La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

31 diciembre, 2015

Un año con Pla (o el paso del tiempo) – 51. Se acabó. La vida sigue

Filed under: Un año con Pla — Nicolás Doncel Villegas @ 9:10

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Se acabó. Último capítulo de este camino que ha durado un año junto a Pla. “Fin de año más o menos”, lo titula el autor ampurdanés. Esa inexactitud, esa imprecisión, esos implícitos adverbios de cantidad separados por la disyuntiva son debidos a lo siguiente: “ Un año solar, lo que llamamos un año, es el tiempo que tarda la Tierra para dar su vuelta alrededor del Sol. Y esta vuelta dura 365 días y cuarto, o sea 365 días y seis horas.” Esas seis horas nos obligarían astronómica y temporalmente a celebrar el fin de año a las doce de la noche tan solo los años bisiestos. El siguiente deberíamos comernos las uvas a las seis de la madrugada, el siguiente a las doce del mediodía y el tercero a las seis de la tarde. Y claro, esto sería un disloque para los organizadores de los cotillones, provocaría disfunciones cerebrales en los amantes de estas fiestas multitudinarias, trastornos psicológicos en los usuarios de matasuegras y confetis a granel, etc. Aunque por otra parte, dado el gen festivo que poseen muchas de las gentes de este país, tan dado a festejos incomprensibles para mí como es el correr delante de una manada de toros o embadurnarse a tomatazos, habrá quien piense que sería más divertido tomarse las uvas a las doce del mediodía que a medianoche, hacer la conga a las seis de la tarde que a las seis de la mañana y escuchar las campanada a esa hora en la que está próximo el amanecer antes que a esa en la que toda cenicienta debe volver al hogar de sus pesares. Quizás los nuevos gobernantes que estamos esperando se decidan a ponerse de acuerdo y pudiesen legislar sobre ello.

Mientras tanto hoy vuelve a terminar otro año. Un espacio temporal determinado por el hombre en el que se suceden las alegrías y las penas, en el que la vida y la muerte se hacen presentes, en el que hubo momentos para el pesar y para el gozo. Un año en el que las balanzas personales ojalá queden al menos equilibradas en lo positivo y lo negativo, en el bien y el mal. La vida sigue.

30 diciembre, 2015

Un año con Pla (o el paso del tiempo) – 50. Haciendo balance

Filed under: Un año con Pla — Nicolás Doncel Villegas @ 9:16

Cuenta Pla que un día un eminente cirujano le contó que, “para él, el año comenzaba cuando se le terminaban las vacaciones veraniegas…”. Siempre he defendido algo parecido. Habiendo sido estudiante y maestro de manera continuada desde que tenía cuatro años hasta casi cumplir sesenta ha habido múltiples ocasiones en las que para evocar momentos vividos he dividido el tiempo en cursos escolares y no en años naturales: “Aquel curso en el que estuvimos en tal colegio y…”, “El curso en el que nació…”. Esto que llamamos tiempo es tan maleable en su división que aunque hemos adoptado el año natural como medida casi general no está mal recordar que unos podemos parcelarlo en cursos como otros pueden hacerlo en campañas agrícolas o en temporadas futbolísticas.

clip_image002Sea como fuese es tiempo de Navidad, que, según cuenta también Pla, es tiempo terminal, tiempo en el que la mayoría de las cosechas del campo están recogidas y tiempo en el que los industriales hacen balance. En esto sí que difiero pues en tierras de olivares no toda la aceituna está recogida y los pocos industriales que por aquí quedan tras el paso desolador de la crisis ni siquiera sé si pueden hacer balance. Eso de hacer balance a final de año es como hacer memoria a finales de junio. Los comerciantes hacen balances como los maestros redactamos memorias, palabra esta que es más moderna a la hora de resumir los debes y haberes, los ingresos y los gastos, los pros y los contras, los beneficios y las pérdidas, los objetivos cumplidos y los estándares propuestos para mejora. Y como ejemplo de los efectos que sobre la humanidad en general o sobre el individuo en particular puede tener un buen balance, una buena memoria (entendida ésta como resumen de lo mejor y lo peor de un determinado tiempo transcurrido), les dejo aquí lo que un día presenció el propio Pla relacionado con estos resúmenes que tan habituales son por estos días del año:

“Un buen balance es capaz de todo, porque es cosa diríamos mágica, y a este respecto recuerdo un caso relacionado con un balance, que constituyó uno de los asuntos más excepcionales que he visto en mi vida. Me encontraba de visita en casa de un industrial de nuestra industria básica y la visita transcurría crepuscularmente. Mi amigo, el señor de la casa, estaba tendido en un sofá y tenía una mejilla que le pesaba más de un kilogramo a consecuencia de un dolor de muelas aparatoso y terrible. Siendo mi amigo un hombre muy flaco, tenía, a consecuencia de la hinchazón, aquel aspecto tan pintoresco y tan extraño que tienen los flacos con dolor de muelas. De pronto entró en la habitación sombría un señor muy respetable, el cual entregó un papelito blanco al paciente. Era su jefe de contabilidad. En cuatro líneas estaba resumido el balance del año. Y yo vi esto con mis propios ojos: vi cómo se deshinchaban los tejidos de su cara y cómo el rostro aparecía luego completamente normal. ¿Han visto ustedes alguna vez cómo se deshincha un tejido? Es cosa muy seria, aunque no haga ruido. Se trataba de un simple papelito en que había unas ganancias de dos millones y pico de pesetas. El microbio había parado en seco.

He preguntado a algunos médicos qué relación puede tener la microbiología de la boca con los balances, y no me supieron dar nunca razón.”.

Reflexionemos sobre cuánto bien generan esos compendios que todos hacemos en un determinado momento de nuestra vida y cuyos resultados nos salen a favor. La desaparición de un flemón puede convertirse en algo banal comparado con otros beneficios que puedan generar esos saldos positivos.

25 diciembre, 2015

Un año con Pla (o el paso del tiempo) – 49. El gallo y el pavo de Navidad

Filed under: Un año con Pla — Nicolás Doncel Villegas @ 13:09

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Escribe Pla sobre la comida de Navidad, y más exactamente de la antigua tradición barcelonesa de preparar esa comida con el gallo como elemento fundamental de tal ágape. La plumífera ave me ha hecho recordar que en mi infancia mi padre solía regalar no un gallo pero sí un pavo, criado en el corral de la casa o en el del campo, a quien por entonces era un personaje a tener en cuenta por los agricultores: el Jefe del Servicio Nacional del Trigo. En aquella época el Estado aún mantenía el control del comercio del trigo, práctica heredada de aquellos años de postguerra y hambrunas, y los almacenes del llamado Servicio Nacional del Trigo eran dirigidos por unos señores que me imagino ocuparían esos cargos por ser fieles al régimen político.

Estar a bien con el Jefe (cuántos puestos oficiales tenían tal denominación) suponía que cuando llegase la época de la recolección el trigo tendría cabida más fácilmente en aquellos almacenes, no encontraría obstáculos ni hándicaps de limpieza o humedad. Si para ello había que sacrificar, regalar, uno de los mejores pavos del corral pues el niño agarraba la pieza y caminaba con vergüenza por las calles céntricas del pueblo un par de noches antes de Navidad hasta entregar el presente emplumado en la lujosa casa del Jefe.

Hace años ya que desapareció el Servicio Nacional del Trigo, y sus Jefes. Hoy dependemos de otros jefes, los mercados, que marcan los precios del trigo a su antojo. Y ve tú a regalarles un pavo, o un gallo al almacenista comprador, ese que se titula así mismo Pastas Gallo. La vida tiene estas gallináceas coincidencias.

La memoria y los recuerdos me han distraído del asunto principal de este comentario: la comida de Navidad. Sobre ella escribe Pla: “En el ramo de la cocina, como en la mayoría de las actividades humanas hay bien poca cosa que inventar. Al contrario: lo que hay que hacer es olvidar rápidamente las llamadas últimas novedades. Lo que importa es conservar, continuar las tradiciones familiares y sociales del núcleo humano de que formamos parte. Comamos, pues el gallo, como Dios manda, como ha de comerse, de acuerdo con la larga experiencia que tenemos de nuestros antepasados.”

Bien. Donde escribe gallo podemos escribir pavo, tortilla, potaje, etc. A pesar de Adriá y sus fanáticos seguidores uno confía más en la sabiduría de Pla y en la tradición culinaria.

22 diciembre, 2015

Un año con Pla (o el paso del tiempo) – 47. La frialdad de la eclíptica

Filed under: Un año con Pla — Nicolás Doncel Villegas @ 15:32

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Hoy ha llegado el último cambio estacional del año. Este solsticio invernal de noches eternas y días mínimos viene de la mano de los niños de San Idelfonso, con su repetitiva cantinela de números, euros y esperanzas frustradas para la mayoría. Este año vienen también con la resaca electoral. Solsticio de invierno y elecciones es una combinación que no recuerdo se haya dado en esta España de andanzas democráticas. Veremos cómo se adaptan los nuevos gobernantes a estos días navideños en los que el debate, las conversaciones y las componendas políticas se bañan en anís y se endulzan con mantecados y polvorones.

