La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

25 julio, 2017

Gente que camina a orilla del mar

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 10:58

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Gente que camina mojando apenas sus pies en las aguas de un mar plácido, gente que bordea el espumerío constante de las incansables olas, gentes anónimas para la cámara, gente a las que veo pasar con su bolso de piel marrón y sus zapatos de tacón cual si fuese una Penélope que se equivocó de mar, gente a las que veo caminar apoyada en muletas de alivio. Son ellos, como podrían ser otros. Ella, con arreglo informal, debe haber llegado de un interior reseco y no ha podido evitar descalzarse y pisar el húmedo tramo arenoso que deja el oleaje entre la espuma y las piedras arrojadas con violencia sobre la playa. Él, con su traje de baño en tonos blaugranas, no ha dudado adentrarse en la ligera capa de agua marina que apenas cubre sus pies y el extremo inferior de sus muletas. Bajo un cielo gris que hacen juego con el agua alborotada, bajo un cielo azul que azulea las mismas aguas, ambos caminaron indiferentes a la observación de quien los retrata, ambos caminaron con su mirada cabizbaja coronada en clásico moño o con su canosa cabeza de mirada distante. Son gentes que pasan caminando cuando la tarde comienza a desvanecerse y el bullicio ha perdido su poder disonante, cuando el vocerío no distorsiona la melodía del suave oleaje o el silencio que relaja la mirada del que observa.

23 julio, 2017

Balanceo en la zona sénior

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 9:34

clip_image002La foto corresponde a un día de la segunda semana de julio, a una de esas mañanas en las que la niebla marina se adueñó del litoral mediterráneo convirtiendo estas tierras de luz en parajes cantábricos.

Caminando junto a mi santa, de mañana temprano, pues a cierta edad el sueño ya no es tan estable ni duradero, nos vemos sorprendidos por otro día de esa particular meteorología que me recuerda a aquellas vacaciones que pasamos en Galicia: aquellos días de Rías Bajas, aguas atlánticas gélidas, Santiago de Compostela bajo la fina llovizna que hacía hermosear aún más la ciudad del apóstol… O los más aún lejanos días que veraneamos en Cantabria: aquellos días grises de prados verdes, amaneceres de frescas rociadas, de valles pasiegos y un mar embravecido de aguas azules oscurecidas… O los más cercanos que pasamos en Noruega: la neblina que no podía ocultar la belleza de Bergen, el aguanieve sobre el monte Dalnisbba que coronaba el fiordo de Geiranger…

Han sido un par de mañanas extrañas (a mediodía todo volvía a la normalidad), junto a otros dos días de lloviznas y tormentas que no descargaron. Días grises que antes no he visto por estas latitudes que llevo visitando ya treinta años, días de meteorología singular por estos parajes de sol casi perpetuo que a uno le hace pensar que algo está cambiando.

Ah, la foto. Está tomada, como decía al principio, en uno de esos días neblinosos. Junto al paseo marítimo, en la extensa playa, los regidores del municipio han instalado la llamada “Zona Sénior” (nombre que me parece una cursilada), equipada con varios espacios: uno, con bancos y mesas (será para que los numerosos jubilados del lugar descansen y entablen conversación); otro, con una especie de parque equipado con elementos de entretenimiento parecidos a los que hay en un parque infantil (dicen que la vejez es un regreso a la infancia); y el último, equipado con una serie de elementos gimnásticos adecuados para la actividad física de las personas mayores. Uno de ellos es en el que me encuentro subido, un artilugio en el que el sénior se agarra al manillar y se balancea moviendo la plataforma inferior. Como mis vértebras L4 y L5 no me permiten exhibiciones gimnásticas la foto es una simple pose, con un máximo de tres balanceos para pasar a la posteridad, una instantánea con la que adornar este comentario.

