La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

12 noviembre, 2017

Treinta y tres

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 12:36

33“Donde se cuenta la novela del curioso impertinente” es el título del capítulo XXXIII de El Quijote. Treinta y tres son los años que vivieron Jesucristo y Alejando Magno, cada uno dedicado a lo suyo. Y a los 33 días de ser nombrado Papa murió de manera misteriosa Juan Pablo I. Las antiguas losas de terrazo de mi casa  eran cuadrados de 33 centímetros de lado. El 33 es el número atómico del arsénico y treinta y tres fueron los mineros chilenos rescatados de la mina de san José. San Basilio Magno es el santo del trigésimo tercer día del año. Los médicos solían pedir a los enfermos, cuando auscultaban su caja torácica, que dijesen treinta y tres…

Las hay de reciente obra y otras con más solera; algunas incluso han perdido su consistencia y han devenido en polvo. Otras han sido holladas por suelas despistadas de calzado humano quedando despanzurradas sobre el adoquinado y originando huellas que revelan el refregar insistente de quien intenta dejar atrás la impertinente adherencia. Las hay de diversos tonos cromáticos, diferentes texturas y variadas formas: desde el negro carbón al gris cemento, de sólida consistencia a masas viscosas, cilíndricas, redondeadas y amorfas. Sobre algunas se posan las inevitables golosas, que decía el poeta, moscas vulgares que tienen donde elegir…

Subiendo y bajando el viaducto, en el que suelo arrancar mi caminata, ayer conté y evité treinta y tres defecaciones de heces caninas (cagadas de mierdas de perros). Qué pena.

PS. En cuatro años nada hemos mejorado: Carteles en el Puente de las Mierdas (con perdón)

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9 noviembre, 2017

Las hojas muertas que arrastra el viento de noreste

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 13:38

Sin títuloQue vivimos en una sociedad low cost, una sociedad de bajo costo en la que todo parece ser de usar y tirar, en la que casi todo parece asequible a bajo precio, pienso que es evidente. Desde el mobiliario que nos permite amueblar el hogar, el volar a lugares lejanos, o conseguir la independencia de nuestro país, todo pareciese que fuese posible con poco dinero y esfuerzo. Es por eso que siento gran respeto por uno de esos oficios que parecen ir a contracorriente de este tipo de vida: el del zapatero remendón.

Como mi santa tenía que recoger unos zapatos que necesitaban tapas nuevas en los tacones la acompaño al zapatero en esta mañana ventosa de otoño. Caminamos por la ribera, con el sol a las espaldas y el viento que sopla de noreste, hasta el local en el que el artesano de herramientas férreas y cortantes, con su mandil oscuro de betún y sus apreciaciones sobre la calidad de la piel ha hecho su trabajo con esmero. Recogido el encargo volvemos por el mismo lugar, con el sol de frente y el viento golpeando con descaro el rostro, dejando a nuestra izquierda las aguas verdosas y apacibles del Guadalquivir que se asoman entre el follaje de la arboleda mecida por la ventolera.

Antes de desviarnos para casa llegamos hasta el mercadillo del que salen ya algunos vecinos cargados con la compra. Como cada vez temo más a las aglomeraciones humanas, no por temor en sentido literal del término sino por comodidad personal, dejo a mi santa en el puesto donde piensa comprar miel, ese producto tan natural y necesario para mezclarlo con el aceite que riega cada mañana la tostada del desayuno. Mientras ella realiza la compra del viscoso y dulce fluido, y algunos otros que siempre van unidos a la expresión “ya que estoy aquí voy a llevarme…”, me retiro a la paz de un banco soleado en el paseo que lleva el nombre de  aquel buen hombre y mejor político llamado Adolfo Suárez. Sentado en la tranquilidad de la mañana soleada observo cómo de cuando en cuando el viento aumenta su velocidad y arrastra las ocres hojas otoñales caídas como si huyesen del barullo del mercadillo que queda a mis espaldas y se encaminasen en desaforada carrera hacia los bares que están enfrente. Esa carrera desnortada de las feuilles mortes (qué hermosa canción esa de “Las hojas muertas”), que a veces se detiene y a continuación regresa, esa marcha alocada me hace pensar y compararla con lo que está pensando en un rincón de este país del que parece venir el viento de hoy. Desecho con presteza tales pensamientos y tarareo para mí la letra de “Las hojas muertas”:

 

Les feuilles mortes se ramassent à la pelle,

Les souvenirs et les regrets aussi

Et le vent du nord les emporte

Dans la nuit froide de l’oubli.

 

Las hojas muertas se amontonan a raudales

Los recuerdos y la añoranza también

Y el viento del norte los lleva

A la fría noche del olvido.

8 octubre, 2017

Busca las siete diferencias

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 12:49

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¿Conocen el juego de las siete diferencias? Ése en el que se muestran dos imágenes que parecen idénticas a simple vista pero que no lo son porque en entre ellas hay siete (también pueden ser diez, o cinco…) diferencias. Podría plantearle ese juego con las dos imágenes que ven. Entre ellas no hay siete diferencias (ni diez, ni cinco…). Sólo hay una: esquina de la muerte – esquina arreglada. La esquina de la muerte es el título del post que escribí denunciando la situación del acerado de la esquina de casa. Aquí se puede leer. Esquina arreglada podría ser el título de este post.

Doy las gracias al portavoz de la oposición municipal por haber llevado al último pleno del Ayuntamiento la situación deplorable en la que se encontraba la citada esquina. Doy las gracias al actual equipo de gobierno por la rápida solución del problema. Ya sé que éste es un caso menor, yo diría mínimo, entre toda la problemática que diariamente presenta la organización de un municipio. Pero su catalogación de obra pequeña, de arreglo que para muchos pasará desapercibido, no es lo más importante en este caso. Me quedo con la idea de que una oposición bien hecha y una respuesta efectiva por parte de quien en ese momento dirija el ayuntamiento es la solución de muchos problemas: del arreglo de un trozo de acerado y de otras situaciones mil veces más importante.

Gracias.

PS. Y ya puestos… Observen en la segunda fotografía la frontera entre la obra nueva y la vieja. La diferencia es evidente. La solución está prometida. Esperemos que se cumpla en el plazo previsto y no tengamos los vecinos que esperar tanto como hemos esperado con el arreglo de la esquina.

8 septiembre, 2017

El cruce de los autos locos

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 10:05

 

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Estaba ayer por la mañana sentado en mi patio, algo exasperado al ver por televisión lo que estaba sucediendo en el parlamento catalán, cuando oí un gran estruendo que vino a acrecentar mi estado de inquietud. Pensé que algo había caído de un camión de reparto, o que un gran macetero se había descolgado de alguno de los balcones de la vecindad. Me asomo a la calle y veo que la causa del estrépito se debía a un choque, uno más, entre dos vehículos. Una furgoneta que subía por la calle María Auxiliadora no debió hacer el stop y golpeó a un coche que en ese momento cruzaba. El golpe se concentró sobre todo en la rueda delantera izquierda del coche (lo dejó inmovilizado), por ello el sonido fue más seco que metálico.

Ese cruce de calles, como todos, es un peligro. Pero en este caso se acrecienta porque las esquinas de la calle María Auxiliadora no son simétricas. Una de ellas, como se ve en la fotografía, “acaba” antes que la otra. Pienso que los conductores que llegan a la esquina izquierda, en el sentido de la circulación, ven que no viene ningún vehículo y aceleran sin percatarse que hay un stop en la esquina derecha y una calle por la que sí puede aparecer otro vehículo. Es ésta una opinión de vecino sin experiencia en asuntos de circulación vial y seguro que los peritos en la materia tendrán opiniones más cualificadas. De lo que sí tengo la total seguridad es que con el espejo que colocaron en la esquina opuesta no se arregla el problema. Ese espejo sirve para los que hacen el stop. El problema es que hay muchos conductores que no lo hacen. Y no creo que sea porque pasan de las normas de circulación (que también los hay) sino por lo que antes he explicado.

