La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

19 enero, 2018

Yo no soy ese que usted se imagina

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 10:49

carteroCamino por una calle cercana a mi casa y una señora que viene en sentido opuesto, unos metros antes de cruzarnos, me dice:

Mal lo veo hoy andando.

Teniendo en cuenta que mi andar era normal, puesto que esa mañana no me sentía muy perjudicado por el dolor que a veces afecta a mi extremidad inferior izquierda, me quedé bastante sorprendido por su observación. Además, en comparación, el caminar de ella era de un ligero balanceo parecido al de las antiguas muñecas de Famosa y lo hacía ayudándose de un bastón. Así que, ante mi duda, le respondí preguntándole:

– ¿Cómo dice?”

Es entonces, estando ambos a la misma altura de la calle, cuando la mujer se da cuenta de su error y me contesta:

Ay, qué me he equivocado, le he confundido con el cartero”.

Es ahí cuando veo la luz en este equívoco: no es que mi andar fuese patoso ni cojitranco; simplemente iba andando, mientras que el cartero siempre va en moto, realizando eficazmente su tarea al llegar motorizado hasta los buzones caseros. Es un funcionario al que es difícil ver caminar, como siempre ha hecho el clásico cartero, tirando o empujado su carro de Correos.

Lo que sigo sin comprender es porque la señora me confundió con el cartero. En el momento de los hechos yo vestía chaquetón azul marino y pantalón de chándal negro; bajo el chaquetón sudadera gris que dejaba ver una estrecha raya blanca. El cartero viste pantalón y chaquetón azul marino (hasta aquí podríamos ser confundidos por alguien que no ande muy bien de vista); pero, su chaquetón luce unas llamativas y amplias  franjas amarillas (y aquí la confusión ya comienza a ser difícil por muy fastidiada que tengamos la visión). Pero, sobre todo, yo cubría mi cabeza con gorra gris de invierno y el cartero motorizado siempre protege la suya con un casco del inconfundible y vistoso color amarillo correos.

En fin, como era la segunda vez que me confundían con alguien durante estos días invernales seguí caminando mientras tatareaba mentalmente la letra de la canción de Mari Trini “Yo no soy esa que tú te imaginas…”.

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7 enero, 2018

Pensamientos de alquitrán

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 10:14

alquitránHace unos días, tras un mes de no hacerlo, salí a caminar por la carretera. En ese tiempo han arreglado un tramo de la circunvalación del pueblo, entre la calle que sube a la ermita y el magno viaducto que hicieron hace ya unos años al final de la calle Lopera. En la carretera, sobre la valla metálica que protege a vehículos y caminantes de caer en el canal que, a su vez, protege a la vía férrea de las aguas que bajan en torrente del cerro (cuando llovía torrencialmente) había restos del alquitranado. Cogí un trozo de ese sólido alquitrán, de un color negro carbón de Reyes, de apariencia rocosa, pero que entre mis manos se desprendía fácilmente en pequeños fragmentos rugosos, algunos de los cuales (los más diminutos) intentaban adherirse a la piel de mis dedos. Pensé que igual sucede en algunas relaciones humanas, se ven de un color homogéneo, aparentan una uniformidad pétrea; pero, cuando uno se acerca y las observa con detenimiento comienza a ver las grietas, aprecia cómo se van descomponiendo hasta que se rompen en mil pedazos, algunos de los cuales, los más pequeños, o los más intensos, quedan para siempre adheridos en la memoria en forma de recuerdos imborrables.

Di un manotazo mental a pensamientos tan profundamente inquietantes, me coloqué los auriculares y comencé a escuchar un podcast del programa radiofónico “Nadie sabe nada”, que siempre es un buen antídoto para asear la mente y limpiarla, con su gel de ocurrencias y su champú de disparates irrisorios, de dilemas altamente tóxicos para la salud mental. Así seguí caminando más liviano por caminos terreros, observando los trigos verdeguear, los olivos despojados ya de sus frutos y los barbechos en espera de simientes primaverales.