Está bien que haya llegado este quiebro que la Tierra hace en su deambular celeste. Poco a poco, muy lentamente, los días comenzarán a estirarse, veremos a los atardeceres alargarse casi con vergüenza minutera, seguiremos saliendo a pasear a la luz de las farolas y abrigados (aunque este año diciembre invierno esté siendo casi cálido) porque hasta febrero no sentiremos realmente que el invierno comienza a envejecer. Antes, en la infancia, estos eran los días temidos de la matanza del cerdo, los días vacacionales de austeridad y horas de juegos en la casa porque la calle era lugar inhóspito, las noches de mesa camilla al calor del brasero de picón. Antes y ahora el solsticio invernal venía acompañado también de las vacaciones escolares de Navidad. El de este año será el último solsticio invernal escolar. No solo la Tierra describe su eclíptica curva alejándose paulatinamente del Sol, también uno está en ese viaje en el que todo va quedando atrás. Debe ser la frialdad de la eclíptica.

 

16 diciembre, 2015

Un año con Pla (o el paso del tiempo) – 46. Aquellos días de frío

Filed under: Un año con Pla — Nicolás Doncel Villegas @ 15:43

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No recuerdo un diciembre tan cálido como el presente. Es por ello que al leer el capítulo en el que Pla escribe sobre el frío decembrino uno tiene que hacerlo con la memoria presente en el teclado.

El frío es un incordio, uno más de los que impone la meteorología. Cuando el frío se hace sentir y el cuerpo es incapaz de combatirlo no queda más remedio que acudir a todo lo que hemos sido capaces de idear para combatirlo: desde la siempre querida bufanda hasta el más moderno sistema de calefacción hogareño.

Son esos días en los que las largas noches hacen bajar las temperaturas hasta helar las casas y hacer que cuando amanece, y el sol de la mañana calienta en las calles y en los campos, en el interior de esas casas haga más frío que en el exterior de ellas. Sienta bien entonces sentarse a la recacha, protegido del vientecillo norteño que suele soplar, colocar la cabeza a la sombra y los pies al sol y ver pasar la vida.

El frío del pasado, de aquellos años en los que tan solo el brasero de picón calentaba a los que se acomodaban alrededor de la mesa camilla. El frío de las mañanas invernales camino del olivar durante los días de vacaciones navideñas. El frío de aquellas noches de baño de zinc en las que el agua llegaba casi a hervir en aquellas antiguas ollas. Mucho era el frío que se pasaba en aquellos años de infancia y precarias comodidades. Así lo cuenta Antonio Muñoz Molina, del cual soy coetáneo por año de nacimiento:

“Más allá de las mantas y del embozo que me cubría hasta más arriba de la mitad de la cara notaba el aire helado, el frío que se había ido adueñando de toda la casa a lo largo de la noche y que me alcanzaría en cuanto saliera del refugio de las sábanas, las pesadas mantas, la piel de oveja que me ponían sobre la colcha, el frío húmedo adherido a las paredes de cal y a las baldosas de barro sobre las que se apoyarían mis pies como sobre láminas de hielo.”

Pero este año el gélido diciembre se ha transformado en un eterno otoño post estival que te hace rehuir del sol del mediodía, que te hace guardar las sábanas “de pelito” y que, esto es lo peor, sigue manteniendo los paraguas en el paragüero, convirtiéndolos en objetos inservibles tras tantos días de sequía continuada.

10 diciembre, 2015

Un año con Pla (o el paso del tiempo) – 45. Voy a dar una vuelta

Filed under: Un año con Pla — Nicolás Doncel Villegas @ 18:02

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En estas tardes cortas de diciembre, cuando el sol se marcha en un suspiro y el frío cae sin ser aún helador, hay veces que el cuerpo demanda movimiento y la mente despejarse. En esas ocasiones, abandonando el confort (esa palabra que en un tiempo fue tan moderna), abandonando la comodidad del calor del hogar, a uno le apetece “hacer esta cosa insignificante que se llama ir a dar una vuelta”, escribe Pla.

