La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

1 septiembre, 2017

Aromas contrapuestos

Filed under: De libros — Nicolás Doncel Villegas @ 8:00

 

clip_image002Leyendo uno de los cuentos del libro “Mala letra”, de Sara Mesa, el titulado “Nada nuevo”, magnífico cuento, dicho sea de paso, me encuentro con lo que sigue: “…tras la dama de noche que, aun en la amanecida, seguía apestando con su caliente dulzura putrefacta…”.

Nunca, nadie había calificado, que yo sepa, tan a la perfección el aroma de ese arbusto también conocido como galán de noche. Quizás hay algo de hipérbole en el último adjetivo; sin embargo, para quienes no digerimos bien olfativamente ciertos olores les aseguro que no es nada exagerado. El aroma denso, pesado, que se te pega a la pituitaria cuando anochece y pasas cerca de una dama de noche es un crochet de derecha capaz de dejarte sin aire por unos instantes. Hasta que todo el aparato respiratorio se pone a pleno funcionamiento para limpiar las fosas nasales de tan empalagoso olor uno vive con la sensación de ahogo olfativo.

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Siempre lo he dicho, quizás en este lugar también lo haya comentado ya, el contrapunto al aroma de la dama de noche es el del jazmín. El anochecer aromatizado por las flores blancas de un jardín trepador en un patio silencioso es una de las grandes delicias que un ser humano puede vivir. El olor etéreo, liviano, que desprenden esas flores ayuda a aligerar la carga pesada de la vida diaria, a sobrellevar la canícula veraniega, a espantar los mosquitos insufribles cuando un ramillete de jazmines son depositados en la mesita de noche… Aspirar el aroma de un jazmín arrastrado por una ligera brisa nocturna es la adormidera perfecta cuando el insomnio intenta hacerse fuerte.

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29 agosto, 2017

Mala letra–Sara Mesa

Filed under: Libros — Nicolás Doncel Villegas @ 10:19

 

clip_image002El título de este conjunto de relatos no es el de uno ellos. El título viene de una de esas historias que Sara Mesa escribe para mostrarnos la inquietud de los protagonistas de estos cuentos, protagonistas que son jóvenes, chicas rebeldes o niños que viven con preocupaciones el proceso de crecer. Mala letra viene del segundo de los relatos, Mármol, que escrito así en mayúscula nos avisa ya que no es roca empleada en construcción o escultura sino apellido de uno de esos chicos de los que antes hablaba. En ese cuento la protagonista es reprendida por el maestro, ay, estos maestros siempre reprendiendo, porque no agarra bien el lápiz para escribir: –¿Es que no sabes escribir como Dios manda? ¡Fíjate bien en esto! Era otra vez el maestro de ciencias, obsesionado con mi manera de coger el lápiz. Parece que tuvieras un muñón, me decía, se te van a hacer callos en los dedos, así sólo te sale mala letra…”.

En lo que debía fijarse la chica era en aquellos dibujos de los cuadernillos de caligrafía (que también aparecen en la portada del libro) y que mostraban una mano agarrando bien el lápiz y otra agarrándolo mal: Cuánto me gustaría ahora –si es que aún vive– decirle a aquel maestro que a pesar de coger mal el lápiz, y con mi mala letra incluso, acabé por hacerme escritora. Esa chica acaba convirtiéndose en la autora de estas historias de quienes parecen perderse en el bosque intencionadamente, del joven deforme y encamado, de quienes se creen culpables sin serlo, del peso de la orfandad, del malvado que muere sin remordimiento, de la chica atrapada en el mundo de los otros, de los niños que quieren seguir teniendo un padre…

Quizás la clave de todos esos cuentos sea el último, Mustélidos, en el que una joven autora de un libro de cuentos huye del peligro escribiendo sobre él, utiliza la literatura “como desagüe” del horror cotidiano, de ese peligro y de ese horror que viven los personajes de todos los cuentos de Sara Mesa.

27 agosto, 2017

El final de un verano infernal

Filed under: Varios — Nicolás Doncel Villegas @ 10:48

 

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Esta podría ser la imagen del final de un verano infernal. Infernal en el sentido religioso y termométrico pues pareciese que las calderas de Pedro Botero hubiesen estado a pleno funcionamiento desde mediados de junio convirtiendo este Valle del Guadalquivir en un valle no de lágrimas pero sí de sudores permanentes. Desde entonces, y después de cuarenta días sobrepasando los cuarenta grados, ese cielo azul ha desaparecido hoy. Caen las primeras gotas de agua; deben ser las más valientes y aguerridas porque, con el calor ambiental que se mantiene todavía, algunas andarán evaporándose antes de tocar tierra.

