La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

15 septiembre, 2019

En aquella Feria Real (Cuento de septiembre)

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 8:45

feriaEn aquella Feria Real, la más importante de las tres que se celebraban en el pueblo, los días seguían siendo calurosos pero en cuanto caía la tarde el vientecillo, que según decían los abuelos venía del río, refrescaba el paseo nocturno bajo la arboleda del jardín en el que se encontraba la Caseta Municipal. En aquella feria, en aquella caseta, Paula y Miguel disfrutaron del primer amor bailando agarrados Europa y Flor de Luna, los dos temas que echaban de la pista a las parejas cuarentonas defensoras del pasodoble. Los acordes del guitarrista, que trataba de emular a Carlos Santana hasta en el bigote que lucía, permanecían en las cabezas de Paula y Miguel cuando, ya de madrugada, ambos volvían a sus casas, él con un par de amigos, ella con su hermana mayor y el novio de esta. Aquel primer amor fue tan solo eso, un primer amor. Un enamoramiento tan intenso como efímero pues al final de ese mes de septiembre Paula y Miguel comenzaron sus carreras universitarias en ciudades diferentes y la pasión se desvaneció a lo largo del curso, el paso de los trimestres y la distancia en kilómetros que el azar les había asignado.

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Han pasado cuarenta años y Paula es una veterana profesora de Historia. Tuvo muchos destinos hasta que hace un año decidió optar a una plaza vacante en el instituto de su pueblo. Todavía se pregunta por qué lo hizo. Quizás la soledad que arrastra desde que se quedó viuda, quizás la querencia de la tierra de nacimiento, quizás los consejos de las pocas amigas y familiares que le quedan en el pueblo. Ahora, a los pocos años de la jubilación voluntaria, lleva una vida tranquila en la que compagina la docencia con la lectura, los cafés de media tarde con su hermana mayor y los viajes que de cuando en cuando hace con alguna compañera de trabajo.

Han pasado cuarenta años y Miguel es un ejecutivo de prestigio dentro de la compañía médica en la que trabaja desde que dejó de ejercer como médico en la sanidad pública. Aunque vive habitualmente en Madrid vuelve a su pueblo siempre que sus ocupaciones se lo permiten, sobre todo en Semana Santa y Feria Real, pues se siente orgulloso de su patria chica y presume de ella tanto siempre que puede. Dos veces divorciado, goza de una tranquila soltería y una buena relación son sus hijos. Disfruta, además, de un nieto que le alegra la vida cada vez que puede estar con él.

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La Caseta Municipal sigue estando en el mismo lugar de hace cuarenta años tras haber sido remodelada varias veces por algunos de los acaldes que se han sucedido en el ayuntamiento durante esas décadas. El río sigue trayendo el agradable frescor de las noches de septiembre y discurre casi con disimulo por el ancho cauce que hace unos años le construyeron para que no se desbordara en los días lluviosos de invierno. La gente sigue yendo al jardín que acoge la Caseta tras cruzar el puente que ya no es el de antes sino uno nuevo que se construyó con las ayudas europeas. La gente joven ya no baila allí, tienen sus casetas juveniles y sus lugares de reunión y alcohol en los aledaños de la feria, así que la música que sigue sonando es muy parecida a la que sonaba hace cuarenta años: algún pasodoble y canciones que fueron éxitos en las pasadas décadas y ahora son pura nostalgia. La misma nostalgia que algunos sienten recordando aquella época y aquel año en el que unos jóvenes revolucionarios creyeron asaltar su particular Palacio de Invierno cuando decidieron boicotear la entrada a la Caseta porque el precio por entrar era propio de burgueses y terratenientes.

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Paula no ha tenido más remedio que ceder ante la insistencia de su hermana y su cuñado, aquel muchacho que las acompañaba de vuelta a casa en las madrugadas de hace cuarenta años:

No seas tonta, ¿cuánto tiempo haces que no vas a la feria? Desde que te fuiste a estudiar la carrera no has vuelto a pisar la Caseta –le recrimina su hermana- Así que esta noche te vienes con nosotros.

