La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

26 abril, 2018

Cada cosa en su sitio

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 9:33

anzarino

Llevo años pasando por esa calle que aparece en la imagen; es la calle Anzarino. Es la que suelo tomar cuando salgo a caminar porque me deja frente al viaducto que salva la vía del ferrocarril, me encara con el Cerro Morrión y me coloca a pie de carretera. La imagen es una captura de pantalla de Google Maps con fecha de enero de 2010 pero bien podría ser de ayer tarde. ¿Qué es lo que me llamó la atención ayer tarde? ¿Hay algo que a usted, querido lector, le llame la atención?

En esta vida todo suele tener un principio y un final. Desde las andanzas del ingenioso orate don Alonso Quijano hasta la vida de Benjamín Button todo comienza y todo acaba. Bueno, puede que haya alguna excepción (como la numeración y eso que llaman procés), hechos extraños y a veces incomprensibles para la mente humana, que sabemos cuando comienzan pero que nadie se atreve a predecir cuándo tendrán un fin. Por lo demás, lo normal es que todo tenga una salida y una meta, un alfa y un omega, un nacimiento y una muerte, un león rugiendo bajo el letrero de la Metro Goldwyn Meyer y otro letrero de The End.

También tienen un principio y un final las calles. Las hay cortas y largas, de barrio y de centro histórico,  asfaltadas y adoquinadas, con nombres de siempre y con nombres que cambian al albur de la Historia, peatonales y con atascos circulatorios… Pero, todas comienzan y acaban, con su numeración correspondiente de números pares e impares, con sus diferentes categorías (desde la burguesa “Avenida” hasta el proletario “Callejón”) y con sus placas de humilde metal o de cerámica vidriada que nos dan a conocer sus nombres.

Esas placas callejeras, atornilladas en la pared, están colocadas en los extremos, allí donde la calle comienza  y allá donde acaba, como las fechas de nacimiento y fallecimiento en cualquier lápida mortuoria. Pero, como el lector habrá observado, eso no sucede en la calle Anzarino. Ahí tienen esa placa verde con su nombre, custodiada por dos aparatos de aire acondicionado, separada de la esquina en la que debería estar por varias casas y un bloque de pisos. No sé el por qué de esa localización placallejera. Cuando se lo comenté a mi santa me dio una respuesta histórica-urbanística: La placa está ahí porque hubo un momento en el que la calle terminaba en esa casa. Puede que así fuese, el tipo de placa así parece confirmarlo. A pesar de los años vividos cerca del lugar no tengo en mi memoria si la calle terminaba ahí y luego fue ampliada. Tampoco es cosa de importancia, tan solo el resultado de una observación por parte de quien dispone de tiempo para este tipo de asuntos intrascendentes.

PS. Después de escribir lo anterior observo que en la paralela calle Monte Real sucede igual con la placa que la nombra. La tesis de mi santa toma fuerza.

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12 marzo, 2018

Basuraleza y naturaleza desatada

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 10:16

naturaleza

Entre tanto vaivén de temporales hay mañanas soleadas en las que la naturaleza se desmanda. Un ejemplo de esto es la naranja que observo en el suelo, un magnífico contraste de color entre el negro alquitranado de la calle y el amarillo anaranjado de la cáscara arrugada de la fruta. Sobre ella, que debió escapar de la recolección llevada a cabo hace unos días, se mueven de manera alocada una veintena de pequeñas orugas negras. Será el color vistoso o la flacidez de la cáscara, desconozco los motivos de estas procesionarias, las razones por las que han tomado posesión de la fruta caída. Además, no están solas. Sobre el bordillo de la acera se ve a otra y fuera del objetivo de la cámara observé una auténtica procesión de orugas. Cual si fuesen inmigrantes subsaharianos saltaban la valla que es frontera entre la acera y la vegetación que hay al otro lado. Esa valla, que separa la calle de los terrenos baldíos que hay paralelos a la vía férrea, no es obstáculo para su lento avance y sus incursiones en territorio urbano.

