La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

8 septiembre, 2017

El cruce de los autos locos

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 10:05

 

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Estaba ayer por la mañana sentado en mi patio, algo exasperado al ver por televisión lo que estaba sucediendo en el parlamento catalán, cuando oí un gran estruendo que vino a acrecentar mi estado de inquietud. Pensé que algo había caído de un camión de reparto, o que un gran macetero se había descolgado de alguno de los balcones de la vecindad. Me asomo a la calle y veo que la causa del estrépito se debía a un choque, uno más, entre dos vehículos. Una furgoneta que subía por la calle María Auxiliadora no debió hacer el stop y golpeó a un coche que en ese momento cruzaba. El golpe se concentró sobre todo en la rueda delantera izquierda del coche (lo dejó inmovilizado), por ello el sonido fue más seco que metálico.

Ese cruce de calles, como todos, es un peligro. Pero en este caso se acrecienta porque las esquinas de la calle María Auxiliadora no son simétricas. Una de ellas, como se ve en la fotografía, “acaba” antes que la otra. Pienso que los conductores que llegan a la esquina izquierda, en el sentido de la circulación, ven que no viene ningún vehículo y aceleran sin percatarse que hay un stop en la esquina derecha y una calle por la que sí puede aparecer otro vehículo. Es ésta una opinión de vecino sin experiencia en asuntos de circulación vial y seguro que los peritos en la materia tendrán opiniones más cualificadas. De lo que sí tengo la total seguridad es que con el espejo que colocaron en la esquina opuesta no se arregla el problema. Ese espejo sirve para los que hacen el stop. El problema es que hay muchos conductores que no lo hacen. Y no creo que sea porque pasan de las normas de circulación (que también los hay) sino por lo que antes he explicado.

Aparte de los choques de impacto considerable, en los que los conductores se paran para hacer el parte de accidente, hay muchos casos en los que los frenos y la rápida reacción de quienes conducen evitan el incidente. Hay también muchos vehículos que cruzan sin hacer el stop y segundos antes, o después, ha circulado por el cruce otro vehículo que ha evitado el choque sin que ninguno de los afectados se percate de lo que podría haber pasado. Lo sé porque paso algún tiempo en la puerta de casa, cuando la meteorología lo permite, y lo veo. Incluso llego a sentir miedo cuando por la noche estoy sentado tomando el fresco y alguno de ésos que cruzan, como los autos locos de aquellos dibujos animados, pueda perder el control y llevarme por delante, a mí o a algunos de los vecinos que, como yo, se sientan en la puerta de las casas. Hay, también, muchos niños que vienen por la calle Travesía Martillo, corriendo o en bicicleta, para dirigirse al parque o a comprar en la tienda de chucherías que hay en la esquina y corren serio peligro de ser atropellados. No sé cuál es la solución, pero alguna debe haber para evitar lo que tan a menudo sucede o lo que pueda suceder.

PS. Y ya que sale en la foto, recordar a quien corresponda aquello sobre lo que ya escribí hace un mes: https://donceldevr.wordpress.com/2017/08/09/morir-en-la-esquina-de-la-casa/

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9 agosto, 2017

Morir en la esquina de la casa

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 10:53

clip_image002“Morir en la esquina de la casa” podría ser el título de una novela de intriga. También podría ser el titular de una noticia periodística. O el verso inicial de un poema: Morir en la esquina de la casa / es hallar el final sin perder el horizonte…

En todo eso pienso mientras miro esa esquina de firme irregular, esa esquina en la que el enlosado desapareció entre remiendos y tapas metálicas de arquetas, esa esquina en la que es tan fácil tropezar; ésa, en la que una de las tapas metálicas antes citadas está a punto de hundirse porque su anclaje oxidado cede día a día como el ser humano que ha llegado a la decrepitud de la vejez extrema. Esa esquina en la que los bordillos graníticos que separan calzada de acera lucen restos de pintura amarilla como si hubiesen formado parte de de un claustro conventual románico. Esos adoquines fronterizos desgastados por el paso de los años, carcomidos como si hubiesen sido roídos por una animal extraordinario…

Bien, dejemos la literatura a un lado y vayamos a la vida real. Esa esquina es un peligro desde hace más de veinte años. En ella he visto tropezones y caídas, enganches de carritos de la compra y carritos de bebés. Los vecinos ya la conocemos y la evitamos. Las personas mayores que van con su andador se bajan de la acera al llegar a ella, con el consiguiente peligro de andar por la calzada en un cruce. Lo hacen no porque sean temerarios sino porque perciben el riesgo mayor de caer en el agujero, en la mala pavimentación… Y ahora, en la tapa metálica que está a punto de ceder. Cuando estoy en la puerta de casa viendo el tiempo pasar observo como los que se percatan de la situación avisan a sus acompañantes: “Juanito, ¡cuidado, no tropieces! María, ¡no pises esa chapa que está oxidada!”