Miguel, acompañado por uno de aquellos amigos de juventud y que hoy es dueño de la empresa de electricidad que ilumina el recinto ferial, acude con satisfacción a su cita anual con la feria de su pueblo, al reencuentro con sus familiares, a las charlas con los amigos de la juventud…

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Paula comienza a tranquilizarse cuando ve que Miguel comienza a recuperar la memoria.

Hace un rato, cuando hemos acabado, -le dice ella señalándole la cama deshecha- me has dicho que te sentías algo mareado, como vacío, y no recordabas algunas cosas de tu vida. Por ejemplo, que vives en Madrid y no aquí en el pueblo. Sí te acordabas de anoche, de la Caseta, de que habíamos vuelto los dos solos, de que lo hicimos nada más llegar…Pero cuando lo hemos vuelto a hacer esta mañana, y has llegado a la cima, es cuando te has sentido así. Te he estado haciendo preguntas, te he preparado el desayuno, te he dicho que si te llevaba al ambulatorio de guardia… Me tenías preocupada. Y ahora que has recuperado la memoria… ¿Me dices que no te acuerdas de todo eso, de esta última media hora?

– De nada, Paula, no me acuerdo de nada de esta última media hora. Desde que llegué a la cima, como tú dices, hasta hace un momento, cuando he escuchado la música que has puesto, no tengo memoria de nada – le responde Miguel mientras en el viejo equipo de música sigue sonando Europa de Carlos Santana.

Miguel, deberíamos, deberías ir al médico –comenta Paula con algo de susto aún.

Recuerda que soy médico. No te preocupes. Sé lo que me ha pasado, es un episodio de amnesia sexual provocado por esa llegada a la cumbre, o a la cima, como tú dices. Y, claro,  por los casi sesenta años que tengo ya, ¡qué eso también influye! Pero, sobre todo, por el tiempo que llevamos vivido el uno sin el otro desde aquel baile de hace cuarenta años –le comentó Miguel esbozando la pícara sonrisa que la enamoró hace cuatro décadas.

13 septiembre, 2019

Turrón de feria

Filed under: Cosa que de contar fuese — Nicolás Doncel Villegas @ 8:30

turrón

11/09/19 – El último día de feria fue ayer. Eché de menos, por la mañana, algo que ya se había hecho costumbre en los últimos años: los turroneros de la feria pasaban voceando (“altavoceando”, sería más correcto decir) los turrones que en la feria no habían vendido. En sus furgonetas, con las puertas traseras abiertas, lucían, con enorme atractivo para el goloso que escribe, “el duro, el blando, las peladillas y la almendra garrapiñada, el de coco, el tutifruti y el de Jijona…” Los vendían por “lotes de cinco o diez euros, lo que usted quiera caballero, y también tabletas sueltas a elegir…”. Se lo comento a mi santa y me dice que ella no ha visto este año ningún puesto de turrón en la feria. Una pena que vaya desapareciendo otra seña de identidad de mi infancia: los turroneros de feria.

12/09/19 – En “Relámpagos”, la biografía novelada de Jean Echenoz sobre el ingeniero Nikola Tesla, se nos cuenta la capacidad inventora del personaje. En ese derroche imaginativo de proyectos por realizar hay uno que, al leerlo, provocó mi sonrisa de maestro jubilado; y más teniendo en cuenta que son días de inicio de curso y sé de las penalidades que mis antiguos colegas pasarán en los próximos meses. Se cuenta en el libro lo que sigue: “Será interesante también enterrar cables de alta tensión bajo las escuelas al objeto de estimular a los malos alumnos…”. Entiéndase que los hechos suceden hace más de un siglo y que en más de cien años hemos cambiado mucho (afortunadamente). Entiéndase, también, que, en parte, estamos hablando de ficción. Qué nadie se tome al pie de la letra ni lo escrito por el autor ni mi consecuente sonrisa. Además, con el precio que nos ponen las compañías eléctricas por la luz que consumimos…

13/09/19 – Volviendo al turrón de feria, he recordado algo que mi madre siempre contaba. Todos los años me decía que a ella, si le daban un duro (cinco pesetas) para toda la feria, “no se olvidaba nunca de comprarle aunque fuese una peseta de turrón a su madre”. Eso siempre lo contaba, con intención recriminatoria,  cuando yo volvía de la feria sin comprarle a ella turrón, ese del que siempre decía que no le gustaba porque “yo no soy dulcera como tu padre”, lo cual creaba en mí una doble sensación: la de ser un mal hijo y la de ser un poco torpe pues no llegaba a comprender lo que, para mí, era una más de sus contradicciones.

