La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

15 julio, 2019

Mereció la pena

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 9:14

ojedaRelampaguea en el mar de Alborán. El cielo nocturno se ha oscurecido aún más y el brillo eléctrico de la tormenta destaca sobre el horizonte. En tierra ha caído un chispeo de lluvia embarrada cuyo único mérito ha sido emporcar los numerosos coches aparcados a la intemperie. Mi santa quiere ir a ver la actuación que esta noche (viernes) hay en el paseo marítimo. A mí no me entusiasma mucho la idea porque no espero gran cosa de un bolo veraniego, gratuito y abierto a toda clase de público, en el que la mayoría del personal somos jubilados o familias con descendencia infantil. A pesar de todo, y dado que el artista es Javier Ojeda, cantante de aquel grupo llamado Danza Invisible, allí me dirijo y, mientras la tormenta marina se va debilitando, la música comienza a tomar fuerza.

El cantante supera ya la cincuentena pero se muestra ágil en el escenario, subiendo y bajando del mismo, bailando junto al público mientras interpreta canciones exitosas del pasado (Por ahí se va, El ángel caído, Sabor de amor, Sin aliento…) con otras nuevas. Me sigue llamando la atención la profesionalidad (y la forma física) de estos músicos de corazón que han venido a menos en el éxito popular pero siguen entregándolo todo cuando suben al escenario. El “momento” del concierto se produce cuando Javier canta, acompañado por una banda de buenos músicos, una versión algo más lenta de “Sabor de amor” y la engarza con la hermosísima “Yolanda”, cantada con el único acompañamiento de la guitarra.

Cuando es medianoche el concierto concluye (estupenda la adaptación del clásico de Paul Anka “Tu cabeza en mi hombro”) y le confirmo a mi santa que ha merecido la pena venir. Aún se ve algún lejano relámpago y por momentos la brisa que llega de mar adentro tiene ramalazos más primaverales que veraniegos.

14 julio, 2019

Sí lo llego a saber …

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 8:30

sombrillaEl otro día escribí en esta capilla girolina la primera crónica de estos días costeros. Tendría que haber esperado y empezar esta temporada veraneante con el texto de hoy para hacer honor al objeto que da nombre a esta sección: la sombrilla.

He comprado una nueva, una de color podemita. La he comprado en un bazar chino, es ligera y llevadera, fabricada con un material que mi padre llamaba (no sé si acertadamente o no) plexiglás, una especie de plástico fino como aquel del que estaba hecha la mujer de la canción de Radio Futura llamada “Veneno en la piel”. Qué lejos quedan aquellas sombrillas hechas de tela-tela, con sus rameados coloristas y sus flecos volanderos.

Con mi sombrilla nueva me he plantado en la playa y antes de comenzar a leer “El dolor de los demás” he observado al personal circundante. Una familia inglesa formada por dos progenitores tradicionales (padre y madre), una niña con su blanca palidez y un jovenzuelo que dentro de tres años no veraneará en esta playa familiar sino que andará haciendo balconing en un hotel mallorquín. Al otro lado, una familia española con la prole inversa a la familia inglesa, un niño regordete que utiliza sin cesar el término exagerao/á  y una jovenzuela que tararea un rap del que solo entiendo, afortunadamente, “subido en el camión de la basura”. Ordinary people, gente corriente. Y luego están ellos, una pareja joven; él, de cuerpo musculado y tatuado, cero por ciento de grasa, emplea su tiempo libre remando sobre una tabla de surfing; ella, morena hasta en el aliento, luce un discreto tatuaje protegiendo la parte inferior de la tibia. Él deja por un momento su entretenimiento y se tumba junto a la chica. Apenas cinco minutos después se incorpora y vuelve a coger  la tabla. Ella: ¿Otra vez te vas? Él: Doy una vuelta y enseguida vuelvo. Ella, mientras él se marcha y no puede oírla: Si lo llego a saber me vengo sola.