Sigo mi caminar y me encuentro con otro ejemplo de esa naturaleza desatada que comentaba al principio. A pocos días de la llegada oficial de la primavera hay ciertas especies que han tomado la delantera y florecen ya con todo el descaro y la fuerza que les dan los días lluviosos que se alternan con los soleados. Hoy he cambiado mi camino más usual y he decidido asomarme al arroyo Salado. Delante de mí, por la vía de servicio de la autovía, veo que hay quien ha tomado la misma ruta. El talud que asciende hacia la autovía presenta un espacio deplorable; junto a las inmortales botellas de plástico veo numerosas latas de refresco, restos de gomas destrozadas que antes fueron las cubiertas de las ruedas de algún camión, trozos metálicos que me parecen restos de las vallas que impiden el paso a la autovía… Todo un muestrario de eso que se ha dado en llamar basuraleza, los desechos que los humanos vamos dejando abandonados en la naturaleza, y palabra que hace poco el escritor Muñoz Molina ha considerado necesaria para describir ese tipo de contaminación. Llegado hasta el Salado me detengo a observar sus aguas turbulentas que bajan pardas y cruzan rápidas por debajo del puente sobre el que me encuentro y el que facilita el paso del tren. Sendero, vía férrea y autovía se superponen mientras el arroyo toma su última gran curva antes de desembocar en el Guadalquivir.

De vuelta, al final de la vía de servicio, observo que otro caminante se adentra en el acceso que tienen los vehículos que abandonan la autovía para adentrarse en el pueblo. Es un trozo de carretera por el que descienden rápidamente los coches hacia el lugar por el que hombre camina. Pienso que se ha debido equivocar y estoy a punto de darle una voz avisándole de su peligroso error cuando veo que él también parece haberse percatado de lo mismo y, girando la cabeza hacia un lado y otro, parece confirmar su despiste mientras se vuelve rápido por dónde ha venido hasta salir de la zona peligrosa. Respiro aliviado por la salvación del caminante suicida o caminante despistado.

9 marzo, 2018

Estruendo de motores

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 12:14

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Mi tranquilidad lectora se vio interrumpida en la mañana del miércoles por la cuadrilla de jardineros que tomaron posesión del parque con sus segadoras y sopladoras. El ruido de estas máquinas se vuelve ensordecedor, incluso estando en el extremo opuesto del parque, cuando aceleran sus pequeños motores. Veo como las cuchillas hacen saltar la hierba cortada mientras quien maneja la máquina se protege con una máscara translúcida. Un poco más allá la sopladora arremolina el césped hasta formar un montón que luego es recogido con los más tradicionales escoba y recogedor. Las dos cortadoras las manejan hombres, la sopladora y la escoba van a cargo de mujeres. No sé si esto último que escribo podrá ser considerado como una evidencia, una denuncia contra la desigualdad de género o un reparto de tareas según capacitación personal. Ya no sabe uno a qué atenerse cuando cuenta lo que ve, o si debería contarlo porque ello puede herir susceptibilidades o provocar un problema de orden social. En ello pienso mientras veo el trabajo de estas personas, mujeres y hombres (y viceversa). Seguro que ellos y ellas (y viceversa) no habrán pensado tanto en esto a primeras horas del día cuando se repartieron, o les repartieron, la tarea de cada cual.

Abandono tales pensamientos cuando me percato que del suelo de la zona de juegos emana una especie de nebulosa que se mueve a favor del ligero viento que sopla. Es zona acolchada con una especie de caucho para preservar a los infantes de golpes dolorosos en sus caídas. Se ve que el potente sol  de esta mañana está evaporando el agua de lluvia acumulada en el salvador material protector. Entre el ruido de las máquinas de jardín, la tenue nubosidad que nace del mullido suelo crea un micro espacio de paz muy gratificante. Veo como los bordes comienzan a secarse mientras que de la zona más húmeda sigue aflorando el vapor de agua que apenas destaca en la fotografía como unas ligeras manchas grises superpuestas en el rojizo del suelo acolchado.

Vuelve el ruido, acrecentado por la máquina barredora de la calzada, la cual se acompaña de otro operario con sopladora. Veo entonces que el jardinero que estaba cortando el césped del arriate más próximo a donde me encuentro se me acerca y me dice:

– Buenos días, le importaría sentarse en otro banco más alejado. Es que pueden saltar chinos…

– Por supuesto, sin problema –le contesto con la misma amabilidad con la que me ha hablado.

Cuando abandono el banco en el que estaba sentado prefiero refugiarme en la tranquilidad del hogar y evitar así el estruendo de motores que se ha adueñado esta mañana de este lugar de tranquilidad que suele ser el parque.

