La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

22 agosto, 2017

Te doy la paz, mi mano y mi mejilla

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 9:39

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Desde el pasado domingo, y hoy ya es jueves, no se habla de otra cosa en el pueblo. Ni los amoríos de don Enrique, el médico, que todos los sábados cierra su consulta para visitar en privado a doña Manuela; ni la fuga a dios sabe donde del gerente de la cooperativa olivarera (con casi tres millones de pesetas); ni la barriga sin matrimonio de Inesita, la hija del tendero de ultramarinos… Todo eso no interesa a las vecinas que cada mañana salen a limpiar las puertas, se saludan y, mientras barren con sus escobas de zahína y refrescan los adoquines de granito con regaderas llenas de agua recién sacada de los pozos, comentan en comandita lo que sucedió en misa de doce el pasado domingo.

Han pasado ya cuatro días desde el hecho más extraño que recuerdan los mentideros de comadres en el barrio bajo y las reuniones de café con leche y hojaldradas que celebran las señoras de los señores en el saloncito femenino del Casino de Labradores. Nadie sabe el por qué. Ni las más acertadas alcahuetas que todo lo llevan y lo traen, ni Frascuelo, el mancebo de la única botica del pueblo, sabedor de todas las hemorroides y urticarias más íntimas que padecen sus vecinos. Nadie conoce las causas que desencadenaron el hecho por el cual don Acisclo tuvo que parar la misa de doce del pasado domingo.

Yo estaba allí, en la parroquia de Nuestra Señora de Gracia, como cada domingo y fiesta de guardar. Había escuchado con atención la lectura del evangelio, la homilía (algo larga para mi gusto), la liturgia de la Eucaristía (en la epíclesis noté un ligero temblor en la mano derecha de don Acisclo; tendría que comentárselo a don Enrique)… Todo se desarrollaba con la tranquila rutina de cada domingo. Algunos esperábamos a que terminasen de comulgar los más fieles. En el otro extremo de mi banco estaba doña Enriqueta, viuda, cincuentona y catequista, que acababa de arrodillarse tras tomar el Cuerpo de Cristo.

Yo tampoco sé el porqué de lo que sucedió minutos después, cuando, llegado el momento de darse la paz, vi que doña Enriqueta se volvía para estrechar la mano de la mujer que estaba en el banco de atrás. Lo curioso es que no recuerdo haber visto a esa mujer en toda la misa. Si la hubiese visto no la hubiese olvidado pues su galanura y su bello rostro eran dignos de admiración. Lo que sí recuerdo a la perfección, porque estaba atento para dar la paz a doña Enriqueta, es ver a la catequista estrechar su mano derecha con la desconocida señora. Fue entonces cuando doña Enriqueta y la aparecida misteriosa se miraron a los ojos y, sin intercambiar palabra, la catequista soltó una sonora bofetada con su mano izquierda en el rostro de la desconocida. Un zagalillo que estaba en el banco de al lado exclamó a voz en grito: “¡Vaya hostia que le ha dado!”. Don Acisclo presenció el alboroto que se formaba tres bancadas más allá del altar y no tuvo más remedio que arremangarse el alba hasta el cíngulo, agarrarse la casulla, bajar los escalones y tratar de poner orden en la escandalera que se había organizado. Mientras, doña Enriqueta, imperturbable, se arrodillaba y comenzaba a rezar. Desde el otro extremo del banco observé como la desconocida, sin decir palabra, con la cabeza levantada y con una enigmática sonrisa se alejaba y abandonaba la parroquia sin que nadie más la haya vuelto a ver por el pueblo. Doña Enriqueta sigue encerrada en su casa desde entonces.

Este cuentecito fue escrito para El Blog de los Lectores de la web de Antonio Muñoz Molina

20 agosto, 2017

Ruido de fondo – Don Delillo

Filed under: Libros — Nicolás Doncel Villegas @ 10:18

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La historia de una familia americana (estadounidense) de los años ochenta; una familia que se ha formado tras la disolución de otras familias (varios matrimonios anteriores que aportan hijos), profesionales de la enseñanza en una típica ciudad americana, hijos adolescentes que viven asentando personalidades, amigos y compañeros de trabajo con características muy especiales… Esa es la primera parte de la novela, salpicada de historias menores que te hacen pasar páginas de una agradable lectura.