Aparte de los choques de impacto considerable, en los que los conductores se paran para hacer el parte de accidente, hay muchos casos en los que los frenos y la rápida reacción de quienes conducen evitan el incidente. Hay también muchos vehículos que cruzan sin hacer el stop y segundos antes, o después, ha circulado por el cruce otro vehículo que ha evitado el choque sin que ninguno de los afectados se percate de lo que podría haber pasado. Lo sé porque paso algún tiempo en la puerta de casa, cuando la meteorología lo permite, y lo veo. Incluso llego a sentir miedo cuando por la noche estoy sentado tomando el fresco y alguno de ésos que cruzan, como los autos locos de aquellos dibujos animados, pueda perder el control y llevarme por delante, a mí o a algunos de los vecinos que, como yo, se sientan en la puerta de las casas. Hay, también, muchos niños que vienen por la calle Travesía Martillo, corriendo o en bicicleta, para dirigirse al parque o a comprar en la tienda de chucherías que hay en la esquina y corren serio peligro de ser atropellados. No sé cuál es la solución, pero alguna debe haber para evitar lo que tan a menudo sucede o lo que pueda suceder.

PS. Y ya que sale en la foto, recordar a quien corresponda aquello sobre lo que ya escribí hace un mes: https://donceldevr.wordpress.com/2017/08/09/morir-en-la-esquina-de-la-casa/

9 agosto, 2017

Morir en la esquina de la casa

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 10:53

clip_image002“Morir en la esquina de la casa” podría ser el título de una novela de intriga. También podría ser el titular de una noticia periodística. O el verso inicial de un poema: Morir en la esquina de la casa / es hallar el final sin perder el horizonte…

En todo eso pienso mientras miro esa esquina de firme irregular, esa esquina en la que el enlosado desapareció entre remiendos y tapas metálicas de arquetas, esa esquina en la que es tan fácil tropezar; ésa, en la que una de las tapas metálicas antes citadas está a punto de hundirse porque su anclaje oxidado cede día a día como el ser humano que ha llegado a la decrepitud de la vejez extrema. Esa esquina en la que los bordillos graníticos que separan calzada de acera lucen restos de pintura amarilla como si hubiesen formado parte de de un claustro conventual románico. Esos adoquines fronterizos desgastados por el paso de los años, carcomidos como si hubiesen sido roídos por una animal extraordinario…

Bien, dejemos la literatura a un lado y vayamos a la vida real. Esa esquina es un peligro desde hace más de veinte años. En ella he visto tropezones y caídas, enganches de carritos de la compra y carritos de bebés. Los vecinos ya la conocemos y la evitamos. Las personas mayores que van con su andador se bajan de la acera al llegar a ella, con el consiguiente peligro de andar por la calzada en un cruce. Lo hacen no porque sean temerarios sino porque perciben el riesgo mayor de caer en el agujero, en la mala pavimentación… Y ahora, en la tapa metálica que está a punto de ceder. Cuando estoy en la puerta de casa viendo el tiempo pasar observo como los que se percatan de la situación avisan a sus acompañantes: “Juanito, ¡cuidado, no tropieces! María, ¡no pises esa chapa que está oxidada!”

Hace años cambiaron esa tapa porque llegó a hundirse. Ahora va por el mismo camino porque ni el hierro de los hititas era eterno. Lo que sí parece eterna es la desidia por arreglar ese acerado. La arqueta será de Endesa, de Epremasa o de otra SA cualquiera. Y El acerado, ¿sabemos a quién pertenece? Envidia sana siento cuando, tras salir de casa y evitar la esquina del peligro, me dirijo a casa de mi hijo caminando tranquilamente por esa calle Martillo que ofrece tránsito sin sobresaltos; por esa acera de la calle Caldereros, tan uniforme que hasta un niño chico podría dar sus primeros pasos… Y mientras camino pienso el por qué ninguna de las autoridades competentes que ha habido en estos últimos veintiún años, en los que llevo viviendo en esa esquina, ha tenido consideración con los vecinos y transeúntes que, desde ella hasta el final de la calle Cerro Morrión, sufrimos un acerado irregular y hasta peligroso.