20 julio, 2017

Bañistas entre tinieblas

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 9:13

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Hay días en los que el sol se esconde tras la bruma. La luminosidad natural de esta tierra desaparece cuando el dios de los mares sopla en silencio llevando las tinieblas hacia tierra adentro. Acostumbrado a ver descender las neblinas desde la Sierra Morena, hasta adueñarse del valle y del río, uno no deja de asombrarse cuando ve llegar la gaseosa masa gris deslizándose, liviana, sobre las tranquilas aguas del Mediterráneo. Teme uno ver aparecer entre esas tinieblas las afiladas proas de las naves vikingas que hace ya tantos siglos bajaron al Sur, atravesaron el Estrecho de las hercúleas columnas y navegaron hasta el Mediterráneo central. Teme uno ver asomar entre el horizonte difuminado las naves sarracenas que hace siglos, también, desde el cercano norte del continente africano arribaban a estas costas con intenciones de conquista y pillaje. Pero, no. La tranquilidad playera no se altera por la aparición de naves enemigas tras la bruma marinera. Tan sólo aparecen un par de esas embarcaciones encargadas de la limpieza de las aguas cercanas a la costa. Me dejo de ensoñaciones históricas, observo las siluetas de los bañistas que unos metros más allá se adentran o salen del agua y vuelvo a la realidad lectora que me entretiene.

17 julio, 2017

Música en un patio nobiliario

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 9:42

clip_image002Un año más he disfrutado del festival que se anuncia en el cartel adjunto. Menos el último concierto, al que no he podido asistir por fuerza mayor (la nieta recibía las aguas bautismales), los restantes han sido anocheceres en el patio del Palacio del Marqués de Beniel en los que la guitarra, y no sólo la guitarra, ha sonado en tonos tan diversos como hermosos. Desde las sonatinas para los salones románticos hasta los sones flamencos, pasando por los clásicos Tárrega y Granados o las músicas con aromas de Andalucía y Nápoles.

Este año la mayoría de los músicos han agradecido al Ayuntamiento la existencia del Festival. No me extraña pues cumple la XXVI edición y en los tiempos de recortes presupuestarios que llevamos padeciendo ya varios años resulta casi milagroso que un acto como éste sobreviva a esas inclemencias dinerarias. Lo que sí me extraña es la escasa asistencia de público, y este año he notado alguna mayor concurrencia. Aun así, calculo que entre cien y ciento veinte personas son las que nos hemos reunido cada noche en ese nobiliario patio de cal, columnas y arcos de ladrillos rojos en los que el vuelo alocado de los vencejos es el preludio del comienzo de las actuaciones. Como dijo uno de los músicos, el guitarrista Christian Lavernier: “La música, la cultura, alimenta el alma. Por eso estamos aquí”. Pues debe de haber muchas almas hambrientas en esta bella localidad teniendo en cuenta que entre el escaso público se notaba la presencia de extranjeros y veraneantes. Público que sigue siendo mayoritariamente mayor, gentes que ya peinamos canas en la mayoría de los casos, y entre los que hay adictos a las redes sociales como un caballero de provecta edad que durante uno de los conciertos fue incapaz de desprenderse de su teléfono móvil, conectado a lo que supongo sería una batería portátil, tecleando al compás del guitarrista.