Sí, esa cosa tan insignificante te obliga a cambiar de ropa y calzado, abrigarte y ponerte a caminar sin rumbo fijo. En los pueblos las opciones para elegir itinerarios son menos pues no es apetecible salir a las afueras en las que el viento sopla sin posible abrigo y donde la noche parece más cerrada. Uno camina pues por las calles observando luces de interior, visillos que a veces se descorren para ver pasar al transeúnte solitario, figuras desvanecidas entre cortinajes translúcidos, comercios escasos de clientela… Antes, cuando Pla escribía este libro que llevamos once meses compartiendo, el caminante de estos anocheceres se topaba en su camino con locales en los que artesanos de todo tipo realizaban sus labores a la vista de los que por allí andaban. Y como todos se conocían el caminante podía hacer paradas en la carpintería o en la herrería, echar un rato de charla con el talabartero o con el zapatero remendón. Ahora, desde que se inventaron los polígonos industriales, es difícil encontrarse esos lugares (aunque alguno queda dentro del llamado casco urbano) en los que la chispa de la fragua o el serrín de la madera sean perceptibles por el caminante. Están los escaparates mil veces vistos pero que siempre atraen la atención, los de tejido y confección, los de electrodomésticos en los que calefactores y secadoras son los reyes, el de zapatos y botas invernales… Están las puertas de esos comercios que al abrirse dejan salir el calor y el olor del pan caliente y el aroma de los dulces, de los bares en los que siempre hay algún cliente fiel. Y están las calles adoquinadas que te llevan a un extremo para que regreses por otra que te dejará a las puertas de la casa tras haber dado esa cosa tan insignificante que se llama ir a dar una vuelta.

24 noviembre, 2015

Un año con Pla (o el paso del tiempo) – 44. Los días más cortos ya están aquí

Filed under: Un año con Pla — Nicolás Doncel Villegas @ 19:41

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Hace aproximadamente un mes cambiamos al horario de invierno. No me gusta ese cambio, a casi nadie le gusta. Es un salto a la nocturnidad prematura, un acelerón intempestivo a lo que Pla llama “los días cortos”. ¿Por qué acelerar lo que deviene de forma natural? Me asomo a la puerta de casa y la noche se ha hecho tan rápida que ya no hay niños que jueguen en el parque, tan solo la luna se envuelve en una manto que parece de algodón. El tren pasa con pausa y a través de las ventanas se divisan figuras iluminadas con la oscuridad de fondo. Hay que salir a caminar pronto si no quieres que la nocturnidad te agarre y el frío de la tarde parece llegar antes de lo esperado. Los sabios que nos gobiernan dicen que así se ahorra energía. Así será, pero ese ahorro lleva consigo un aumento de ese frío vespertino que no es solo el que marca el termómetro sino también el frío de la melancolía que acompaña las largas noches de estos meses venideros. Así será hasta que, con el sorteo de lotería navideño, el combate entre la noche y el día comience a cambiar de signo. Pero hasta entonces aquellos que temen la llegada de la noche verán cada vez más lejos la llegada de la luz del alba, aquellos que padecen el insomnio como un castigo de horas muertas sin luz sentirán una y otra vez el lento paso del tiempo. Tan solo la luz taciturna de los pocos faroles que permanecen encendidos en horas de conticinio y silencio será la que ilumine esa esperanza de que un nuevo día habrá de amanecer.

2 noviembre, 2015

Un año con Pla (o el paso del tiempo) – 43. La muerte es el mayor de los recogimientos

Filed under: Un año con Pla — Nicolás Doncel Villegas @ 11:06

clip_image002Titula Pla uno de sus capítulos “El tiempo de las castañas”. Y uno espera que escriba sobre este fruto rico en carbohidratos que por estos días aparecía en los puestos callejeros. En aquellos puestos de asadores que exhalaban ese aroma tan particular cuando la castañera agitaba el caldero o la olla para que todas las castañas se asasen por igual. Aquellos puestos en los que se compraban los cartuchos hechos con papel de periódico o papel de estraza y con los que uno se calentaba las manos ateridas por los primeros fríos otoñales. Pero no. No escribe Pla sobre las castañas sino sobre lo que este tiempo conlleva: el recogimiento y la conmemoración de los fieles difuntos.

El recogimiento es el acto de buscar el interior, el interior del hogar que nos acoge y protege de la inclemencia exterior, del frío y de la lluvia; y el interior de uno mismo, ese que nos hace conocernos mejor y nos protege de la frialdad que en ocasiones nos hiela el alma. Eso que Pla escribe con gozo: “Cerrar las puertas, puro encanto! ¡Limitar el horizonte, arrinconarse al amor de la lumbre, auténtica delicia!” Y más ahora, cuando el movimiento de la Tierra, la inclinación del eje terrestre y la ordenanza legal acortan los días hasta convertirnos en seres casi nocturnos, seres que huyen de la vida callejera para refugiarse allí donde haya un interior.