27 junio, 2017

Bajo un cielo más otoñal que estival

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 9:49

 

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Ha desparecido el ruido nocturno de los aparatos de aire acondicionado. Los balcones y ventanas han permanecido abiertos durante la noche. El calor asfixiante de las dos semanas anteriores ha dado paso a unos días de verano cantábrico. Esa es la sensación que tengo cuando camino por mi vereda habitual. Sopla un vientecillo de poniente, fresco y extraño, antagónico del que hace unos días pareciese flama aérea. El cielo se ha nublado y la luminosidad ya no es cegadora. Observo las alpacas oscuras de los habares segados, las alpacas doradas del trigal que ya es rastrojo, los verdes del maíz y la quinoa que ya madura, el girasol que pierde sus pétalos amarillos y agradecerá, como el olivo, este refresco del final de un mes exageradamente caluroso. Es tan agradable el ambiente que alargo mi caminata, dejando atrás el elevado paso sobre la vía férrea, y me llego hasta el cruce de la ermita. Desde la carretera veo el colegio que hasta hace unos meses era lugar de trabajo y que ahora me parece un lugar no extraño pero sí lejano, como si el poco tiempo transcurrido desde finales de noviembre hubiesen abierto no un abismo pero sí una fosa de considerable hondura entre una época y otra. Se me mezclan esas sensaciones con el recuerdo que hasta hace unos días, las pasadas jornadas de temperaturas tórridas, tenía de esas aulas recalentadas en las que los alumnos y compañeros deberían sentir el agobio de la calor. Pienso en todo ello, en esa mezcolanza de recuerdos, meteorología, campo y colegio, mientras regreso a casa bajo un cielo más otoñal que estival.

24 mayo, 2017

Así es la vida, amigo mío

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 10:23

 

clip_image002De ser un niño hubiese echado un Barquito de papel / Sin nombre, sin patrón  / Y sin bandera / Navegando sin timón  / Donde la corriente quiera… Pero no lo soy; y ese “estanque” no era el mar sino el agua acumulada en la hondonada del tronco del naranjo. El barquito hubiese navegado por la corriente circular que los aspersores forman cuando giran regando el césped y los árboles de los grandes arriates del parque.

Es mediodía y, tras la caminata y la ducha, las sombras acogedoras del Parque Blanco me regalan momentos de una tranquilidad sin límites entre el canto de los pájaros y los sonidos del agua al salir del aspersor y caer en el charco que da vida. Me siento en un banco parcialmente umbrío. Me despojo de mi calzado y expongo al sol mis pies y ese inicio de las piernas, por encima de los tobillos, en el que los calcetines de caballeros provocan una depilación natural combinada con la blancura de los meses invernales. Comparto el parque con un vecino que al otro lado, sentado en otro banco de sombra, cuida de su nieta con palabras de cariño que se cuelan entre las rosas rojas, amarillas y anaranjadas del arriate central. No puedo evitar echar un vistazo a la pantalla del móvil para ver la foto de mi nieta antes de ponerme a leer un rato con la cabeza fría y los pies calientes.

clip_image004Cada vez que acabo uno de los cortos capítulos del libro que me entretiene, “Cáscara de nuez” (de Ian McEwan), levanto la vista para ver lo que sucede alrededor de mi espacio de tranquilidad. Veo como una mariposa de blancas alas se cuela entre el ramaje de un naranjo; veo uno de los aspersores, pletórico de fuerza, expulsar parte del agua fuera de los límites del arriate formando pequeños ríos que buscan la alcantarilla situada junto a la fuente donde esta tarde los niños se acercarán entre juegos para echarse agua y sofocar estas primeras calores del año. Veo al operario municipal llegar con el coche y cerrar los aspersores mientras imagino que algún naranjo andará quejoso porque aún no se siente ahíto de agua. Veo a mi vecino alejarse con su nieta.