En la foto, adheridos a la maleza reseca, quedaron los caracoles de la lejana primavera. Son los testigos inertes, pegados como lapas fosilizadas a los tallos vegetales y amarillentos, de aquellos lejanos días. Han pasado meses viendo crecer el trigo y el girasol, viendo la recolección y el trasiego de gentes y máquinas a su alrededor, viendo anocheceres silenciosos y soportando días y más días de canícula. Ahora esperan que las lluvias que se anuncian hagan correr el pequeño arroyo en el que se asientan. Esperemos que así sea, esperemos que esas lluvias tan deseadas comiencen ya a humedecer estas tierras sedientas, a convertir los caminos polvorientos en sendas menos estivales, a transformar este verano catarí en un final de estación más agradable y soportable.

26 agosto, 2017

Cuatro palabras para una fotografía

Filed under: Varios — Nicolás Doncel Villegas @ 11:27

 

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Me encontré con esta foto en el facebook de una amiga virtual, Nieves de Lucas. Corresponde a una intervención del Samur Emergencias de Madrid.

Nada más ver la imagen quedé fascinado por la composición escénica que el grupo de personas conforman y por el efecto de la luz sobre ellos. Cuenta Nieves que fue “un momento muy duro: atendemos a un tiroteado en la espalda, en parada cardiaca, al que por falta de respuesta le estamos haciendo una toracotomía.”. La descripción de ese momento acrecienta el efecto de fascinación que antes citaba, aumenta la capacidad de encantamiento que la imagen transmite. Los términos médicos de esa descripción son los cimientos sobre los que se asientan los sentimientos de los sanitarios que atienden a la persona caída, al hombre invisible que se debate entre la vida y la muerte rodeado por quienes tratan de evitar el peor de los desenlaces que el espectador presencia.

Cuenta Nieves que la imagen le recuerda a las representaciones barrocas del Nacimiento. Bien pudiese ser porque hay una cierta “adoración” en los allí congregados. Ese trabajo, sacado de lo estrictamente profesional, siempre he pensado que tiene una gran carga de devoción: “Sentimiento de profundo respeto y admiración inspirado por la dignidad, la virtud o los méritos de una persona, una institución, una causa, etc.” Para mí, la imagen era la conjugación perfecta de dos de las obras más conocidas de Rembrandt: La ronda de noche y Lección de Anatomía. Aquí no está el doctor Nicolaes Tulp impartiendo una lección a un grupo de cirujanos; aquí, todo lo ya aprendido se está poniendo en práctica para realizar el mejor de los trabajos. Aquí no está la compañía militar del capitán y el teniente de impronunciables nombres neerlandeses dispuestos a vigilar la noche de Ámsterdam; aquí está un equipo médico de emergencias sanitarias dispuesto a salvar vidas en la noche de Madrid. Podríamos buscar semejanzas en la composición escénica de la imagen y los cuadros, podríamos hablar de los rostros de los personajes, del efecto de la luz sobre ellos, de la atracción que desprenden las golas blancas en los cuellos de los doctores holandeses y los chalecos amarillos en los sanitarios madrileños, etc. Pero, además de todo eso están las palabras que dan título a los dos cuadros de Rembrandt: ronda, noche, lección, anatomía. Todas ellas están en la fotografía. Y más.

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24 agosto, 2017

Todo se desmorona como cuerpos atropellados

Filed under: Menú del día — Nicolás Doncel Villegas @ 16:38

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A estas horas…

Una semana después:

1. ¿Por qué no había bolardos o maceteros disuasorios? Para mí fue un error. Que podrían haberlo hecho en otra calle. Pues sí. Pero, Las Ramblas son símbolo de Barcelona. Hay que proteger a los ciudadanos, pero también hay que proteger nuestros símbolos porque los terroristas no sólo quieren matarnos, quieren destruir todo lo que somos y nos identifica.

2. Lo que primero se pensó que era “una explosión fortuita en un laboratorio de drogas” resultó ser “una explosión fortuita en un laboratorio de terror”. Tan solo una palabra cambia. Pero, qué transcendente es. Alcanar es sinónimo de Tajuña. ¿Por qué no acudieron los Tedax de la Guardia Civil? ¿Cómo es posible que una propiedad fuese okupada durante tanto tiempo sin que nadie actuase? Hay quienes ven con simpatía las ocupaciones de viviendas. Ya tengo otro motivo más para no compartir esa simpatía.

