El brazo de doña Úrsula

En estos últimos meses, desde que comenzó la vacunación contra la covid-19, hemos visto cientos, miles de brazos que son pinchados por agujas cargadas de futuro. Hemos visto imágenes en televisión, fotos en otros medios, de innumerables personas que eran vacunadas.

Al principio eran brazos con pieles curtidas, pieles arrugadas por el paso de los años, epidermis blanquecinas y acartonadas de quienes habían sobrevivido a la plaga de horror y muerte desatada en las residencias de ancianos. Veíamos personas mayores, ayudadas en muchos casos por auxiliares de dependencia, por hijos o nietos, hombres y mujeres que incluso se vestían con sus mejores galas para ir a vacunarse.

Con el paso de las semanas las imágenes fueron cambiando. Comenzamos a ver brazos de mujeres y hombres más jóvenes, pieles tersas de policías con brazos musculados y epidermis bronceadas de profesoras de secundaria y maestras de infantil. Eran gente joven que vestía su uniforme de trabajo o dejaba ver en su hombro temporalmente desnudo el tirante colorista del sujetador.

Y así seguimos, viendo esas imágenes una y mil veces: brazo desnudo, pinchazo hipodérmico y trocito de algodón con esparadrapo o tirita protectora del mínimo, casi microscópico, agujero por el que ha sido inoculado el escudo protector en forma de vacuna.

Una de esas imágenes de las que escribo es la que ven. Es el brazo de la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen. Ya conocíamos la proliferación de mascarillas ilustradas con todo tipo de símbolos, banderas y logos. Mascarillas de clubes deportivos, hermandades religiosas, autonomías varias. Mascarillas decoradas con ilustraciones reivindicativas o con dibujos de oenegés. Lo que no había visto hasta ahora era la tirita ilustrada post vacuna. No me parece mal el detalle de doña Úrsula. Está bien presumir de esta Europa que, a pesar de todos los errores habidos, nos acoge y protege. Dicho lo cual, espero que el ejemplo no cunda y que el personal no se presente al acto vacunal con sus propias tiritas o esparadrapos decorados. Sobre todo porque retrasarían el ritmo de vacunación y, más que exhibir simbología de cualquier tipo (algo de lo que ya vamos sobrados), lo que nos interesa es eso que ahora tanto se repite: vacunar, vacunar y vacunar.

Días históricos

– El lunes y el martes tuve ajetreo de gestiones. Llamadas telefónicas, correos electrónicos con documentos adjuntos, mensajes de whatsapp con fotografías incluidas, etc. iban y venían entre el que escribe y los peritos de campo y de casa, el corredor de fincas, el oficial de la notaría, la futura compradora… A última hora del martes (13) me entero que era el Día del Beso. Mal día para celebrar tal evento. Aunque los martes y trece ya no son lo que eran. Como los besos. Porque en estos tiempos el beso es un hecho restringido a personas convivenciales. A no ser que seas un joven furtivo cargado de libido e inconsciencia.

– Hubo un beso que hizo historia porque sucedió en un día histórico. Fue el que se dieron un marine y una enfermera en Times Square para celebrar el final de la II Guerra Mundial. Otro día histórico, catorce años antes, fue el 14 de abril de 1931. Para conmemorar el nonagésimo aniversario de la II República escucho durante esta semana el podcast documental que revive aquel acontecimiento. Me gustan estas recreaciones con antiguo sabor radiofónico, estas dramatizaciones sonoras que me llevan a épocas en las que la radio era elemento principal de la vida hogareña. Además, con estos podcasts también se aprende. Los nuevos republicanos, que han surgido como setas otoñales en estos tiempos de hoy, deberían aprender sobre aquella época y exhibir más conocimientos de los hechos que propaganda y sentimentalismo de añoranza no vivida.

Y esto, ¿para qué sirve?

En los más de cincuenta años que pasé en la escuela hubo muchas veces que me pregunté (siendo alumno) o que me preguntaron (siendo maestro): Y esto, ¿para qué sirve? En mi temprana adolescencia me preguntaba para qué me servía estudiar latín, una lengua muerta que había dejado de usar incluso la iglesia católica. Y, años después: Maestro, ¿y para qué me sirve a mí estudiar la historia de España si yo voy a ser camionero?

