La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

11 diciembre, 2016

Treinta y cuatro (más tres)

Filed under: Personal,Retales de recuerdos — Nicolás Doncel Villegas @ 11:10

imageTreinta y cuatro no es un número especial, no es un número redondo ni cabalístico, no es un número bañado de simbolismo bíblico ni el año de un acontecimiento glorioso. Treinta y cuatro es un número cualquiera compuesto por dos cifras consecutivas, es un número par sin más pretensiones, un par de cifras engarzadas sin necesidad de metales preciosos que le den un brillo especial.

Hace treinta y cuatro años amaneció, eso sí, un día bañado en un sol decembrino que calentaba el aliento mañanero; un sol que hacía brillar los adoquines de granito y el empedrado de esa plaza cordobesa regentada por un Cristo pétreo que se ilumina con faroles y camina en procesión primaveral tallado en madera y fervor popular.

Treinta y cuatro años que no son de plata ni de oro. Son años, meses, semanas y días de hacer camino juntos. Es la existencia compartida a partir de aquel once de diciembre cuyo preámbulo se alarga hasta tres años antes en jornadas de miradas cómplices, en horas de trabajo y enamoramiento, en futuros que estaban por escribir, en miedos a errar en las decisiones por tomar y en recelos a esas edades que escapaban de los preceptos y de las tradiciones sociales.

Y aquí estoy, aquí estamos, treinta y cuatro años después de que aquella Plaza de Capuchinos nos acogiera, de que esa Iglesia de los Dolores, por ti elegida, fuese el escenario en el que se diese fe y se dejase constancia de que todas las decisiones estaban tomadas y que el camino iba a ser compartido. No glosaré la ceremonia porque no soy dado a dar lustre a los acontecimientos sociales; y, como ambos coincidíamos en la austeridad de las cosas y los hechos, tan sólo recordar que todo fue como deseamos que fuese.

Y aquí estoy, treinta y cuatro años después, recordando y escribiendo, alejándome de los tópicos aniversarios, tan a gusto de haberte conocido y seguir conociéndote.

7 diciembre, 2016

Aquella Consti, esta Constitución

Filed under: Menú del día,Retales de recuerdos — Nicolás Doncel Villegas @ 9:09

 

clip_image001Ayer se cumplió un nuevo aniversario, el trigésimo octavo, del referéndum por el cual fue aprobada la actual constitución española.

Recuerdo aquel día, aquel 6 de diciembre de 1978. Estaba acuartelado en el cuartel (y no es una redundancia) de Lepanto, en Córdoba. Eran tiempos convulsos, tiempos de plena transición democrática, de atentados mortales y secuestros por parte de ETA y GRAPO, de ruido de sables que hablaban de un golpe militar inminente… No eran buenos tiempos para estar vestido de caqui y con un fusil en la mano.

Recuerdo otro 6 de diciembre, el de 1996. Habían pasado dieciocho años y trabajaba de maestro en el colegio público de Cardeña. La transición política se había cumplido, el Partido Socialista había gobernado durante catorce años y la derecha, con Aznar, había ganado las elecciones ese año. ETA perseveraba en su demencia pero ya no había miedo a un golpe de estado porque el ejército español había dejado de ser el guardián de las esencias patrias y se había convertido en un ejército moderno; tanto, que el servicio militar dejaba de ser obligatorio. España era, además, miembro de la Unión Europea y los que habíamos conocido los últimos años de la dictadura franquista nos sentíamos orgullosos porque habíamos dejado de “ser diferentes”.

En aquel año, 1996, era ya obligatorio conmemorar el Día de la Constitución en los colegios (sigue sucediendo hoy). Recuerdo que preparé con mis alumnos diversos trabajos sobre el asunto. Uno de ellos era un mural en el que dibujamos la figura de una joven cuyo rostro era un libro humanizado (con ojos, boca y nariz) y del que salía un globo, un bocadillo, en el que se podía leer: “Me llamo Consti y… ¡ya soy mayor de edad!”. Lo he recordado porque hace unos días leí un artículo de Fernando Savater titulado “La Consti”. Me sentí orgulloso de aquel trabajo de mis alumnos porque me sentía orgulloso de aquella Consti (en aquel tiempo todavía podía sonar un poco irreverente tal diminutivo) que había sido cimiento del cambio político de este país y que a sus dieciocho años ya había cumplido la mayoría de edad.

