La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

7 mayo, 2018

Jugando al escondite entre las palmeras

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 12:01

palmerasHe cambiado los bulliciosos patios cordobeses por la tranquilidad mediterránea. Luce un sol casi playero y me dicen que comienza a oler a verano. Es el olor de la humedad disipada. Hay una luminosidad parecida a la de “Paseo a orillas del mar”, esa pintura de Sorolla resplandeciente de mar, arena y damas blancas.

En ello estamos, paseando a orillas de este Mediterráneo caleteño con la figura menuda que incansable va del sendero litoral al paseo marítimo, dejando sus pequeñas huellas sobre la arena recién peinada por los aperos enganchados a dos grandes tractores que a primeras horas del día andaban acicalando la playa. Son mañanas de paseos tranquilos y tardes de caminatas para saborear el primer helado de la temporada, degustado intermitente pues hay que intercalar la cucharada de la delicia fría con el suministro de gusanitos a la nieta sentada en el carrito de bebé. Son también momentos de jugar al escondite entre las palmeras o de entablar conversación con padres y madres en la zona de juegos infantiles de la playa. Dunia observa a los que allí juegan, todos mayores que ella, y se entretiene con canciones infantiles o con la simple algarabía de las voces de los otros, con las subidas y bajadas del tobogán y el balanceo vertiginoso de quienes se columpian. Todavía muestra reparo a usar estos artilugios de diversión y prefiere subir y bajar las rampas y escalones que dan acceso a la playa. Una madre me pregunta si ya va a la guardería y me cuenta la experiencia de su hija en ese lugar; una señora alemana nos comenta que “mi nieto, hace poco así (señalando a Dunia) y ahora así (indicando una altura de metro y medio). Crrrecennn muy prooonto”; un señor de porte atildado detiene el paseo de su perro al darse cuenta de que la niña observa fijamente al animal y hace algún comentario al respecto… Mientras los padres de la criatura descansan de la continuada atención que alguien de catorce meses necesita, uno va pasando así las horas de plácida y feliz abuelidad.

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29 enero, 2018

Tendré que estudiar ornitología

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 9:39

playa  pájaro

Caminamos por el paseo marítimo en mañana soleada de meteorología serena y luz plácida.  Nos cruzamos con numerosos caminantes europeos con pensiones de jubilación que imagino cuantiosas y provectas edades que son evidentes en sus andares descompensados y en sus rostros arrugados y tostados por el sol del Sur. Nos adelantan otros que, en mejor forma física y con más atrevimiento, montan en bicicletas que van desde las de gran tamaño a las plegables. Estos últimos, ciclistas de la tercera edad, residentes invernales en este lugar de sol y agradables temperaturas, tienen algo en común con los nativos y con los veraneantes nacionales: no respetan la prohibición de circular en bicicleta en este tramo del paseo marítimo en el que el carril bici se aleja del mar.

Algunos de los caminantes, sobre todo señoras, aminoran su paso cuando la nieta fija en ellas su mirada observadora. El intercambio de miradas lleva a las señoras germánicas a chapurrear algún bonitan  y a dedicarle una amplia sonrisa. Un señor de la tierra también se siente observado y se detiene para  elogiar la hermosura de la niña chica, preguntar su edad y nombre… Mientras la protagonista sigue mirando al señor que alaba su belleza los abuelos se sienten henchidos de orgullo y satisfacción, lo cual es un ingrediente añadido al bienestar de la situación.

Mientras en la bocana del puerto un velero que sale a la mar se cruza con un pesquero que vuelve, la abuela saca del carrito a la nieta para que camine sobre el poyete que separa paseo y playa. El vientecillo ha desaparecido y, sin gorro de abrigo ni chaquetón, los pequeños pasos se aligeran. Bajada del poyete y andando a pie de suelo llaman su atención los perros que acompañan a los caminantes. Poco después dirige sus pasos hacia la vegetación que adorna las tapias de las casas que delimitan el paseo. Todo lo quiere ver, absorber el mundo que le rodea. La tomo en brazos para acercarnos con cuidado a una pita real sobre cuyas flores sobrevuelan algunos insectos y un pajarillo (cuyo nombre desconozco; tendré que estudiar ornitología para cuando comience a preguntar) con un vuelo sostenido que me recuerda al del colibrí. La que todo lo observa fija su mirada en las llamativas flores de color rojizo anaranjado pero le pasa desapercibido el pajarillo desconocido que se ha posado atrevidamente en la punta de una de las hojas traseras de la pita.