Los números romanos era uno de los temas que cada año despertaba esa duda. Era entonces cuando uno explicaba que todavía se seguía usando esa numeración para nombrar los siglos pasados y el actual que vivimos, numerar los capítulos de los libros, nombrar/numerar a Reyes o Papas, incluso están en los relojes de vuestros padres (o abuelos), etc. Y hay otro ejemplo que podría haber puesto y nunca puse. Ya lo ven en la imagen.

Hace unos días, escuchando el programa de humor Nadie sabe nada, de Andreu Buenafuente y Berto Romero, alguien hizo una pregunta relacionada con lo anterior: ¿Por qué en las pegatinas de la ITV los meses van en números romanos? Ahí está, otro ejemplo del uso de la numeración romana en la vida actual. En el programa de radio uno de los presentadores, recuerden que son cómicos, respondió: Para cuando alguien vaya a pasar la inspección de la cuadriga.

Bromas aparte, la pregunta del oyente me dejó pensando en su duda, que hice mía, y para la que no encuentro respuesta. Pero, lo dejo aquí, lo hago público, por si a un maestro en activo, al explicar este tema en Matemáticas, uno de sus alumnos le pregunta: Maestro, ¿y para qué quiero saber los números romanos si yo voy a ser guardia civil de tráfico?

Todos queremos vivir en el barrio de la Alegría

Desde siempre ha habido barrios de ricos y pobres, aunque los patricios romanos eran más de villas en el agro mientras que los plebeyos merodeaban por el foro. Fue en la Edad Media cuando los barrios comenzaron a definir grupos sociales muy determinados. Cada barrio tenía su propia parroquia y las actividades económicas definían a cada uno de ellos: el barrio de los herreros, el de los plateros… Incluso hubo barrios de los francos o de los genoveses en los que se agrupaban los comerciantes llegados de allende las fronteras hispanas. Y no olvidemos los arrabales de las medinas musulmanas o las juderías de cualquier ciudad hispana de aquella época. Con el tiempo llegaron los ensanches que rompían las murallas de las ciudades históricas y después los barrios residenciales.

El barrio ha sido siempre una formación urbana que configura una cierta manera de vivir, un pasado más o menos común, unas características sociales y económicas, etc. Pero hasta ahora los barrios no habían sido motivo de identificación política de manera tan contundente, exclusiva y, en mi opinión, peligrosamente identitaria. Porque cuando alguien identifica Vallecas como barrio de izquierdas y al barrio de Salamanca como barrio de derechas no se equivoca porque mayoritariamente lo son. Pero sí se equivoca quien hace suyo ese barrio uniformando a toda la población que en él vive. Porque en las últimas elecciones, ya lo ven en los gráficos, de las casi 87.000 personas que votaron en el barrio de Salamanca, casi 24.000 lo hicieron por partidos de izquierda (más de 5.000 por Unidas Podemos). Y viceversa, de las casi 109.000 personas que votaron en Vallecas, casi 35.000 votaron a los partidos de centro derecha (más de 13.000 de ellos a Vox).  Por eso es un disparate lo que dice Pablo Iglesias, un disparate peligroso porque vuelve a crear un nuevo “ellos” y “nosotros” enfrentados: “Que no sea el barrio de Salamanca el que decida el futuro de todos los madrileños“. Los barrios no deciden ningún futuro, lo hacen los ciudadanos, independientemente de donde vivan. Porque, tanto deciden los ciudadanos de Vallecas que votan a Vox como los del barrio de Salamanca que votan a Unidas Podemos. No, el futuro de Madrid no lo decidirá el barrio de Salamanca, ni el de Vallecas, lo decidirán los ciudadanos del barrio de Salamanca, de Vallecas, de Leganés, de Getafe…Y los de Galapagar. Además, ¿quién no ha cambiado, o ha querido cambiar, de barrio alguna vez? Ya lo cantaba Sabina: Vivo, en el número 7, calle Melancolía, quiero mudarme hace años al barrio de la Alegría, pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía… Algunos sí han cogido ya el tranvía.