Pero llega la nube tóxica, un escape de gas extraño que provoca la evacuación, la ruptura de la vida cotidiana, el desconcierto, y que contamina al papá de la familia, ese profesor experto en Hitler que sirve de engarce a toda la historia. El que ocurra ese accidente contaminante no hace de la novela un relato de catástrofe apocalíptica; tan solo es el elemento necesario para acentuar otras historias ya planteadas. Por ejemplo, quién debe morir primero en la pareja, qué sentirá cada uno cuando el otro ya no esté. Pues bien, parece que ya sabemos que será él, Jack, el intoxicado, quién se irá primero. Pero ahí está ella, Babette, atosigada por el miedo a la muerte, conejillo de indias de experimentos farmacológicos, para llegar junto a él a la tercera parte del libro.

La tercera y última parte es consecuencia de todo lo sucedido anteriormente, lógico, y muestra a unos personajes que están a años luz de los que conocimos al principio de la historia; lógico, también.

Es Ruido de fondo una novela que tiene como trasfondo una catástrofe, pero no piensen en Chernobyl o similares. Aunque sí es ese tipo catástrofe que lleva consigo el pánico a consecuencias desconocidas. Y entre esas consecuencias no están solamente las de la contaminación propiamente dichas sino las que provocan la desestructuración de una vida corriente. Y además están las historias paralelas, los diálogos universitarios, el chico que quiere jugarse la vida, las monjas del hospital (pasaje extraordinario), la muerte vista desde muchos puntos de vista, etc.

18 agosto, 2017

De los troncos retorcidos (y los dulces recuerdos)

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 11:27

 

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Resisten los olivos centenarios del paraje de Santa Rita las calores estivales. Un ramaje más escuálido que otros años, tras la corta intensa, emerge de los troncos retorcidos, ese verso del poeta de Orihuela al que puso voz y música Paco Ibáñez. En la altiplanicie que culmina el pequeño olivar las varetas se amontonan en medio de las calles. Este año hay muchas varetas y poca, muy poca, aceituna. Como diría mi padre: “Ni pá el aceite del año”. Se mantiene el viejo olivar como testimonio de otra época frente a los nuevos olivares de cultivo intensivo, mecanizados, de aspecto homogéneo; olivares en los que prima el rendimiento y que dejaron atrás las viejas faenas del vareo con vara, de la recogida a mano, de la limpia en la vieja criba a pie de tajo, de los sacos repletos de aceitunas que estallaban en su interior dejando la mancha oscura como testimonio del fruto que encerraban… En todo ello pienso mientras miro la hermosura de esos troncos que se agarran a la tierra reseca, esos troncos que se abren dejando oquedades de misterio donde los niños de otras épocas se escondían para jugar, esos troncos que muestran sin pudor como sus protuberancias musculosas se expanden bajo un ramaje creador de sombras incompletas.

Aún no es mediodía y el sol cae a plomo. Un conejo aparece tras el pie de un olivo y se aleja veloz hasta el arroyo. Al fondo, el pueblo de Castro muestra la blancura de sus casas mientras escucho el silencio del olivar tan solo interrumpido por el esporádico canto de la chicharra, ese canto que anuncia otra tarde de canícula. Me subo en el coche y comienzo el descenso por esta tierra que, como dice Manolo, “parece una autopista”. Conduzco entre olivos sin acercarme al filo del arroyo pues el corte por el que discurre su cauce, ahora seco, es un verdadero precipicio. Antes de salir a la carretera miro hacia la cooperativa del pan, asentada en una parcela que antes fue parte de este olivar. Recuerdo, hace muchos años ya, en mi casa de infancia y juventud, a los organizadores de la cooperativa tratando con mi padre la compra-venta de esa parcela. Recuerdo, también, como años después veníamos aquí unos días antes de Semana Santa con la masa de las magdalenas para hornearlas en los dos grandes hornos allí instalados. Abandono el olivar entre dulces recuerdos.

17 agosto, 2017

El footing (2/2)

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 10:04

clip_image00210. Desde que vio la película de aquel tipo que no paraba de correr decidió sentarse en un banco del parque a comer bombones.

11. El profesor de tenis, el maestro de ajedrez… lo entendía. Pero que su esposa hubiese contratado también un entrenador de footing…

12. Desde el hospital recuerda la orden de no salir a correr fuera de los límites de seguridad de la base por el peligro de minas anti personas.