3. La mayoría de los terroristas eran jóvenes integrados en la sociedad: estudiaban o trabajaban, hablaban español y catalán, formaban parte de equipos deportivos… Esta vez no tendré que sentirme culpable cuando me vengan diciendo que nosotros somos responsables por no haber sabido integrar a quienes cometen estos desmanes. Otra teoría que se desmorona como un cuerpo atropellado.

4. Los mismos que critican a nuestra sociedad por no saber integrar a esos dementes, critican que nuestro país venda armas a otros países que alientan este tipo de terrorismo. Las autoridades dicen que si no se las vendemos nosotros lo harán otros. Todos dicen la verdad; pero, quizás deberíamos ser un poco más pobres, o menos ricos, y tener un poco más de dignidad. Aunque seguiríamos siendo objetivo del mal.

5. Aquel trío de las Azores merece mi desprecio. Pero que todavía haya quienes digan que lo sucedido en Barcelona y Cambrils es por culpa de aquel trío me parece una simpleza. El mismo día que atacaron Barcelona un individuo acuchillaba a varias personas gritando “Alá akbar” en una ciudad de … Finlandia.

5. Un conceller de la Generalitat diferencia entre víctimas catalanas y víctimas de nacionalidad española. Hasta en el dolor siguen pensando en lo mismo. ¿Será porque el mosso que abatió a cuatro terroristas tuvo formación militar en la Legión?

6. El imán que adoctrinó a los jóvenes terroristas tenía antecedentes penales. Un cura de Madrid que ha culpado a Colau (y a Carmena) de ser cómplices de los asesinos por “allanar” el camino de los terroristas al no poner elementos disuasorios debería tener ya su ficha penal. Un alcalde popular manipula una imagen de la alcaldesa Colau como si esta se riese en el minuto de silencio. Las cuperas culpan del rey abajo a todos los que ellas consideran responsables indirectos de los atentados. Qué cansancio de guías espirituales y guías políticos. Ojalá se cayesen de los bolardos morales en los que siempre andan subidos y se diesen un buen coscorrón.

23 agosto, 2017

El espíritu de la escalera

Filed under: De libros — Nicolás Doncel Villegas @ 10:31

 

clip_image002Si lo que acaba de venirme a la cabeza se me hubiese ocurrido en aquel momento se lo hubiese dicho, y así…

A quién no le ha sucedido alguna vez, a quién no le ha pasado que charlando con alguien, en algún debate familiar o con amigos, o incluso en alguna discusión más o menos temperamental, no ha encontrado la respuesta adecuada en el momento culmen para zanjar ese diálogo, no ha hallado la sentencia definitiva en forma de contestación que dejé sin argumentos a nuestro rival dialéctico.

Y a quién no le ha sucedido que poco después de aquel momento en el que la mente no fue nuestra fiel aliada, aquel momento en el que no encontramos la respuesta adecuada, ésta se nos aparece como una epifanía, como una revelación inesperada y luminosa que nos invita a decir aquella frase con la que comenzaba este texto: “Si lo que acaba de venirme a la cabeza se me hubiese ocurrido en aquel momento se lo hubiese dicho, y así…”

Pienso que todos hemos pasado en alguna ocasión por esa situación. Y cómo llamar a esa sensación de desamparo intelectual que padecemos en el momento más transcendente, esa sensación en la que nos hemos sentido batidos por el rival y, posteriormente, abatidos por nuestra minusvalía ocasional. Y cómo llamar al siguiente paso que se encadena con el anterior, ése en el que descubrimos que no somos inferior al otro porque, ahora sí, hemos encontrado la respuesta adecuada; cómo llamar a ese momento en el que fuimos más lentos, o más reflexivos (si de no hundir nuestra autoestima se trata) que nuestro rival dialéctico. Porque todo eso debería tener un nombre.

Y lo tiene. En el libro “De la estupidez a la locura”, de Umberto Eco, leo: “…ese fenómeno que los franceses llaman esprit d’escalier, que consiste en que, apenas llegas a la escalera después de haber hablado con alguien, ves con claridad cuál es la respuesta exacta que deberías haberle dado, la frase que un momento antes no se te ocurrió.”