11 septiembre, 2019

Relámpagos – Jean Echenoz

Filed under: Libros — Nicolás Doncel Villegas @ 10:47

relámpagosEscribe Echenoz una biografía novelada del ingeniero e inventor Nikola Tesla, un librito que cierra una trilogía dedicada a personajes célebres. Los otros dos son “Ravel” (el músico, bien sûr) y “Correr” (sobre el gran atleta Emil Zátopek). No sé dónde leí que este “Relámpagos” era el menos biográfico de los tres. Quizás fuese por eso que me decanté por él, aunque sea el último de la trilogia. Ello no quiere decir que, dada la agradable lectura de éste, cualquier día agarro los otros dos, porque Echenoz es autor que me gusta desde que leí aquel “14” cuando la Gran Guerra cumplía el centenario.

Arranca la historia del personaje con el nacimiento (como debe de ser) de Gregor/Nikola Tesla de una manera que ya justifica el título del libro para, tras un breve recorrido, saltar más al oeste del oeste de su cuna. Nos encontramos de esa manera a Gregor trabajando para el gran Thomas Edison, el de la General Electric (menudo personaje) y  para un grupo de financieros estadounidenses (menudos personajes). Tanto con uno como con los otros nuestro protagonista solo  encuentra engaño y falsedad. De manera casual llega a conocer y trabajar para George Westinghouse, ingeniero, inventor y empresario rival de Edison en el asunto de la electricidad.

Hago un inciso autobiográfico: Westinghouse lleva a este lector cuarenta años atrás al hacerle recordar la factoría que la internacional estadounidense tenía en Córdoba cuando uno andaba estudiando Magisterio. La Westing, como se la conocía, era famosa por las reivindicaciones de sus obreros industriales en una ciudad en la que no había industria. Fin del inciso,  volvamos a la historia de Gregor.

Entre corriente continua y corriente alterna, siempre la electricidad, conoceremos la persistencia en idear nuevos inventos, la obsesión por la asepsia, su manía por los números que son múltiplos de 3, “su extraño concepto del dinero”… Toda una vida singular en la que el progreso del declive personal tendrá un matiz colombofílico que culminará con su muerte.

Entretenida lectura, una vez más, la que me proporciona Jean Echenoz.

10 septiembre, 2019

Entretenimientos variados

Filed under: Cosa que de contar fuese — Nicolás Doncel Villegas @ 8:36

entretenimientos

08/09/19 –  Por H o por B, esa expresión ortográfica que siempre me resultó tan original, ando estos días asistiendo a numerosos actos festivos-religiosos relacionados con la Feria en honor de la Virgen de la Estrella que tienen lugar en este pueblo en el que resido. Ofrenda floral, Bajada de la ermita a la parroquia, Misa concelebrada con acompañamiento músico-vocal, Procesión por la localidad… Sea por mi nieta, sea por mi santa, sea por la promesa que he de cumplir, me hallo estos días rodeado por toda la parafernalia que la devoción mariana exhibe sin medida por estas tierras del Sur. De todo ello aprendo como observador silencioso que gusta de ver e imaginar. Observo las emociones y el protocolo, la tradición y la novedad; imagino el porqué de unas actitudes y el porqué de las contrarias. En definitiva, me entretengo. Qué no es poco.

09/09/19 – Es una lástima que no podamos retener los recuerdos de nuestra primera infancia.

10/09/19 – Ayer por la mañana vi los dos últimos sets del partido final del US Open porque en la noche del domingo el sueño me venció. Como desconocía el resultado final, vi esos sets con enorme interés y nerviosismo. En los momentos más transcendentales llegué a levantarme del cómodo sillón desde el que veía el partido por la enorme tensión que el desenlace del match me transmitía. Desde aquella final de Wimbledon entre Nadal y Federer no había tenido tales sensaciones viendo un partido de tenis. ¿Qué más se puede decir?… ¡Vamos,  Rafa!

