La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

18 mayo, 2017

En recuerdo de “La Desbandá”

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 9:16

clip_image002Es una simple placa de cerámica enmarcada en gris. En la misma se lee: “Monumento en Homenaje a las Víctimas del Genocidio de la Carretera Málaga-Almería”. Junto al texto un adorno sencillo, una ramita de almendro florecido; y debajo una flecha que señala hacia la carretera N340 que transcurre a unos pocos metros de la placa. No hay más, ninguna fecha de lo que allí se conmemora ni de la colocación de la misma; tampoco se cita quien la ha colocado ni si el motivo ha sido algún aniversario destacado.

Cruzo delante de ella cada vez que camino por el paseo marítimo tras pasar ese puente que aparece en la fotografía. Ese puente salva el río Seco, río que hace honor a su nombre todos los días del año excepto aquellos en los que el cielo descarga de forma abrupta las lluvias torrenciales. Creo recordar que la estaban colocando unos operarios municipales un día soleado a finales del pasado mes de enero. Esa placa recuerda lo que popularmente se conoce como la Desbandá. La Desbandá fue la huida masiva de miles de malagueños republicanos hacia Almería por la carretera que une ambas capitales de provincia. Tuvo lugar el 8 de febrero de 1937 (así que colocaron la placa para el octogésimo aniversario) cuando las tropas franquistas se disponían a entrar en Málaga. Decenas de miles de personas fueron bombardeadas por tierra, mar y aire mientras huían por esa carretera. Se calcula que unas cinco mil perdieron la vida.

He circulado varias veces por esa carretera. Tan solo una vez hice el trayecto hasta el final, pasando por la capital almeriense camino del Cabo de Gata. Es un recorrido hermoso que atraviesa tierras feraces y lugares en los que la cordillera abraza las aguas del Mediterráneo formando espectaculares acantilados. El mar nunca se aleja demasiado de quien por allí circula. Por eso imagino el terror de esas decenas de miles de personas, expectantes mirando al cielo para ver si los aviones franquistas los ametrallaban y temerosos de ser bombardeados desde los buques que navegaban paralelos a ellos a lo largo de toda la costa. Es fácil imaginarlos porque hemos visto películas en las que la población civil, que huye del terror de la guerra, es ametrallada o bombardeada impunemente. Lo hemos visto en carreteras francesas de la II Guerra Mundial o en carreteras coreanas o vietnamitas. Lo seguimos viendo en carreteras iraquíes o sirias. Se ve que aquella guerra tan española fue el escenario de múltiples experimentos para las que vendrían después.

15 mayo, 2017

Caminando sobre las aguas

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 11:18

 

clip_image002Mientras mi santa zascandilea por el mercadillo de la localidad tomo asiento en uno de los bancos del paseo marítimo. A un lado el quiosco de música; al otro la Virgen del Carmen. Su Hijo, según el Evangelio de san Mateo, caminó sobre las aguas ante la incredulidad del apóstol Pedro (de quién si no). Ahora, bajo la advocación de la patrona de los marineros, con el Hijo en brazos, la Madre también parece hacerlo. Parece caminar sobre las aguas, no del Mar de Galilea sino de una de las grandes fuentes que adornan el paseo marítimo. Es una llamativa escultura que sobrepasa el tamaño medio del paseante y que parece encaminarse hacia las aguas mediterráneas que la esperan unos metros más adelante.

Miro el mar plácido de este mayo primaveral y, mientras espero el regreso de mi santa, engaño al tiempo con la lectura que siempre acompaña mis soledades. Absorto en el relato que el ebook me ofrece pasa el tiempo hasta que el sol se apropia del espacio en sombra que cubría mi cabeza y me veo obligado a cambiar de banco. A poco más de dos metros, sentados en otro banco, una pareja habla en tono tan discreto que apenas escucho sus palabras. Tan solo llego a entender que hablan alemán y, por sus gestos, también discretos, entiendo que su tema de conversación trata de las especies arbóreas que nos dan sombra. Estos pensamientos se ven alterados por la voz potente de una mujer que, junto a su pareja, ocupan otro banco situado a más de seis metros de donde me encuentro. He llegado tarde al discurso que le está dando a quien debe ser su marido y tan sólo llego escuchar lo que sigue:

– Pues con lo cultos y avanzados que siempre han sido… y ahora fíjate cómo están.