Hace años cambiaron esa tapa porque llegó a hundirse. Ahora va por el mismo camino porque ni el hierro de los hititas era eterno. Lo que sí parece eterna es la desidia por arreglar ese acerado. La arqueta será de Endesa, de Epremasa o de otra SA cualquiera. Y El acerado, ¿sabemos a quién pertenece? Envidia sana siento cuando, tras salir de casa y evitar la esquina del peligro, me dirijo a casa de mi hijo caminando tranquilamente por esa calle Martillo que ofrece tránsito sin sobresaltos; por esa acera de la calle Caldereros, tan uniforme que hasta un niño chico podría dar sus primeros pasos… Y mientras camino pienso el por qué ninguna de las autoridades competentes que ha habido en estos últimos veintiún años, en los que llevo viviendo en esa esquina, ha tenido consideración con los vecinos y transeúntes que, desde ella hasta el final de la calle Cerro Morrión, sufrimos un acerado irregular y hasta peligroso.

27 junio, 2017

Bajo un cielo más otoñal que estival

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 9:49

 

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Ha desparecido el ruido nocturno de los aparatos de aire acondicionado. Los balcones y ventanas han permanecido abiertos durante la noche. El calor asfixiante de las dos semanas anteriores ha dado paso a unos días de verano cantábrico. Esa es la sensación que tengo cuando camino por mi vereda habitual. Sopla un vientecillo de poniente, fresco y extraño, antagónico del que hace unos días pareciese flama aérea. El cielo se ha nublado y la luminosidad ya no es cegadora. Observo las alpacas oscuras de los habares segados, las alpacas doradas del trigal que ya es rastrojo, los verdes del maíz y la quinoa que ya madura, el girasol que pierde sus pétalos amarillos y agradecerá, como el olivo, este refresco del final de un mes exageradamente caluroso. Es tan agradable el ambiente que alargo mi caminata, dejando atrás el elevado paso sobre la vía férrea, y me llego hasta el cruce de la ermita. Desde la carretera veo el colegio que hasta hace unos meses era lugar de trabajo y que ahora me parece un lugar no extraño pero sí lejano, como si el poco tiempo transcurrido desde finales de noviembre hubiesen abierto no un abismo pero sí una fosa de considerable hondura entre una época y otra. Se me mezclan esas sensaciones con el recuerdo que hasta hace unos días, las pasadas jornadas de temperaturas tórridas, tenía de esas aulas recalentadas en las que los alumnos y compañeros deberían sentir el agobio de la calor. Pienso en todo ello, en esa mezcolanza de recuerdos, meteorología, campo y colegio, mientras regreso a casa bajo un cielo más otoñal que estival.

24 mayo, 2017

Así es la vida, amigo mío

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 10:23

 

clip_image002De ser un niño hubiese echado un Barquito de papel / Sin nombre, sin patrón  / Y sin bandera / Navegando sin timón  / Donde la corriente quiera… Pero no lo soy; y ese “estanque” no era el mar sino el agua acumulada en la hondonada del tronco del naranjo. El barquito hubiese navegado por la corriente circular que los aspersores forman cuando giran regando el césped y los árboles de los grandes arriates del parque.

Es mediodía y, tras la caminata y la ducha, las sombras acogedoras del Parque Blanco me regalan momentos de una tranquilidad sin límites entre el canto de los pájaros y los sonidos del agua al salir del aspersor y caer en el charco que da vida. Me siento en un banco parcialmente umbrío. Me despojo de mi calzado y expongo al sol mis pies y ese inicio de las piernas, por encima de los tobillos, en el que los calcetines de caballeros provocan una depilación natural combinada con la blancura de los meses invernales. Comparto el parque con un vecino que al otro lado, sentado en otro banco de sombra, cuida de su nieta con palabras de cariño que se cuelan entre las rosas rojas, amarillas y anaranjadas del arriate central. No puedo evitar echar un vistazo a la pantalla del móvil para ver la foto de mi nieta antes de ponerme a leer un rato con la cabeza fría y los pies calientes.

clip_image004Cada vez que acabo uno de los cortos capítulos del libro que me entretiene, “Cáscara de nuez” (de Ian McEwan), levanto la vista para ver lo que sucede alrededor de mi espacio de tranquilidad. Veo como una mariposa de blancas alas se cuela entre el ramaje de un naranjo; veo uno de los aspersores, pletórico de fuerza, expulsar parte del agua fuera de los límites del arriate formando pequeños ríos que buscan la alcantarilla situada junto a la fuente donde esta tarde los niños se acercarán entre juegos para echarse agua y sofocar estas primeras calores del año. Veo al operario municipal llegar con el coche y cerrar los aspersores mientras imagino que algún naranjo andará quejoso porque aún no se siente ahíto de agua. Veo a mi vecino alejarse con su nieta.