Es ya la hora de reponer fuerzas. Hay que volver. El potito de carne (o pescado) y verduras espera.

15 enero, 2018

Otra mañana mediterránea

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 10:50

otra

Es jueves de mercadillo en esta localidad costera, motivo suficiente para la separación matrimonial transitoria. Dejo a mi santa cerca de  la marabunta de los puestos y la gentes y me acerco a la playa en esta luminosa mañana con un cielo limpio que tan solo se ve emborronado por algunas nubes bajas que cortejan las estribaciones de las sierras penibéticas. En las cumbres de algunas de esas sierras ha vuelto a aparecer la nieve caída durante la noche. Abajo, a pie de playa, la temperatura invita a caminar por el sendero litoral. Lo hago durante un trecho, me detengo y reposo sobre el poyete del paseo, vuelvo a caminar y al rato me siento en un banco a leer. Lo hago bañado por ese bendito sol que derrama luz y calma sobre las almas que por aquí transitan.

Sentado en el banco observo el escaso personal que a estas horas mañaneras se ha acercado a orillas del mar (la mayoría debe andar mercadilleando): un par de jubilados artríticos que hablan en voz alta de las pasadas fiestas navideñas; un joven atléticamente equipado que corre con altivez  mirando al horizonte; una señora mayor que se ayuda de un andador y que cubre su cabeza con una gorra de simbología juvenil… Enfrascado en mi lectura oigo un taconeo casi militar y ceso en mi actividad lectora mientras me pongo las gafas de ver de lejos buscando el origen de tal sonoridad. A mi izquierda detecto a la causante del hecho: una mujer de altura centroeuropea y cabellera nórdica. Camina la señora, cuya edad no puedo definir porque soy un desastre en esa materia, y además la veo de espaldas, taconeando con su botas de mosquetera del cardenal Richelieu. Las botas atrapan en su interior, casi hasta las rodillas, un ajustado pantalón tejano y sus tacones son los causantes del sonido que ha llamado mi atención y, por lo que veo, de los jubilados artríticos y la señora con andador y gorra juvenil (el joven de altivo trote debe estar ya cerca del puerto).

Tras otro breve paseo vuelvo al banco de lectura. Nada más sentarme escucho el sonido del guasap por el que mi santa me comunica que ha terminado su excursión mercantil y que se encuentra “enfrente de mí”. Por un momento pienso en poner la mano sobre mi frente a modo de visera para atisbar las mediterráneas aguas por las que ver asomar a mi esposa cual si fuese Ursula Andress en la película de James Bond. Pero, no. El mensaje había sido escrito mientras yo cruzaba el paseo marítimo y me sentaba frente al mar. Cuando lo leo estoy de espaldas a la emisora del mensaje, a la que veo cargada de bolsas con fruta de la Axarquía, y que ya reclama mi presencia  con un agitar de brazos que son la señal inequívoca de que el paseo mañanero ha concluido.

28 julio, 2017

Cadáveres de espuma

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 8:45

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Cuando la mar se pone brava, con la poca bravura que este mar exhibe en días estivales, las olas se acercan a la playa alzando una pared de agua verdosa que rompe en un hermoso espumerío blanco. En un momento, todo el estrépito que la ola acarrea se diluye en una fina lámina de agua que avanza sobre el arenal grisáceo hasta desaparecer de manera subterránea. Hay veces que, antes de desaparecer, el agua se desliza como si fuese un reptil y alcanza los pies y los enseres playeros de quienes siempre quieren estar en primera línea. Se oyen entonces las voces de los sorprendidos tomadores de sol y se ven los rostros de los que varios metros detrás sonríen sintiéndose seguros de no ser alcanzados por la efímera furia marina.