13 julio, 2017

Sentirse afortunado mirando al otro

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 9:21

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La foto está tomada frente a la terraza en la que leo, escribo, me alivio del calor cordobés y veo pasar la vida. De espaldas, la bocana del puerto por donde entran y salen hacia el Mar de Alborán los pesqueros caleteños. La foto muestra a quienes llegaron a las diez de la mañana y se marcharon a las siete de la tarde tras pasar un día de playa. Llegaron con la algarabía alegre del que tiene por delante horas de diversión. Escuché desde el salón sus voces amortiguadas por la distancia, sin saber que eran ellos hasta que vi los dos autocares aparcados junto al solar al que la crisis dejó sin urbanizar. Por la tarde sí los he visto regresar, con menos alboroto, más cansados y apagados. Cargados de mochilas y enseres playeros, mucha nevera portátil de plástico colorista y alguna mesa plegable, van llegado tras nueve horas que habrán sido de baños y comida preparada la noche anterior o esa misma mañana muy temprano. Quizás se levantaron a la misma hora que cada día se levantan para preparar lo que antes llamábamos el avío o la talega, la comida que se lleva al trabajo. Me imagino que serán de algún pueblo a una o dos horas de aquí. Los hay de todas las edades, desde adolescentes hasta quienes tienen edad de ser abuelos. Estos últimos son los más jaleosos a la hora de volver. Se oye alguna voz que recrimina, no de manera agria, a los más jóvenes su parsimonia y el pequeño retraso sobre la hora en la que habían quedado en salir. No atisbo a ver que sean de ningún grupo homogéneo, asociación carnavalesca, hermandad religiosa, banda de música o equipo deportivo; no hay símbolos ni camisetas que los identifique de manera grupal así que deduzco debe ser unos de esos viajes que la empresa de autocares del pueblo organiza para “echar el domingo en la playa”. Cuando los dos vehículos se ponen en marcha y desaparecen de mi vista pienso que soy afortunado porque puedo permanecer aquí, disfrutando de la brisa marina y alejado del horno interior que estos días recalienta la tierra. Me giro hacia el otro lado y veo que del puerto (que no es sólo pesquero) sale un barco de recreo con sus buenos metros de eslora, mástil considerable y gran prestancia marinera. Sobre cubierta varias personas, unas miran mar adentro y otras hacia tierra. Pienso si esas personas se sentirán también afortunadas cuando me vean sentado en mi terracita de piso de verano.

9 julio, 2017

Pintar y bailar

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 9:52

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Siempre ha sucedido. A las personas mayores (¿a qué edad comienza uno a sentirse persona mayor?) les llama la atención la manera de vestir, de adornar su cuerpo, etc. de muchos jóvenes. Recuerdo los comentarios de esos mayores cuando uno comenzó a llevar el pelo largo y pantalones de campana. Ahora , desde hace tiempo ya, esa curiosidad ha disminuido, no es tan exagerada porque llevamos muchos años en los que las modas juveniles son tantas y tan llamativas que apenas queda espacio para el asombro.

Llegué hace unos día a una tienda de pinturas, uno de esos establecimientos especializados que te “hacen” la pintura a la carta. Los dependientes eran una pareja de jóvenes, chico y chica, vestidos a la manera que a uno le hacía recordar los viejos hippies del siglo pasado. Además del ropaje, y el pelo acorde con el mismo, lucían tatuajes, pulseras y otros abalorios que completaban su identidad física. ¿Fue su aspecto lo que llamó mi atención? No. Ya he dicho antes que llevamos mucho tiempo acostumbrados/enamorados a/de la moda juvenil (que cantaba Radio Futura). He de reconocer que sería más fácil imaginar a la pareja tras uno de los puestos que venden artesanía que tras el mostrador de  una tienda de pinturas. Y aquí habrá alguien que me llame retrógrado, o aquello tan antiguo de “clasista”, por querer encuadrar al personal por su aspecto físico. Se equivocan. Lo que llamó mi atención es que el chico nos atendiera con una profesionalidad exquisita, con un savoir faire inesperado, con unos conocimientos del tema pintura y sus diversas aplicaciones en distintos materiales que ya quisiera para sí el más veterano dependiente de una de aquellas antiguas droguerías de pueblo en las que un señor con bigote, batín ocre y toda una vida tras el mostrador te vendía la típica lata de Faro Verde, la brocha y el aguarrás. Y, ¿por qué me llamó la atención tal hecho? Porque generalmente no es así. No busquen más motivos.

Cuando la compra estaba terminando otro cliente que esperaba, y que conocía al joven vendedor, le preguntó:

¿A qué hora cerráis hoy?

Pues hoy nos iremos a las ocho y diez porque quiero ir a que me pongan la pulsera.

Ante la cara de extrañeza del cliente, y la mía propia, el chaval explico:

Para entrar al Weekend Beach, que comienza esta noche y dura hasta el domingo.

Ah, el festival de música que hay al lado de la playa – dije.

Y añadí en tono jocoso:

Yo iré solamente el sábado.

Rieron el uno y el otro mientras abandonaba el local con la lata de pintura pensando en otros tiempos.