6 marzo, 2018

Flota como un elemento inútil

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 13:53

flotaApareció un sol repentino, como si alguien hubiese abierto la puerta sin llamar. El domingo por la mañana las nubes se alejaron y la luz de marzo hizo acto de presencia. Nada más concluir mi conexión skypeana filial, y mientras mi santa cumplía con su precepto dominical, calcé zapatillas de caminar y salí a disfrutar de esa luminosidad que es signo de identidad para quienes vivimos en este Sur. No era el único que había tenido esa necesidad de salir. Había movimiento de vehículos por las calles y caminantes que regresaban de las afueras del pueblo. Todo lo contrario de mi solitaria y grisácea caminata del viernes tarde. Incluso una pareja de la policía local llamaba a la puerta de un convecino, hecho este que siempre inquieta el ánimo del que escribe pues tiene la idea de que cuando la Autoridad (policial, fiscal, etc.) llama a tu puerta es que tienes un motivo para preocuparte. Me olvido de la Autoridad y veo que el parque ha recuperado las voces infantiles, ahogadas en los últimos días por los repetitivos chubascos, y lo rodeo para caminar paralelo a la vía del ferrocarril. En algunos arriates de jardines inacabados la tierra no ha sido capaz de absorber los casi noventa litros llovidos en los últimos días y, sobre el agua acumulada, flota como un elemento inútil la negra goma de riego. Paso por la residencia de mayores, edificio que se va haciendo tan viejo como quienes deberían hacer uso de él y que permanece viendo pasar los trenes y el tiempo sin que haya abierto sus puertas. En un banco del rincón-plazuela de la residencia una pareja de adolescentes se besa con el desatino propio de la edad y con la permisividad de la apacible meteorología. Camino por los alrededores del pueblo sin alejarme demasiado pues la mañana está concluyendo. Disfruto de un aire limpio y perezoso que con su inmóvil presencia ayuda a que el sol pique en las espaldas del caminante. Regreso por el mismo camino y escucho los sones procesionales que salen del edificio en el que ensaya la banda de música: por una ventana entreabierta se escapan las notas de los instrumentos de viento; por la siguiente suenan contundentes los bombos y tambores. Por un momento me es imposible escuchar la canción que suena en mis auriculares, “Taxman”:

“…si quieres sentarte, cobraré un impuesto por la silla
si tienes mucho frío, cobraré un impuesto por la calefacción
si te vas de paseo, cobraré un impuesto por los pies…”

Decido recogerme en casa antes de que aparezca el recaudador y grave mi caminar con un nuevo impuesto.

3 marzo, 2018

Ahora que ha dejado de llover

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 13:26

ahoraAyer tarde, cuando el cielo atmosférico decidió hacer una pausa en su quehacer lluvioso de estos últimos días, salí a pasear por calles mojadas. Callejeando a favor de viento, dándome de bruces con él al doblar una esquina, observé la cantidad de charcos que se han formado, lo irregular del suelo que pisamos. Vi pequeños mares interiores alrededor de algunas rejas de alcantarillas atoradas. Uno de ellos me pareció un mediterráneo reducido, con su silueta recortada por mil penínsulas, un mar en el que podría navegar aquel barquito de papel sin nombre, sin patrón y sin bandera. He cambiado el rumbo mientras me protegía con la gorra y el chubasquero de las impertinentes canales que se empeñan en gotear rato después de que haya dejado de llover. El agua ha mojado las pocas banderas patrias que aún siguen colgadas tras aquellos días de temporal político. Algunas de ellas han sido volteadas por la ventolera y se enredan entre las rejas de balcones y ventanas como símbolo del laberinto del que algunos no quieren salir. El temporal meteorológico se hace notar también en los grandes desconchones que afloran en las fachadas de las casas abandonadas. La cal ha desaparecido y la humedad se adentra en la mezcla arenosa como si fuese una infección en una herida mal cicatrizada.