Desconozco quiénes serán los que han caído en el abismo de la incultura y el retroceso. Por un momento pienso que bien podrían ser los franceses, pues poco días antes se habían celebrado elecciones en el país vecino; pero, también cabe que fuese alguna familia de la comunidad de vecinos caídos en desgracia. Lo desconozco porque la señora de elevado tono de voz cambia de asunto en el monólogo que mantiene con su marido de manera tan radical que hasta la Virgen del Carmen me ha parecido que hacía un gesto de sorpresa.

Tú sabes quien es la Paz Vega –afirma mirando al marido, que asiente con desgana y mecánicamente-. Ésa sí que es una actriz; no como la Penélope, que desde que se fue a los Estados Unidos tuvo que andar con uno y con otro hasta que se casó.

Ante tan taxativa sentencia no puedo evitar sonreír y mirar de nuevo a la Virgen para ver si esta vez se muestra escandalizada por el comentario de la señora. Pero no. Con broncínea serenidad la Virgen sigue caminando sobre las aguas mientras mi santa camina hacia el lugar en el que me encuentro.

11 mayo, 2017

Lo que se ve y lo que se siente

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 16:31

Camino por el sendero litoral entre guiris rubicundos y despechugados y algunos nativos jubilados. Junto al paseo faenan cuadrillas de operarios municipales equipados con llamativas camisetas anaranjadas. Están construyendo en todas las entradas a la playa accesos con rampas. En algunas zonas de la playa se notan aún los efectos de los últimos temporales; el mar ha recuperado parte de lo que era suyo. Un letrero anuncia obras de emergencia para restaurar el desaguisado que la naturaleza embravecida ha ocasionado. El negocio del turismo, lo que hasta no hace mucho se llamaba la industria turística (con ese afán que tenemos para desvirtuar el significado de las palabras), necesita reparaciones de urgencia cuando las olas sobrepasan los seis metros y se presentan en las puertas de los chiringuitos tras arrasar playas creadas artificialmente.

He llegado a la punta del poniente playero y al girarme me detengo para observar lo que la foto muestra. Me quedan algo más de tres kilómetros de caminata pero lo que se ve y lo que se siente (en forma de temperatura y suave brisa) son alicientes para el paseo.

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26 enero, 2017

Mirando hacia el sur viendo la vida pasar

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 9:56

 

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Desde la terraza, mirando hacia el sur, protegido del viento que hoy sopla con las mismas ganas con las que un niño pedalea montado en su bicicleta cuando se siente seguro tras las dudas del aprendizaje, observo el mar que a cada minuto que pasa se vuelve más bravío, más desafiante. Tras el espigón del puerto la superficie plateada del Mediterráneo deslumbra cuando fijas en ella la mirada. En este día, uno más de sol y viento, las palmeras más altas se bambolean con una cadencia casi erótica mientras las hojas, que parecen tocar el cielo, se arremolinan sin orden ni concierto. Ni siquiera se escuchan los graznidos de esas aves foráneas que de un tiempo a esta parte de han adueñado del litoral haciendo la competencia a las gaviotas. Esas cacatúas, cotorras (o lo que sean) que se afianzan en las cimas de las palmeras deben andar hoy volando bajo, protegidas del viento como hago yo mientras escribo. Por momentos se hace la calma, cual si Eolo tomase un descanso en su infatigable tarea. Es entonces cuando se escucha con más nitidez el romper de las olas contra las rocas que protegen uno de los laterales del puerto. Salpican las aguas la pétrea protección dejando un brillo que refleja la luz del sol.

Ajenos a todo este vaivén natural unos obreros se afanan en otras tareas más mundanas y humanas. Remueven tierra con sus máquinas en la explanada del puerto dejando escuchar de cuando en cuando el pitido avisador de una de esas máquinas cuando transitan marcha atrás. Los dejo con su trajín de tierra, maquinaria, tubos y sonidos apagados para volver mi vista al horizonte en el que se divisa un pesquero. Navega indiferente al oleaje y se encamina a embocar el puerto arrastrando tras de sí una pequeña barca amarrada. Mientras el barco se adentra por la bocana del puerto, lugar en el que las aguas no están nada apaciguadas, observo a un marinero que camina sobre la cubierta del pesquero con la misma seguridad que lo hace un campesino cuando anda sobre los terrones de un rastrojo recién arado.

