La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

14 agosto, 2018

Berta Isla – Javier Marías

Filed under: Libros — Nicolás Doncel Villegas @ 9:58

BertaBerta Isla es el nombre de la protagonista de la última novela de Javier Marías. Tomás Nevison es el marido de Berta, de quien se dice al comienzo de esta historia: “Durante un tiempo no estuvo segura de si su marido era su marido…”. En esa inseguridad se basa esa relación entre Berta y Tom, una relación que comienza cuando son adolescentes, una relación en la que en un momento de la vida del joven Tomás (español, de padre inglés) convertirá a Berta en una Penélope que debe asumir una situación de esperas intermitentes hasta que llega la larga espera en la que no sabrá si sentirse viuda, abandonada…

Ambientada en un mundo de espías británicos el lector no debe esperar aventuras tipo Bond ni de topos infiltrados en servicios secretos enemigos. El que Nevison sea… abducido, emplearé este término para no desvelar un dato importante de la historia, por los servicios secretos británicos no implica que se nos cuenten las misiones de éste. No, si así fuese el libro lo habría escrito el amigo del autor, Pérez-Reverte. Como muchos de los libros de Marías el comienzo engancha a este lector, hay luego un momento en el que la historia parece perder tono para volver a recuperarse al final. Hay momentos en los que uno parece estar viendo escenas de películas del pasado (esa tensión en la que Berta teme por la vida de su hijo) y otros en los que uno rememora el pasado de este país cuando todos éramos más jóvenes (ese encuentro de la protagonista con el banderillero en pleno fragor manifestante). Es una historia de treinta años por la que se cuela el final del franquismo, el Ulster, la Guerra de las Malvinas, etc. Pero, también el ambiente universitario de Oxford y la literatura inglesa. Y es, sobre todo, la historia de cómo la vida puede ser determinada por otros.

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13 agosto, 2018

Un vargas para sobrellevar recuerdos, calores y fatigas

Filed under: Cosa que de contar fuese — Nicolás Doncel Villegas @ 9:18

vargas

10/08/2018 – He vuelto al pueblo tras haber pasado por La Venta y Vadoseco. Vuelvo a hacer esa ruta que ya es habitual: la casa familiar (habitada tan solo por muebles viejos y recuerdos), el banco, el taller o el almacén en los que siempre hay alguna gestión por hacer, la cochera donde guardamos tractores y aperos agrícolas, la huerta en la que compro verduras recién cogidas… Y, hoy, como otras veces, el camposanto.

11/08/2018 – Me cruzo en mi caminata mañanera con una pareja, hombre y mujer de considerables edades, que caminan a la “manera islámica”: él unos pasos delante de ella. Recuerdo que en la católica España de mi infancia el hombre también “caminaba delante de la mujer”. Y no lo digo solamente en el sentido literal de esa oración sino en la enorme diferencia que en todos los ámbitos de la vida había entre él y ella.

12/08/2018 – Sí, hoy es domingo y día 12. Para que acabe el mes quedan, pues, 19 días… y 500 noches. Ya saben, como el título de esa canción de Sabina, esa canción de la que olvido la letra y solo tarareo su música mientras miro el lento paso del tiempo.

13/08/2018 – Leo una de las novelas de Fred Vargas. La relación entre el seudónimo apellido de la escritora francesa y los calores de estos días me traen a la memoria un recuerdo de infancia. Así, vargas, es como llamaban por estas tierras cordobesas (al menos en mi pueblo) a lo que hoy se conoce con el nombre de tinto de verano. Según Córdobapedia “El origen del nombre vargas asociado al tinto de verano en Córdoba proviene de la “Venta Vargas” que regentaba D. Federico Vargas Martínez Mahedero, que comenzó a mezclar el tinto con sifón para hacerlo más refrescante. Con el paso del tiempo el sifón se ha sustituido por gaseosa, añadiéndosele hielo y una rodaja de limón.”

11 agosto, 2018

Desde la cabina del tractor

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 11:01

cabinaHan pasado cuarenta días desde que no caminaba por estas tierras de nostalgia familiar. Él, mi padre, hubiese dicho que esa no es forma de “llevar el campo”. Había que ir todos los días “aunque solo sea para ver cómo está aquello”. Pero, no es necesario. Desde la siega (la saca, diría él) tan solo toca esperar que el girasol vaya granando. Cierto que en estos días han hecho las pacas (las alpacas, decimos nosotros) de paja y Manolo ha comenzado a arar los rastrojos.