He acabado, como tantas veces en estas caminatas de interior, asomándome a la ribera del Guadalquivir. El río ha crecido en caudal. Las aguas bajan más pardas que hace unos días y, aunque no viajan a gran velocidad, arrastran tarajes y algún tronco que flota asomando su cabecera como si fuese la proa de un bajel pirata. Miro el gran río entre los ramajes invernales y desnudos de la arboleda que custodia su tránsito. Siento detrás de mí la presencia del campanario de la parroquia que, por encima de los tejados, observa también el discurrir sereno de las aguas. Me cuelo por una bocacalle y veo salir de la parroquia un buen número de chiquillos a los que esperan sus progenitores. Los catequizados buscan pronto refugio en los vehículos de sus mayores o aligeran el paso pues la tarde no está para paseos. Algunos bares cerrados acrecientan esa sensación de soledad callejera, pienso, cuando me cruzo con una persona en el mismo lugar en el que coincidimos también hace varios días. Es curioso ese encuentro porque llevaba mucho tiempo sin ver a esa persona y en unos días hemos coincidido dos veces en el mismo lugar. Suele pasarme algo parecido con un familiar cuando voy a mi pueblo de nacimiento. En esos pensamientos ando antes de doblar la última esquina y refugiarme en casa pues la tarde comienza a caer.

20 febrero, 2018

Cuatro procesiones para una mañana de domingo

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 10:54

procesiones

El pasado domingo, a eso de la hora del Ángelus, tres procesiones (tres, sí, no me he equivocado en el título, ya lo verán) pasaron cerca de casa.

Al estar de guardia maternal no puedo practicar la caminata mañanera. Lo compenso sentándome en la puerta de casa mientras leo y miro pasar la vida. Me refugio en el zaguán si el viento sopla y enfría el ambiente o si, por el contrario, el sol calienta la cabeza más de lo debido. De cuando en cuando me doy un corto paseo hasta la esquina o me asomo al parque (cinco metros, latitudes norte o sur, aproximadamente).

En uno de esos paseos observo al final de la calle lateral, a punto de perderse por la otra esquina, un paso de Semana Santa cuyas imágenes van cubiertas con negras lonas. Los costaleros andan ensayando para la próxima festividad religiosa. A algunos los veré una hora después regresar con el costal en la mano y fajados cual si padeciesen alguna dolencia lumbar. Son jóvenes espigados y recios, de cuerpos atléticos. Puede ser que algunos de los que iban bajo el paso anduvieran hace pocos días disfrazados de máscaras carnavalescas. Así somos en esta tierra, soltamos de la mano a don Carnal y se la damos a doña Cuaresma sin ningún tipo de problema. Y bien está que así sea, que seamos bivalentes, e incluso poliédricos.

Al poco tiempo de que el paso semanasantero se pierda de mi vista escucho sonidos de marchas procesionales. Es la banda de música que ensaya alrededor del parque, algo que ya se va convirtiendo en tradición porque recuerdo haberlos visto en años anteriores. Diviso en la distancia que me permite el no alejarme demasiado de mi garita de guardia maternal a varios antiguos alumnos. El año y medio que ha pasado desde que acabamos nuestra relación pedagógica se nota en sus cuerpos de adolescentes que no paran de cambiar.

Se aleja la banda musical y regreso a mi asiento de lector vigía. Ante mí pasa la tercera procesión. Por el acerado discurren silenciosas un par de procesionarias. Una de ellas se acerca al borde del viejo adoquín que separa acera y calzada y trata de escabullirse entre la hierba que sobrevive a las pisadas humanas. Dejo de mirarla y regreso a la lectura abandonada, “Las rosas de piedra” (Julio Llamazares): “…el popularísimo Cristo de las Injurias, hermosa talla del XVI procedente de un antiguo monasterio junto al río y al que los zamoranos profesan una enorme devoción, como lo demuestra el hecho de que lo sacan en procesión todos los Miércoles Santos…”. Vaya, pienso para mí, cuatro procesiones en una mañana de domingo.

16 febrero, 2018

Naranjeros en el parque

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 8:56

naranjerosDespliego mi veraniega silla de plástico blanco, en la que coloco un delgado cojín blanquiazul de tono marinero,  para sentarme a tomar el sol del mediodía de febrero ahora que los fríos están en retirada.

Ese primer párrafo, ahora que lo pienso, está contaminado por la lectura de la novela que me entretiene y acompaña en esa sentada: “La regata”, de Manuel Vicent, historia muy veraniega y marinera (y algo más).

Entretenido con la lectura, y con los saludos de algunos vecinos que pasan por la calle, me molesta de cuando en cuando el ladrido de un perro que toma el sol unas ventanas más arriba. El silencio se rompe también con el lejano y seco crotoreo de las cigüeñas que han hecho nido en una de las antiguas chimeneas de la fábrica de aceite. En la otra, en la chimenea más alta, una de las cigüeñas otea el horizonte urbano, el discurrir del Guadalquivir y la oscura sierra, dejándome con la impresión de ser alguien sin importancia ante su estilizada figura elevada a lo más alto del gran chimeneón.