Ese es el pasado. Hoy, con treinta y ocho años, aquella “joven” necesita algunos retoques. Toda ley, por muy fundamental que sea, requiere de actualizaciones cual si fuese un sistema informático. De ello habla todo el mundo político estos días. Cada cual tiene sus proposiciones. Hay quien habla de maquillaje, hay quien piensa en cirugía menor y hay quien ya la considera una anciana decrépita que no tiene más futuro que el asilo constitucional. Este es el presente. ¿Y el futuro? Dependerá de las actualizaciones que se le hagan (y, sobre todo, las que se le dejen de hacer), dependerá de los aciertos en las modificaciones, de los acuerdos entre los que la consideran aún necesaria, etc. Entre los que desean su desaparición hay muchos jóvenes que exponen como razón el que ellos no la aprobaron en aquel lejano referéndum (“yo no la voté”, dicen). Yo tampoco la voté, porque estaba acuartelado, (si ello ocurriese hoy, podría haber votado), pero no por ello pido su pase a mejor vida legal. Podría exponer mis peticiones de actualización pero ya están recogidas por unos y por otros. El futuro dirá.

5 diciembre, 2016

La Aurora de Castro del Río

Filed under: Retales de recuerdos — Nicolás Doncel Villegas @ 10:25

Los hermanos de la Aurora de mi pueblo, de Castro del Río, siguen saliendo cada noche-madrugada-amanecer desde el 30 de noviembre, San Andrés, hasta el 8 de diciembre, la Inmaculada. Siguen saliendo por las calles y plazas del pueblo, por las antiguas y hermosas calles de la Villa, ese barrio de historia y acústicas extraordinarias. Siguen cantando esas canciones de auroros que “No le temen ni al frio ni al agua, ni a la mala noche, ni a lo por venir.

Ahora los veo a través de las redes sociales, en una perfecta simbiosis de lo actual y lo arcaico, asomándose al mundo desde esas antiguas tradiciones que forman parte de la esencia de una vida, de una cultura, de una civilización. Tradiciones ligadas casi siempre a la religión pero a las que se agregan gentes de todo pensamiento y creencias porque son la base de una forma de vida que ha ido evolucionando hasta dejar atrás la intolerancia y el sin sentido de otras manifestaciones sociales.

Para mí, escucharlos en estos tiempos es un volver al pasado de la infancia, es recordar esas noches frías entre colchones de lana, revivir despertares somnolientos y duermevelas eternas entre los que se colaba el lejano sonido de los campanilleros y la monocorde y repetitiva, pero agradable, música de los hermanos de la Bella Aurora. Ese tañer de campanillas que arrastra a los instrumentos de viento y cuerda, a las voces acompasadas de los hermanos, ese rumor de murmullos apagados por el frío de la madrugada que se colaba entre el sueño y el despertar, esos pasos que se acercaban desde la lejana oscuridad de la noche hasta detenerse en una esquina en la que entonar la siguiente canción; todo ello forma parte de mis recuerdos.

También es parte de mi acervo de recuerdos castreños un trabajo que tuve que hacer sobre la Bella Aurora estando en Bachillerato (o en COU, no recuerdo bien) sobre este tipo de manifestaciones locales en la que se unen tradición religiosa y cultural. Como también lo es el haber participado un par de noches como auroro. Eran los años de la adolescencia en la que había que probarlo todo. Dado que soy persona diurna, no dado a madrugaciones ni a trasnoches, y que mis cualidades cantoras son nulas, la experiencia fue corta y volví al gozo de escuchar esos sonidos desde el suave despertar en la cama: “La Aurora la tienes en tu puerta, ni te llama ella, ni te llamo yo, que te llama la boca de un ángel, levántate hermano a alabar a Dios.”

2 diciembre, 2014

Libros y bailes en el local de la OJE

Filed under: Retales de recuerdos — Nicolás Doncel Villegas @ 17:58

I’m not in love – 10cc

Recordaba hace unos días la biblioteca de la OJE que me suministró mis primeras lecturas. Esa pequeña biblioteca estaba en el edificio que ocupaba la sede de la Organización Juvenil Española. Un edificio situado en lo que por aquel entonces era la calle principal del pueblo, La Tercia, al lado del casino El Liceo. Aquella calle, junto con su continuación la calle Alta, por las que se paseaban los jóvenes buscando miradas furtivas cuando se cruzaban con las pandillas del sexo contrario en las tardes dominicales.