Al entrar por el camino observo que el girasol se muestra disparejo. Los blancares, como siempre, son reacios a dar cosecha; las vaguadas y la veras del camino muestran plantas con enormes panochas que se cubren con pipas apretadas. Lo dispar también se muestra en el grado de maduración; hay zonas que todavía verdeguean mientras otras comienzan ya a mostrar ese tono marrón vestido de sequedad.

Paso por el cruce de caminos que lleva al cortijo y sigo hacia la Cañá del Barco. A lo lejos veo la polvareda levantada por el tractor. Meto mi viejo utilitario por el rastrojo, cerca de donde las pacas de paja se amontonan formando un almiar de varios pisos de altura. Pienso que un día de estos tendré que cambiar de coche para circular por estos terrenos. Sigo unas rodadas, aunque no es necesario porque la tierra todavía conserva el efecto de los rulos tras la siembra, y me llego hasta donde Manolo está. Charlamos sobre la labor llevada a cabo y otros asuntos del agro. Este año no toca arado de levante, labor de profundidades, sino algo más ligero. Hay que ir alternando todo en este vida, incluso el tipo de labor agrícola. Como en otras ocasiones me subo a la cabina para mover el tractor un poco hacia adelante y hacia los lados para que él pueda tener fácil acceso a los engrasadores de las ruedas delanteras. Hay que buscar el trabajo colaborativo para que el cuerpo no padezca innecesariamente puesto que ambos tenemos ya una edad. A través del cristal de  la cabina observo la ligera diferencia de tonalidad entre lo arado y lo que aún no lo está, el tono pardo del pipar que se extiende desde el pozo hacia el cortijo y el inmenso cielo azul de esta mañana que ya empieza a ser calurosa.

9 agosto, 2018

Esa sonrisa dormilona

Filed under: Cosa que de contar fuese — Nicolás Doncel Villegas @ 11:22

sonrisa

06/08/2018 – Acunarte dos horas en mis brazos mientras duermes la siesta de la tranquilidad, sentir tu respiración serena, vientre contra vientre, acariciar tus bracitos de color porcelana dorada, mirar a través de tus ojos profundamente cerrados, acomodar tus incansables piernas de niña andarina sobre mi regazo, dejar pasar los minutos como si fuese el tiempo que alimenta mi serenidad, acariciar con mis dedos de abuelo tu fina cabellera rubia mientras sueltas un leve suspiro en el que creo ver sobrevolar un grácil y dulce ser etéreo que se escapa de tus sueños… Y despertar con esa sonrisa dormilona que ilumina la habitación oscura. (Sábado, 4 de agosto)

07/08/2018 – Estos días interminables de calor, estas horas de recogimiento casero obligado por el hecho de ser hijo cuidador, esta pasividad física de aletargamiento canicular, provocan que la mente se vea obligada a trabajar a mayor ritmo que si uno anduviese disfrutando del ir venir de las olas, de caminar hasta llegar a un parque en el que charlar con los que por allí pululan, de sentarse en la puerta de casa para hablar con los vecinos que por allí pasan… Trabaja tanto la mente que a veces me gustaría tener un botoncito de on/off para poder usarlo a voluntad.

08/08/2018 – La imagen muestra una obra escultórica, “Anónimos”, de Alicia Martín. La materia con la que la artista ha realizado su obra, ya lo ven, son libros. Son esos libros anónimos de gente anónima, historias escritas, sacadas de nuestro interior y expuestas en papel y tinta; esas historias que todos llevamos dentro y que algunos se atreven, o pueden, convertir en libros.

09/08/2018 – “Se acerca el invierno”; pensé en el lema de los Stark cuando anoche me senté en la puerta de casa tras una semana sin poder hacerlo.