El tiempo de las castañas trae también consigo el día de los Fieles Difuntos. Uno diría que si el hombre tiende a recogerse en su interior la muerte es el mayor de los recogimientos. Impone la tradición que el día de los Fieles Difuntos los vivos deben rendir visita a los que se fueron para siempre. Se visita los cementerios, que días antes han recibido el trajín de los familiares que han limpiado tumbas y embellecido nichos con adornos florales, se recuerda lo que se vivió con aquellos que ya no están, lo que se pudo decir y no se dijo, lo que se debió de decir y se calló, se pone en marcha, como escribe Pla, el mecanismo de la memoria y la conciencia. La memoria, esa que tantas veces nos lleva al recogimiento; y la conciencia, esa que a veces nos hace desear no tener memoria.

30 octubre, 2015

Un año con Pla (o el paso del tiempo) – 42. Todo se siembra

Filed under: Un año con Pla — Nicolás Doncel Villegas @ 16:39

clip_image002Hace años, cuando todo el trabajo en el campo se hacía con la mano de obra del hombre y la fuerza de los animales preparados para ello, algunas tareas comenzaban antes de lo que suele hacerse ahora. Es el caso de la siembra del trigo. Escribe Pla de la siembra en este mes de octubre que se nos va. Eran años en los que la yunta de bueyes o de yeguas tranquilas arrastraban el arado levantando la tierra que luego sería sembrada a mano, a voleo, para que la simiente fuese posteriormente enterrada. Eran faenas que necesitaban de mucho tiempo, de muchos días. Hoy, la maquinaria moderna acelera ese proceso, adelanta la faena y es posible retrasar la siembra hasta noviembre, e incluso diciembre, cuando el campo se ha humedecido de lluvias otoñales.

Uno, que lleva ya a sus espaldas numerosas sementeras, recuerda aquellos campesinos cargados con la saquilla cruzada sobre el hombro arrojar la simiente con la esperanza de que recogerá la cosecha cuando lleguen las caniculares jornadas estivales. Luego llegarían las máquinas sembradoras y los tractores, los remolque cargados de sacos de semilla certificada y el trabajo placentero de observar que la faena se cumple en pocos días. Si esas jornadas son secas y soleadas uno soporta el frío mañanero y disfruta de mañanas y tardes agradables. Si son días de lluvia el barro lo atrapa todo y la faena se hace más desagradable.

Escribe también Pla sobre la otra acepción del término sembrar, ese tópico de la oratoria por el cual sembramos ideas, esperanza, odio, miedo o ilusión. Siembra y recogerás, dice el refrán. Y a ello se agarra el padre que educa a su hijo o el maestro que enseña a su alumno. Nos pasamos la vida sembrando y esperando recoger. En esa espera estamos, mientras llega el invierno y la simiente germina, las ideas se asientan y lo enseñado se convierte en cosecha de aprendizaje.

22 octubre, 2015

Un año con Pla (o el paso del tiempo) – 41. Confituras y otros avíos

Filed under: Un año con Pla — Nicolás Doncel Villegas @ 15:56

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Hay palabras que al ser pronunciadas parecen referirse a algo diferente a lo que representan. En cambio no sucede así con otras. Pondré unos ejemplos. Si pronuncio la palabra “almíbar” la boca se me deshace en dulzura. En cambio, cuando pronuncio “confitura” el sonido no me traslada a esa mezcla gelatinosa de fruta y azúcares; hecho que sí ocurre con “mermelada”, que aun siendo diferente no anda lejos de la anterior.

Es otoño tiempo de confituras. Por estas tierras no existe tal costumbre. No recuerdo esas labores de meter en botes la fruta confitada de la que escribe Pla. Solo recuerdo el dulce de calabaza que rellenaban las empanadillas que se freían y desprendían aromas de gloria en las tardes otoñales de mi infancia. También recuerdo las uvas más gruesas de la parra del patio echadas en recipientes de cristal a los que se había llenado de aguardiente. Era costumbre que llegados los días navideños aquellos tarros se abrieran y se degustaran las uvas bañadas en anís seco. Tradiciones que vienen de lejanos tiempos en los que había que conservar para el invierno, llenar las despensas de zafras, potes y orzas que abastecieran de proteínas y dulzor a los meses en los que el frío era el rey. Sí recuerdo envasar el tomate en conserva, preparar los alcaparrones en vinagre y, por supuesto, la matanza y su enorme provisión llegarían más adelante. Y en todo aquel mundo de pueblo y casas en las que el calor se iba y el frio se apoderaba de suelos y paredes las vecinas intercambiaban sus avíos, sus preparados que se diría hoy, fomentando una relación de vecindad que iba más allá de lo físico. Lástima que entre todo aquel ir y venir no hubiese confituras de verdes ciruelas o rosadas cerezas.

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