13 julio, 2019

Decisiones

Filed under: Cosa que de contar fuese — Nicolás Doncel Villegas @ 8:21

decisiones
11/07/19 – No sé qué pasará por la cabeza de un suicida antes de dar el paso definitivo. Deben ser pensamientos diferentes en cada persona que toma tan fatal decisión. Pienso en ello porque la etapa del Tour de hoy ha llegado a La Planche de Belles Filles, un alto montañoso en el Macizo de los Vosgos, al que, cuenta la leyenda, subían las jóvenes alsacianas para suicidarse durante la Guerra de los Treinta Años antes de ser violadas y asesinadas por los mercenarios suecos. Perdonen la banalidad, pero, viendo las rampas de subida de ese puerto de montaña dudo que esas hermosas chicas decidiesen, como penúltimo acto de su vida, darse tal caminata y castigar de tal manera su cuerpo antes de suicidarse.
12/07/19 – Hago limpieza en el trastero del piso de verano. He decidido deshacerme de cosas viejas e inútiles que llevan varios años sin ser utilizadas. Y recuerdo un artículo de Beatriz Sarlo leído hace unos días, La nostalgia perdida, en el que dice: “Los objetos del pasado tienden a recordarme solo sucesos melancólicos. Por eso suelo deshacerme de ellos.” Hay veces que he hecho lo mismo, deshacerme de un objeto del pasado que me provoca recuerdos no muy agradables. Pero no es algo habitual, la mayoría de los objetos no me provocan melancolía porque cada uno de ellos tiene una carga sentimental diferente. Eso sí, lo mismo que Sarlo, “cada cinco o diez años realizo una limpieza general que me permite deshacerme de los objetos…”. Aunque en mi caso, más que una limpieza de melancolía, se trata de dejar espacio a lo nuevo.
13/07/19 – Hace años solía hacer crucigramas. Ya llevo tiempo que no practico esa actividad. Mi santa acostumbra a hacerlos mientras estamos en la playa. Cuando hay alguno que no puede completar requiere mi colaboración para terminarlo al alimón. Es una de las actividades que todavía seguimos haciendo en común. 😉

11 julio, 2019

Un espeto monárquico

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 11:42

espetoCamino por el paseo marítimo acompañado de la brisa marina y la complicidad nocturna de jazmines que se abren y damas de noche que bañan de intenso aroma la noche caleteña. Me llegan noticias desde el Valle del Guadalquivir, convertido de nuevo en horno abrasador, tierra azotada por la canícula diaria y el sofoco agobiante de las noches incandescentes. Aquí lo único incandescente son las brasas y el fuego que platean los espetos de sardinas preparados por las hábiles manos y la ligereza de movimientos de los hombres que se mueven alrededor de las barquitas rellenas de arena sobre las que han pinchado las cañas en las que se ensartan las seis piezas de pescado. Humean los espetos a favor del suave viento de levante y se adorna la noche con la luminosidad de las candelas.

Uno, que no es amante de este tipo de vianda tan famosa y festejada por estos lares, recuerda algo que leyó no sabe dónde ni cuándo. Resulta que allá por el año mil ochocientos no sé cuántos, cuando el siglo XIX ya boqueaba cual boquerón fuera del agua mediterránea, el rey Alfonso XII, poco antes de morir, andaba visitando estas tierras que habían sufrido un fuerte terremoto. Cuentan que Su Majestad llegó a la capital malagueña y allí le dieron a probar un espeto de sardinas. Dicen que tal cosa sucedió en una especie de  bar situado en la playa, lo que hoy llamamos chinguito. Tomó Alfonso XII cuchillo y tenedor, como manda el real protocolo de noble comensal, cuando el cocinero que le había preparado el espeto, un tal Miguelito “el de las sardinas”, originario de El Palo malagueño y creador de esta técnica culinaria, le reconvino de esta manera: “Asín no, majestá, asín no; con los deos”. Y cuentan las crónicas que el rey no dudó en seguir las instrucciones de Miguelito “el de las sardinas” convirtiéndose así en el primer monarca que, como cualquier veraneante actual, se comió un espeto de sardinas en un chiringuito de esta costa mediterránea.

