La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

17 noviembre, 2017

Alatriste y el Velázquez desaparecido

Filed under: De libros — Nicolás Doncel Villegas @ 10:06

Velázquez desaparecidoEn “Velázquez desaparecido”, de Laura Cumming, se cuenta la historia de un retrato que el pintor sevillano hizo al entonces príncipe de Gales, Carlos. El joven príncipe, junto al duque de Buckingham, “concibieron un plan secreto para poner fin a siglos de hostilidad entre Gran Bretaña y España y cruzaron toda Europa con nombres falsos —John y Thomas Smith— hasta llegar a Madrid, donde el protestante Carlos de alguna manera obtendría la mano de la hermana pequeña del rey, la católica María Ana.” Se conocen detalles de aquel viaje y su llegada imprevista a la corte madrileña de Felipe IV.

Bien, situémonos en ese momento y enlacemos la historia con la ficción novelesca. Del libro de Cumming (¿ensayo, obra de investigación…?) pasamos a la novela histórica: “Al día siguiente, Madrid despertó con la noticia increíble. Carlos Estuardo, cachorro del leopardo inglés, impaciente por la lentitud de las negociaciones matrimoniales con la infanta doña María, hermana de nuestro Rey Don Felipe Cuarto, había concebido con su amigo Buckingham ese proyecto extraordinario y descabellado: viajar a Madrid de incógnito para conocer a su novia, transformando en novela de amor caballeresco la fría combinación

diplomática que llevaba meses dilatándose en las cancillerías.”

Esa noche el príncipe inglés y su valido el duque de Buckingham tuvieron una escaramuza de espadachines con quienes habían sido pagados y engañados para que eliminasen a los falsos Smith. Uno de esos ejecutores era el capitán Alatriste, a cuya novela pertenece el párrafo copiado anteriormente, y el que sigue: “Y que,

aunque por razones de Estado resulte imposible publicar lo ocurrido esta noche, él, Carlos, príncipe de Gales, futuro Rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda, no olvidará nunca que un hombre llamado Diego Alatriste pudo asesinarlo, y no quiso.”

Otra de esas relaciones que uno va encontrado en sus lecturas, unas más serias, otras más entretenidas, pero siempre enriquecedoras. Lo triste es que, dejándonos llevar por la ficción, el pintor no le contase nada al espadachín sobre aquel cuadro que pintó al príncipe inglés. Según imagina Pérez-Reverte llegaron a ser, junto a Francisco de Quevedo, buenos amigos. Así lo cuenta Iñigo Balboa, el escudero del capitán: “Aunque la verdad es que muy pronto Don Francisco y el joven sevillano se hicieron asiduos, y el mejor retrato que se conserva del poeta es, precisamente, el que hizo después aquel mismo joven. Que con el tiempo también fue muy amigo de Diego Alatriste y mío, cuando ya era más conocido por el apellido de su madre: Velázquez.”

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18 octubre, 2017

Pla, el obispo, el filósofo y el seny

Filed under: De libros,Menú del día — Nicolás Doncel Villegas @ 8:15

 

clip_image002Cuando se entremezcla la lectura con la realidad:

“Según el obispo Torras i Bages, que vivió en la época más bien plácida de la Restauración, el catalán es práctico, moderado, tenaz y de pocas fantasías.”

No lo digo yo, cito a Josep Pla cuando escribe del seny en su libro “El cuaderno gris”. A renglón seguido dice Pla:

“Balmes, que vivió en una época de incesantes revueltas, me parece que hubiera discrepado. A través de la lectura de La Sociedad y de otros escritos políticos, se ve que Balmes desconfiaba un poco del seny catalán.”

Busco información sobre este Balmes y resulta ser un sacerdote nacido en Vich, filósofo, teólogo, tratadista político… de la primera mitad del siglo XIX de cuyo pensamiento dice Wikipedia: “Generalmente la filosofía de Balmes es entendida meramente como «filosofía del sentido común», cuando en realidad se trata de algo bastante más complejo. Tanto en Filosofía fundamental como en Filosofía elemental (siendo ésta segunda obra de carácter más divulgativo) se trata el tema de la certeza.