22 agosto, 2017

Te doy la paz, mi mano y mi mejilla

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 9:39

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Desde el pasado domingo, y hoy ya es jueves, no se habla de otra cosa en el pueblo. Ni los amoríos de don Enrique, el médico, que todos los sábados cierra su consulta para visitar en privado a doña Manuela; ni la fuga a dios sabe donde del gerente de la cooperativa olivarera (con casi tres millones de pesetas); ni la barriga sin matrimonio de Inesita, la hija del tendero de ultramarinos… Todo eso no interesa a las vecinas que cada mañana salen a limpiar las puertas, se saludan y, mientras barren con sus escobas de zahína y refrescan los adoquines de granito con regaderas llenas de agua recién sacada de los pozos, comentan en comandita lo que sucedió en misa de doce el pasado domingo.

Han pasado ya cuatro días desde el hecho más extraño que recuerdan los mentideros de comadres en el barrio bajo y las reuniones de café con leche y hojaldradas que celebran las señoras de los señores en el saloncito femenino del Casino de Labradores. Nadie sabe el por qué. Ni las más acertadas alcahuetas que todo lo llevan y lo traen, ni Frascuelo, el mancebo de la única botica del pueblo, sabedor de todas las hemorroides y urticarias más íntimas que padecen sus vecinos. Nadie conoce las causas que desencadenaron el hecho por el cual don Acisclo tuvo que parar la misa de doce del pasado domingo.

Yo estaba allí, en la parroquia de Nuestra Señora de Gracia, como cada domingo y fiesta de guardar. Había escuchado con atención la lectura del evangelio, la homilía (algo larga para mi gusto), la liturgia de la Eucaristía (en la epíclesis noté un ligero temblor en la mano derecha de don Acisclo; tendría que comentárselo a don Enrique)… Todo se desarrollaba con la tranquila rutina de cada domingo. Algunos esperábamos a que terminasen de comulgar los más fieles. En el otro extremo de mi banco estaba doña Enriqueta, viuda, cincuentona y catequista, que acababa de arrodillarse tras tomar el Cuerpo de Cristo.

Yo tampoco sé el porqué de lo que sucedió minutos después, cuando, llegado el momento de darse la paz, vi que doña Enriqueta se volvía para estrechar la mano de la mujer que estaba en el banco de atrás. Lo curioso es que no recuerdo haber visto a esa mujer en toda la misa. Si la hubiese visto no la hubiese olvidado pues su galanura y su bello rostro eran dignos de admiración. Lo que sí recuerdo a la perfección, porque estaba atento para dar la paz a doña Enriqueta, es ver a la catequista estrechar su mano derecha con la desconocida señora. Fue entonces cuando doña Enriqueta y la aparecida misteriosa se miraron a los ojos y, sin intercambiar palabra, la catequista soltó una sonora bofetada con su mano izquierda en el rostro de la desconocida. Un zagalillo que estaba en el banco de al lado exclamó a voz en grito: “¡Vaya hostia que le ha dado!”. Don Acisclo presenció el alboroto que se formaba tres bancadas más allá del altar y no tuvo más remedio que arremangarse el alba hasta el cíngulo, agarrarse la casulla, bajar los escalones y tratar de poner orden en la escandalera que se había organizado. Mientras, doña Enriqueta, imperturbable, se arrodillaba y comenzaba a rezar. Desde el otro extremo del banco observé como la desconocida, sin decir palabra, con la cabeza levantada y con una enigmática sonrisa se alejaba y abandonaba la parroquia sin que nadie más la haya vuelto a ver por el pueblo. Doña Enriqueta sigue encerrada en su casa desde entonces.

Este cuentecito fue escrito para El Blog de los Lectores de la web de Antonio Muñoz Molina

20 agosto, 2017

Ruido de fondo – Don Delillo

Filed under: Libros — Nicolás Doncel Villegas @ 10:18

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La historia de una familia americana (estadounidense) de los años ochenta; una familia que se ha formado tras la disolución de otras familias (varios matrimonios anteriores que aportan hijos), profesionales de la enseñanza en una típica ciudad americana, hijos adolescentes que viven asentando personalidades, amigos y compañeros de trabajo con características muy especiales… Esa es la primera parte de la novela, salpicada de historias menores que te hacen pasar páginas de una agradable lectura.

Pero llega la nube tóxica, un escape de gas extraño que provoca la evacuación, la ruptura de la vida cotidiana, el desconcierto, y que contamina al papá de la familia, ese profesor experto en Hitler que sirve de engarce a toda la historia. El que ocurra ese accidente contaminante no hace de la novela un relato de catástrofe apocalíptica; tan solo es el elemento necesario para acentuar otras historias ya planteadas. Por ejemplo, quién debe morir primero en la pareja, qué sentirá cada uno cuando el otro ya no esté. Pues bien, parece que ya sabemos que será él, Jack, el intoxicado, quién se irá primero. Pero ahí está ella, Babette, atosigada por el miedo a la muerte, conejillo de indias de experimentos farmacológicos, para llegar junto a él a la tercera parte del libro.