10 julio, 2019

De la comisaría a la iglesia

Filed under: Cosa que de contar fuese — Nicolás Doncel Villegas @ 8:30

comisaría

08/07/19 – Tengo que hacer unas gestiones en la Jefatura Provincial de Tráfico de Córdoba. Aparco mi coche cerca de las oficinas. Es temprano y aún está cerrado. A unos metros de donde he aparcado está también la Comisaría de la Policía Nacional. Mientras miro el edificio recuerdo que hace cuarenta y dos años pasé una noche en ese lugar. Eran los años revueltos e indefinidos en los que este país abandonaba la dictadura. Eran los años de la Transición, hoy tan denostada por algunos, poco antes de que se celebrasen las primeras elecciones generales, cuando uno era un joven e idealista estudiante de Magisterio.

9/07/19 – En estos tiempos en los que la sociedad española cada vez es más laica hay algo que llama mi atención. En las conmemoraciones religiosas relacionadas con algunos sacramentos, quienes no son muy de iglesia o religión, y participan en ellas como invitados o acompañantes, lo hacen de manera diferente. Por ejemplo, en las bodas y funerales (sí, el funeral no es un sacramento pero es lo más cercano a la unción de los enfermos) muchas personas prefieren esperar fuera del templo a que salgan los novios, o entrar solo en el momento de dar el pésame a los dolientes. Por el contrario, esas mismas personas, cuando se trata de un bautismo o una primera comunión participan activamente del oficio religioso dentro de la iglesia. Se ve que los bautizados y comulgantes noveles despiertan más interés sacramental que los novios y los difuntos.

10/07/19 – El protagonista de  “Tus pasos en la escalera” (Antonio Muñoz Molina) nos cuenta que durante toda su vida ha sido un hombre ordenado y metódico, “cautivo de las fechas, de las horas, los calendarios”. Pero ya no es así, “ahora me he relajado y no sé en qué día vivo”…“Eso me pasa por ser jubilado”. No he llegado al extremo de no saber en qué día vivo, pero sí es cierto que desde que soy jubilado hay momentos y situaciones en los que la relajación me lleva a ciertos extravíos.

9 julio, 2019

El viejo Massey

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 8:35

massey

Conduzco un coche que no es mío, uno de esos coches mastodónticos de tracción a las cuatro ruedas. He llegado cerca del arroyo en el que la máquina excavadora extrae tierra del cauce y la amontona en los bordes. Acostumbrado a mi modesto turismo aparco junto al borde del camino cuando podría adentrarme por la tierra de labor con ese coche que me es desconocido. La máquina parece haber terminado su tarea de limpieza y se aleja lentamente arroyo arriba. De pronto, siento un temblor que me agita dentro del habitáculo del coche. A continuación observo que los montones de tierra extraídos del arroyo comienzan a compactarse y a tomar formas de cuerpos geométricos: grandes prismas de tierra compactada que se amontonan uno tras otro al borde del cauce. No salgo de mi asombro al ver esa transformación. Es entonces cuando veo aparecer, por donde ha desaparecido la máquina, un tractor de cadenas. Lo reconozco: es el viejo Massey Ferguson que durante tantos años tuvo mi padre. A quien no reconozco es al tractorista que lo conduce. El tractor embiste a los prismas de tierra que se desmoronan cuando son pisados por las orugas originando gran estruendo y polvareda. A veces el tractorista tiene que hacer recular la máquina para embestir con más velocidad a los que se resisten a ser destrozados. En uno de esos embates una de las orugas del tractor se eleva sobre uno los bloques terrosos y se inclina cada vez más provocando el vuelco del Massey. Cuando eso ocurre, simultáneamente, todos los bloques de tierra con forma de prismas comienzan a deshacerse y convertirse en los montones de tierra que había cuando llegué cerca del arroyo.

7 julio, 2019

Viajes

Filed under: Cosa que de contar fuese — Nicolás Doncel Villegas @ 8:32

viajes

05/07/19 – Hay una expresión, ponerse exquisito, que no sé si vendría bien a lo que quiero exponer. Conozco a personas que suelen quejarse de la gran contaminación que producen los aviones; pero viajan, o han viajado, frecuentemente en ellos. Sé de quienes se quejan de la degradación que produce el turismo masivo; pero ellos no cesan de viajar a lugares que todavía no sufren esa degradación porque ya visitaron los lugares que ahora visita el gentío. ¿Esas personas se están poniendo exquisitos? Ay, si en vez de tanto predicar hiciésemos caso a nuestros propias quejas.