Fotos de un pasado lectivo

No tengo ninguna foto de mi vida escolar, de mi vida de alumno. Sí he recuperado imágenes de aquellos años, fotografías que aparecen en las redes sociales y que alguien de aquella misma época ha colgado en Facebook o Twitter. Para no tener no tengo ni siquiera aquella fotografía clásica del alumno sentado en un viejo pupitre de madera con una enciclopedia Álvarez en la mano y el mapa de España detrás, aquel mapa con nombres que nos parecen de otra época: Vascongadas, Castilla la Vieja… Tampoco tengo fotografía de mis años de alumno universitario, ni siquiera foto y orla de graduación. Mis casi veinte años de alumno carecen de testimonio gráfico.

Escribo sobre este asunto porque en mi caminata mañanera de hace unos días, cerca del paraje en el que se asienta el Puente Romano de este pueblo en el que habito, me encuentro con un grupo de alumnos del colegio en el que trabajé los últimos años. Charlo un rato con el maestro que los guía, compañero de aquellos años, mientras los alumnos toman posesión del espacio arbolado y se disponen a desayunar al aire libre de la naturaleza y de la historia.

Un rato después, mientras abandono el lugar, vienen a mi memoria las veces que transité por ese mismo camino acompañando a los que fueron mis últimos alumnos, aquella promoción de despedida de la que tan buenos recuerdos sigo teniendo. Y viene a mi memoria que esos recuerdos, aquellas vivencias en ese paraje (y en otros), siguen persistiendo también en este mundo virtual e informático de redes sociales, blogs e internet. En el Blog de Sexto A – CEIP Poeta Molleja (2015/2016) hay fotografías de aquellas excursiones con actividades del año 2014, fotografías de los cursos cuarto y quinto de primaria, actividades relacionadas con la naturaleza y con la historia, y el virtual libro de poemas que titulamos Paseo a la Historia leyendo poesía.

Reviso esas fotos de hace ya casi siete años en un ejercicio de nostalgia llevadera, de un tiempo lectivo en el que todavía resuenan ecos de algarabía infantil, risas de compañerismo sano y voces que tratan de llamar mi atención: Maestro, mira lo que hago

Varados en ideas poco profundas

– Hay personajes públicos que durante un tiempo copan todos los noticiarios y conversaciones vecinales. De pronto, desaparecen y pasan al olvido. ¿Quién se acuerda hoy de Pablo Hasel? Ya nadie grita proclamas, arroja piedras o quema contenedores en su nombre…

– Aunque ya no se habla de él sabemos que Hasel está en la cárcel. Pero, hay veces que desconocemos qué fue de aquel o aquello que durante unos días fue centro de atención. Por ejemplo, a mí me gustaría saber por dónde navega en estos momentos el Ever Given, qué aguas oceánicas o mares sin estrecheces surca sin peligro de encallar, hacía qué puerto dirige su mastodóntica proa y su colosal cubierta cargada de multicolores contenedores…

– Los independentistas catalanes gritaban “Las calles serán siempre nuestras”. Los antifascistas de  Vallecas proclaman: “Fuera fascistas de nuestro barrio”. Qué afán tienen unos y otros por apropiarse de las calles, de los barrios… Se parecen a los chiquillos de los años sesenta cuando los de un barrio pelábamos a pedradas contra los de otro barrio. Pero, nosotros hemos evolucionado; estos parece que se han quedado varados en ideas poco profundas.

– Una duda: ¿Por qué llaman antifascistas a esos energúmenos que lanzan piedras a sus rivales políticos de extrema derecha? ¿Por qué no los llaman extrema izquierda?

– No está ahí, pero si estuviera sería impresionante. Tras desencajarse del Canal de Suez parece que el Ever Given navegase por el Guadalquivir y hubiese quedado encallado entre el Puente Romano y el de Miraflores, a pocos metros de la Mezquita-Catedral de Córdoba.

De singular nombre y apellido…

Hubo un tiempo en el que los recién nacidos heredaban, obligatoriamente, los apellidos de sus progenitores y, casi obligatoriamente, el nombre del abuelo/a. De tal forma los nombres y apellidos se repetían en el árbol genealógico familiar de manera tan endogámica como si de los Habsburgos españoles se tratase. Yo, por ejemplo, soy Nicolás Doncel, igual que mi abuelo paterno, tengo un tío Nicolás Doncel y varios primos y parientes que se llaman así. Incluso un hijo, aunque éste con una añadido circunstancial en el nombre.