21 diciembre, 2017

Queja/sugerencia a los Reyes

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 10:15

pajes

Hoy vengo a presentar una queja/sugerencia a los Reyes; no a los dos Reyes de España sino a los tres Reyes de Oriente. Les cuento…

El pasado domingo por la tarde salgo con mi santa a dar un paseo por el pueblo. El Jardín del Lirio luce tonos de otoño decadente. Evitamos la Ribera del Guadalquivir pues el sol está cayendo y es mejor escapar de humedades innecesarias. Nos dirigimos a la Plaza del Ayuntamiento en la que nos encontramos gran algazara de gentes. Nada más llegar se nos acerca un grupo que porta un cartelón con números en los que apuntan el nombre del jugador tras pagar por participar en el sorteo de un jamón. Me pido dos números a ver si hay suerte. Adelanto ya que no la habrá; aunque estuve cerca: salió premiado el 181 y uno de mis números era el 171; la decena me hizo perder el jamón. Al otro lado de la plaza, junto a la fachada del Ayuntamiento, la humareda olorosa y un cartel colgado en la pared desvelan que la Hermandad del Nazareno ha montado un eventual puesto de churros. No participo de la degustación de tan atrayente masa frita pues antes de salir de casa me he merendado con varios y muy ricos pestiños recién salidos de la cocina de mi santa. Aparte de las gentes del jamón rifado y los churros solidarios, la mayoría de los allí concentrados forman una larga fila compuesta de niños, padres y abuelos que van a entregar la Carta a los pajes reales. Y es aquí dónde salta la queja.

Sabe uno que vivimos en tiempos acelerados, tiempos en los que los libros de texto se ponen a la venta a mediados de agosto y los mantecados navideños  aparecen tras el Día de Difuntos. Todo se adelanta a su tiempo tradicional. Y eso me parece que ha sucedido, aunque no tanto como en los ejemplos anteriores, con la visita de los pajes de los Reyes de Oriente. Si a estos se les espera en la madrugada del día 6 de enero los pajes tenían tiempo suficiente para hacer su trabajo. Por ejemplo, el sábado 23. Ese día, más cercano a la Nochebuena, acogería a los paisanos que están trabajando fuera y vuelven para Navidad; estos pueden ser uno, un mil o un millón pues nunca se sabe con estas realidades tan mágicas. También hubiesen estado en el pueblo quienes el pasado domingo por la tarde tenían que marcharse a sus lugares de estudio y trabajo. Y, además, el sábado 23 todos los niños y niñas estarán ya de vacaciones navideñas. En fin, que me parecía que retrasar una semana la visita de los carteros reales hubiese sido mejor. Se me ocurrió todo ello porque pensé que así yo podría haber estado en esa fila con mi nieta, una más de esas villarrenses que están fuera y vuelven por Navidad. Es por ello que en mi carta a los Reyes, además de la petición de regalos, he presentado esta queja/sugerencia a SS.MM Mágicas. Se lo he escrito a ellos porque imagino que el Ayuntamiento, aunque haya dado cobijo y posada en su Plaza a los ilustres visitantes, nada tiene que ver con todo esto.

Cuando ya se había hecho la noche, y el magnífico alumbrado navideño de la plaza iluminaba la fila de los que aún esperaban para entregar su carta, tomamos el camino de regreso a casa tras pasar por la también esplendorosa y fulgurante fachada (y atrio) de la parroquia.

12 diciembre, 2017

Pisando las hojas resecas del otoño que perece

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 11:05

otoñoLa foto corresponde a la tarde del pasado domingo. El frío, asustado por las lluvias que llegarían de madrugada, se ha marchado rápidamente para dejar sitio a una tarde nublada y plácida en la que el caminante puede desprenderse de abrigo y pasear placenteramente.

Son las horas en las que los hijos viajan a sus lugares de residencia y trabajo. Uno se desplaza valle abajo, junto a ese río que se asoma con timidez entre la arboleda, hasta la capital del poble andalú. El otro viaja a latitudes más sureñas hasta encontrarse con el mare nostrum del estío y la veleña Axarquía. Son esas horas de viaje que uno también transitó hace años, mientras escuchaba en la radio del Renault-5 el Carrusel Deportivo, por aquellas carreteras que llegaban hasta el gaditano pueblo que fue lugar de trabajo y aposento.

Camino pisando las hojas resecas del otoño que perece tratando de ver el Guadalquivir entre la abundante vegetación de ribera. Hay lugares en lo que ello es imposible. El agreste paisaje cubierto de espesa maleza impide ver el discurrir del río. En mi ingenuidad pienso en una limpieza vegetal de ese espacio, en un aclarado de la silvestre vegetación que en esta orilla urbana del río crece a sus antojo. Me imagino, también, a ecologistas y naturalistas condenándome por pensar que se puede adecuar la naturaleza a una realidad humana que conserve y, al mismo tiempo, la adecue de la mejor manera al goce del hombre/paseante. No sé si mis pensamientos son los del depredador humano o los del hombre de pueblo que desde su ingenuo imaginar ve un río más integrado en el núcleo urbano que lo abraza en uno de sus grandes meandros. Imaginando me entretengo mientras busco un lugar en el que hacer una foto que refleje lo que pienso: el otoño que se va, el río que se deja ver, las hojas resecas, el camino que andamos…