Los dos sonidos  zoológicos se ven superados por voces humanas que me llegan de algún lugar indeterminado. Abandono la lectura y la silla plegable para asomarme a la zona del parque que no puedo otear desde mi asiento. Veo entonces una cuadrilla de trabajadores que comentan en voz alta los pormenores de la tarea  que están realizando: la recolección de las naranjas. Equipados con escaleras de madera, que me recuerdan a la que usábamos en la casa de la infancia para encalar las altas paredes del patio, se mueven con agilidad, cargando sobre el hombro una especie de talegas en la que dejan caer las naranjas, bajando para vaciar el contenido en grandes bolsas, subiendo de nuevo los escalones hasta desaparecer entre la hojarasca de los árboles…

Vuelvo a mi tarea de jubilado al sol y retomo la lectura cuando uno de los recolectores se me acerca para pedirme que haga el favor de llenarle de agua un recipiente de plástico equipado con una cuerda que hace las veces de asa. Le devuelvo al naranjero la circunstancial cantimplora con el agua solicitada. Se marcha hacia el parque para reunirse con la cuadrilla que ha cesado en su trabajo porque se acerca la hora del almuerzo. Por mi parte recojo amarras replegando mi veraniega silla y mi electrónico libro pues el sol se aleja ya de la acera.

19 enero, 2018

Yo no soy ese que usted se imagina

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 10:49

carteroCamino por una calle cercana a mi casa y una señora que viene en sentido opuesto, unos metros antes de cruzarnos, me dice:

Mal lo veo hoy andando.

Teniendo en cuenta que mi andar era normal, puesto que esa mañana no me sentía muy perjudicado por el dolor que a veces afecta a mi extremidad inferior izquierda, me quedé bastante sorprendido por su observación. Además, en comparación, el caminar de ella era de un ligero balanceo parecido al de las antiguas muñecas de Famosa y lo hacía ayudándose de un bastón. Así que, ante mi duda, le respondí preguntándole:

– ¿Cómo dice?”

Es entonces, estando ambos a la misma altura de la calle, cuando la mujer se da cuenta de su error y me contesta:

Ay, qué me he equivocado, le he confundido con el cartero”.

Es ahí cuando veo la luz en este equívoco: no es que mi andar fuese patoso ni cojitranco; simplemente iba andando, mientras que el cartero siempre va en moto, realizando eficazmente su tarea al llegar motorizado hasta los buzones caseros. Es un funcionario al que es difícil ver caminar, como siempre ha hecho el clásico cartero, tirando o empujado su carro de Correos.

Lo que sigo sin comprender es porque la señora me confundió con el cartero. En el momento de los hechos yo vestía chaquetón azul marino y pantalón de chándal negro; bajo el chaquetón sudadera gris que dejaba ver una estrecha raya blanca. El cartero viste pantalón y chaquetón azul marino (hasta aquí podríamos ser confundidos por alguien que no ande muy bien de vista); pero, su chaquetón luce unas llamativas y amplias  franjas amarillas (y aquí la confusión ya comienza a ser difícil por muy fastidiada que tengamos la visión). Pero, sobre todo, yo cubría mi cabeza con gorra gris de invierno y el cartero motorizado siempre protege la suya con un casco del inconfundible y vistoso color amarillo correos.

En fin, como era la segunda vez que me confundían con alguien durante estos días invernales seguí caminando mientras tatareaba mentalmente la letra de la canción de Mari Trini “Yo no soy esa que tú te imaginas…”.

7 enero, 2018

Pensamientos de alquitrán

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 10:14

alquitránHace unos días, tras un mes de no hacerlo, salí a caminar por la carretera. En ese tiempo han arreglado un tramo de la circunvalación del pueblo, entre la calle que sube a la ermita y el magno viaducto que hicieron hace ya unos años al final de la calle Lopera. En la carretera, sobre la valla metálica que protege a vehículos y caminantes de caer en el canal que, a su vez, protege a la vía férrea de las aguas que bajan en torrente del cerro (cuando llovía torrencialmente) había restos del alquitranado. Cogí un trozo de ese sólido alquitrán, de un color negro carbón de Reyes, de apariencia rocosa, pero que entre mis manos se desprendía fácilmente en pequeños fragmentos rugosos, algunos de los cuales (los más diminutos) intentaban adherirse a la piel de mis dedos. Pensé que igual sucede en algunas relaciones humanas, se ven de un color homogéneo, aparentan una uniformidad pétrea; pero, cuando uno se acerca y las observa con detenimiento comienza a ver las grietas, aprecia cómo se van descomponiendo hasta que se rompen en mil pedazos, algunos de los cuales, los más pequeños, o los más intensos, quedan para siempre adheridos en la memoria en forma de recuerdos imborrables.