No me extraña que Pla pensase que Balmes desconfiaba un poco del seny catalán. Un siglo después de que muriese el obispo Torras, defensor del catalán práctico, moderado, etc. y casi un par de siglos después de que viviese el teólogo de Vich, el filósofo del sentido común y la certeza, andamos en esta cuitas, en estos desasosiegos, en este sí pero no, no pero sí, en este 155 que ni siquiera es número primo…

17 octubre, 2017

Cartas iban y venían

Filed under: De libros,Menú del día — Nicolás Doncel Villegas @ 9:57

 

clip_image002Cartas iban y venían desde Londres a Madrid / desde Londres a Madrid cartas iban y venían… dice la copla.

Me ha gustado que Carles haya escrito una carta a Mariano, y que éste le haya contestado de igual manera. Esto de la correspondencia epistolar, tan en desuso que parece de otros siglos, tiene el encanto de lo más cercano: el tacto del papel que ambos han tocado, la tinta trasformada en palabras y oraciones que expresan ideas y sentimientos, la caligrafía que traslada tu personalidad a lo que fue un albo papel, la firma que te identifica como único …

Sí, ya sé que las cartas que van y vienen de Barcelona a Madrid, de Madrid a Barcelona, nada tienen que ver con lo escrito en el párrafo anterior. Pero qué le vamos a hacer, a uno siempre le queda un rescoldo de nostalgia por las viejas costumbres de la escribanía.

En cuanto al poder persuasivo de las misivas citadas dudo mucho que tenga efecto. La carta de Puigdemont me ha recordado en parte algo que cuenta Luis Carandell en su libro “Anécdotas de la política”. Resulta que el escritor y político Benjamin Constant trabajó a favor de la Revolución Francesa pero se opuso a Napoleón siendo condenado a destierro por éste último. Cuando llegó la Restauración creyó estar a salvo por haber estado en contra de Bonaparte pero le avisaron de que figuraba en una de las listas de personas que había que deportar por haber sido favorable a la Revolución. Entonces, y aquí viene el asunto postal, escribió una carta a Luis XVIII para evitar la deportación. Parece ser que fue tan convincente que el mismo rey tachó su nombre de la lista de los proscritos:

– Tu carta era una maravilla -le dijo un amigo-. ha convencido al rey.

– Creo que sí -respondió Benjamin Constant-. Estaba bien escrita, casi me convenció a mí también.

1 septiembre, 2017

Aromas contrapuestos

Filed under: De libros — Nicolás Doncel Villegas @ 8:00

 

clip_image002Leyendo uno de los cuentos del libro “Mala letra”, de Sara Mesa, el titulado “Nada nuevo”, magnífico cuento, dicho sea de paso, me encuentro con lo que sigue: “…tras la dama de noche que, aun en la amanecida, seguía apestando con su caliente dulzura putrefacta…”.

Nunca, nadie había calificado, que yo sepa, tan a la perfección el aroma de ese arbusto también conocido como galán de noche. Quizás hay algo de hipérbole en el último adjetivo; sin embargo, para quienes no digerimos bien olfativamente ciertos olores les aseguro que no es nada exagerado. El aroma denso, pesado, que se te pega a la pituitaria cuando anochece y pasas cerca de una dama de noche es un crochet de derecha capaz de dejarte sin aire por unos instantes. Hasta que todo el aparato respiratorio se pone a pleno funcionamiento para limpiar las fosas nasales de tan empalagoso olor uno vive con la sensación de ahogo olfativo.

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Siempre lo he dicho, quizás en este lugar también lo haya comentado ya, el contrapunto al aroma de la dama de noche es el del jazmín. El anochecer aromatizado por las flores blancas de un jardín trepador en un patio silencioso es una de las grandes delicias que un ser humano puede vivir. El olor etéreo, liviano, que desprenden esas flores ayuda a aligerar la carga pesada de la vida diaria, a sobrellevar la canícula veraniega, a espantar los mosquitos insufribles cuando un ramillete de jazmines son depositados en la mesita de noche… Aspirar el aroma de un jazmín arrastrado por una ligera brisa nocturna es la adormidera perfecta cuando el insomnio intenta hacerse fuerte.

23 agosto, 2017

El espíritu de la escalera

Filed under: De libros — Nicolás Doncel Villegas @ 10:31

 

clip_image002Si lo que acaba de venirme a la cabeza se me hubiese ocurrido en aquel momento se lo hubiese dicho, y así…

A quién no le ha sucedido alguna vez, a quién no le ha pasado que charlando con alguien, en algún debate familiar o con amigos, o incluso en alguna discusión más o menos temperamental, no ha encontrado la respuesta adecuada en el momento culmen para zanjar ese diálogo, no ha hallado la sentencia definitiva en forma de contestación que dejé sin argumentos a nuestro rival dialéctico.