06/07/19 – Hablando de viajes… Hoy comienza un gran viaje,  el Tour, esa prueba ciclista que no necesita el añadido nacional porque ya no es solo de Francia; hace un tiempo que es patrimonio de la humanidad aunque no lo haya determinado ningún organismo de la ONU. Lo llevo siguiendo desde los primeros años setenta del pasado siglo, salvo los mesew de julio que estuve turisteando (mea culpa) por Cantabria, Italia, Galicia o Noruega.

07/07/19 – En relación con los exquisitos que critican el turismo masivo, pero a los que les encanta viajar, me encuentro casualmente con un artículo de Andrés Trapiello, Parad el mundo, en el que también escribe sobre ello: “Lo sucedido en el Everest está sucediendo a diario en otros mil lugares de la tierra, ante la indiferencia general. Las hordas del turismo, de cuyas levas formamos periódicamente parte todos, están colapsando las ciudades, los museos, los rincones pintorescos o significativos por alguna razón, no siempre razonable.” Trapiello, al menos, reconoce ser parte de las hordas.

5 julio, 2019

Yo hice lo mismo que Puigdemont

Filed under: Menú del día — Nicolás Doncel Villegas @ 8:30

autocarYa saben que en esto del procés, en lo que uno llama l’Assumpte, han terminado interesándome más las circunstancias que la esencia, lo anecdótico más que lo transcendental. El martes sucedió otro de esos acontecimientos que, basándome en lo anteriormente expuesto, debe ser comentado aquí. El martes se constituyó el Parlamento Europeo y Puigdemont (y un Comín) tendría que haber formado parte de acto tan importante al haber sido elegido eurodiputado. Eso sería la esencia. Vamos a lo anecdótico.

Ustedes saben que el ex President no pudo ir a Estrasburgo, como tampoco pudo venir a España a recoger su acta de eurodiputado,  porque tiene algunos problemas con la justicia. Nada, un intento de asaltar la legalidad constitucional desde dentro del sistema, cosa menor para su grey y allegados y cosa transcendental para la justicia española y quienes pensamos que no es de orden saltarse leyes fundamentales en un Estado democrático. Pues bien, ante tales circunstancias el ex Honorable, junto al peculiar abogado Boye, montó su habitual número de circo diciendo que irían a Estrasburgo. Pero no, se quedó a pocos kilómetros de la virtual frontera porque esa ciudad es territorio francés y sabe que si entraba en suelo galo podría ser detenido y devuelto a España. Mientras, en las afueras del Parlamento Europeo, sus fieles, sus feligreses, porque lo de Puigdemont y los separatistas irredentos cada vez parece más cosa de religión minoritaria y sectaria, se manifestaban esperando al mesías gerundense. ¿Qué hizo entonces el ex Presidente de la Generalidad catalana? Pues lo mismo que yo hice en una ocasión. Les explico…

Hace algo más de veinte años andaba con mi familia por tierras gallegas turisteando durante este mes de julio. Visitando la hermosa villa pontevedresa de Combarro, entre horreos y cruceiros, observé que había un autobús de mi pueblo estacionado en el lugar en el que había aparcado mi coche. En aquella época cargaba con la cámara de vídeo Sanyo y no tengo fotografía que certifique lo que hice pero puedo asegurarles que cuando vi el autobús de mi patria chica a mil kilómetros de donde ambos provenimos no pude evitar grabarme junto a él. Yo hice lo mismo que hizo Puigdemont el martes, fotografiarme (en mi caso grabarme) junto al autobús que representaba la tierra de la que vengo, ser uno con el pueblo que soy, identificarme con el lugar que me vio nacer y del que tan lejano me encontraba en ese momento. ¿No es hermoso? Cierto que las circunstancias son diferentes; yo no era nadie importante (ni lo soy) y estaba de turismo, y Puigdemont es… bueno, es lo que es y, aunque parezca estar de turismo, está huido de la justicia española. Aparte de esos detalles, ya puedo decir que hay algo en lo que coincido con Puigdemont.