13. Le dice a su mujer que sale a correr de noche porque hay menos contaminación. Lo mismo le dice la vecina a su marido.

14. Su confesor personal le recomendó, por el bien de su cuerpo y su mente, que dejará de fustigarse con el cilicio y corriese todos los días.

15. Cuando Inés salía a correr, y de paso recogía a su hijo del colegio, su camiseta sudada y sus jadeos llamaban la atención de algunos padres.

16. Desde que dejó de ir al gimnasio sale a correr. Así se ahorra el dinero de la mensualidad y de los productos que allí consumía.

17.

18. El sacristán se lo había avisado. Era peligroso correr así. La sotana arremangada se soltó, un mal traspiés y don Serapio alcanzó la gloria.

15 agosto, 2017

En_sueños

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 11:14

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Los sueños son las novelas breves de la literatura onírica, los relatos que comienzan a escribirse con la somnolencia y acaban con el despertar abrupto de lo imprevisto. Los sueños son el material que modelan los psicoterapeutas, los rompecabezas que tratan de explicar los psiquiatras y el imaginario personal que se desgaja en la nocturnidad. Hay tanto escrito sobre los sueños, tanta literatura, tanto tratado médico; hay interpretaciones para cada sueño, hay sueños que no son interpretables, los hay que vienen a actualizar el pasado y algunos otros, dicen, vienen a anunciar el futuro; hay sueños fugaces, de terror y amor, sueños de colores y en claroscuro, eróticos y patéticos…

De un tiempo a esta parte mis sueños parecen seguir el camino de los modernos televisores; cada vez parecen más grandes (más extensos) y ganan en calidad de imagen. Son tan vivos que a veces pareciesen escapar del reino de lo onírico; son tan intensos que parecen compensar el sosiego que trato de dar a mi vida de persona insomne. Hay días que me despierto e intento continuar imaginando la realidad que se engarzaría con los soñado, me pongo a diluir las fronteras entre lo irreal y lo que va a suceder una vez que los ojos están tan abiertos que ya no hay marcha atrás para que el sueño me organice la vida.

Por todo esto me he puesto manos a la obra para abrir nueva capilla en esta Girola, una capilla que acoja ese derroche incontrolado de la imaginación durmiente. La llamaré “En_sueños”, y en ella guardaré el relato sustancial de lo soñado, la sustancia de lo imaginado, escrito con una dosis de literatura, un barniz de cuento y unas gotas de invención, hermanas gemelas de todo lo que es sueño.

14 agosto, 2017

El footing (1/2)

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 9:51

 

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1. Quería ese ascenso. Se humillaría una vez más y dejaría que su jefe le sacase una pequeña ventaja antes de llegar al final del recorrido.

2. Lo mejor de salir a correr con ella era volver a casa, ducharse juntos…

3. Mientras adelantaba a otros corredores miraba con orgullo las nuevas zapatillas que se había comprado y se olvidaba del enfado de su esposa.

4. Si querían acabar con aquel objetivo, uno del comando tendría que acostumbrarse y salir a correr a cualquier hora de la madrugada.

5. El padre salió a hacer footing con sus hijos. La madre nunca más supo de ellos. Siempre temió aquel régimen de visitas impuesto por el juez.

6. Nunca había hecho footing. Ahora corre todos los días, buscando no sabe qué, por el sendero en el que su esposa desapareció cuando corría.

7. Todas las mañanas corre varias vueltas alrededor del patio de la cárcel antes de que lo trasladen al corredor de la muerte.

8. Cuando volvía de correr vio a la ambulancia llevarse a su esposa. Le gritó: “Cariño, estoy contigo”. Y corrió tras ella.

9. Los otros manteros se ríen de él porque cada mañana, temprano, antes de desliar su manta, sale a correr por el parque.

13 agosto, 2017

Años lentos – Fernando Aramburu

Filed under: Libros — Nicolás Doncel Villegas @ 10:19

 

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Tras el éxito de Patria, y como no había leído nada más de Fernando Aramburu, picado por la curiosidad, busco una novela anterior a la tan aclamada y que tocase el “asunto vasco”.