Di un manotazo mental a pensamientos tan profundamente inquietantes, me coloqué los auriculares y comencé a escuchar un podcast del programa radiofónico “Nadie sabe nada”, que siempre es un buen antídoto para asear la mente y limpiarla, con su gel de ocurrencias y su champú de disparates irrisorios, de dilemas altamente tóxicos para la salud mental. Así seguí caminando más liviano por caminos terreros, observando los trigos verdeguear, los olivos despojados ya de sus frutos y los barbechos en espera de simientes primaverales.

21 diciembre, 2017

Queja/sugerencia a los Reyes

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 10:15

pajes

Hoy vengo a presentar una queja/sugerencia a los Reyes; no a los dos Reyes de España sino a los tres Reyes de Oriente. Les cuento…

El pasado domingo por la tarde salgo con mi santa a dar un paseo por el pueblo. El Jardín del Lirio luce tonos de otoño decadente. Evitamos la Ribera del Guadalquivir pues el sol está cayendo y es mejor escapar de humedades innecesarias. Nos dirigimos a la Plaza del Ayuntamiento en la que nos encontramos gran algazara de gentes. Nada más llegar se nos acerca un grupo que porta un cartelón con números en los que apuntan el nombre del jugador tras pagar por participar en el sorteo de un jamón. Me pido dos números a ver si hay suerte. Adelanto ya que no la habrá; aunque estuve cerca: salió premiado el 181 y uno de mis números era el 171; la decena me hizo perder el jamón. Al otro lado de la plaza, junto a la fachada del Ayuntamiento, la humareda olorosa y un cartel colgado en la pared desvelan que la Hermandad del Nazareno ha montado un eventual puesto de churros. No participo de la degustación de tan atrayente masa frita pues antes de salir de casa me he merendado con varios y muy ricos pestiños recién salidos de la cocina de mi santa. Aparte de las gentes del jamón rifado y los churros solidarios, la mayoría de los allí concentrados forman una larga fila compuesta de niños, padres y abuelos que van a entregar la Carta a los pajes reales. Y es aquí dónde salta la queja.

Sabe uno que vivimos en tiempos acelerados, tiempos en los que los libros de texto se ponen a la venta a mediados de agosto y los mantecados navideños  aparecen tras el Día de Difuntos. Todo se adelanta a su tiempo tradicional. Y eso me parece que ha sucedido, aunque no tanto como en los ejemplos anteriores, con la visita de los pajes de los Reyes de Oriente. Si a estos se les espera en la madrugada del día 6 de enero los pajes tenían tiempo suficiente para hacer su trabajo. Por ejemplo, el sábado 23. Ese día, más cercano a la Nochebuena, acogería a los paisanos que están trabajando fuera y vuelven para Navidad; estos pueden ser uno, un mil o un millón pues nunca se sabe con estas realidades tan mágicas. También hubiesen estado en el pueblo quienes el pasado domingo por la tarde tenían que marcharse a sus lugares de estudio y trabajo. Y, además, el sábado 23 todos los niños y niñas estarán ya de vacaciones navideñas. En fin, que me parecía que retrasar una semana la visita de los carteros reales hubiese sido mejor. Se me ocurrió todo ello porque pensé que así yo podría haber estado en esa fila con mi nieta, una más de esas villarrenses que están fuera y vuelven por Navidad. Es por ello que en mi carta a los Reyes, además de la petición de regalos, he presentado esta queja/sugerencia a SS.MM Mágicas. Se lo he escrito a ellos porque imagino que el Ayuntamiento, aunque haya dado cobijo y posada en su Plaza a los ilustres visitantes, nada tiene que ver con todo esto.

Cuando ya se había hecho la noche, y el magnífico alumbrado navideño de la plaza iluminaba la fila de los que aún esperaban para entregar su carta, tomamos el camino de regreso a casa tras pasar por la también esplendorosa y fulgurante fachada (y atrio) de la parroquia.

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