Siempre fui reacio, mis padres siempre fueron reacios, a formar parte de cualquier tipo de asociación. Yo lo sigo siendo, lo he sido toda mi vida. Me coarta, me constriñe, me disminuye el sentirme parte de un colectivo que me imponga unas normas que en cualquier momento pueden chocar con lo que pienso y siento. Pero en aquellos años el apuntarse a la OJE era casi obligatorio si querías disponer de un local en el que jugar al ping pong, poder tener acceso a una pequeña biblioteca o acceder a un local en el que los domingos por la tarde-noche comenzaron a celebrarse los primeros bailes que acompañaban a la cercana adolescencia.

En ese salón en el que estaban colocadas las meses de ping pong, éstas desaparecían los domingos por la tarde, se atenuaban las luces y sonaban las primeras canciones románticas que abrían el camino a los primeros bailes agarrados y al ritual del cortejo y la testosterona desbocada. Entre esas canciones hay una que va asociada al recuerdo de aquellos: ¿quieres bailar? Y no es una de esos cantantes románticos españoles tan al uso por entonces como lo era Camilo Sesto, por ejemplo. No, se trata de I’m not in love, un tema (sí, un tema decíamos entonces, no una canción) de un grupo británico, con nombre muy original, del que luego nunca más supe: 10 cc. Uno, de naturaleza tímida, no llegó nunca a disfrutar plenamente con aquellas situaciones de riesgo que suponía perder toda la autoestima cuando la pregunta anterior recibía una negativa. Así que desertaba pronto de aquel juego de iniciación para marcharme a ver los primeros partidos de fútbol televisado en blanco y negro.

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Y ahora, cuarenta años después, prefiero cantar con Fito eso de “Puedo escribir y no disimular / es la ventaja de irse haciendo viejo / no tengo nada para impresionar / ni por fuera ni por dentro.” Así que superados aquellos traumas que nunca llegaron a serlos, aunque haya quien sí los padeciese, puedo evocar con socarrona nostalgia aquellos años y lugares sin que mi mente sufra ni padezca.

P.S. Las imágenes corresponden al carné de la OJE (anverso y reverso). En el reverso aparece la Promesa que tenía que cumplir el cadete afiliado a la organización. Toda una declaración de intenciones acorde con una época que estaba a punto de finiquitar.

30 octubre, 2014

Mis puentes (5/5) – El Puente de San Rafael

Filed under: Retales de recuerdos — Nicolás Doncel Villegas @ 17:08

Debajo del puente – Pedro Guerra

clip_image001Cuando era pequeño y me llevaban a Córdoba entrábamos por la carretera de Granada a lo que se llamaba, y se llama, el Sector Sur, un barrio de emigrantes de los pueblos que se habían instalado en aquel lugar al otro lado del Guadalquivir. Allí, un par de hermanos de mi padre habían abierto una zapatería que surtía de aquellos zapatos Gorila a la numerosa prole de los que hasta hacía poco habían sido jornaleros del campo y ahora sobrevivían en “la capital”. Me llamaba la atención cuando uno de mis tíos decía que tenía que cruzar el puente para ir a Córdoba. Aquel puente, llamado de San Rafael, lo había inaugurado el mismísimo Generalísimo (todo tan superlativo), y así lo llamaban los adeptos al personaje durante muchos años. Medio en broma, medio en serio, las gentes del Sector Sur decían que desde los romanos nadie había sido capaz de construir un puente en Córdoba hasta que lo hizo Franco. Y en cierta forma llevaban razón pues durante veinte siglos el único que existió para cruzar el río desde los arrabales cordobeses hasta el centro de la ciudad fue el Puente Romano. Pero a mí eso de ir hasta Córdoba para que luego me dijeran que no estaba en Córdoba si no cruzaba el dichoso puente de aquel señor que tanto mandaba me provocaba una gran frustración.

Luego, pasados los años, siendo estudiante de Magisterio, la casualidad y los gobernantes quisieron que la Escuela Normal estuviese en el Sector Sur (eso de llamar Escuela “Normal” a la escuela donde se formaban los futuros maestros tampoco lo entendí nunca). Así pues vivía en Córdoba sin vivir en ella, y cuando quedaban ratos libres uno cruzaba el puente para ir al Centro y buscar “nuevas experiencias”, como era tan moderno decir entonces. En aquellos años me parecía casi interminable y era un placer mirar a contracorriente para ver al fondo el paraje de la Albolafia, los molinos y la noria, hasta llegar al final donde el Triunfo de San Rafael (que sin ser patrono de la ciudad tiene gran admiración en ella) te daba la bienvenida a la ciudad moderna, de amplia avenida cuya meta era el famoso, por aquel entonces, Hotel Meliá.