Años lentos es una novela en la que un niño navarro, por razones familiares y económicas, se va a vivir con unos familiares a San Sebastián. Años después, siendo ya mayor, ese niño le escribe una carta a Fernando Aramburu contándole sus vivencias de aquellos finales de los sesenta en los que el movimiento independentista desemboca en ETA, se cometen los primeros atentados con la consiguiente represión policial, etc. Pero, eso no ocurre hasta ya avanzada la novela. Hasta entonces, y una vez conocido que el primo de ese niño se “ha metido en política”, como dice el padre, la novela es también el reflejo de la sociedad vasca de aquella época. Y lo seguirá siendo hasta el final.

Ese recurso de la carta dirigida al autor del libro es un clásico de la literatura española. Junto a él, Aramburu completa la novela con una serie de “apuntes” que van dando cuerpo a la historia contada. Historia que, como ya he dicho, no es una sola sino varias. No hay un solo relato sino uno doble: el del narrador que escribe la carta y el receptor de la misma, el autor que nos apunta por donde irá la novela que está por escribir y que ya estamos leyendo.

Se lee pronto esta novela de pocas páginas que no es monotemática, como lo es Patria. Aunque en el asunto del independentismo-terrorismo sí que tiene algo en común con ésta última. Se trata de un personaje: el cura. Si en Patria era el cura del pueblo, en Años lentos es el cura del barrio. Si en Patria era don Serapio, en Años lentos es don Victoriano. Menudos elementos ambos dos. Se apunta también el agobio social que ejercen los vecinos con los que son señalados por el dedo; se destaca también el papel fuerte de la madre de la familia y alguna otra señal que en la última novela de Aramburu son fundamentales. Apuntes de lo que luego será la afamada Patria.

11 agosto, 2017

Sentado a la sombra del almendro amargo

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 9:19

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Sentado a la sombra del almendro amargo, cuando el sol culmina sobre el inmenso azul, siento en el rostro el suave viento que cambia de orientación y temperatura; el aire caliente desaparece por momentos para dar paso a una brisa más fresca, menos agobiante, que el cuerpo y la mente agradecen a esas horas que deberían ser de placentera siesta. Estos cambios de vientos deben ser el anuncio de la bajada de temperatura que los meteorólogos anuncian.

Recostado sobre la protectora pared de la cochera, aliada del almendro en la creación de salvadora sombra, observo el camino blanco que culmina en la antigua era. Algunas hierbas fronterizas entre el camino y la tierra recién arada conservan todavía un verde tímido, un verde superviviente después de tantos días de calor y sequía. Tras esa escuálida frontera vegetal luce el blancar de terrones abruptos que desciende hasta las tierras de girasol. En ese descenso la tierra va oscureciéndose paulatinamente: el cerro blancuzco se convierte en oscura y grisácea cañada allá donde hace esquina con el camino.

Estamos segando el girasol, ése que dejó atrás tiempos coloristas, de verdes y amarillos que atraen a turistas asiáticos, y ahora luce ese tono marrón tan agrario, tan de tierra calma. Miro a la cosechadora, incansable en su siega, a punto de concluir el corral de la Cañá el Barco, marcando la diferencia entre lo segado y lo que resta por segar. La paleta de colores me parece hermosa cuando veo más allá el rastrojo aún no arado. El pajizo de lo que fue cereal se corona con el azul celeste inmaculado. Sobre ese rastrojo, al que le queda poco tiempo para desaparecer entre las rejas del arado de levante, destaca la mole de las alpacas de paja. El camión parado en el camino, receptor que espera las pipas de girasol, se empequeñece ante ese moderno y efímero almiar. Un poco más a la izquierda veo la otra caja del camión; es buena señal: la cosecha no será tan paupérrima como la del año pasado. Entre lo recolectado de trigo y lo que saldrá de girasol tendremos “media cosecha”, esa expresión que siempre me recuerda a mi padre cuando por estos días, durante tantos años, veía la recolección con esa visión medio pesimista, medio optimista, de los labradores de siempre.

Tras once horas de siega ininterrumpida La Venta es ya tierra que espera labores de preparación para un nuevo curso agrario: arancía de rastrojos, recogida de troncones de girasol… El eterno ciclo del agro.