Ese “Nicolás Doncel” no era extraño en mi pueblo de nacimiento pues se extendía por distintas ramas del árbol genealógico. Pero, cuando me asenté en éste desde el que ahora escribo, hace ya más de treinta años, era el único (junto con mis hijos) con tal apellido. Recuerdo mirar la guía telefónica, aquel mamotreto de letra diminuta en el que aparecían por orden alfabético todos los propietarios de los teléfonos, y ser el único Doncel de este pueblo. Y durante muchos años sólo fuimos tres los Donceles de este lugar. Ahora hay dos más: mis nietas Atenea y Dunia Doncel. Si esta última leyese esto ya me estaría corrigiendo: Abuelo, que yo me llamo Dunia Doncel Garrido. El caso es que son las únicas Donceles femeninas de este pueblo.

Pensaba el otro día en la singularidad de sus nombres. Desaparecida aquella tradición de nominar a los recién nacidos como sus abuelos/as, Dunia y Atenea no son hoy María Dolores y Carmen. Y una cosa me llevó a la otra. Si a la rareza de su primer apellido le unimos la singularidad de sus nombres, ¿podría ser que mis nietas, además de ser las únicas así nombradas en el pueblo, lo sean también en la provincia, en Andalucía, en España…?

Consulté la página web del Instituto Nacional de Estadística y encontré que en España hay 3.150 Dunias, 1.175 Ateneas y 2.759 Donceles de primer apellido. Cantidades pequeñas comparadas con los cientos de miles que hay de los nombres y apellidos más usuales. Que esos nombres (Dunia o Atenea) se hayan combinado con ese apellido (Doncel) es una realidad, tal como ha sucedido con mis nietas. Pero veo difícil que tal circunstancia se haya repetido. Lástima que la web del INE no permita consultarlo.

Vadoseco: haza y “morea”

Cuando en el pasado verano formalizamos la venta de las diferentes parcelas que heredamos de Vadoseco ya escribí un post en esta Girola, Vadoseco ya es historia: Siendo niño anduve por el paraje de Vadoseco, tierra de casillas desgajadas del gran cortijo que da nombre al lugar. Una de esas casillas era de mi abuelo. Esa fue tierra de lejanas disputas familiares, rencillas que se agarran a la sangre como garrapatas de postguerra…

Los últimos días les he contado historias basadas en los documentos de dos de aquellas parcelas, las que provenían de mis abuelos maternos. Una de ellas es una pequeña haza, un trozo de tierra en pendiente que se abre en cicatrices cuando las lluvias son cortas pero intensas. Es esa de la que el funcionario del registro escribió que medía” siete (fanegas), digo, celemines” y que para mí siempre fue un territorio bastante desconocido pues está separada de la parcela mayor y escondida tras la pendiente. La otra, la principal, siempre la llamamos la de “la morea” pues junto a la casilla había un pozo y una morera. Desaparecieron la casilla y el pozo, resistió algo más la “morea”. Quedó la tierra mil veces sembrada de trigo, girasol, algodón, habas, melones… De esa parcela comí los melones más dulces que jamás he vuelto a comer. En esa parcela recogí piedras de todos los tamaños para evitar que los hierros de los aperos se retorciesen o partiesen como si fuesen frágiles piezas de cristal. Del empinado pecho, de la pendiente amenazante que la corona en el lado derecho, surgían cada año piedras del tamaño de una mesa que había que arrastrar con cadenas atadas al tractor. Esa ladera era temida por los maquinistas de las primeras cosechadoras pues su inclinación ponía en riesgo el equilibrio de las grandes máquinas y más de una vez alguno de esos mastodontes mecánicos corrieron el riesgo de rodar ladera abajo cual si fuesen enormes canicas de metal.

Esas parcelas son las que fueron escrituradas el miércoles santo. De ellas sólo me quedan estos recuerdos que ahora rememoro y escribo.

Cocidos y magdalenas (políticos y nietas)

– Isabel Díaz Ayuso habla mucho estos días preelectorales de hacer vida a la madrileña. Se empieza reivindicando un cocido (a la madrileña) y se acaba diciendo que España nos roba (los garbanzos p’al cocido).