7 septiembre, 2019

La casa deshabitada que ahora no sé cómo llamar

Filed under: Cosa que de contar fuese — Nicolás Doncel Villegas @ 8:35

casa

06/09/19 – Acompaño a mi santa al Centro Médico y allí  me encuentro con un ex compañero de colegio. Nada grave nos ha llevado hasta ese lugar, ni a nosotros ni a él. Tan solo renovar los medicamentos que, a estas edades, ya forman parte del menú; lo que yo llamó “Mantenimiento farmacológico”. Mientras esperamos, hablando de enfermedades, me comenta: “Ya sabes lo que le pasó a don Guido”. Uno, que es algo hipocondriaco, piensa para sus adentros que mejor no saberlo: “Al fin, una pulmonía / mató a Don Guido, y están / las campanas todo el día / doblando por él: din, don! / murió don Guido, un señor / de mozo muy jaranero, / muy galán y algo torero; / de viejo gran rezador.” Después, en una maniobra eficaz y compensatoria dirigida por nuestros inconscientes, hablamos de los nietos y del futuro. Y ahora, mientras escribo, vuelvo al poeta y converso con el hombre que siempre va conmigo para recordar que estos días azules y este sol de la infancia son recuerdos de un patio claro en el que daban sombra un naranjo de azahar florido y un emparrado de racimos y avispas revoltosas.

07/09/19 – El otro día estuve en mi casa, en la que fue casa de mis padres, la casa deshabitada que ahora no sé cómo llamar. Subí al piso de arriba por las viejas escaleras desconchadas, unas escaleras empinadas de escalones estrechos y altos, escalones incómodos y desafiantes. Cuando estuve arriba, algo jadeante, recordé lo que me contó mi madre una de aquellas tardes que íbamos a llevarlos a revisión médica: “Tu padre está loco. ¿Qué crees que hizo ayer? Se empeñó en subir al piso de arriba, y como ya las fuerzas de las piernas no le responden subió a gatas, arrastrándose por esos escalones tan empinados. Y luego bajó sentándose de culo en cada escalón. Me va a matar a disgustos. Dile algo, hombre, a ver si deja de hacer esas cosas.” Volví a bajar lo más rápido que pude, atravesé el patio y la cochera, salí a la calle y respiré profundamente.

6 septiembre, 2019

Aguas frente al muro

Filed under: En_sueños — Nicolás Doncel Villegas @ 8:34

aguasHemos atravesado una especie de jungla tropical. Nos hemos abierto paso entre la espesura de la vegetación en la que creo haber visto algunas cruces. El silencio es absoluto porque en ese espacio no hay más vida animal que la nuestra. Tampoco ríos ni lluvia. Me parece reconocer a quienes me acompañan; se parecen a mis hijos pero no aseguraría que lo fuesen pues sus rostros se difuminan cada vez que vuelvo la cabeza hacia atrás y los miro. Estoy cansado de abrir camino con el machete pero sigo dando golpes a un lado y a otro. Siento como si tuviese la necesidad de llegar a algún sitio que desconozco. De pronto eso sucede porque ante nosotros se abre un gran espacio circular en el que la vegetación ha desaparecido. Me quedo asombrado mirando la gran pared que tengo enfrente. Su altura es difícil de calcular. Tiene forma de semicírculo y en ella hay lo que parecen ser nichos funerarios. Delante de la pared, en el suelo, un canal de agua sobre el que flotan  piedras brillantes que refulgen con el sol que tenemos a la espalda. Es un canal con  poco más de tres metros de anchura, que cruzamos saltando sobre las piedras más grandes que flotan en él hasta situarnos pegados al gran muro. Sin hablar, sin ponernos de acuerdo, los tres comenzamos a escalar el muro. Me agarro a unos asideros metálicos circulares que me recuerdan a los que se colocaban en las fachadas de algunas casas de labradores y que servían para atar en ellos a los caballos; otros son parecidos a los llamadores con forma de mano agarrando una bola que esas mismas casas tenían en las puertas. Cuando me encuentro a varios metros de altura resbalo y trato de asirme a una de las puertecillas de lo que parecen nichos funerarios. Apenas lo consigo y caigo al canal. Floto sobre sus aguas mientras observo como la puertecilla lapidaria a la que no he podido agarrarme se va abriendo y muestra un ataúd que lleva labrado el bajorrelieve de un rostro que sonríe maliciosamente.