6 julio, 2017

Decoración playera

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 9:27

 

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Sobre el horizonte brumoso del Mediterráneo destacan dos tractores John Deere (yondi, en el argot del agro cordobés). Recorren el arenal playero equipados con unos aperos nada convencionales para los que somos de campiña. Ni grada de discos, ni arado de levante, ni subsolador, rastrón, escarificador… Uno de ellos porta una especie de faldón que deja la playa uniformemente lisa. El otro carga con un pesado rulo que no es totalmente liso sino que muestra un dibujo en relieve. En cada pasada la arena queda decorada con figuras curvilíneas rematadas por cenefas dentadas que el rulo deja tras de sí. La playa queda así ornamentada hasta que los pies descalzos de los veraneantes deshagan con infinidad de huellas el artístico trabajo del operario tractorista.

Es temprano y un julio más camino por este litoral que me acoge y exime de los sofocos tórridos del Valle del Guadalquivir. Hasta hoy no había visto el artilugio que deja la playa serigrafiada en tan efímero ornamento. Me pregunto a quién se le ocurriría tal idea. ¿Sería un concejal de playas? ¿Un asesor de imagen turística? ¿Un fabricante de aperos de labranza capaz de abrirse nuevos mercados? Junto a los dos tractoristas trabajan un sinfín de personas que colocan bolsas en las papeleras, barren los accesos a la playa, soplan los restos vegetales de los jardines aledaños al paseo marítimo, etc. Es una labor diaria y necesaria para que el lugar presente un aspecto acogedor para los turistas que alquilarán hamacas, llenarán chiringuitos y restaurantes… Esa maquinaria, esa industria sin factorías ni productos elaborados, esa economía que, sobre todo, durante los meses estivales da vida a las gentes del lugar. Los turistas llegarán a la playa dentro de unas horas y, somnolientos aún, quizás no se percaten de lo peinada y arreglada que les han dejado la playa quienes desde el amanecer laboran cada día para que todo luzca perfecto.

18 mayo, 2017

En recuerdo de “La Desbandá”

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 9:16

clip_image002Es una simple placa de cerámica enmarcada en gris. En la misma se lee: “Monumento en Homenaje a las Víctimas del Genocidio de la Carretera Málaga-Almería”. Junto al texto un adorno sencillo, una ramita de almendro florecido; y debajo una flecha que señala hacia la carretera N340 que transcurre a unos pocos metros de la placa. No hay más, ninguna fecha de lo que allí se conmemora ni de la colocación de la misma; tampoco se cita quien la ha colocado ni si el motivo ha sido algún aniversario destacado.

Cruzo delante de ella cada vez que camino por el paseo marítimo tras pasar ese puente que aparece en la fotografía. Ese puente salva el río Seco, río que hace honor a su nombre todos los días del año excepto aquellos en los que el cielo descarga de forma abrupta las lluvias torrenciales. Creo recordar que la estaban colocando unos operarios municipales un día soleado a finales del pasado mes de enero. Esa placa recuerda lo que popularmente se conoce como la Desbandá. La Desbandá fue la huida masiva de miles de malagueños republicanos hacia Almería por la carretera que une ambas capitales de provincia. Tuvo lugar el 8 de febrero de 1937 (así que colocaron la placa para el octogésimo aniversario) cuando las tropas franquistas se disponían a entrar en Málaga. Decenas de miles de personas fueron bombardeadas por tierra, mar y aire mientras huían por esa carretera. Se calcula que unas cinco mil perdieron la vida.

He circulado varias veces por esa carretera. Tan solo una vez hice el trayecto hasta el final, pasando por la capital almeriense camino del Cabo de Gata. Es un recorrido hermoso que atraviesa tierras feraces y lugares en los que la cordillera abraza las aguas del Mediterráneo formando espectaculares acantilados. El mar nunca se aleja demasiado de quien por allí circula. Por eso imagino el terror de esas decenas de miles de personas, expectantes mirando al cielo para ver si los aviones franquistas los ametrallaban y temerosos de ser bombardeados desde los buques que navegaban paralelos a ellos a lo largo de toda la costa. Es fácil imaginarlos porque hemos visto películas en las que la población civil, que huye del terror de la guerra, es ametrallada o bombardeada impunemente. Lo hemos visto en carreteras francesas de la II Guerra Mundial o en carreteras coreanas o vietnamitas. Lo seguimos viendo en carreteras iraquíes o sirias. Se ve que aquella guerra tan española fue el escenario de múltiples experimentos para las que vendrían después.