Uno los observa a todos y piensa en quienes cada día salen al atardecer del puerto. Los imagina faenando de noche entre ese oleaje, pescando en aguas turbulentas, y siente el vértigo del miedo imaginado. Y piensa, también, en los que cada día, al otro lado de este mar, también de noche, buscan secar el charco de sus penurias alcanzando estas costas, las de Sicilia o las de Grecia, arriesgándolo todo y pagando un peaje de incertidumbre al que se le puede sumar el IVA de la vida hasta convertirlos en cadáveres de espuma. Asienta uno los pies en la inestable arena, se agarra a los brazos de la hamaca de playa y levanta la vista hasta el horizonte tras el cual todo puede suceder.

25 julio, 2017

Gente que camina a orilla del mar

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 10:58

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Gente que camina mojando apenas sus pies en las aguas de un mar plácido, gente que bordea el espumerío constante de las incansables olas, gentes anónimas para la cámara, gente a las que veo pasar con su bolso de piel marrón y sus zapatos de tacón cual si fuese una Penélope que se equivocó de mar, gente a las que veo caminar apoyada en muletas de alivio. Son ellos, como podrían ser otros. Ella, con arreglo informal, debe haber llegado de un interior reseco y no ha podido evitar descalzarse y pisar el húmedo tramo arenoso que deja el oleaje entre la espuma y las piedras arrojadas con violencia sobre la playa. Él, con su traje de baño en tonos blaugranas, no ha dudado adentrarse en la ligera capa de agua marina que apenas cubre sus pies y el extremo inferior de sus muletas. Bajo un cielo gris que hacen juego con el agua alborotada, bajo un cielo azul que azulea las mismas aguas, ambos caminaron indiferentes a la observación de quien los retrata, ambos caminaron con su mirada cabizbaja coronada en clásico moño o con su canosa cabeza de mirada distante. Son gentes que pasan caminando cuando la tarde comienza a desvanecerse y el bullicio ha perdido su poder disonante, cuando el vocerío no distorsiona la melodía del suave oleaje o el silencio que relaja la mirada del que observa.

23 julio, 2017

Balanceo en la zona sénior

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 9:34

clip_image002La foto corresponde a un día de la segunda semana de julio, a una de esas mañanas en las que la niebla marina se adueñó del litoral mediterráneo convirtiendo estas tierras de luz en parajes cantábricos.

Caminando junto a mi santa, de mañana temprano, pues a cierta edad el sueño ya no es tan estable ni duradero, nos vemos sorprendidos por otro día de esa particular meteorología que me recuerda a aquellas vacaciones que pasamos en Galicia: aquellos días de Rías Bajas, aguas atlánticas gélidas, Santiago de Compostela bajo la fina llovizna que hacía hermosear aún más la ciudad del apóstol… O los más aún lejanos días que veraneamos en Cantabria: aquellos días grises de prados verdes, amaneceres de frescas rociadas, de valles pasiegos y un mar embravecido de aguas azules oscurecidas… O los más cercanos que pasamos en Noruega: la neblina que no podía ocultar la belleza de Bergen, el aguanieve sobre el monte Dalnisbba que coronaba el fiordo de Geiranger…

Han sido un par de mañanas extrañas (a mediodía todo volvía a la normalidad), junto a otros dos días de lloviznas y tormentas que no descargaron. Días grises que antes no he visto por estas latitudes que llevo visitando ya treinta años, días de meteorología singular por estos parajes de sol casi perpetuo que a uno le hace pensar que algo está cambiando.

Ah, la foto. Está tomada, como decía al principio, en uno de esos días neblinosos. Junto al paseo marítimo, en la extensa playa, los regidores del municipio han instalado la llamada “Zona Sénior” (nombre que me parece una cursilada), equipada con varios espacios: uno, con bancos y mesas (será para que los numerosos jubilados del lugar descansen y entablen conversación); otro, con una especie de parque equipado con elementos de entretenimiento parecidos a los que hay en un parque infantil (dicen que la vejez es un regreso a la infancia); y el último, equipado con una serie de elementos gimnásticos adecuados para la actividad física de las personas mayores. Uno de ellos es en el que me encuentro subido, un artilugio en el que el sénior se agarra al manillar y se balancea moviendo la plataforma inferior. Como mis vértebras L4 y L5 no me permiten exhibiciones gimnásticas la foto es una simple pose, con un máximo de tres balanceos para pasar a la posteridad, una instantánea con la que adornar este comentario.