Poco a poco el viento amaina, vuelven mis plumíferas vecinas a su palmera y el sol se retira de mi terraza mientras se adueña de las de enfrente. Pronto yo también me retiraré, aunque la temperatura es más que agradable, y aparecerán los vecinos, una pareja de jubilados extranjeros, que a partir de las dos de la tarde y hasta que el sol se ponga miran hacia poniente viendo pasar la vida en esta tierra sureña de mar y sol.

22 enero, 2017

Atardecer de sábado con crucero al fondo

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 10:47

 

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Atardecer de sábado con farolas que iluminan el paseo tranquilo y solitario. Al fondo un mar que se ha apaciguado y se oscurece a la par del cielo. Por la línea del horizonte navega un crucero que debe haber salido de la capital y dirige su proa en dirección Este. El gran barco aparece iluminado y uno se imagina a los pasajeros degustando mojitos en la cubierta de estribor viendo el anochecer de este Mediterráneo sureño. Evoco así lo vivido hace unos meses en el norteño Mar de Noruega mientras la nave se aleja y nosotros, caminantes de litoral, viramos nuestro rumbo hacia la calle-carretera, escasa de tráfico y viandantes.

A las siete de la tarde del cálido julio el lugar sería un trajín de bañistas y deportistas, de familias asentadas en la cercana playa, de turistas extranjeros que ocupan las terrazas de los restaurantes o de los chiringuitos para cenar a plena luz del sol. Ahora todo es silencio y placidez. En un bar de siempre los paisanos juegan al dómino o echan una brisca golpeando fichas o nudillos contra las tapas de las mesas, haciendo valer así su jugada, como si con ello atemorizasen al rival y se acercasen más al triunfo que es mezcla del azar y la clip_image002[5]sabiduría. Hay quien pasea con el perro a la manera tradicional; es decir, el dueño sostiene a su can con la correa mientras ambos caminan. Esta aclaración, que pareciese innecesaria, viene a cuento de lo que vi por la mañana en el paseo marítimo: una señora, de llamativo sombrero, con paso firme y cabeza altiva, empujaba un carrito, una sillita en la que habitualmente se sienta una criatura humana de uno o dos años de edad, pero que en el caso que comento iba ocupada por dos perros de abundante pelaje.

Cuando el paseo vespertino va concluyendo observamos unos músicos uniformados en el rellano delantero de la pequeña iglesia del pueblo. Cada uno de ellos lleva el maletín de su instrumento en una mano y una silla plegable en la otra. Esperan que acabe la misa para entrar en la iglesia y dar un concierto. Así sucede y nosotros entramos tras ellos. Los músicos se colocan en el altar de la capilla, presidido por un sencillo retablo, en el que destaca la Virgen del Carmen (estamos en tierra de marineros), y cerca de un cuadro con un Crucificado velazqueño. Tocan piezas de zarzuela con eficaz destreza, música que es aplaudida por el público que escucha sentado en los católicos bancos y que se me hace extraña en tan recogido y eclesial escenario.

19 enero, 2017

La nieve está condenada a una corta existencia

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 10:58

 

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Cada mañana de verano que paso en este litoral mediterráneo, tras levantarme, una de las primeras cosas que hago es asomarme a la terraza, girar la cabeza hacia la derecha y observar el estado del mar. Lo ausculto con detenimiento, miro la intensidad del oleaje, el color del agua, la dirección del viento… No es necesario mirar al cielo porque siempre presenta un intenso azul y una diáfana luminosidad.

En estos días invernales suelo hacer lo mismo, aunque el cielo anda estos últimos días de un gris plomizo casi desconocido por estos lares. Esta mañana, tras observar como las aguas del mar rompían sin estrépito con la escollera del puerto, giré mi cabeza hacia la izquierda y me sobresalté con la vista de la Sierra de Almijara. La nieve ha caído durante la noche y la sierra se ha pintado de un blanco limpio que contrasta con las zonas oscuras más bajas y moteadas por algunas casas de campo.

