La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

28 marzo, 2017

Florecido en rosa intenso

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 9:56

Hace ahora casi un año subí hasta el paraje en el que se encuentra el Árbol del Amor. Llevaba más de veinticinco años en este pueblo y nunca había subido hasta ese lugar. Lo hice con el último grupo de alumnos que tuve en mi vida lectiva y con los últimos compañeros de mi vida laboral. Hace unos días, mientras caminaba por la carretera paralela a la vía férrea, lo recordé al percatarme que el árbol ya había florecido en rosa intenso. La mañana estaba gris y ventosa y amenazaba lluvia. Recuerdo que el año pasado sucedió algo parecido y tuvimos que posponer en un par de ocasiones la jornada de senderismo debido a las lluvias caídas.

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Aunque descuella por encima de los olivos más altos del cerro su presencia suele pasar inadvertida el resto del año. Es ahora, en estos días de primavera, cuando destaca por su color. Su silueta se recorta con nitidez, sea en los días despejados de azul intenso o en estos encapotados de nubes grisáceas. Bajo su altiva posición se enmarañan los olivos en la pendiente del lado derecho mientras que en el izquierdo, con menos pendiente, guardan la alineación debida en la ladera del Cerro Morrión. En estos días de pasajera floración es también objetivo diario del sureño vistazo que cada mañana comparte con el vistazo norteño que echo a la chimenea en desuso sobre la cual las cigüeñas han construido su nido. La silueta del ave migratoria se enfrenta a la del árbol que enamora.

De todos estos pensamientos me saca la batahola amortiguada que llega hasta la carretera tras haber cruzado la vía del tren y haber saltado la tapia del colegio. Es la hora del recreo y la algarabía infantil, a tan pocos metros, me parece ya muy lejana.

27 marzo, 2017

La propiedad intelectual

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 9:06


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1. Encerrado en la sacristía escribe otro magnífico sermón dominical ayudado sólo por la inspiración divina.

2. Cuando los inspectores de la Sociedad General de Autores descubren una presa se colocan un parche pirata para luchar de igual a igual.

3. Tiene mala conciencia por los ingresos que recibe de su libro “Sueños sin dueños”, escrito con los sueños que le contaron sus amigos.

4. Nadie sabía que era la esposa quien le escribió los mejores discursos como candidato. Fue elegido. Se divorció y evidenció su torpeza.

5. Cuando la copistería no iba bien y tuvo que cerrar decidió dedicarse a la descarga ilegal de libros.

6. El asesino en serie ha denunciado a su abogado porque nunca le dio permiso para que escribiese una novela basada en sus asesinatos.

7. Patentó el megáfono con las grabaciones de “las mil consignas más gritadas” y tuvo gran éxito entre los manifestantes habituales.

8. El carpintero demandó al estudio cinematográfico por no aparecer en los créditos de la película “La infancia de Jesús de Nazaret”.

9. El creador de los eslóganes con los que su partido ganó las tres últimas elecciones lo abandonó tras la oferta de la agencia publicitaria.

10. La hija observa los ingresos mensuales por derechos de autor de su padre mientras le ayuda en su quehacer diario contra el Alzheimer.

26 marzo, 2017

Hago público mi dolor

Filed under: Diálogos de blog en blog. — Nicolás Doncel Villegas @ 9:59

clip_image001¿Debemos expresar nuestro dolor, nuestro pesar, de manera pública? Hoy cualquiera de nosotros puede publicar en redes sociales la pesadumbre que le produce la muerte de un ser querido. Pero, cuando ese dolor se expresa por parte de alguien conocido en un medio público, pero no personal como es un periódico, ¿es correcto?

Viene esto a cuento del artículo que el escritor Fernando Savater publicó en el diario El País a los dos años de la muerte de su esposa. Éste es el artículo. A partir de ahí en el blog de Antonio Muñoz Molina se abrió un debate sobre el asunto. A continuación, parte de ese diálogo:

Gaspard: Y tampoco se publicaría una apología de la depresión -así la describe alguien en Twitter-, como la columna de Savater de ayer. Entiendo el dolor de Savater, pero un diario de referencia no es lugar para ese tipo de textos.