7 agosto, 2018

I’m running down the road (Estoy corriendo por la carretera)

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 11:30

corriendoVoy conduciendo uno de esos lujosos coches negros que ahora son tan conocidos; los taxistas con los que me cruzo me miran con caras enemigas. Al día siguiente conduzco una de esas furgonetas de reparto a domicilio, con llamativo logo y numerosas abolladuras y arañazos. Al tercer día maniobro un tractor con remolque cargado de trigo que intento meter, torpemente y con gran dificultad, marcha atrás, en un gran almacén… Es otro día, conduzco de noche mi coche por una autovía con escaso tráfico. Llevo puesta música; suena Take It Easy de Eagles. No voy solo, pero no identifico quienes son mis acompañantes. El viaje transcurre plácido hasta que un vehículo policial me adelanta a gran velocidad haciendo sonar la sirena. Lo veo alejarse mientras se va difuminando en la lejanía el parpadeo de sus luces azules de aviso. A partir de ahí todo cambia. En los laterales de la autovía comienzan a aparecer señales reflectantes de fondo amarillo con una simbología que no identifico. Mientras pienso que tengo que actualizar mis conocimientos del código de circulación observo que en el carril derecho por el que circulo aparecen unos conos y pequeñas vallas destellantes que me obligan a cambiar al carril izquierdo. En ese momento el motor del coche se acelera, la velocidad aumenta sin que pueda hacer nada para reducirla, el carril sigue estrechándose hasta dejar el espacio justo para que el coche siga avanzando a gran velocidad… Piso con todas mis fuerzas, una vez más, el pedal del freno y las ruedas chirrían en el silencio de la noche, sostengo el volante con la mano izquierda mientras extiendo horizontalmente mi brazo derecho como si fuese un escudo de seguridad que pudiese evitar que mis acompañantes salgan despedidos por la fuerza de la inercia, siento que el coche comienza a perder velocidad hasta que se detiene a escasos centímetros de uno de esos topes de hierro y hormigón que hay al final de las vías de tren.

5 agosto, 2018

Elegidos y acalorados

Filed under: Cosa que de contar fuese — Nicolás Doncel Villegas @ 9:49

elegidos

03/08/2018 – Suena el teléfono. Una amable señora me comunica que mi familia ha sido elegida por su empresa. Tal elección conlleva el regalo de unas tijeras de cocina cuyas características, si se cumple lo que la señora me cuenta, le darían categoría de utensilio imprescindible, y que a mí (dada mi inutilidad en el cocineo)  me resultan casi mágicas. Tan solo tengo que pagar los gastos de envío: 15,95 €. Poco me parece para las innumerables virtudes que posee el utensilio cortante. Declino el ofrecimiento tras establecer con la señora un debate casi metafísico basado en un hecho económico: ¿El pagar gastos de envío elimina la esencia de la gratuidad del “regalo”?

04/08/2018 – “Apoyado en el negro muro del sótano, Jean-Baptiste Adamsberg contemplaba la enorme caldera que, la antevíspera, había abandonado cualquier forma de actividad. Era sábado, 4 de octubre, y la temperatura exterior había bajado casi un grado, con un viento llegado directamente del Ártico.”  Comienzo a leer “Bajo los vientos de Neptuno” (Fred Vargas), con mis admirados comisario Adamsberg y capitán Danglard. Es sábado, 4 de agosto, y la temperatura exterior ha subido hasta los 43 grados, con un viento tórrido llegado directamente de África.

05/08/2018 – Llevamos varios días de rigor canicular, jornadas en las que salgo a caminar antes de que el Sol se levante y me recojo a la sombra del hogar antes de que comience a abrasar sin piedad. Tal situación lleva a que uno presencie hechos tan sorprendentes como el que dos pueblos se disputen ser el más caluroso de España, o ver a los más desesperados arrodillarse ante los aparatos de aire acondicionado mostrándoles gratitud y fidelidad eterna cual si fuesen dioses venidos del más allá de la estrella solar. Bueno, quizás esto último no sea totalmente cierto; pero, no me extraña que llegue a serlo cuando hoy se esperan superar, una vez más, los 40º.

3 agosto, 2018

Antigua luz – John Banville

Filed under: Libros — Nicolás Doncel Villegas @ 9:34

banvilleEl protagonista del libro comienza contándonos dos episodios de su vida que no son habituales, pero que tampoco son extraordinarios en el sentido de que estén alejados de la realidad. El primero es el que algunos adolescentes han soñado alguna vez, y que difícilmente han visto cumplido: acostarse a los quince años con la madre de su mejor amigo. El segundo, el que unos padres nunca desean: perder a la hija única de veintitrés años. Ya digo que no son hechos que sucedan habitualmente, pero sí que, desgraciadamente (el segundo con seguridad; el primero depende de la moralidad y otras circunstancias), acontecen de cuando en cuando. Ambos acontecimientos de la vida de Alexander Cleave, contados en primera persona, están tan bien contados que el lector se promete una buena lectura.