5 septiembre, 2019

La mitad de mi vida la he vivido aquí

Filed under: Cosa que de contar fuese — Nicolás Doncel Villegas @ 8:20

mitad

03/09/19 – El sábado pasado estuve con mi hijo y su pareja en una de esas reuniones preparatorias de la boda. Entre otros asuntos se habló de la distribución de los invitados. El domingo, en mi octava misa de promisión, el sacerdote lee el Evangelio de san Lucas: «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: “Cédele el puesto a este”. Entonces…». Hay veces que las circunstancias vitales caben en un dedal.

04/09/19 – Hace unos días me encontré con un antiguo vecino, cinco años más joven que yo, amigo de mi hermano en la infancia y juventud. Al principio no me reconoció; ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos. Cuando le dije quién era comenzó a recordar aquellos años y entre lo que me comentó hay algo que llamó mi atención. Me dijo: “Recuerdo que fuiste tú el que nos iniciaste en los cantautores de aquella época: Serrat, Paco Ibáñez…”. Se me había olvidado que hubo un día en el que ejercí de gurú musical.

05/09/19 – Llevo viviendo treinta y un años en Villa del Río. Llegamos a primeros de septiembre de 1988. Como tengo sesenta y dos años, bien puedo afirmar que, matemáticamente, “la mitad de mi vida la he vivido aquí”, frase esta última que bien podría ser el verso de una canción de Camilo Sesto. Dicho lo cual, me siento ya con derechos adquiridos para ser mitad villarrense, mitad castreño. Aunque, lo que más me siento es “ciudadano del mundo”, expresión esta última, tan socorrida y manida,  que nunca creo haberla escrito y que ya, a los sesenta y dos, me permito usar con descaro pues llegado a ciertas edades ya saben lo que canta el maestro Sabina en la “Viudita de Cliquot”: “Con sesenta qué importa la talla de mis Calvin Kleín…”. Pues eso: castreño, villarrense y ciudadano del mundo.

2 septiembre, 2019

Baila conmigo hasta el final del amor

Filed under: Cosa que de contar fuese — Nicolás Doncel Villegas @ 8:48

baila

31/08/19 – Han sido tres los sacerdotes que oficiaron las siete misas de promisión a las que asistí en mi estancia mediterránea. El último de ellos, en mi opinión el mejor, se presentó a los feligreses antes de comenzar la homilía. Dijo llamarse Manolo, y apellido que no llegué a oír bien, y que “pertenecía a la diócesis Mérida – Badajoz pero que ahora estaba por esta zona costera”. La verdad es que desde su aparición por la puerta de la sacristía le vi cara de pastor trashumante.

01/09/19 – Ayer por la mañana la familia se marchó de compras a El Corte Inglés. Me quedé solo en el patio de casa mientras en el equipo de música sonaba “Hallellujah”, de Leonard Cohen. A veces el destino es un poco bromista: “Tu fe era fuerte pero necesitabas pruebas… Aleluya, aleluya, aleluya, aleluya”.

02/09/19 – Hoy me detengo a observar una foto que encontré relacionada con la canción del comentario anterior. El artista está concentrado en la letra de la canción escrita en una de aquellas máquinas que usábamos en los años setenta. La máquina bien podría ser una de aquellas Olivetti como la que tuve cuando cursaba los últimos años de Bachillerato y los primeros de Magisterio. Colocada sobre una sencilla mesa en la que descuella el clavijero de la guitarra, los versos parecen salir de la mente del artista y aparecer en el folio que se desborda de la máquina. Las paredes desnudas y una esquinada ventana no rompen la concentración del que acaba de escribir otra de esas canciones que tantos años después seguimos escuchando con devoción casi religiosa. Treinta y cinco años ya del álbum “Various Positions” que comenzaba con aquel sugerente “Dance me to the end of love”. Bailemos.