Maese Nicolás: Gaspard, leí la columna de Savater el sábado y me pareció preciosa.
Cierto que podría ser una apología de la depresión. Pero esa apología, escrita así, debería ser recetada al mismo nivel que el Prozac.

Gaspard: Maese Nicolás, si yo fuese su editor, le recomendaría un buen psiquiatra, porque si a los dos años de enviudar seguir vivo le resulta un infierno, ese hombre padece una depresión de caballo. Compadezco literalmente a Savater, aunque hay cosas peores que la muerte del cónyuge, como la de un hijo: la madre y esposa de ‘El coronel no tiene quien le escriba’ dice que “nosotros somos huérfanos de nuestro hijo”. Parece que no tiene mucha relación con su hijo, ni tiene nietos. Lo siento por él, porque los pequeños rejuvenecen hasta el corazón más dolorido.

Maese Nicolás: Gaspard, leyendo el artículo del sábado, y leyendo los de sábados anteriores, pienso que eso que alguien llamó “apología de la depresión” refiriéndose a la columna citada me parece una exageración. Para mí es más el testimonio de una pérdida que debe haber condicionado su vida, por supuesto, pero no hasta tal punto de que Savater necesite tratamiento psiquiátrico para superar esa pérdida.

“…hay cosas peores que la muerte del cónyuge, como la de un hijo…”, dices. Sin duda. En la presentación del libro que ha entretenido (bueno, algo más que entretenido) mi fin de semana, “De vidas ajenas”, de tu paisano Emmanuel Carrère escribe:

«En cuestión de pocos meses, fui testigo de dos de los acontecimientos que más temo en la vida: la muerte de un hijo para sus padres y la muerte de una mujer joven para sus hijos y su marido».

Gaspard: Maese Nicolás, ¿es posible que el dolor, cuanto más lejano nos resulte, nos parezca menos preocupante y, en cambio, más “bello”, casi sublimado? Si un hermano viudo nos dice a los dos años de perder a su esposa -o una hermana a su marido, que es lo más probable, según las estadísticas- que la vida le resulta un infierno, nos alertaría, y pensaríamos en una grave depresión que, no curada, puede llevar a la inanición o el suicidio. En cambio, de no ser un ser querido sino alguien a quien se aprecia mucho o poco, pero sin más, pensamos “está fatal, pero qué bien se expresa”, y pasamos a otra cosa, como es natural, porque lo cercano en nuestra vida diaria, bueno o malo, es lo que nos incumbe. Un psiquiatra lo escucharía, diagnosticaría y le prescribiría un medicamento, supongo.

Maese Nicolás: Gaspard, por supuesto que el dolor cuanto más lejano nos afecta menos. El dolor producido por la muerte en atentado de un grupo de personas en Irak nos afecta menos que el producido en París. Es el efecto del llamado “kilómetro sentimental”. Esa distancia, que no es solo geográfica sino cultural, marca la intensidad de nuestro pesar.
A nivel individual sucede igual. Por eso en el caso de Savater, al que sólo conozco por lo que escribe, su dolor, expresado en una columna periodística, me llega por la simpatía que siento por él (por lo que escribe). Y quizás por ello veo bien que esa columna haya sido publicada.

En el Blog de Antonio Muñoz Molina: Todo oídos

25 marzo, 2017

Me llamo Lucy Barton – Elizabeth Strout

Filed under: Libros — Nicolás Doncel Villegas @ 10:32

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Hace un par de años vi una serie que me gustó titulada “Olive Kitteridge”. Estaba basada en la novela homónima de Elizabeth Strout, ganadora del Pulitzer 2009. Hace unos meses me encontré, en una de esas listas que se hacen al finalizar el año sobre los libros más leídos, más vendidos, los mejores, etc. este “Me llamo Lucy Barton” y recordé a la autora del libro en la que estaba basada aquella serie. Y como una cosa lleva a la otra me puse manos y vista a la lectura de esta novelita, breve pero de gran intensidad, que cuenta la vida de una mujer, escritora de mediana edad, que pasa unos meses internada en un hospital de Nueva York.