20 julio, 2017

Bañistas entre tinieblas

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 9:13

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Hay días en los que el sol se esconde tras la bruma. La luminosidad natural de esta tierra desaparece cuando el dios de los mares sopla en silencio llevando las tinieblas hacia tierra adentro. Acostumbrado a ver descender las neblinas desde la Sierra Morena, hasta adueñarse del valle y del río, uno no deja de asombrarse cuando ve llegar la gaseosa masa gris deslizándose, liviana, sobre las tranquilas aguas del Mediterráneo. Teme uno ver aparecer entre esas tinieblas las afiladas proas de las naves vikingas que hace ya tantos siglos bajaron al Sur, atravesaron el Estrecho de las hercúleas columnas y navegaron hasta el Mediterráneo central. Teme uno ver asomar entre el horizonte difuminado las naves sarracenas que hace siglos, también, desde el cercano norte del continente africano arribaban a estas costas con intenciones de conquista y pillaje. Pero, no. La tranquilidad playera no se altera por la aparición de naves enemigas tras la bruma marinera. Tan sólo aparecen un par de esas embarcaciones encargadas de la limpieza de las aguas cercanas a la costa. Me dejo de ensoñaciones históricas, observo las siluetas de los bañistas que unos metros más allá se adentran o salen del agua y vuelvo a la realidad lectora que me entretiene.

17 julio, 2017

Música en un patio nobiliario

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 9:42

clip_image002Un año más he disfrutado del festival que se anuncia en el cartel adjunto. Menos el último concierto, al que no he podido asistir por fuerza mayor (la nieta recibía las aguas bautismales), los restantes han sido anocheceres en el patio del Palacio del Marqués de Beniel en los que la guitarra, y no sólo la guitarra, ha sonado en tonos tan diversos como hermosos. Desde las sonatinas para los salones románticos hasta los sones flamencos, pasando por los clásicos Tárrega y Granados o las músicas con aromas de Andalucía y Nápoles.

Este año la mayoría de los músicos han agradecido al Ayuntamiento la existencia del Festival. No me extraña pues cumple la XXVI edición y en los tiempos de recortes presupuestarios que llevamos padeciendo ya varios años resulta casi milagroso que un acto como éste sobreviva a esas inclemencias dinerarias. Lo que sí me extraña es la escasa asistencia de público, y este año he notado alguna mayor concurrencia. Aun así, calculo que entre cien y ciento veinte personas son las que nos hemos reunido cada noche en ese nobiliario patio de cal, columnas y arcos de ladrillos rojos en los que el vuelo alocado de los vencejos es el preludio del comienzo de las actuaciones. Como dijo uno de los músicos, el guitarrista Christian Lavernier: “La música, la cultura, alimenta el alma. Por eso estamos aquí”. Pues debe de haber muchas almas hambrientas en esta bella localidad teniendo en cuenta que entre el escaso público se notaba la presencia de extranjeros y veraneantes. Público que sigue siendo mayoritariamente mayor, gentes que ya peinamos canas en la mayoría de los casos, y entre los que hay adictos a las redes sociales como un caballero de provecta edad que durante uno de los conciertos fue incapaz de desprenderse de su teléfono móvil, conectado a lo que supongo sería una batería portátil, tecleando al compás del guitarrista.