Es una vista extraordinaria, por lo inusual, por la palmera que sobrevuela la nieve (cual si fuese el título de esa novela y película que se hicieron famosas hace unos años), porque la visión panorámica desde la terraza enfrenta (literalmente) al blanco de la nieve serrana y al azul verdoso de las aguas mediterráneas. Cuando escribo esto el sol asoma de manera intermitente entre las nubes de un cielo que comienza a desperezarse. Ese sol volverá a ser el rey de esta costa dentro de poco. La nieve está condenada a una corta existencia.

17 enero, 2017

Tengo el mejor mango de toda la Axarquía

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 10:49

 

clip_image001Deambulo tranquilamente por el mercadillo sabatino repleto de extranjeros con andares artríticos y vendedores que degluten enormes bocadillos de salchichón. Entre el murmullo tenue de compradores y visitantes destaca la voz chillona y elevada en muchos tonos de una señora mayor, enjuta de carnes y cabellera escardada, que le comenta a su compañera: “Las flores que estaban en el suelo son del marido de ésta”. Ésta es otra señora, también mayor y de figura oronda, que se ha sumado al trío y que, ante la sentencia de la gritona, contesta: “Eso ha debido ser el vendaval del otro día; pues tengo que pasarme por allí y ponerlas en su sitio porque el pobre, además de estar muy solo, no va a estar sin flores”. A lo que la señora de aguda voz, con la aquiescencia moviendo afirmativamente la cabeza de su compañera silenciosa, sentencia: “Sí, porque allí iremos todos dentro de poco. Pero, por lo pronto, vamos a comprar fruta”. Y las tres se encaminan al puesto en el que uno de los vendedores grita: “¡Vamos mujeres, acercaros que tengo el mejor mango de toda la Axarquía!”.

Suena bien ese nombre árabe, aun pronunciado con el acento cerrado, casi ahogadizo, de las gentes de aquí. Me acerco al puesto de frutas y verduras, repleto de productos y colores, del mango y el kiwi llegados a este trópico mediterráneo, de las naranjas que aún conservan alguna hoja asidas a la fruta, de las variadas especies de tomates, de los verdes y blancos de acelgas, lechugas y coliflores… La gente espera su turno en el enorme puesto mientras los vendedores siguen gritando las excelencias del morado nazareno de sus berenjenas y la perfección esférica de sus calabazas. Al otro lado observo a las tres damas señalando con sus dedos índices una caja de peras y comentando algo que debe tratar sobre su calidad o precio; la que nunca habló sigue sin hacerlo y se limita a negar con la cabeza y hacer una mueca de disgusto con la boca.

16 enero, 2017

Pálidas nubes en azulados horizontes

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 10:15

 

clip_image002Asustan las mujeres y los hombres del tiempo con sus informaciones. Hablan de la llegada de una ola de frío polar como si fuese el advenimiento de una plaga bíblica. Y hasta un cierto punto tienen razón. Sobre todo cuando ve uno a los refugiados sirios que sobreviven en las precarias tiendas de campaña de los campos griego o serbios, haciendo cola sobre campos nevados para poder tener un plato de comida caliente. ¿No habrá pabellones deportivos u otros lugares en los que asistir a esas personas y darles un mínimo de comodidad ante situaciones climáticas tan adversas? Viendo esas imágenes uno se siente afortunado (una vez más) y siente, también, vergüenza por pertenecer a una sociedad (europea, occidental…) incapaz de tomar medidas que alivien el penar de otras gentes.