Vuelvo a mi lectura antes de que el sol inclemente me mande al frescor del patio hogareño para escribir estas líneas. En ello me hallo cuando llaman a la puerta y la que hace un rato miraba en la pantalla del móvil aparece con su madre para alegrarme el resto del día. No hay nada como ser abuelo, disponer de tiempo y tener un parque frente a la casa. C’est la vie, mon ami.

7 mayo, 2017

De canguro y cruces

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 9:02

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Ayer sábado, ejerciendo de canguro, decidí darme un paseo por el pueblo. Hallándome en el cruce de calles donde el hogar se asienta recordé la duda que a Don Quijote le asalta cuando de la venta sale: “Camino que en cuatro se dividía, y luego se le vino a la imaginación las encrucijadas donde los caballeros andantes se ponían a pensar cuál camino de aquéllos tomarían…”.

Así que, cual caballero andante, y con el carné de carrito de bebé recién sacado, como me comenta un vecino al verme en tal circunstancia, decido pasear a Dunia caminando por calles y plazas soleadas y disfrutando del ambiente primaveral. Bajamos hasta la Cruz de los Mocitos, pasamos por la Parroquia y el Ayuntamiento y nos adentramos por la Ribera de San Isidro Labrador junto al plácido Guadalquivir. Giramos para retornar por la misma ruta y volver al Parque Blanco. Tanto de ida como de vuelta me veo obligado a hacer varias paradas para mostrar el dulce sueño de la nieta a los conocidos con los que me cruzo y disfrutar del canguril abuelazgo.

Ya de regreso, por la calle Fuensanta, me topo con una de las numerosas cruces móviles (o portátiles, o infantiles…) que he visto deambular por el pueblo. La portan algunos de los que fueron alumnos (Ismael, Antonio, Francisco Miguel, Nacho…) el curso pasado. Es la que se ve en la foto. Les alabo su trabajo y, desgraciadamente, no puedo contribuir monetariamente porque he salido de casa sólo con las llaves, el móvil y la nieta. Uno de ellos, entre risas, mostrando la hucha que portan me dice: “Maestro, no te preocupes, échanos el móvil”. Por un momento temí que me dijese que le “echara” la nieta. Antes de despedirnos el capataz Francisco Miguel manda a los portadores: “Esta levantá va por el maestro Nicolás, gran maestro y mejor abuelo ¡Arriba con Ella!”. Mientras les agradezco tan generosa dedicatoria creo ver una leve y pícara sonrisa en el plácido sueño de mi nieta. Deben ser imaginaciones mías. Me despido de mis ex alumnos y les emplazo a que pasen por casa con la cruz móvil para aportar la consabida donación. Así lo hicieron bastantes horas después cuando la tarde ya caía.

Vuelvo por la calle María Auxiliadora y busco la sombra porque el sol ya calienta a esas horas del mediodía. Al pasar cerca del altavoz que pone música a la Cruz allí instalada Dunia abre los ojos y pone mueca de desagrado antes de volver a cerrarlos y continuar durmiendo. Anoto en mi agenda mental que ante la música de sevillanas mi nieta no ha sonreído sino todo lo contrario. Bien. Tengo que ponerle algún canción de The Beatles a ver qué tal. Me detengo a charlar con un vecino que reposa la vida sentado en un banco y a la sombra de un naranjo. Aparecen los padres de Dunia y doy por concluidos mi labor y mi paseo.

22 abril, 2017

Del zaguán al parque: la condición humana

Filed under: Por el pueblo,Retales de recuerdos — Nicolás Doncel Villegas @ 9:31

clip_image002En este abril, en el que la Semana Santa ha sido meridiano, tomo asiento algunas mañanas en el zaguán de la casa. Desde ese espacio tan andalusí veo el parque solitario y me pregunto dónde andarán los niños madrugadores que salían a jugar a la calle. En estos pasados días de vacaciones sacras, y a media mañana, hace cincuenta años, el parque hubiese sido cobijo de juegos y algarabía de voces infantiles. Al otro lado de la calle miro la quietud de los columpios y las sombras inestables de los naranjos en flor. También pienso que quienes éramos niños hace cincuenta años no teníamos esos parques, que por entonces había que jugar en la calle o en un descampado cercano, que no había toboganes ni balancines, que nos apañábamos con una pelota de plástico o un endurecido y resquebrajado balón de cuero que los municipales de rostro agrio nos requisaban si nos atrevíamos a desafiar a las vecinas gruñonas que siempre se quejaban de los balonazos en sus fachadas recién encaladas.