5 diciembre, 2017

Señales para interpretar

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 9:57

Quienes vivimos en pueblos solemos llevar una vida más tranquila que aquellos que viven en ciudades: el sonido de una sirena nos hace asomarnos a puertas o ventanas para ver qué pasa. Lo anterior es un ejemplo, pero hay muchos más. Por ejemplo, es difícil que nos sorprenda el escaparate de un comercio que se salga de los cánones clásicos del escaparatismo; o una performance callejera de algún grupo teatral marginal, de un grupo ecologista alternativo o de alguna asociación que reivindica los derechos de una tribu amazónica (si es que queda alguna). Cuando caminamos por el pueblo prestamos más atención a los vecinos con los que nos cruzamos para cumplir con el educado saludo o preguntar por la salud, si ya ha pasado un tiempo sin vernos, porque poco más hay de nuevo en la vida diaria.

En esas caminatas callejeras o por los alrededores del pueblo uno trata siempre de vislumbrar algo que se escape de lo rutinario, de lo repetitivo. Lo último que llamó mi atención es lo que aparece en la siguiente imagen:

Señales

Sobre algunos de  los anclajes metálicos de una valla protectora en una de las rondas que circunvalan la localidad observo que aparecen unos números (2 0 1) y unas figuras indefinidas realizadas con alguna pasta adhesiva que me resulta imposible de despegar y que se fracturan si se les aplica demasiada fuerza. Uno se pregunta qué significado tienen, quién o quiénes los han realizado… Mientras uno sigue caminando imagina claves secretas transmitidas a gentes desconocidas, mensajes indescifrables para el común de los mortales que tienen una finalidad desconocida. Piensa uno, salvando las distancias, en las inextricables líneas de Nazca, en las claves ocultas de la Gran Pirámide de Keops o en los mensajes cifrados que han transmitido los grandes artistas en sus obras pictóricas o en los capiteles de algunas columnas románicas. Y sigue uno caminando sin que se escuche ninguna inoportuna sirena; tan solo el ruido de un tractor que regresa del tajo con el remolque cargado de aceitunas.

23 noviembre, 2017

Del ángulo agudo a la zona de columpios

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 9:54

ángulo y columpiosSentado en el banco de sol y sombra hago una pausa en mi lectura de la última novela de Javier Marías y observo a quien me acompaña en el parque en la mañana del pasado sábado.

En el otro extremo, allá donde el parque forma su ángulo más agudo, una chica habla por teléfono con su padre; parece estar enfadada y contradice todo lo que le llega del otro lado de las ondas: “Eso no es así”, “pues yo no estoy de acuerdo”… son las frases que más repite. Por un momento la comunicación se corta, pues dice varias veces “hola, hola…”, mientras retira el aparato de su oreja y mira la pantalla. Pienso que el progenitor debe haberse cansado de tantas negativas. Segundos después la comunicación vuelve en el mismo tono, pero esta vez al otro lado está su madre: “no estoy de acuerdo con lo que dices”, “ni por asomo, vamos”… Estoy comenzando a preocuparme por esa relación familiar que parece atravesar un mal momento cuando escucho a la muchacha despedirse de su progenitora con un tranquilizador:“Bueno, mamá, adiós, besitos”. Respiro aliviado.

En la zona de juegos infantiles un niño y una niña han volteado los dos columpios para que un tercer niño, más pequeño, no pueda deshacer la operación y columpiarse. El perjudicado pide a los otros dos que deslíen las cadenas de los columpios. Como no es correspondido, desesperado, busca amparo en un grupo de jovenzuelos que están sentados sobre el césped del gran arriate cercano a la zona:

Oye, bajadme los columpios porfa…

Sí, hombre, no tenemos otra cosa que hacer, que bajarte los columpios –responde uno de los zagalones, con esa voz que anuncia cambio de etapa vital, mientras no deja de mirar el teléfono móvil tal como hace el resto del grupo.

Estoy por levantarme y ayudar al desvalido cuando la situación se soluciona porque la niña desenrolla uno de los columpios. Mejor así. Mientras vuelvo a mi lectura pienso en algunos de los protagonistas de esta historia del columpio y los veo hace dos o tres años, no en el parque sino en el patio del colegio.