Paso estos días a orillas del Mediterráneo, ese mar inclinado (no por ningún cataclismo natural sino por el pulso de mi santa fotógrafa) que aparece en la imagen. Disfruto de sus azules y de sus agradables temperaturas; sobrellevo el viento que a veces sopla con desmesura e hincha mi camiseta hasta hacerme parecer más fuerte de lo que estoy en realidad. Aprovecho para caminar por el paseo marítimo en este mes de enero en el que, por primera vez en muchos años, no hubo vuelta al colegio tras las vacaciones navideñas. Era ése un regreso temido, incluso peor que el de inicio de curso, porque conllevaba el volver a madrugar con el frío tras pasar unos días al calor del dulce hogar y al disfrute de los dulces navideños. Este año mientras antiguos compañeros y alumnos se encaminaban a las aulas yo me encaminaba hacia el litoral, ese lugar capaz de levantar el ánimo y las temperaturas. Y aquí estamos, sobrevolado por aves que juguetean con el viento y por nubes que se asoman para decorar con tonos de grisácea palidez los horizontes azulados.

30 julio, 2016

Desde mi sombrilla 2016 – Volando voy, volando vengo…

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 10:02

Ocupado en hacer concordar mis notas nórdicas con los recuerdos del viaje, para trasladarlos a las Crónicas vikingas que aquí voy dejando, tengo olvidadas estas otras que cada mes de julio escribo desde mi sombrilla caleteña. Ésta de hoy será la segunda, y la última. Se acaba julio y toca volver a las obligaciones familiares.

En las dos últimas semanas todo ha transcurrido de manera plácida. Tan sólo el barullo político (al que cada vez hago menos caso), la adjudicación de destinos para el próximo curso escolar (del que cualquier día escribiré un comentario para desahogar mi enfado por lo que están haciendo con la enseñanza) y una esperanzadora noticia familiar han removido esa rutina de playa, lectura y paz. Eso y, desde ayer, el tráfico aéreo que sobrevuela mi sombrilla. Porque se celebra estos días un festival aéreo. El festival será el domingo, pero ayer diversas aeronaves estuvieron ensayando en la playa; entre ellas un par de F16, la conocida Patrulla Águila y un Eurofighter. Las fotos que acompañan este texto está tomadas desde mi balcón. Impresiona la presencia tan cercana de estas máquinas, impresiona el ruido atronador que las acompaña y atemoriza pensar cual es su función cuando no sirven de divertimento en un día de vacaciones. Esta tarde hay anunciados nuevos vuelos. Los veré desde la playa antes de volar mañana hacia tierra adentro.

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8 julio, 2016

Desde mi sombrilla 2016 – Un verano más

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 8:58

 

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Vuelvo a colocar mi sombrilla en este lugar mediterráneo. Escapo del tórrido Valle del Guadalquivir, ese lugar que en los mapas del tiempo aparece coloreado de rojo intenso, rayano al morado asfixia. Este sitio caleteño lo siento ya tan mío como el de la campiña castreña o el del valle villarrense. La playa cercana, el bar Manolo, la rotonda con barca incluida, la pescadería de Pedro, la pequeña biblioteca, el sendero litoral, etc. son los escenarios julianos por los que dejo correr el tiempo.

Este año hemos llegado unos días más tarde, después de cerrar gestiones dentales y la siega del trigo. Al principio uno siente el peso del calor húmedo, pero al cabo de un rato, a las seis de la tarde, tras ver la etapa del Tour, bien sûr, sentado en la terraza leyendo los Cuentos Completos de Truman Capote, mecido por la brisa que llega del mar, uno piensa en la calorina que a esa hora achicharra calles y hogares de mis otros pueblos. Y para confirmarlo recurro a la tecnología; el teléfono que me han regalado mis hijos permite poner, una al lado de la otra, las temperaturas villarrense y caleteña. Observar que a las seis de la tarde una llega a los cuarenta mientras que la otra apenas se acerca a los treinta reconforta aún más.

Poco ha cambiado del año pasado a éste. Sigue habiendo turistas británicos post brexit, las papeleras de la playa las han camuflado en estructuras de madera, los churros no han subido de precio, por la mañana temprano el paseo marítimo y el sendero litoral son un desfile de personas de “cierta edad” que caminan en uno y otro sentido, las torres de los vigilantes playeros se han americanizado, las cotorras invasoras siguen adueñándose de las palmeras…

Este verano habrá menos textos escritos desde mi sombrilla. Si todo va bien, a partir de mañana y durante varios días, cambiaremos estas aguas sureñas del Mediterráneo por otras más norteñas.

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