– Seguimos con el cocido madrileño. Más Madrid, el partido de Errejón, presenta la propaganda electoral que ven en la foto. No entiendo lo de MadriZ, pero ese no es el asunto. Le acusan de machismo por decir que la madre es la que hace el cocido. Escucho a Errejón defenderse diciendo que  a veces nos fijamos en los detalles mínimos y que en su casa era su madre quien hacía el cocido y ahora es él quien lo hace. Bien, pero esa filosofía del enfadadito por cualquier “micro lo que sea” llegó con esta nueva izquierda. Esa exageración de la corrección política rayana en la estupidez es propia de estos nuevos sacerdotes de las nuevas moralidades. Así que ahora hay que apechugar con ello, todos (y todas). Dicho lo cual, ya tienen menú en Mas Madrid: cocido de Iñigo y magdalenas de Manuela.

– La última vez que mi nieta Dunia comió en casa, cuando en el pueblo había cero casos covid, se zampó un buen plato de… Sí, de cocido. En este caso era cocido de su abuela pues el abuelo no es hombre de fogones y para andar entre pucheros, como diría santa Teresa, ya está Dios y (añado yo) quienes disfruten de tal menester.

– Tienen fama las magdalenas de Manuela Carmena. No creo que puedan competir con las de mi pueblo pero no voy a polemizar en este asunto. El caso es que hace unos días estaba degustando una de esas magdalenas incomparables mientras miraba a mi nieta Atenea y ésta me sonrió. Pensé que mi estado de placer gastronómico sintonizaba con los pensamientos de mi nieta. Se ve que ya nos vamos entendiendo.

Vadoseco: donde dije fanegas, digo celemines

Anteayer les contaba la historia de un documento del año 1944. Había varias cosas en él que llamaron mi atención. Una ya la conté, lo del permiso marital que mi padre concedía a mi madre para que pudiese llevar a cabo el acto jurídico correspondiente para hacer suyas unas tierras que heredaba de sus padres. Esa absurda discriminación del hombre sobre la mujer era lo normal y lo legal en aquella España franquista. Afortunadamente ya hace muchos años que eso desapareció.

Otro asunto legal que llamó mi atención en ese documento fue que en la donación que hacían mis abuelos en 1944 uno de mis tíos tenía la edad de 20 años y, consecuentemente, era menor de edad pues la mayoría no se alcanzaba hasta los veintiuno. Por ello, mi abuelo concedía a su hijo la emancipación para que pueda regir su persona y sus bienes como si fuera mayor de edad. Como no soy perito en leyes desconozco cuál es la legislación actual sobre este asunto pero creo que la emancipación se puede hacer a los dieciséis años. También hemos avanzado en este asunto aunque a veces pienso que legislación y madurez personal no siempre van de la mano. Ejemplo de ello fue mi tío emancipado, hombre de vida alegre, amante de la taberna, el vino y el cante, que, según escuchaba siendo yo niño, dilapidó su capital en tales aficiones y alegrías. De él recuerdo su estampa de hombre delgado y cara afilada y que mi madre contaba que, al ser el menor de los cinco hermanos, siempre tuvo la benevolencia de mis abuelos que no supieron encarrilarlo por el mejor de los caminos.

Y, para terminar, otra curiosidad de ese documento fue el que lleva a cabo el escribiente de la notaría. Este hombre, porque seguro que era un hombre (recuerde el lector que estamos en 1961), al describir la primera de las fincas escribe: Suerte de tierra en el trance primero de la segunda hoja del cortijo de Vadoseco, en este término, que mide siete (fanegas), digo, celemines… Cuando se percata de su error, al confundir la superficie de la parcela, al escribir fanegas en lugar de celemines, el probo escribiente no recurre a la tachadura ni a la farragosa prosa registral de aquel tiempo y de aquel digno lugar para enmendar la errata sino a un  simple y coloquial digo entre comas y a unos paréntesis que le sirven para dejar claro a los exponentes, al señor registrador de la propiedad, al liquidador del impuesto de derechos reales y al lector que ahora escribe esto sesenta años después, que donde dice fanegas quiso decir celemines. Me pareció algo tan fuera de su tiempo y lugar que por ello lo cuento aquí, en esta (catedral), digo, girola de la escritura bloguera…