Esos dos hechos del pasado se complementan con un tercero, el del presente: el protagonista, veterano actor de teatro, recibe una llamada ofreciéndole hacer una película. Y mientras vuelve a un trabajo que nunca hizo (es su primera película) sus recuerdos vuelven a la señora Gray (la madre de su amigo, la mujer plena que le inició en ¿el amor?, ¿el sexo?) y a Cass, su hija que eligió quitarse la vida antes de alcanzar la plenitud. El pasado se mezcla con el presente de manera tan intensa que, a veces, al protagonista le cuesta huir de uno porque sabe que acabará cayendo en el otro. Y viceversa.

Había leído de John Banville otra novela, “El mar”. El narrador de esa historia buscaba el pasado como si fuese un refugio. El protagonista de “Antigua luz” navega por el pasado como si fuese un mar de aguas impredecibles y también lo busca, encarga que lo busquen por él, para tratar de asegurar lo que el paso del tiempo ha trastocado en su memoria.

2 agosto, 2018

Nostalgia del pasado más reciente

Filed under: Cosa que de contar fuese — Nicolás Doncel Villegas @ 9:19

nostalgia

30/07/2018 – Cuando el viento sopla con brío, los que han montado carpas playeras acuden raudos a sujetarlas cual si fuese costaleros en un paso titubeante de Semana Santa. Siempre hay uno, el capataz, que dirige las operaciones. Yo, que no soy de carpa sino de sombrilla, me agarro al palo de la misma con las dos manos cual si fuese Jesús atado a la columna. (Estos pensamientos deben tener su origen en la influencia de esta tierra tan semanasantera )

31/07/2018 – Cuentecillo para el último día:  Se compró varios bañadores en diferentes tonos azulados. Cada día, antes de bajar a la playa, se asomaba al balcón para ver el color de ese mar caprichoso. Así  podía elegir el tono adecuado de su traje de baño, el matiz de color más cercano al de esas aguas entre las que pensaba camuflarse para siempre el último día de sus vacaciones.

01/08/2018 – Hace veinticuatro horas estaba agradablemente sentado a la sombra del cañizo que cubría la terraza del chiringuito playero, rodeado de la gente que más quiero, sintiendo la brisa del mediterráneo circular entre platos de pescaíto frito y espetado, surtiendo de miguitas de pan a la nieta que entretiene mi vida… Hoy escribo con la nostalgia del pasado más reciente, esa que aún no se ha consolidado en recuerdo sino que tan solo es un sueño interrumpido.

02/08/2018 – Se pone en contacto conmigo el encargado municipal de la Revista de Feria de mi pueblo para pedirme permiso y poder publicar en la citada revista algunos de mis escritos. Le concedo el permiso y le muestro mi agradecimiento porque haya mostrado interés en los textos de este humilde bloguero castreño. Ya saben, dice el Evangelio de san Lucas: “De cierto os digo, que ningún profeta es aceptado en su propia tierra”. Nunca viene mal desmontar, aunque sea a nivel mínimo, algunos de estos dichos.

30 julio, 2018

Así, sin más reflexiones

Filed under: Cosa que de contar fuese — Nicolás Doncel Villegas @ 9:00

reflexiones

26/07/2018 – No soy mucho de santorales y similares. Pero hay una festividad que me reconforta sin que por ello esté obligado a ninguna celebración particular. Es el día de hoy, san Joaquín y santa Ana, día de velás en muchos lugares de esta tierra del Sur y… Día de los Abuelos. Esto último es lo que hoy convierto en cosa que de contar fuese. No sé si la institucionalización de este santificado matrimonio como Día de los Abuelos es idea de la Iglesia o de los grandes almacenes. Lo cierto es que pasa bastante desapercibido.

27/07/2018 – Cuentecillo político-playero de relativa actualidad: “Había sido aclamado en su partido. Ahora tenía unos días para descansar. Tendido en aquella pequeña cala solitaria tomó el sol durante más de una hora. Cuando sintió cierta quemazón se resguardó bajo su nueva sombrilla UVA Protection.