Con una extrema sensibilidad la autora narra a través de la voz de su protagonista una vida de infancia pobre (“Vuestra familia da asco”, le decían los otros niños),y una salida de ese mundo, pasando por un matrimonio con hijas y consecuente divorcio hasta llegar a ese momento de ingreso hospitalario en el que se encuentra con la soledad y el peso de la mala salud. Esos pesares se verán compensados por la visita inesperada de la madre y la llegada de los recuerdos familiares.

La vida corriente, los problemas de unos quehaceres rutinarios se nos cuentan en una mezcla de tiempos, en unos saltos hacia atrás y hacia delante del momento presente, de esa vida hospitalaria que tiene como testigo lo que se divisa por la ventana de la habitación “el edificio Chrysler iluminado, como una referencia en la noche.” En esas noches de confidencias entre madre e hija no hay nada más que una extraordinaria sencillez para contar anécdotas, no hay nada más que un discurrir de recuerdos sobre aquellos que formaron parte de sus vidas, gentes del pueblecito de Illinois y gentes de Manhattan, de esos mundos tan distantes. Todo ello narrado en un tono tan intimista como sencillo.

24 marzo, 2017

Mensajes en busca de una botella (241/250)

Filed under: Mensajes en busca de una botella — Nicolás Doncel Villegas @ 13:27

clip_image002241 – El que disiente del resto debe ser reconocido como tal por los demás y no por su propio ego.

242 – No tengo libros de guardia pero siempre hay uno que me aguarda.

243 – Si elevas el nivel de tu fantasía puedes acabar llegado a lo sobrenatural.

244 – El santoral es como el refranero o las antiguas tiendas de pueblo. Tienen soluciones para todo.

245 – Hay quien piensa que un lugar es una emoción que debes llevar siempre contigo.

246 – La naturaleza y su brazo armado, la meteorología, son a veces radicales y provocan sucesos inesperados.

247 – Podemos caer en la idiotez de cuando en cuando, pero no en la demencia. O viceversa.

248 – Desde que las placas tectónicas decidieron tomar asiento los que padecemos de vértigo les estamos agradecidos.

249 – Aprender sin ser conscientes, ¿debe ser un medio o un fin?

250 -  La cocina como lugar de disfrute sensorial me parece en los días de invierno el auténtico paraíso.

22 marzo, 2017

El poder de la incultura

Filed under: Diálogos de blog en blog. — Nicolás Doncel Villegas @ 12:48

clip_image001Maese Nicolás: Hay algo que últimamente me desestabiliza mucho. Es el nivel de superioridad en el que muchos se colocan, nos colocamos, al escuchar comentarios que nos parecen banales o estúpidos, reflexiones que para nosotros son dignas del más rancio catetismo e incluso rozan la burrada cultural; eso que vemos en televisión y en nuestra vida diaria si uno convive con gente no instruida.

¿Y por qué me zarandea emocionalmente todo esto? Porque muchos de los que muestran su ignorancia en tal o cual aspecto (cine, literatura, etc.) acaban dándote veinte vueltas en su conocimiento de mecánica del automóvil, clases de pan o aves migratorias. Ese saber que otorga la vida vivida en situaciones de carencias no lo tiene el más ilustrado catedrático, ese dominio de las situaciones emocionalmente extremas sufridas en un hogar desestructurado no las posee el mejor lector de novela francesa. Siempre he tenido esa sensación de “respeto” por el que no sabe (o parece que no sabe). Será porque me dedicaba a enseñar y me daba cuenta que mientras lo hacía aprendía de los que menos “saben” (infantes de seis a once años).