Hoy hay nuevos puentes que cruzan el Guadalquivir pero me son ajenos, no pertenecen a mi memoria. Aunque uno de ellos, el que te deja a los pies de la zona hospitalaria y universitaria también lo he cruzado demasiadas veces en los últimos años. Y otro, el que te deja a los pies de la portada del recinto ferial tan solo me sirve como vía de escape a las pocas visitas que uno ya hace a la capital. Y no para ir a la feria precisamente.

22 octubre, 2014

Mis puentes (4/5) – El Puente Nuevo

Filed under: Retales de recuerdos — Nicolás Doncel Villegas @ 15:59

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Si del Puente Viejo siempre presumíamos de su origen romano, o árabe, pues el caso era darle antigüedad al asunto sin importar unos siglos más o menos, del Puente Nuevo nadie hablaba de su edad. Decían que lo construyeron a principios de siglo, del siglo XX, y presumía de su grandeza ante su hermano pequeño. Los numerosos ojos que escoltaban a diestra y siniestra al gran ojo central (y la altura de éste) eran suficientes para que no hubiese arriada de agua capaz de “saltarlo”. Todo lo contrario que el Puente Viejo, tan débil ante las crecidas invernales, el Puente Nuevo soportaba con majestuosidad el aumento del caudal y siempre miraba por encima las aguas turbulentas que arrastraban troncos y tarajes. El cauce del Guadajoz se desbordaba unos metros antes del llegar al puente, conocedor que sobre él era imposible, y las aguas tomaban el camino de las huertas colindantes , se adentraban por la estrecha calle que daba acceso al Llano del Convento, de cuyas alcantarillas manaba el agua porque estaban a más bajo nivel que el río, y la algarabía estallaba en el Instituto cuando anunciaban que llegaba una arriá.

Pero el Puente Nuevo no tenía algo que sí poseía el Viejo. Éste último era como alguien cercano, un vecino al que se saluda de cuando en cuando, un puente que se cruzaba para ir al Paseo, a la Feria Real o a ver entrar a las muchachas que habían dejado de estudiar y volvían de recoger aceitunas. En cambio el Nuevo era como alguien que se creía superior, alejado de los vecinos no por distancia sino por consideración, un puente que solamente cruzábamos en coche cuando había que ir a Córdoba para una visita médica, o al vecino pueblo de Espejo para una visita familiar. Cierto es también que hubo un tiempo que se puso de moda ir al bar La Choriza, un bar nuevo, con tan llamativo nombre, que habían abierto junto a una gasolinera al otro lado del río. Alguna tarde soleada de domingo mis padres me llevaron allí dando un paseo, cuando todavía las tardes de domingo se salía a pasear y no se consideraban un tiempo de recogimiento para afrentar la nueva semana. Y también, durante unos años, siendo ya mozalbete, se puso de moda dar una vuelta por las afueras del pueblo cruzando el Puente Nuevo hasta circunvalar, no, mejor redondear, la periferia de Castro y llegar al Puente Viejo para adentrarse otra vez en el pueblo, por una carretera de Granada por la que apenas circulaban coches en aquel tiempo.

Ni el Viejo ni el Nuevo existen tal como fueron. Ya conté que el primero fue derribado para construir uno de mayores dimensiones. Estando en esa situación al alcalde de aquellos años no se le ocurrió otra genialidad que derribar también el Nuevo, con lo cual el pueblo quedó cual si fuese una península rodeada por las aguas del Guadajoz por todos lados menos por uno que posibilitaba la entrada al pueblo dando, eso sí, un gran rodeo hasta encontrar la nueva circunvalación que habían construido también por aquellos años de interminables fondos europeos que permitían obras necesarias, innecesarias, faraónicas e inoportunas.

11 octubre, 2014

Mis puentes (3/5) – El Puente Viejo

Filed under: Retales de recuerdos — Nicolás Doncel Villegas @ 8:54

clip_image001El Puente Viejo era pequeño, y no porque anduviera escaso de ojos, que los tenía en abundancia, sino porque las arcadas eran de altura tan escasa que no servían para dejar pasar el caudal crecido en aquellos inviernos en los que la lluvia no cesaba, aquellos inviernos de frio y de sabañones. Cuando el agua llenaba las oquedades de sus numerosos ojos la inundación se extendía a un lado y al otro del puente. La calle de Los Molinos, con sus almazaras en plena faena, se convertía en un brazo de agua que llegaba hasta el Paseo. Por el otro lado, el Llano de la Fuente pasaba a ser una especie de lago casi urbano en el que el agua desbordada inundaba el matadero municipal y se acobardaba ante la Puerta del Puente y, sobre todo, ante la Cuesta del mercado de abastos, pero no ante la carretera que llegaba hasta el Coso y la Redonda.