28/07/2018 – Camino por el paseo marítimo. Alrededor de un pequeño trozo de pan se mueven un gorrión y una paloma. Lo picotean alternativamente hasta que aparece una de esas cotorras invasoras tan abundantes ya por estos lares. Nada más llegar, la cotorra coge el trozo de pan con su pico y se va volando (literalmente). Veo que el gorrión pone cara de pensar: “Vienen de fuera y nos quitan hasta el pan.” La paloma parece asentir con reiterados movimientos verticales de su cabeza. Sigo caminando preocupado por lo que he visto.

29/07/2018 – Mientras esperamos que los aviones comiencen el festival aéreo volando en este cielo de domingo mediterráneo Ella me distrae con sus andanzas areneras y sus chapurreos, que, en ocasiones, comienzan a ser mínimamente comprensibles. El cansancio la lleva a dormirse en brazos de su abuela hasta que el estruendo provocado por el Eurofighter la despierta entre sollozos. Pienso en todos esos niños que se despiertan sobresaltados por el estrépito de motores supersónicos y bombas destructoras. Y maldigo a los causantes de ese horror. Así, sin más reflexiones ni estudios de política estratégica internacional.

 

28 julio, 2018

Un andar solitario entre la gente – Antonio Muñoz Molina

Filed under: Libros — Nicolás Doncel Villegas @ 9:45

andarDisfruto desde la página una de este andar por la ciudad, de este caminar solitario escuchando las voces de los demás y viendo lo que los demás hacen, de este pasear entre la gente desconocida y la que no lo es. Me gustan estos pasajes breves repletos de frases anunciadas, de pensamientos tan cortos como intensos, estos capitulitos que hacen de este uno de los que suelo llamar “libro petaca”, esos libros que los abres, bebes un sorbo que te sabe a gloria y puedes volver a volver a abrirlo al rato o dentro de unos días. Me disgusta algún detalle que el autor cuenta en ese caminar pero me identifico con otros. Me sorprendo con alguna declaración tan personal como la de la burbuja tóxica de la pesadumbre. Leo con placer esa historia del marido de su sobrina y hago mía, al ser coetáneos, esa idea sobre el paso del tiempo: “Con el paso de los años la percepción de la propia edad se desconecta de la edad verdadera. La edad verdadera sigue avanzando pero la percepción se detiene, no en la plena juventud, lo cual podría ser fácilmente desmentido, sino más tarde, en torno a los cuarenta años. Él tendrá poco más de treinta: a mí me parece que no hay demasiada distancia entre él y yo, quizás la que yo tendría con un amigo algo más joven, pero no tanto como para pertenecer a otra época, a otro mundo. Lo cierto es que la camisa ligera y la camiseta, las zapatillas de deporte, lo fluido de la conversación, nos permiten, o me permiten a mí, una cercanía ilusoria. No soy un amigo algo mayor. Puedo ser su padre.” Lo he vivido, lo he sentido, ahí está escrito. Ahora lo veo con claridad. Cierro la “petaca”.

Vuelvo varios días después y continúo la lectura. Y así una y otra vez. Me gusta este callejear y observar convertido en prosa. Me gusta esa mirada a los que fueron caminantes que vivían en los límites sociales, esas miradas hacia el pasado para encontrarse con Thomas de Quincey, Baudelaire, Poe, Walter Benjamin o Pessoa. Cierto es también que conforme la lectura avanza uno siente que hay momentos que se hacen algo reiterativos, ideas que se repiten, pasajes que podrían ser prescindibles. Debe ser el peaje del atrevido planteamiento de este libro que pareciese una novela sin trama, fragmentada en mil pedazos que se engarzan a través de esos mensajes publicitarios que encabezan cada capitulito. Desde “El Robinson urbano”, pasando por “Ventanas de Manhattan”, Muñoz Molina ha caminado por ciudades y años hasta llegar a este andar solitario de quien mira alrededor y siempre encuentra algo que contar, alguien que escribe a lápiz  “pues escribir a lápiz es como escribir bajando la voz”.

Podríamos decir que es un libro extraño, experimental, que es no es libro de memorias pero que algo de ello tiene, que es libro de viajes sin llegar a serlo, que es una reflexión sobre la vida cuando se vuelve a ella después de momentos difíciles, que es una denuncia sobre el mundo de abundancia y basura en el que vivimos quienes disfrutamos de esta sociedad, que es heredero de ese blog que algunos compartimos y disfrutamos , que es un libro de lectura gozosa y singular, etc. De todo ello hay, y mucho más, en este deambular por ciudades, gentes, sonidos, conversaciones callejeras…

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