No hago con esto apología de esa tendencia que vive nuestra sociedad desde hace ya más años de lo necesario, esa especie de idiotización social que premia a tronistas y grandeshermanos. Lo que sí pido, me pido, es no hacer generalizaciones sobre cierto tipo de personas que parecen ser ignorantes cuando luego resultan ser, como el título de ese programa de humor, unos ilustres ignorantes que saben más de lo que aparentan.

Sap: Maese Nicolás, algunas de las personas más “sabias” –en el sentido de sensatez y sentido común, junto con inteligencia natural– que he conocido, no tenían ni idea de quién fue Platón o a lo mejor, Mata-Hari; pero en ningún momento se les ocurriría hacer ostentación de ello. Y ahí está la diferencia, don Maese, que una cosa es ser ignorante, incluso del tipo ignorante enciclopédico, y otra, alardear de tal estado, como es habitual en los platós televisivos sobre todo y en las redes sociales. De ésos sí hay que burlarse.

Gaspard: Maese Nicolás, la jactancia de la incultura. Finkielkraut sostiene que es la primera época en la Historia en que las élites proclaman el prestigio de la incultura; nuestro anfitrión alguna vez ha dicho algo parecido. No sé si será así, tal vez sea una exageración o generalización. En cualquier caso, la única incultura que me molesta es la de los herederos culturales, la de quienes tienen dinero para trajes pero no para cualquier otra cultura que la que necesitan para fortificar su situación. No digo que la ignorancia de los desheredados sea una fatalidad miserabilista o que esté justificada; no todos los desheredados son ignorantes, y seguramente sea entre ellos donde el saber legítimo -que no poseen, otra cosa es, claro, el saber práctico o la razón práctica a la que te refieres, los saberes instrumentales concretos y el conocimiento de los códigos en que hay que comportarse en sociedad- tiene más prestigio.
La incultura tiene hoy cierto prestigio populista, al mismo tiempo que, paradoja suprema, es un arma que se sigue utilizando en detrimento de los desheredados. No se puede relativizar la importancia que reviste obtenerla.

Maese Nicolás: Sap, de quienes alardean de su ignorancia en ciertos programas de televisión o en redes sociales no puedo burlarme. Me enfado con ellos porque, habiendo dispuesto de medios y posibilidades para aprender, han elegido contribuir a este estado de estupidez que se ha adueñado de mucha gente en este país.

Esa "jactancia de la incultura", de la que habla Gaspard, me parece tan inmoral, socialmente, como la del ilustrado que se jacta de su nivel cultural ante quien no pudo acceder al mismo.

Y luego está el diferenciar qué es un producto cultural. O a qué nivel de cultura pertenece. En “De la estupidez a la locura”, de Umberto Eco, que estos días me entretiene, se habla de esos niveles, de la alta y la baja cultura. Hoy día esos límites para mí son cada vez más difíciles de distinguir. Por ejemplo, el programa de Canal Sur en el que los ancianos acuden para emparejarse es tratado por muchos como un programa próximo a la telebasura. En cambio creo recordar que tú hablaste del aprendizaje que ese programa te ofrecía para conocer la vida real que esas personas vivieron siendo jóvenes, relatos de un realismo que sus memorias evocan. También en esta casa se habló positivamente de otro programa de televisión en el que acudían personas a una cita a ciegas. Me picó la curiosidad y lo vi un día. No pude aguantarlo más de media hora.

Maese Nicolás: Gaspard, repitiendo en parte lo que le he comentado a Sap: la jactancia de la incultura por parte de algunos, y ese cierto prestigio social que hoy se les da a quienes la practican, me parece algo detestable. Que ello ocurriese ya por parte de las élites de la Antigüedad no me extraña. O sí. Porque ahí es donde entra la otra cara de este asunto: qué consideramos cultura y qué no. Vuelvo a citar a Eco:

“Es cierto que los romanos abandonaban una representación de Terencio para ir a ver los osos, pero en realidad también hoy muchos intelectuales selectos renuncian a un concierto para ver un partido.”