9 agosto, 2017

Morir en la esquina de la casa

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 10:53

clip_image002“Morir en la esquina de la casa” podría ser el título de una novela de intriga. También podría ser el titular de una noticia periodística. O el verso inicial de un poema: Morir en la esquina de la casa / es hallar el final sin perder el horizonte…

En todo eso pienso mientras miro esa esquina de firme irregular, esa esquina en la que el enlosado desapareció entre remiendos y tapas metálicas de arquetas, esa esquina en la que es tan fácil tropezar; ésa, en la que una de las tapas metálicas antes citadas está a punto de hundirse porque su anclaje oxidado cede día a día como el ser humano que ha llegado a la decrepitud de la vejez extrema. Esa esquina en la que los bordillos graníticos que separan calzada de acera lucen restos de pintura amarilla como si hubiesen formado parte de de un claustro conventual románico. Esos adoquines fronterizos desgastados por el paso de los años, carcomidos como si hubiesen sido roídos por una animal extraordinario…

Bien, dejemos la literatura a un lado y vayamos a la vida real. Esa esquina es un peligro desde hace más de veinte años. En ella he visto tropezones y caídas, enganches de carritos de la compra y carritos de bebés. Los vecinos ya la conocemos y la evitamos. Las personas mayores que van con su andador se bajan de la acera al llegar a ella, con el consiguiente peligro de andar por la calzada en un cruce. Lo hacen no porque sean temerarios sino porque perciben el riesgo mayor de caer en el agujero, en la mala pavimentación… Y ahora, en la tapa metálica que está a punto de ceder. Cuando estoy en la puerta de casa viendo el tiempo pasar observo como los que se percatan de la situación avisan a sus acompañantes: “Juanito, ¡cuidado, no tropieces! María, ¡no pises esa chapa que está oxidada!”

Hace años cambiaron esa tapa porque llegó a hundirse. Ahora va por el mismo camino porque ni el hierro de los hititas era eterno. Lo que sí parece eterna es la desidia por arreglar ese acerado. La arqueta será de Endesa, de Epremasa o de otra SA cualquiera. Y El acerado, ¿sabemos a quién pertenece? Envidia sana siento cuando, tras salir de casa y evitar la esquina del peligro, me dirijo a casa de mi hijo caminando tranquilamente por esa calle Martillo que ofrece tránsito sin sobresaltos; por esa acera de la calle Caldereros, tan uniforme que hasta un niño chico podría dar sus primeros pasos… Y mientras camino pienso el por qué ninguna de las autoridades competentes que ha habido en estos últimos veintiún años, en los que llevo viviendo en esa esquina, ha tenido consideración con los vecinos y transeúntes que, desde ella hasta el final de la calle Cerro Morrión, sufrimos un acerado irregular y hasta peligroso.

6 agosto, 2017

Una meada con olor a espárragos

Filed under: De libros — Nicolás Doncel Villegas @ 9:52

 

clip_image002Es conocido el asunto de la magdalena en la obra de Marcel Proust. Esa magdalena, empapada en una cucharilla de té, es el detonante de una epifanía, de un despertar de recuerdos infantiles, del encuentro de una situación en el que las vicisitudes de la vida se vuelven indiferentes. Cierto que hay quien defiende que el líquido empapador no era té sino tila, y que la famosa magdalena no era tal sino tostada. Más que los ingredientes importa el resultado, aquello que desencadena.

Viene este prefacio a cuento de una de esas relaciones que se generan cuando uno va leyendo y recuerda pasajes como el anterior. En este caso, tal hecho ha sucedido al relacionar infancia y los efectos sensoriales (no será el “sabor” de la magdalena proustiana, será un olor) mientras leía “El cuaderno gris”, de Josep Pla. Si a Proust un determinado sabor le lleva a la infancia, a Pla el recuerdo de la infancia y de un determinado olor le lleva a plantearse cuándo, en qué momento, se despierta en uno la consciencia, la capacidad de descubrir el complejo entramado de la vida y la facultad para que esos descubrimientos se perpetúen en el desorden que siempre es la memoria de los tiempos infantiles: “Dentro de este desorden inextricable aparece, muy precisa, la sorpresa que tuve el día en que, en el momento de orinar, sentí que el líquido tenía olor de espárragos. Había comido, hacía dos horas, una tortilla con espárragos. Comprendí la ley de la causalidad.”

Un olor, el de los espárragos, es capaz de hacer comprender a un niño que en esta vida los actos tienen consecuencias. La esponja que es esa etapa de la vida, la capacidad de absorción que tiene la infancia, es capaz de descubrir las leyes no escritas sobre las que iremos fundamentando nuestra vida. Al mismo tiempo, conserva en su esponjosidad las gotas de recuerdos capaces de aflorar muchos años después para devolvernos momentáneamente a esa lejana infancia.

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