Si el mes pasado escribía sentado en uno de los bancos de ese parque, moviéndome elípticamente cual estela de un planeta del sistema solar, buscando ese espacio de solysombra tan apropiado para estos tiempos de primavera, estas mañanas de abril leo y escribo desde el zaguán de la casa y miro ese parque, tan cercano y lejano al mismo tiempo. ¿Y por qué no hago esa travesía del desierto que son los ocho o diez metros de asfalto y acerado que me separan del oasis urbano? Debe ser la condición humana, ese término que la Wikipedia dice “…que  abarca la totalidad de la experiencia de ser humanos y de vivir vidas humanas. Como entidades mortales, hay una serie de acontecimientos biológicamente determinados que son comunes a la mayoría de las vidas humanas, y la manera en que reaccionan los seres humanos o hacen frente a estos acontecimientos constituye la condición humana.” Pues eso.

17 abril, 2017

Del azahar y el jazmín

Filed under: Por el pueblo,Retales de recuerdos — Nicolás Doncel Villegas @ 10:56

 

clip_image002Si hay dos olores de flores (fragancias florales iba a escribir, pero me ha resultado demasiado… ¿cursi?) que me resultan agradables son las del azahar primaveral y la del jazmín estival. No sé si el ser flores blancas tendrá algo que ver en esa común preferencia. Lo que sí sé es que esos aromas limpios, blancos, de una suavidad que nunca empalaga el olfato (como la abrumadora dama de noche) son una delicia para las mañanas de abril o los atardeceres de julio. Quizás ese gusto por ambos olores venga determinado en parte por el recuerdo de la niñez. En el patio de la infancia uno se daba el relevo con el otro. El cerco de flores de azahar que circundaba el naranjo cubriendo el suelo era seguido en el tiempo por las flores de jazmín que se abrían al atardecer; éstas eran cogidas con delicadeza para hacer con ellas un “manojito”, utilizando un alfiler que se pinchaba sobre el vestido femenino, o eran colocadas sobre las mesitas de noche para espantar a los fastidiosos mosquitos que al anochecer salían del pozo del mismo patio.

Viene todo este asunto de aromas florales y recuerdos con ellos relacionados a cuento de una observación y una duda que en este tiempo de naranjos en flor me vengo haciendo. Un parque y dos calles contiguas a la que vivo se adornan con naranjos. Unos fueron podados hace unos meses de manera artística dándoles una forma redondeada mientras que otros no fueron sometidos a tal poda. Observo que aquellos que lucen su redondeada forma esconden sus flores entre la apretura del corte que el jardinero realizó; el azahar debe andar escondido entre el verdor de la vieja hojarasca porque en el suelo hay testigos de ello. Por el contrario, los que no fueron podados lucen abiertamente sus flores en los nuevos tallos y entre las hojas recientes de un verde casi transparente. Como no soy experto en botánica ni en jardinería desconozco si la acción de esa poda determinará una mayor o menor floración; lo que sí es evidente es que los que no fueron tocados por la mano del hombre se muestran más amables en su exhibición floral.

30 marzo, 2017

Sentado en un banco de “solysombra”

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 13:06

clip_image002En estos días de primavera soleada, de tiempo plácido, tras la caminata mañanera y la reparadora ducha, suelo sentarme en uno de los bancos del parque para leer. Son esas horas en las que la actividad del pueblo parece detenerse. Esas horas que suceden al despertar del tráfico madrugador que lleva a los agricultores al campo, a los trabajadores a las fábricas y a los escolares a las aulas. Ahora tan solo se escucha alguna furgoneta de reparto que llega para abastecer a los dos comercios aledaños pero el silencio se impone y me permite oír el canto de los pájaros y alguna conversación entre vecinas que van o vienen de la compra.