Vuelvo a mi lectura antes de que el sol inclemente me mande al frescor del patio hogareño para escribir estas líneas. En ello me hallo cuando llaman a la puerta y la que hace un rato miraba en la pantalla del móvil aparece con su madre para alegrarme el resto del día. No hay nada como ser abuelo, disponer de tiempo y tener un parque frente a la casa. C’est la vie, mon ami.

7 mayo, 2017

De canguro y cruces

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 9:02

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Ayer sábado, ejerciendo de canguro, decidí darme un paseo por el pueblo. Hallándome en el cruce de calles donde el hogar se asienta recordé la duda que a Don Quijote le asalta cuando de la venta sale: “Camino que en cuatro se dividía, y luego se le vino a la imaginación las encrucijadas donde los caballeros andantes se ponían a pensar cuál camino de aquéllos tomarían…”.

Así que, cual caballero andante, y con el carné de carrito de bebé recién sacado, como me comenta un vecino al verme en tal circunstancia, decido pasear a Dunia caminando por calles y plazas soleadas y disfrutando del ambiente primaveral. Bajamos hasta la Cruz de los Mocitos, pasamos por la Parroquia y el Ayuntamiento y nos adentramos por la Ribera de San Isidro Labrador junto al plácido Guadalquivir. Giramos para retornar por la misma ruta y volver al Parque Blanco. Tanto de ida como de vuelta me veo obligado a hacer varias paradas para mostrar el dulce sueño de la nieta a los conocidos con los que me cruzo y disfrutar del canguril abuelazgo.

Ya de regreso, por la calle Fuensanta, me topo con una de las numerosas cruces móviles (o portátiles, o infantiles…) que he visto deambular por el pueblo. La portan algunos de los que fueron alumnos (Ismael, Antonio, Francisco Miguel, Nacho…) el curso pasado. Es la que se ve en la foto. Les alabo su trabajo y, desgraciadamente, no puedo contribuir monetariamente porque he salido de casa sólo con las llaves, el móvil y la nieta. Uno de ellos, entre risas, mostrando la hucha que portan me dice: “Maestro, no te preocupes, échanos el móvil”. Por un momento temí que me dijese que le “echara” la nieta. Antes de despedirnos el capataz Francisco Miguel manda a los portadores: “Esta levantá va por el maestro Nicolás, gran maestro y mejor abuelo ¡Arriba con Ella!”. Mientras les agradezco tan generosa dedicatoria creo ver una leve y pícara sonrisa en el plácido sueño de mi nieta. Deben ser imaginaciones mías. Me despido de mis ex alumnos y les emplazo a que pasen por casa con la cruz móvil para aportar la consabida donación. Así lo hicieron bastantes horas después cuando la tarde ya caía.

Vuelvo por la calle María Auxiliadora y busco la sombra porque el sol ya calienta a esas horas del mediodía. Al pasar cerca del altavoz que pone música a la Cruz allí instalada Dunia abre los ojos y pone mueca de desagrado antes de volver a cerrarlos y continuar durmiendo. Anoto en mi agenda mental que ante la música de sevillanas mi nieta no ha sonreído sino todo lo contrario. Bien. Tengo que ponerle algún canción de The Beatles a ver qué tal. Me detengo a charlar con un vecino que reposa la vida sentado en un banco y a la sombra de un naranjo. Aparecen los padres de Dunia y doy por concluidos mi labor y mi paseo.