Vamos que, por ejemplo, tras haber leído tus cultos y amenos comentarios me entero de que te vas (como cualquier forofo) a ver un partido de la Real.

En el Blog de Antonio Muñoz Molina: Todo oídos

21 marzo, 2017

Concierto en el Parque Blanco

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 11:54

Es difícil evadirse de las costumbres que perviven en la sociedad en la que uno fue a nacer. Hay veces que tampoco es necesario evadirse porque lo que a uno le rodea tampoco le molesta. Simplemente se convive con ello. Por ejemplo…

Hay noches que se oyen las pisadas de los costaleros que ensayan para Semana Santa. Llevan el “paso” sin imagen y apenas se escucha la música necesaria (que debe salir de algún artilugio portátil) para ir todos a una. Ya se sabe, muerto don Carnal bienvenida doña Cuaresma.

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El domingo volvía de mi caminata mañanera y pude disfrutar de un concierto sentado en un banco a la sombra de los naranjos del Parque Blanco. La Banda Puente Romano ensayaba marchas procesionales. No es que uno sea adicto a ese tipo de música pero, créanme, tomarse un respiro oyendo los sones de clarinetes, oboes y flautas traveseras mientras repica el tambor bajo un cielo que arropa los naranjos a punto de romper en azahar es un pequeño placer. Desfila la banda girando por el parque. Gente joven, y muy joven, que soportan el sol que ya calienta a estas horas y que bebe agua en la fuente cuando el director manda hacer un descanso. Entre ellos algunos alumnos de mis últimos cursos escolares que me saludan tímidamente cuando la sección de viento cesa para dar paso a la percusión de bombos y tambores. Suenan con delicadeza las notas de alguna marcha que me resulta conocida mientras la banda desfila, acompasada en música y paso, por un lateral del parque. El director patea una naranja que debió haber escapado de la recolección que hace un par de semanas realizaron operarios municipales y avisa de algún otro obstáculo en el suelo para que sus jóvenes músicos puedan tocar y desfilar sin imprevistos.

En silencio, y sin gesto alguno, aplaudo el improvisado concierto mientras los veo alejarse del parque.

19 marzo, 2017

Tres días y una vida – Pierre Lemaitre

Filed under: Libros — Nicolás Doncel Villegas @ 13:49

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Había leído de Lemaitre la novela con la que ganó el Premio Goncourt en 2013, “Nos vemos allá arriba”. Como había sido lectura de mi agrado he vuelto a este autor francés con su última obra, distinta totalmente de la anterior.

Estos “Tres días…” son los que marcan la historia de un niño que, un día, a los doce años, se convierte por casualidad, tras un ataque de ira, en asesino de otro niño de seis años. Ese hecho, y los días posteriores al mismo, constituyen la parte fundamental de la novela. Los pensamientos atormentados del pequeño Antoine se mezclan con la realidad del entorno social en el que vive, un pequeño pueblo francés en la víspera de la Nochebuena de 1999. Todo lo que un niño de esa edad puede pensar e imaginar ante un acontecimiento tan terrible como el que acaba de vivir se van sucediendo en las páginas siguientes: desde la huida hasta soluciones más drásticas.

Esa primera parte de la novela, ese primer día, acaba con un huracán (literalmente), una tormenta que se abate sobre el pequeño pueblo donde se desarrollan los hechos, como imagen destructora capaz de borrar lo que hasta entonces era la preocupación fundamental de los habitantes del pueblo: la búsqueda del pequeño Rémi, el niño de seis años desaparecido. La naturaleza parece aliarse con el asesino.