Como soy el único usuario del parque puedo elegir el banco que mejor sombra me ofrezca. Los hay a pleno sol, los hay de umbría casi total y los hay de solysombra. Desde uno de estos últimos está tomada la foto. El sol se esconde tras la copa del pino de tronco retorcido. El pequeño círculo solar se expande hasta formar otro de más amplitud que irradia una luminosidad capaz de difuminar el intenso azul celeste. El verde arbóreo se oscurece y el efecto transmite al espectador una armonía que se acompasa con la quietud que reina en el parque. Toda esa perfección me invita a volver a la lectura. Es entonces cuando el clímax se rompe por el desaforado ladrido de un perro que toma el sol en la ventana de una de las casas que rodean el parque. Afortunadamente el impertinente cánido cesa pronto en su desagradable ladrar y el equilibrio entre la naturaleza urbana y el usuario del parque se restablece sin más sobresaltos.

Todo es de una quietud exagerada, casi irreal, que se conjuga a la perfección con lo ordinario de la vida, con esa tranquilidad átona, casi aburrida si no fuese deseada. Se mueve una pequeña brisa mientras leo en “El cuaderno gris” de Josep Pla una frase que me viene a cuento: Aires de mi país: salud, tranquilidad, ordinariez, ahora va bien…”.

28 marzo, 2017

Florecido en rosa intenso

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 9:56

Hace ahora casi un año subí hasta el paraje en el que se encuentra el Árbol del Amor. Llevaba más de veinticinco años en este pueblo y nunca había subido hasta ese lugar. Lo hice con el último grupo de alumnos que tuve en mi vida lectiva y con los últimos compañeros de mi vida laboral. Hace unos días, mientras caminaba por la carretera paralela a la vía férrea, lo recordé al percatarme que el árbol ya había florecido en rosa intenso. La mañana estaba gris y ventosa y amenazaba lluvia. Recuerdo que el año pasado sucedió algo parecido y tuvimos que posponer en un par de ocasiones la jornada de senderismo debido a las lluvias caídas.

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Aunque descuella por encima de los olivos más altos del cerro su presencia suele pasar inadvertida el resto del año. Es ahora, en estos días de primavera, cuando destaca por su color. Su silueta se recorta con nitidez, sea en los días despejados de azul intenso o en estos encapotados de nubes grisáceas. Bajo su altiva posición se enmarañan los olivos en la pendiente del lado derecho mientras que en el izquierdo, con menos pendiente, guardan la alineación debida en la ladera del Cerro Morrión. En estos días de pasajera floración es también objetivo diario del sureño vistazo que cada mañana comparte con el vistazo norteño que echo a la chimenea en desuso sobre la cual las cigüeñas han construido su nido. La silueta del ave migratoria se enfrenta a la del árbol que enamora.

De todos estos pensamientos me saca la batahola amortiguada que llega hasta la carretera tras haber cruzado la vía del tren y haber saltado la tapia del colegio. Es la hora del recreo y la algarabía infantil, a tan pocos metros, me parece ya muy lejana.

21 marzo, 2017

Concierto en el Parque Blanco

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 11:54

Es difícil evadirse de las costumbres que perviven en la sociedad en la que uno fue a nacer. Hay veces que tampoco es necesario evadirse porque lo que a uno le rodea tampoco le molesta. Simplemente se convive con ello. Por ejemplo…

Hay noches que se oyen las pisadas de los costaleros que ensayan para Semana Santa. Llevan el “paso” sin imagen y apenas se escucha la música necesaria (que debe salir de algún artilugio portátil) para ir todos a una. Ya se sabe, muerto don Carnal bienvenida doña Cuaresma.

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El domingo volvía de mi caminata mañanera y pude disfrutar de un concierto sentado en un banco a la sombra de los naranjos del Parque Blanco. La Banda Puente Romano ensayaba marchas procesionales. No es que uno sea adicto a ese tipo de música pero, créanme, tomarse un respiro oyendo los sones de clarinetes, oboes y flautas traveseras mientras repica el tambor bajo un cielo que arropa los naranjos a punto de romper en azahar es un pequeño placer. Desfila la banda girando por el parque. Gente joven, y muy joven, que soportan el sol que ya calienta a estas horas y que bebe agua en la fuente cuando el director manda hacer un descanso. Entre ellos algunos alumnos de mis últimos cursos escolares que me saludan tímidamente cuando la sección de viento cesa para dar paso a la percusión de bombos y tambores. Suenan con delicadeza las notas de alguna marcha que me resulta conocida mientras la banda desfila, acompasada en música y paso, por un lateral del parque. El director patea una naranja que debió haber escapado de la recolección que hace un par de semanas realizaron operarios municipales y avisa de algún otro obstáculo en el suelo para que sus jóvenes músicos puedan tocar y desfilar sin imprevistos.

En silencio, y sin gesto alguno, aplaudo el improvisado concierto mientras los veo alejarse del parque.

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