22 abril, 2017

Del zaguán al parque: la condición humana

Filed under: Por el pueblo,Retales de recuerdos — Nicolás Doncel Villegas @ 9:31

clip_image002En este abril, en el que la Semana Santa ha sido meridiano, tomo asiento algunas mañanas en el zaguán de la casa. Desde ese espacio tan andalusí veo el parque solitario y me pregunto dónde andarán los niños madrugadores que salían a jugar a la calle. En estos pasados días de vacaciones sacras, y a media mañana, hace cincuenta años, el parque hubiese sido cobijo de juegos y algarabía de voces infantiles. Al otro lado de la calle miro la quietud de los columpios y las sombras inestables de los naranjos en flor. También pienso que quienes éramos niños hace cincuenta años no teníamos esos parques, que por entonces había que jugar en la calle o en un descampado cercano, que no había toboganes ni balancines, que nos apañábamos con una pelota de plástico o un endurecido y resquebrajado balón de cuero que los municipales de rostro agrio nos requisaban si nos atrevíamos a desafiar a las vecinas gruñonas que siempre se quejaban de los balonazos en sus fachadas recién encaladas.

Si el mes pasado escribía sentado en uno de los bancos de ese parque, moviéndome elípticamente cual estela de un planeta del sistema solar, buscando ese espacio de solysombra tan apropiado para estos tiempos de primavera, estas mañanas de abril leo y escribo desde el zaguán de la casa y miro ese parque, tan cercano y lejano al mismo tiempo. ¿Y por qué no hago esa travesía del desierto que son los ocho o diez metros de asfalto y acerado que me separan del oasis urbano? Debe ser la condición humana, ese término que la Wikipedia dice “…que  abarca la totalidad de la experiencia de ser humanos y de vivir vidas humanas. Como entidades mortales, hay una serie de acontecimientos biológicamente determinados que son comunes a la mayoría de las vidas humanas, y la manera en que reaccionan los seres humanos o hacen frente a estos acontecimientos constituye la condición humana.” Pues eso.

17 abril, 2017

Del azahar y el jazmín

Filed under: Por el pueblo,Retales de recuerdos — Nicolás Doncel Villegas @ 10:56

 

clip_image002Si hay dos olores de flores (fragancias florales iba a escribir, pero me ha resultado demasiado… ¿cursi?) que me resultan agradables son las del azahar primaveral y la del jazmín estival. No sé si el ser flores blancas tendrá algo que ver en esa común preferencia. Lo que sí sé es que esos aromas limpios, blancos, de una suavidad que nunca empalaga el olfato (como la abrumadora dama de noche) son una delicia para las mañanas de abril o los atardeceres de julio. Quizás ese gusto por ambos olores venga determinado en parte por el recuerdo de la niñez. En el patio de la infancia uno se daba el relevo con el otro. El cerco de flores de azahar que circundaba el naranjo cubriendo el suelo era seguido en el tiempo por las flores de jazmín que se abrían al atardecer; éstas eran cogidas con delicadeza para hacer con ellas un “manojito”, utilizando un alfiler que se pinchaba sobre el vestido femenino, o eran colocadas sobre las mesitas de noche para espantar a los fastidiosos mosquitos que al anochecer salían del pozo del mismo patio.

Viene todo este asunto de aromas florales y recuerdos con ellos relacionados a cuento de una observación y una duda que en este tiempo de naranjos en flor me vengo haciendo. Un parque y dos calles contiguas a la que vivo se adornan con naranjos. Unos fueron podados hace unos meses de manera artística dándoles una forma redondeada mientras que otros no fueron sometidos a tal poda. Observo que aquellos que lucen su redondeada forma esconden sus flores entre la apretura del corte que el jardinero realizó; el azahar debe andar escondido entre el verdor de la vieja hojarasca porque en el suelo hay testigos de ello. Por el contrario, los que no fueron podados lucen abiertamente sus flores en los nuevos tallos y entre las hojas recientes de un verde casi transparente. Como no soy experto en botánica ni en jardinería desconozco si la acción de esa poda determinará una mayor o menor floración; lo que sí es evidente es que los que no fueron tocados por la mano del hombre se muestran más amables en su exhibición floral.

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