrania y acaba en Chicago, ha sido siempre un desadaptado, un ser que pareciese vivir a contracorriente. Qué otra cosa podemos esperar de alguien que en su juventud escuchaba a los Beatles cantando Nowhere man, mientras en su país (todavía unido) se experimentaba con el socialismo real que buscaba una tercera vía (aquella Yugoslavia de Tito).

El es un verdadero hombre de ninguna parte,  / sentado en su tierra de ninguna parte / haciendo todos sus planes de ninguna parte, para nadie, cantaban los chicos de Liverpool y cantaba Pronek en su juventud. El mismo que trata de sobrevivir en Chicago ejerciendo oficios solo reservados a emigrantes sin futuro. Es ahí donde conocemos al Pronek que igual hace trabajos para un investigador privado o se convierte en militante recaudador de Greenpeace. Y el que nos lleva a su Sarajevo de adolescente y a la Ucrania de sus ancestros.

Es “El hombre de ninguna parte” una novela que se enmarca en aquella época convulsa del desmoronamiento de Yugoslavia y la Unión Soviética que llevó a muchos a tratar de escapar de aquellas situaciones hasta viajar a los paraísos capitalistas, a esos lugares soñados en los que comenzarán a sentirse personas de ninguna parte. Pero en esta novela el autor nos lo muestra con una prosa que no ahonda en el desánimo y que incluso despierta la sonrisa afectuosa con algunas de las experiencias que el protagonista debe vivir en su nueva etapa.

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