 

12 noviembre, 2017

Treinta y tres

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 12:36

33“Donde se cuenta la novela del curioso impertinente” es el título del capítulo XXXIII de El Quijote. Treinta y tres son los años que vivieron Jesucristo y Alejando Magno, cada uno dedicado a lo suyo. Y a los 33 días de ser nombrado Papa murió de manera misteriosa Juan Pablo I. Las antiguas losas de terrazo de mi casa  eran cuadrados de 33 centímetros de lado. El 33 es el número atómico del arsénico y treinta y tres fueron los mineros chilenos rescatados de la mina de san José. San Basilio Magno es el santo del trigésimo tercer día del año. Los médicos solían pedir a los enfermos, cuando auscultaban su caja torácica, que dijesen treinta y tres…

Las hay de reciente obra y otras con más solera; algunas incluso han perdido su consistencia y han devenido en polvo. Otras han sido holladas por suelas despistadas de calzado humano quedando despanzurradas sobre el adoquinado y originando huellas que revelan el refregar insistente de quien intenta dejar atrás la impertinente adherencia. Las hay de diversos tonos cromáticos, diferentes texturas y variadas formas: desde el negro carbón al gris cemento, de sólida consistencia a masas viscosas, cilíndricas, redondeadas y amorfas. Sobre algunas se posan las inevitables golosas, que decía el poeta, moscas vulgares que tienen donde elegir…

Subiendo y bajando el viaducto, en el que suelo arrancar mi caminata, ayer conté y evité treinta y tres defecaciones de heces caninas (cagadas de mierdas de perros). Qué pena.

PS. En cuatro años nada hemos mejorado: Carteles en el Puente de las Mierdas (con perdón)

9 noviembre, 2017

Las hojas muertas que arrastra el viento de noreste

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 13:38

Sin títuloQue vivimos en una sociedad low cost, una sociedad de bajo costo en la que todo parece ser de usar y tirar, en la que casi todo parece asequible a bajo precio, pienso que es evidente. Desde el mobiliario que nos permite amueblar el hogar, el volar a lugares lejanos, o conseguir la independencia de nuestro país, todo pareciese que fuese posible con poco dinero y esfuerzo. Es por eso que siento gran respeto por uno de esos oficios que parecen ir a contracorriente de este tipo de vida: el del zapatero remendón.

Como mi santa tenía que recoger unos zapatos que necesitaban tapas nuevas en los tacones la acompaño al zapatero en esta mañana ventosa de otoño. Caminamos por la ribera, con el sol a las espaldas y el viento que sopla de noreste, hasta el local en el que el artesano de herramientas férreas y cortantes, con su mandil oscuro de betún y sus apreciaciones sobre la calidad de la piel ha hecho su trabajo con esmero. Recogido el encargo volvemos por el mismo lugar, con el sol de frente y el viento golpeando con descaro el rostro, dejando a nuestra izquierda las aguas verdosas y apacibles del Guadalquivir que se asoman entre el follaje de la arboleda mecida por la ventolera.

Antes de desviarnos para casa llegamos hasta el mercadillo del que salen ya algunos vecinos cargados con la compra. Como cada vez temo más a las aglomeraciones humanas, no por temor en sentido literal del término sino por comodidad personal, dejo a mi santa en el puesto donde piensa comprar miel, ese producto tan natural y necesario para mezclarlo con el aceite que riega cada mañana la tostada del desayuno. Mientras ella realiza la compra del viscoso y dulce fluido, y algunos otros que siempre van unidos a la expresión “ya que estoy aquí voy a llevarme…”, me retiro a la paz de un banco soleado en el paseo que lleva el nombre de  aquel buen hombre y mejor político llamado Adolfo Suárez. Sentado en la tranquilidad de la mañana soleada observo cómo de cuando en cuando el viento aumenta su velocidad y arrastra las ocres hojas otoñales caídas como si huyesen del barullo del mercadillo que queda a mis espaldas y se encaminasen en desaforada carrera hacia los bares que están enfrente. Esa carrera desnortada de las feuilles mortes (qué hermosa canción esa de “Las hojas muertas”), que a veces se detiene y a continuación regresa, esa marcha alocada me hace pensar y compararla con lo que está pensando en un rincón de este país del que parece venir el viento de hoy. Desecho con presteza tales pensamientos y tarareo para mí la letra de “Las hojas muertas”:

 

Les feuilles mortes se ramassent à la pelle,

Les souvenirs et les regrets aussi

Et le vent du nord les emporte

Dans la nuit froide de l’oubli.

 

Las hojas muertas se amontonan a raudales

Los recuerdos y la añoranza también

Y el viento del norte los lleva

A la fría noche del olvido.