Pero el Puente Viejo también era el acceso veraniego al Paseo y al cine Los Molinos, el que me impresionaba al cruzar su pretil de baranda calada que producía una sensación de vértigo, y el que cruzaba agarrado a mi padre cuando volvíamos del cine subidos en la vieja Lube, aquella motocicleta con aspecto de postguerra, cuyo motor producía extraños sonidos acompasados e intermitentes a causa de la baranda de hierro calado y la del muro compacto que se alternaban en el viejo puente.

“Cuando llegó la democracia desapareció el Puente Viejo”, dicen los que relacionan el cambio de época con todos los “males” que tenían que llegar. En su lugar construyeron otro de mayor altura. Cuando eso ocurrió vinieron años de sequía en los que el Guadajoz parecía un tímido riachuelo visto desde la altitud, una estrecha corriente de agua entre el enorme cauce ensanchado en una obra que algunos paisanos llamaron faraónica e inoportuna; faraónica porque es un adjetivo que siempre viene bien cuando se construye algo más grande en el lugar que ocupaba algo más pequeño, e inoportuna porque derribaron el viejo puente en plena campaña de recogida de la aceituna con lo cual el tránsito de todos los tractores entre la calle de Los Molinos y el pueblo quedó cortado hasta que se concluyó la construcción del nuevo, al que yo sigo llamando Puente Viejo.

26 septiembre, 2014

Mis puentes (2/5) – El Puente de La Venta

Filed under: Retales de recuerdos — Nicolás Doncel Villegas @ 14:32

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Es un puentecillo que permite el paso sobre el arroyo Casatejada, el cual recibe las aguas unos metros más adelante del arroyo de la Leche, y es afluente a su vez, otros metros más adelante aún, del arroyo Salado. Tal confluencia de arroyos hace que los años muy lluviosos todas esas zonas llanas sean fácilmente inundables. El “puente del cortijo” (de La Venta), como solemos llamarlo (aunque ya no queda cortijo en pie) es una construcción que hoy presenta un aspecto bastante deteriorado. Los murillos intercalados con espacios vanos que cubrían sus laterales casi han desaparecido. El paso del tiempo, los “saltos” del arroyo por encima de los ojos, el paso de maquinaria agrícola de gran anchura que roza la obra, etc. han ido tirando sobre el cauce el material de construcción.

Llevo muchos años cruzando ese puentecillo, asomándome al lecho del arroyo, observando su escaso caudal la mayoría de las veces y viéndolo desbordarse sin control en otras. Años en los que la vegetación y la escasa fauna de patos casi había desaparecido y años en los que incluso en verano era posible mojarse los pies en sus aguas frescas y transparentes. Desde el altozano del cortijo uno se asoma y tiene la tranquilidad que allí está él, a unos metros de la carretera, para salvarte en esos días de lluvias torrenciales e inesperadas en los que había que salir aprisa para que el coche no se quedara atascado en el camino.

En los días de verano, durante las jornadas interminables de la siega, el polvo del camino parecía hacer una pausa cuando se cruzaba por encima. Bajé sus terraplenes cuando era joven y fui a bajarlos cuando mis hijos eran pequeños. Ahora, cuando paso por el puente del cortijo sigo mirando a un lado y a otro según la dirección en la que circulo. Y veo como el delgado hilo de agua viene formando la curva que tantos problemas nos da cuando las abundantes lluvias hacen que el arroyo decide tomar el camino que más le apetece. Observo que, tras cruzar el arco principal, el ojo mayor, el arroyo se encamina hacia los límites de la finca. Y recuerdo las viejas historias contadas sobre ese puente, cuando cruzaban las reatas de mulos, las cuadrillas de segadores, los carros cargados de trigo…

19 septiembre, 2014

Mis puentes (1/5)