Y tras ese primer día volveremos a encontrarnos con un joven Antoine, que acaba de concluir su carrera de medicina y busca una salida a lo que ocurrió hace doce años marchándose como médico voluntario a otros lugares del mundo que lo alejen de su pasado. A partir de ahí vendrán los otros dos días, los que completarán la vida de Antoine en una serie de sucesos que se precipitan de manera vertiginosa dando a la novela un carácter casi policiaco y un final inesperado.

Aparentemente he desvelado mucho del argumento de la obra. Era necesario para escribir el comentario. Pero no se preocupe el lector: hay mucho más por desvelar en esta novela que se lee con el interés que le da su buen ritmo narrativo y la habilidad del autor para contar en pocas páginas lo esencial que deriva del hecho tan dramático que origina la historia.

18 marzo, 2017

La sonrisa decapitada de María Antonieta

Filed under: De libros — Nicolás Doncel Villegas @ 11:04

 

clip_image002En “El libro de las ilusiones”, de Paul Auster, el protagonista recibe el encargo de traducir las “Memorias de ultratumba”, de Chateaubriand. Nos cuenta el personaje que, en el primer volumen de esas Memorias, Chateaubriand hizo una excursión a Versalles un mes antes de la toma de la Bastilla y que fue presentado a la reina María Antonieta. Días después vio pasar a la reina con sus hijos. A continuación transcribe lo que escribió Chateaubriand:

“Mirándome con una sonrisa, me saludó con la misma gracia con que lo había hecho el día de mi presentación. Jamás olvidaré aquella mirada suya, que pronto dejaría de existir. Cuando María Antonieta sonreía, los contornos de su boca eran tan nítidos que (¡horrible pensamiento!) el recuerdo de su sonrisa me permitió reconocer la mandíbula de aquella hija de reyes cuando se descubrió la cabeza de la infortunada mujer en las exhumaciones de 1815.”

La fuerza de la memoria, el recuerdo de ciertos olores de la niñez, de determinadas facciones o gestos de personas que ya no están, es tan grande que a veces los percibimos aun de manera inconsciente. El paso del tiempo va difuminando, incluso borrando, mucho de lo vivido. Pero hay detalles que permanecen: frases hechas que se asocian con alguien en particular, la manera de andar o un tic gestual. Pero nunca había pensado que ello pudiese llegar al grado de lo que cuenta Chateaubriand, tanto como que la sonrisa de la guillotinada sea reconocible años después en su ósea cabeza decapitada, como si esa sonrisa hubiese pasado de la carne al hueso.

16 marzo, 2017

La lectura (2/2)

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 15:28

clip_image00211. Los desafectos al régimen eran condenados a leer todos los días en voz alta las publicaciones del BOE y las memorias del dictador.

12. La Policía lectora detuvo el mes pasado a 9 peligrosos delincuentes: 3 estaban leyendo a los clásicos y 6 a los clásicos en libros de papel.

13. Primero quemaron los libros del Club de Lectores. Después fusilaron a los miembros del club.

14. A escondidas, sin que su esposa lo sepa, lee con agrado las novelas de adolescentes que compra su hija.

15. Cuando vio a su esposo en la cama leyendo el Kamasutra decidió salir del cuarto de aseo con una caja de paracetamol bien visible.

16. Lo peor que fray Matías llevaba de su vida monacal era tener que leer en el refectorio mientras sus hermanos comían.

17. Desde que vive solo espera cada semana la lectura de los salmos bíblicos que le hacen los testigos de Jehová cuando le visitan.

18. Cuando vieron a la estrella del equipo leyendo un libro antes de entrenar sus compañeros intuyeron que lo peor estaba por venir.

19. Cada mañana, tras ojear el periódico de la biblioteca, saca su ebook para leer sin poder evitar la mirada recelosa de la bibliotecaria.

20. Todo el cariño que él puso, guiando su mano, cuando le enseñó a leer en Braille se lo devuelve ella ahora cuando “lee” su cuerpo.

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