8 octubre, 2017

Busca las siete diferencias

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 12:49

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¿Conocen el juego de las siete diferencias? Ése en el que se muestran dos imágenes que parecen idénticas a simple vista pero que no lo son porque en entre ellas hay siete (también pueden ser diez, o cinco…) diferencias. Podría plantearle ese juego con las dos imágenes que ven. Entre ellas no hay siete diferencias (ni diez, ni cinco…). Sólo hay una: esquina de la muerte – esquina arreglada. La esquina de la muerte es el título del post que escribí denunciando la situación del acerado de la esquina de casa. Aquí se puede leer. Esquina arreglada podría ser el título de este post.

Doy las gracias al portavoz de la oposición municipal por haber llevado al último pleno del Ayuntamiento la situación deplorable en la que se encontraba la citada esquina. Doy las gracias al actual equipo de gobierno por la rápida solución del problema. Ya sé que éste es un caso menor, yo diría mínimo, entre toda la problemática que diariamente presenta la organización de un municipio. Pero su catalogación de obra pequeña, de arreglo que para muchos pasará desapercibido, no es lo más importante en este caso. Me quedo con la idea de que una oposición bien hecha y una respuesta efectiva por parte de quien en ese momento dirija el ayuntamiento es la solución de muchos problemas: del arreglo de un trozo de acerado y de otras situaciones mil veces más importante.

Gracias.

PS. Y ya puestos… Observen en la segunda fotografía la frontera entre la obra nueva y la vieja. La diferencia es evidente. La solución está prometida. Esperemos que se cumpla en el plazo previsto y no tengamos los vecinos que esperar tanto como hemos esperado con el arreglo de la esquina.

8 septiembre, 2017

El cruce de los autos locos

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 10:05

 

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Estaba ayer por la mañana sentado en mi patio, algo exasperado al ver por televisión lo que estaba sucediendo en el parlamento catalán, cuando oí un gran estruendo que vino a acrecentar mi estado de inquietud. Pensé que algo había caído de un camión de reparto, o que un gran macetero se había descolgado de alguno de los balcones de la vecindad. Me asomo a la calle y veo que la causa del estrépito se debía a un choque, uno más, entre dos vehículos. Una furgoneta que subía por la calle María Auxiliadora no debió hacer el stop y golpeó a un coche que en ese momento cruzaba. El golpe se concentró sobre todo en la rueda delantera izquierda del coche (lo dejó inmovilizado), por ello el sonido fue más seco que metálico.

Ese cruce de calles, como todos, es un peligro. Pero en este caso se acrecienta porque las esquinas de la calle María Auxiliadora no son simétricas. Una de ellas, como se ve en la fotografía, “acaba” antes que la otra. Pienso que los conductores que llegan a la esquina izquierda, en el sentido de la circulación, ven que no viene ningún vehículo y aceleran sin percatarse que hay un stop en la esquina derecha y una calle por la que sí puede aparecer otro vehículo. Es ésta una opinión de vecino sin experiencia en asuntos de circulación vial y seguro que los peritos en la materia tendrán opiniones más cualificadas. De lo que sí tengo la total seguridad es que con el espejo que colocaron en la esquina opuesta no se arregla el problema. Ese espejo sirve para los que hacen el stop. El problema es que hay muchos conductores que no lo hacen. Y no creo que sea porque pasan de las normas de circulación (que también los hay) sino por lo que antes he explicado.

Aparte de los choques de impacto considerable, en los que los conductores se paran para hacer el parte de accidente, hay muchos casos en los que los frenos y la rápida reacción de quienes conducen evitan el incidente. Hay también muchos vehículos que cruzan sin hacer el stop y segundos antes, o después, ha circulado por el cruce otro vehículo que ha evitado el choque sin que ninguno de los afectados se percate de lo que podría haber pasado. Lo sé porque paso algún tiempo en la puerta de casa, cuando la meteorología lo permite, y lo veo. Incluso llego a sentir miedo cuando por la noche estoy sentado tomando el fresco y alguno de ésos que cruzan, como los autos locos de aquellos dibujos animados, pueda perder el control y llevarme por delante, a mí o a algunos de los vecinos que, como yo, se sientan en la puerta de las casas. Hay, también, muchos niños que vienen por la calle Travesía Martillo, corriendo o en bicicleta, para dirigirse al parque o a comprar en la tienda de chucherías que hay en la esquina y corren serio peligro de ser atropellados. No sé cuál es la solución, pero alguna debe haber para evitar lo que tan a menudo sucede o lo que pueda suceder.

PS. Y ya que sale en la foto, recordar a quien corresponda aquello sobre lo que ya escribí hace un mes: https://donceldevr.wordpress.com/2017/08/09/morir-en-la-esquina-de-la-casa/

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