La tercera y última parte es consecuencia de todo lo sucedido anteriormente, lógico, y muestra a unos personajes que están a años luz de los que conocimos al principio de la historia; lógico, también.

Es Ruido de fondo una novela que tiene como trasfondo una catástrofe, pero no piensen en Chernobyl o similares. Aunque sí es ese tipo catástrofe que lleva consigo el pánico a consecuencias desconocidas. Y entre esas consecuencias no están solamente las de la contaminación propiamente dichas sino las que provocan la desestructuración de una vida corriente. Y además están las historias paralelas, los diálogos universitarios, el chico que quiere jugarse la vida, las monjas del hospital (pasaje extraordinario), la muerte vista desde muchos puntos de vista, etc.

18 agosto, 2017

De los troncos retorcidos (y los dulces recuerdos)

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 11:27

 

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Resisten los olivos centenarios del paraje de Santa Rita las calores estivales. Un ramaje más escuálido que otros años, tras la corta intensa, emerge de los troncos retorcidos, ese verso del poeta de Orihuela al que puso voz y música Paco Ibáñez. En la altiplanicie que culmina el pequeño olivar las varetas se amontonan en medio de las calles. Este año hay muchas varetas y poca, muy poca, aceituna. Como diría mi padre: “Ni pá el aceite del año”. Se mantiene el viejo olivar como testimonio de otra época frente a los nuevos olivares de cultivo intensivo, mecanizados, de aspecto homogéneo; olivares en los que prima el rendimiento y que dejaron atrás las viejas faenas del vareo con vara, de la recogida a mano, de la limpia en la vieja criba a pie de tajo, de los sacos repletos de aceitunas que estallaban en su interior dejando la mancha oscura como testimonio del fruto que encerraban… En todo ello pienso mientras miro la hermosura de esos troncos que se agarran a la tierra reseca, esos troncos que se abren dejando oquedades de misterio donde los niños de otras épocas se escondían para jugar, esos troncos que muestran sin pudor como sus protuberancias musculosas se expanden bajo un ramaje creador de sombras incompletas.

Aún no es mediodía y el sol cae a plomo. Un conejo aparece tras el pie de un olivo y se aleja veloz hasta el arroyo. Al fondo, el pueblo de Castro muestra la blancura de sus casas mientras escucho el silencio del olivar tan solo interrumpido por el esporádico canto de la chicharra, ese canto que anuncia otra tarde de canícula. Me subo en el coche y comienzo el descenso por esta tierra que, como dice Manolo, “parece una autopista”. Conduzco entre olivos sin acercarme al filo del arroyo pues el corte por el que discurre su cauce, ahora seco, es un verdadero precipicio. Antes de salir a la carretera miro hacia la cooperativa del pan, asentada en una parcela que antes fue parte de este olivar. Recuerdo, hace muchos años ya, en mi casa de infancia y juventud, a los organizadores de la cooperativa tratando con mi padre la compra-venta de esa parcela. Recuerdo, también, como años después veníamos aquí unos días antes de Semana Santa con la masa de las magdalenas para hornearlas en los dos grandes hornos allí instalados. Abandono el olivar entre dulces recuerdos.

17 agosto, 2017

El footing (2/2)

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 10:04

clip_image00210. Desde que vio la película de aquel tipo que no paraba de correr decidió sentarse en un banco del parque a comer bombones.

11. El profesor de tenis, el maestro de ajedrez… lo entendía. Pero que su esposa hubiese contratado también un entrenador de footing…

12. Desde el hospital recuerda la orden de no salir a correr fuera de los límites de seguridad de la base por el peligro de minas anti personas.

13. Le dice a su mujer que sale a correr de noche porque hay menos contaminación. Lo mismo le dice la vecina a su marido.

14. Su confesor personal le recomendó, por el bien de su cuerpo y su mente, que dejará de fustigarse con el cilicio y corriese todos los días.

15. Cuando Inés salía a correr, y de paso recogía a su hijo del colegio, su camiseta sudada y sus jadeos llamaban la atención de algunos padres.

16. Desde que dejó de ir al gimnasio sale a correr. Así se ahorra el dinero de la mensualidad y de los productos que allí consumía.

17.

18. El sacristán se lo había avisado. Era peligroso correr así. La sotana arremangada se soltó, un mal traspiés y don Serapio alcanzó la gloria.

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