4 julio, 2019

Reliquia, olfato y dedicación

Filed under: Cosa que de contar fuese — Nicolás Doncel Villegas @ 8:54

reliquia

02/07/19 – El teléfono fijo, esa reliquia que sigue usando mi santa, llevaba un tiempo algo estropeado. El cable que va del auricular a la base, al moverse, hacía que el sonido no llegase bien por momentos. Lo comunico a la compañía. Solución… me traen un teléfono nuevo, completo: base, auricular, cable de conexión entre ambos y cable de conexión a la red. Con el primer cable hubiese sido suficiente. Es imposible que este planeta se salve de la estupidez humana, pienso mientras conecto el nuevo aparato. Porque el teléfono lo trae un repartidor, no un técnico de la compañía. Sírvase su propia comida, póngase su gasolina, instale su teléfono… Acabaremos oficiándonos (previa auto grabación) nuestro propio funeral.

03/07/19 – En mi caminata mañanera me asalta un olor intenso y algo desagradable, sin llegar a ser pestilente, que no acabo de identificar. Por un momento pienso que podría provenir de algunas de las almazaras cercanas: alpechín, orujo…Pero no, no es ninguno de esos olores que mi pituitaria amarilla reconoce  desde la infancia. El olor que invade el ambiente, más que andaluz, es cántabro, asturiano, es el olor de una parcela recién segada y transformada en pacas de… alfalfa. Con razón mi sentido del olfato había perdido la orientación.

04/07/19 – Me comenta uno de mis hijos (y el otro lo confirma), en distendida conversación de WhatsApp,  que últimamente “la dedicación a tus hijos y a la escuela ha pasado a Dunia y al campo 🙂”. Al día siguiente pienso sobre ello. Teniendo en cuenta que mis hijos son ya treintañeros y mi nieta apenas tiene dos años y medio; dando por hecho que a la escuela dediqué casi cuarenta cursos escolares, y ya es parte del pasado, mientras que el campo (la agricultura) es una actividad sobrevenida en los últimos años… puede que algo de razón tengan. 🙂

 

3 julio, 2019

El orden del día – Eric Vuillard

Filed under: Libros — Nicolás Doncel Villegas @ 8:43

ordenBreve pero intenso este librito con el que el autor ganó el Premio Goncourt 2017. Ya saben, el orden del día es el documento en el que aparecen los puntos a tratar en una reunión que ha sido convocada preceptivamente. También puede ser la lista de actividades que una entidad o autoridad tiene previstos realizar a lo largo de la jornada. Recuerdo, sin especial cariño, el orden del día que cada noche se leía en el cuartel con las actividades, servicios a realizar, minuta (comida), etc. para el día siguiente.

El título de esta novela histórica o librito de política ficción/realidad, o lo que sea (qué difícil es catalogar un libro a veces), viene de una reunión secreta, que no estaba en el orden día, y que tuvo lugar en febrero de 1933 en el Reichstag. Hitler se reunió aquel día con los grandes industriales alemanes, los dueños de Opel, Krupp, Siemens, IG Farben, Bayer, Telefunken, Agfa, Varta, etc. para pedirles que financiaran al partido nazi y asegurarse así un futuro más seguro. A partir de esa reunión, y hasta los Juicios de Núremberg, Vuillard escribe un relato de lo sucedido. Un breve relato con pasajes bien traídos para que el lector se sienta parte de esa reunión fuera del orden del día, o de otras que el dictador mantuvo con algunos interlocutores a los que avasalló o engaño. También son de interesante lectura otros pasajes como la cena que Ribbentrop mantiene con Chamberlain y Churchill (mezcla de glamur y misterio), o el avance del ejército alemán para invadir Austria (mezcla de terror e ironía).

Literatura aparte, podemos afirmar que el libro constata una verdad que todo sabemos, o deberíamos saber: las grandes empresas (en este caso las grandes empresas alemanas) no tuvieron inconveniencias morales en ayudar a un dictador sanguinario (llegando a utilizar como mano de obra a los presos de los campos de exterminio) para, después de ser derrotado el dictador, seguir sobreviviendo en la Europa democrática.

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