1 septiembre, 2019

Noticiario casi verídico de un reportero aficionado – 9

Filed under: Menú del día — Nicolás Doncel Villegas @ 8:30

repórter

  1. Aquí estamos, comenzando eso que llaman “el nuevo curso político”, día de precepto para unos y de regreso laboral para los que mañana vuelven al laboreo. Yo, ya ven el color de mi faz, he tomado poco el sol este verano. Tan solo algunos días anduve por Doñana, agazapado tras una duna, por ver si el presidente Sánchez aparecía por algún sendero de coalición. Nada, ni vi presidente, ni otee lince alguno. Tan solo conseguí aquello que canta Fiti: “Hay caminos que hay que andar descalzo / Ya no te preocupes más por mí / Siempre me entra arena en los zapatos / Esta vez me quedo aquí…”.
  2. No me quedé allí. Volví a Madrid para asistir a la toma de posesión de la nueva Presidenta. Iñigo Errejón se percató de la arena que aún traía en los zapatos y me animó sacudirlos sobre su escaño “como símbolo –dijo- de la travesía por el desierto que le espera a los ciudadanos de Madrid en los próximos cuatro años”. Noté la mirada fría de la señora Monasterio (que llegó a intimidarme, la verdad) y observé la sonrisa de la nueva Presidenta. Qué quieren que les diga, la señora Díaz Ayuso tiene para mí un encanto especial. Y no me refiero a las “perlas” que ya nos dejó en campaña electoral (y qué seguro no serán las últimas) sino a su aire de cierta actriz hollywoodiense de los años cincuenta de la que no recuerdo su nombre: esa melena ondulada, ese rostro de eterna candidez, esa mirada casi perdida en el horizonte…
  3. Y ahora estoy preparando la maleta para ir a Cataluña. Me recomienda mi madre, que está en todo, que lleve casco y protectores (coderas, rodilleras…). Me dice que ha escuchado en la COPE (mi emisora –dice ella) que “se espera un septiembre caliente en Cataluña con eso de la Diada y el veredicto del juicio”. Mi madre, y su emisora, suelen exagerar a veces. Pero, por si acaso…

30 agosto, 2019

Vivimos en un mundo de ilusiones

Filed under: Cosa que de contar fuese — Nicolás Doncel Villegas @ 8:38

ilusiones

28/08/19 – 1. Una joven, con mínimo bikini, adopta todas las posturas posibles para que su cuerpo coja tono moreno; la zona en la que los glúteos hacen pliegue con la parte superior del muslo es territorio imposible para el sol. 2. Una niña chica inglesa de unos ocho meses de edad llora mientras sus padres le cambian el pañal  y vuelven a colocarla tendida bajo la sombrilla; su lloro me hace pensar que ojalá los llantos de todos los niños desaparecieran de la faz de la tierra. 3. Una avioneta sobrevuela la playa con una pancarta que dice: “¿Y si cae aquí el Gordo de Navidad?”; casi seguro que no cae. Vivimos en un mundo de ilusiones.

29/08/19 – Al caer la tarde en estos últimos días de agosto, cuando el sol pierde vigor y la brisa marina manifiesta su poder, dado mi carácter friolero, abandono la sombrilla buscando los últimos rayos que caen inclinados sobre la playa. Me alejo así, con hamaca incluida, del lugar que ocupa mi esposa pues ella, más calurosa, se mantiene a la sombra. La sensación térmica, la temperatura ambiente, es una de las cosas que actualmente me “distancia” de mi santa. La otra, es secreto de alcobas.

30/08/19 – Concluyo esta temporada mediterránea con unos versos del poema “Un himno al mar”, de Jorge Luis Borges: “Yo he ansiado un himno del mar con ritmos amplios / como las olas que gritan; / del mar cuando el sol en sus aguas cual bandera / escarlata flamea; / del mar cuando besa los pechos dorados de vírgenes playas que aguardan sedientas…”

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