13 julio, 2017

Sentirse afortunado mirando al otro

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 9:21

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La foto está tomada frente a la terraza en la que leo, escribo, me alivio del calor cordobés y veo pasar la vida. De espaldas, la bocana del puerto por donde entran y salen hacia el Mar de Alborán los pesqueros caleteños. La foto muestra a quienes llegaron a las diez de la mañana y se marcharon a las siete de la tarde tras pasar un día de playa. Llegaron con la algarabía alegre del que tiene por delante horas de diversión. Escuché desde el salón sus voces amortiguadas por la distancia, sin saber que eran ellos hasta que vi los dos autocares aparcados junto al solar al que la crisis dejó sin urbanizar. Por la tarde sí los he visto regresar, con menos alboroto, más cansados y apagados. Cargados de mochilas y enseres playeros, mucha nevera portátil de plástico colorista y alguna mesa plegable, van llegado tras nueve horas que habrán sido de baños y comida preparada la noche anterior o esa misma mañana muy temprano. Quizás se levantaron a la misma hora que cada día se levantan para preparar lo que antes llamábamos el avío o la talega, la comida que se lleva al trabajo. Me imagino que serán de algún pueblo a una o dos horas de aquí. Los hay de todas las edades, desde adolescentes hasta quienes tienen edad de ser abuelos. Estos últimos son los más jaleosos a la hora de volver. Se oye alguna voz que recrimina, no de manera agria, a los más jóvenes su parsimonia y el pequeño retraso sobre la hora en la que habían quedado en salir. No atisbo a ver que sean de ningún grupo homogéneo, asociación carnavalesca, hermandad religiosa, banda de música o equipo deportivo; no hay símbolos ni camisetas que los identifique de manera grupal así que deduzco debe ser unos de esos viajes que la empresa de autocares del pueblo organiza para “echar el domingo en la playa”. Cuando los dos vehículos se ponen en marcha y desaparecen de mi vista pienso que soy afortunado porque puedo permanecer aquí, disfrutando de la brisa marina y alejado del horno interior que estos días recalienta la tierra. Me giro hacia el otro lado y veo que del puerto (que no es sólo pesquero) sale un barco de recreo con sus buenos metros de eslora, mástil considerable y gran prestancia marinera. Sobre cubierta varias personas, unas miran mar adentro y otras hacia tierra. Pienso si esas personas se sentirán también afortunadas cuando me vean sentado en mi terracita de piso de verano.

9 julio, 2017

Pintar y bailar

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 9:52

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Siempre ha sucedido. A las personas mayores (¿a qué edad comienza uno a sentirse persona mayor?) les llama la atención la manera de vestir, de adornar su cuerpo, etc. de muchos jóvenes. Recuerdo los comentarios de esos mayores cuando uno comenzó a llevar el pelo largo y pantalones de campana. Ahora , desde hace tiempo ya, esa curiosidad ha disminuido, no es tan exagerada porque llevamos muchos años en los que las modas juveniles son tantas y tan llamativas que apenas queda espacio para el asombro.

Llegué hace unos día a una tienda de pinturas, uno de esos establecimientos especializados que te “hacen” la pintura a la carta. Los dependientes eran una pareja de jóvenes, chico y chica, vestidos a la manera que a uno le hacía recordar los viejos hippies del siglo pasado. Además del ropaje, y el pelo acorde con el mismo, lucían tatuajes, pulseras y otros abalorios que completaban su identidad física. ¿Fue su aspecto lo que llamó mi atención? No. Ya he dicho antes que llevamos mucho tiempo acostumbrados/enamorados a/de la moda juvenil (que cantaba Radio Futura). He de reconocer que sería más fácil imaginar a la pareja tras uno de los puestos que venden artesanía que tras el mostrador de  una tienda de pinturas. Y aquí habrá alguien que me llame retrógrado, o aquello tan antiguo de “clasista”, por querer encuadrar al personal por su aspecto físico. Se equivocan. Lo que llamó mi atención es que el chico nos atendiera con una profesionalidad exquisita, con un savoir faire inesperado, con unos conocimientos del tema pintura y sus diversas aplicaciones en distintos materiales que ya quisiera para sí el más veterano dependiente de una de aquellas antiguas droguerías de pueblo en las que un señor con bigote, batín ocre y toda una vida tras el mostrador te vendía la típica lata de Faro Verde, la brocha y el aguarrás. Y, ¿por qué me llamó la atención tal hecho? Porque generalmente no es así. No busquen más motivos.

Cuando la compra estaba terminando otro cliente que esperaba, y que conocía al joven vendedor, le preguntó:

¿A qué hora cerráis hoy?

Pues hoy nos iremos a las ocho y diez porque quiero ir a que me pongan la pulsera.

Ante la cara de extrañeza del cliente, y la mía propia, el chaval explico:

Para entrar al Weekend Beach, que comienza esta noche y dura hasta el domingo.

Ah, el festival de música que hay al lado de la playa – dije.

Y añadí en tono jocoso:

Yo iré solamente el sábado.

Rieron el uno y el otro mientras abandonaba el local con la lata de pintura pensando en otros tiempos.

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