15 mayo, 2017

Caminando sobre las aguas

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 11:18

 

clip_image002Mientras mi santa zascandilea por el mercadillo de la localidad tomo asiento en uno de los bancos del paseo marítimo. A un lado el quiosco de música; al otro la Virgen del Carmen. Su Hijo, según el Evangelio de san Mateo, caminó sobre las aguas ante la incredulidad del apóstol Pedro (de quién si no). Ahora, bajo la advocación de la patrona de los marineros, con el Hijo en brazos, la Madre también parece hacerlo. Parece caminar sobre las aguas, no del Mar de Galilea sino de una de las grandes fuentes que adornan el paseo marítimo. Es una llamativa escultura que sobrepasa el tamaño medio del paseante y que parece encaminarse hacia las aguas mediterráneas que la esperan unos metros más adelante.

Miro el mar plácido de este mayo primaveral y, mientras espero el regreso de mi santa, engaño al tiempo con la lectura que siempre acompaña mis soledades. Absorto en el relato que el ebook me ofrece pasa el tiempo hasta que el sol se apropia del espacio en sombra que cubría mi cabeza y me veo obligado a cambiar de banco. A poco más de dos metros, sentados en otro banco, una pareja habla en tono tan discreto que apenas escucho sus palabras. Tan solo llego a entender que hablan alemán y, por sus gestos, también discretos, entiendo que su tema de conversación trata de las especies arbóreas que nos dan sombra. Estos pensamientos se ven alterados por la voz potente de una mujer que, junto a su pareja, ocupan otro banco situado a más de seis metros de donde me encuentro. He llegado tarde al discurso que le está dando a quien debe ser su marido y tan sólo llego escuchar lo que sigue:

– Pues con lo cultos y avanzados que siempre han sido… y ahora fíjate cómo están.

Desconozco quiénes serán los que han caído en el abismo de la incultura y el retroceso. Por un momento pienso que bien podrían ser los franceses, pues poco días antes se habían celebrado elecciones en el país vecino; pero, también cabe que fuese alguna familia de la comunidad de vecinos caídos en desgracia. Lo desconozco porque la señora de elevado tono de voz cambia de asunto en el monólogo que mantiene con su marido de manera tan radical que hasta la Virgen del Carmen me ha parecido que hacía un gesto de sorpresa.

Tú sabes quien es la Paz Vega –afirma mirando al marido, que asiente con desgana y mecánicamente-. Ésa sí que es una actriz; no como la Penélope, que desde que se fue a los Estados Unidos tuvo que andar con uno y con otro hasta que se casó.

Ante tan taxativa sentencia no puedo evitar sonreír y mirar de nuevo a la Virgen para ver si esta vez se muestra escandalizada por el comentario de la señora. Pero no. Con broncínea serenidad la Virgen sigue caminando sobre las aguas mientras mi santa camina hacia el lugar en el que me encuentro.

11 mayo, 2017

Lo que se ve y lo que se siente

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 16:31

Camino por el sendero litoral entre guiris rubicundos y despechugados y algunos nativos jubilados. Junto al paseo faenan cuadrillas de operarios municipales equipados con llamativas camisetas anaranjadas. Están construyendo en todas las entradas a la playa accesos con rampas. En algunas zonas de la playa se notan aún los efectos de los últimos temporales; el mar ha recuperado parte de lo que era suyo. Un letrero anuncia obras de emergencia para restaurar el desaguisado que la naturaleza embravecida ha ocasionado. El negocio del turismo, lo que hasta no hace mucho se llamaba la industria turística (con ese afán que tenemos para desvirtuar el significado de las palabras), necesita reparaciones de urgencia cuando las olas sobrepasan los seis metros y se presentan en las puertas de los chiringuitos tras arrasar playas creadas artificialmente.

He llegado a la punta del poniente playero y al girarme me detengo para observar lo que la foto muestra. Me quedan algo más de tres kilómetros de caminata pero lo que se ve y lo que se siente (en forma de temperatura y suave brisa) son alicientes para el paseo.

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