Filed under: Retales de recuerdos — Nicolás Doncel Villegas @ 15:34

Bridge Over Troubled Water  – Simon & Garfunkel

clip_image002No son los de Madison, porque Meryl Streep nunca fue el tipo de mujer que me hizo perder la razón; ni uno puede tener el temple de Clint, sea en versión cowboy almeriense o fotógrafo maduro. Ninguno de ellos se levanta sobre el río Kwai, aunque hubo un tiempo que silbé la Marcha del Coronel Bogey. Y, como uno no está muy viajado, tampoco son el Golden Gate, ni el de la bahía de Sidney, ni el de Brooklyn, ni el puente de la Torre de Londres, ni ninguno de los que se levantan sobre el Sena parisino; aunque bien podrían ser el Ponte Vecchio florentino, el de los Suspiros veneciano o los que te llevan al Trastévere romano, esos que un día crucé. Romano, con ese adjetivo abundan los puentes en esta España que fue Hispania, aunque de la obra original solo quede una pilastra, una losa de piedra o el fantasma de un legionario bajo sus arcadas. Varios de ellos los anduve: el de Salamanca, que te convierte en lazarillo sobre el Tormes, el de la antigua Emerita Augusta sobre el Guadiana, el tan cercano para mí de la Córdoba cristiana y mora…Y otros que no presumen de ser romanos pero sí medievales como el Puente de Piedra de Zamora, que tan majestuoso lucía aquella fría mañana sobre el Duero, o el de San Martín, que muestra la maravilla en piedra que es Toledo al otro lado del Tajo.

Podrían ser puentes sobre aguas turbulentas, como aquella canción de Simon & Garfunkel, o puentes turbulentos como el Carranza de Cádiz (que también cruce varias veces) cuando se usan como escenarios de batallas casi medievales a base de lanzarse pedradas y petardos. Y podrían ser los que dan títulos a novelas como “El Puente de Alcántara” o “Un Puente sobre el Drina”. Pero no. Son los puentes de mis recuerdos: el del La Venta, el Viejo, el Nuevo y el de San Rafael. Son los puentes de mi memoria. Os los iré presentando en los próximos días.

1 abril, 2014

De Adolfo Suárez, y aquellos años (2/2)

Filed under: Retales de recuerdos — Nicolás Doncel Villegas @ 15:13

Libertad sin ira – Jarcha clip_image002 Se dice mucho que Adolfo Suárez no ha tenido en vida el reconocimiento que se le está dando estos días tras su muerte. Y es cierto, no tuvo el reconocimiento merecido de las instituciones, de sus coetáneos políticos (de esos que ahora lloran lágrimas de cocodrilo por su pérdida), pero pienso que si lo tuvo de quienes formamos parte de esa etapa histórica, de los que éramos jóvenes entusiasmados por una nueva etapa política, por muchos de los que entonces eran mayores y confiaron en que él condujera acertadamente el proceso, por quienes eran aún más mayores y temían que volviera la España de los garrotazos goyescos… Fue un reconocimiento silencioso, alejado de los grandes actos políticos, de las condecoraciones y nombramientos nobiliarios. Pero pienso que fue un reconocimiento sincero a la labor realizada por Suárez en los años duros de la Transición hasta que abandonó la UCD. Es la conclusión que he sacado cuando a lo largo de todos estos años transcurridos desde entonces ha salido a relucir su persona y actuación en conversaciones sobre lo que vivimos aquellos días.

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clip_image004Fueron años convulsos, inquietos. Ese extraño paso entre algo que se descomponía y algo que germinaba. Ese ondear de banderas antiguas que se cambiaban por otras que eran la misma pero con dibujo diferente. Ese manifestarse arrogantemente primero, con miedo después de aquella tarde-noche en la que descubrimos los interiores nocturnos de una comisaría en la que los policías aún no eran maderos porque seguían siendo grises. Y Suárez se asomaba a la única televisión que había para comunicar el siguiente paso, referéndum, legalización o elecciones, mientras unos le ensalzaban y otros deseaban verlo en el paredón. Los ruidos de los bocinazos de los coches que tiraban la primera propaganda electoral ensuciando calles y plazas sin que aquello importase entonces se mezclaban con los ruidos de los cuarteles. Mucho ruido y muchas muertes cada año de plomo, muchas esperanzas en aquel tipo que convocaba a Pactos en la Moncloa para que la nave no encallara y se fuese a pique frente a los acantilados blancos de las grandes palabras que inauguraban una nueva época. Esa época en la que nos empeñábamos en cambiar los pantalones de tergal que nuestras madres nos hacían por los primeros vaqueros con los que creíamos ser más libres sin necesidad de recurrir a la ira que siempre había salido victoriosa en este país que llamamos España.

 

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