Y a quién no le ha sucedido que poco después de aquel momento en el que la mente no fue nuestra fiel aliada, aquel momento en el que no encontramos la respuesta adecuada, ésta se nos aparece como una epifanía, como una revelación inesperada y luminosa que nos invita a decir aquella frase con la que comenzaba este texto: “Si lo que acaba de venirme a la cabeza se me hubiese ocurrido en aquel momento se lo hubiese dicho, y así…”

Pienso que todos hemos pasado en alguna ocasión por esa situación. Y cómo llamar a esa sensación de desamparo intelectual que padecemos en el momento más transcendente, esa sensación en la que nos hemos sentido batidos por el rival y, posteriormente, abatidos por nuestra minusvalía ocasional. Y cómo llamar al siguiente paso que se encadena con el anterior, ése en el que descubrimos que no somos inferior al otro porque, ahora sí, hemos encontrado la respuesta adecuada; cómo llamar a ese momento en el que fuimos más lentos, o más reflexivos (si de no hundir nuestra autoestima se trata) que nuestro rival dialéctico. Porque todo eso debería tener un nombre.

Y lo tiene. En el libro “De la estupidez a la locura”, de Umberto Eco, leo: “…ese fenómeno que los franceses llaman esprit d’escalier, que consiste en que, apenas llegas a la escalera después de haber hablado con alguien, ves con claridad cuál es la respuesta exacta que deberías haberle dado, la frase que un momento antes no se te ocurrió.”

6 agosto, 2017

Una meada con olor a espárragos

Filed under: De libros — Nicolás Doncel Villegas @ 9:52

 

clip_image002Es conocido el asunto de la magdalena en la obra de Marcel Proust. Esa magdalena, empapada en una cucharilla de té, es el detonante de una epifanía, de un despertar de recuerdos infantiles, del encuentro de una situación en el que las vicisitudes de la vida se vuelven indiferentes. Cierto que hay quien defiende que el líquido empapador no era té sino tila, y que la famosa magdalena no era tal sino tostada. Más que los ingredientes importa el resultado, aquello que desencadena.

Viene este prefacio a cuento de una de esas relaciones que se generan cuando uno va leyendo y recuerda pasajes como el anterior. En este caso, tal hecho ha sucedido al relacionar infancia y los efectos sensoriales (no será el “sabor” de la magdalena proustiana, será un olor) mientras leía “El cuaderno gris”, de Josep Pla. Si a Proust un determinado sabor le lleva a la infancia, a Pla el recuerdo de la infancia y de un determinado olor le lleva a plantearse cuándo, en qué momento, se despierta en uno la consciencia, la capacidad de descubrir el complejo entramado de la vida y la facultad para que esos descubrimientos se perpetúen en el desorden que siempre es la memoria de los tiempos infantiles: “Dentro de este desorden inextricable aparece, muy precisa, la sorpresa que tuve el día en que, en el momento de orinar, sentí que el líquido tenía olor de espárragos. Había comido, hacía dos horas, una tortilla con espárragos. Comprendí la ley de la causalidad.”

Un olor, el de los espárragos, es capaz de hacer comprender a un niño que en esta vida los actos tienen consecuencias. La esponja que es esa etapa de la vida, la capacidad de absorción que tiene la infancia, es capaz de descubrir las leyes no escritas sobre las que iremos fundamentando nuestra vida. Al mismo tiempo, conserva en su esponjosidad las gotas de recuerdos capaces de aflorar muchos años después para devolvernos momentáneamente a esa lejana infancia.

5 junio, 2017

Por no llegar, ni siquiera llegó la guerra

Filed under: De libros — Nicolás Doncel Villegas @ 12:17

Pueblo blanco – Joan Manuel Serrat

clip_image002Leyendo “Crónica de las arenas”, el segundo libro de Juan Villa Díaz ambientado en los parajes de Doñana, me encuentro con una frase que me trae recuerdos en forma de canción. Es curiosa esta circunstancia porque al leer el primero de esos libros, “El año de Malandar”, me sucedió algo similar. En aquella ocasión fueron unos versos de Antonio Machado, Mi corazón latía / atónito y disperso”, cantados por Hilario Camacho.

En éste segundo esa relación ha ocurrido cuando el narrador nos cuenta que por aquellos arenales y marismas perdidos de la mano de Dios, por… “Allí nunca llegó el tren ni el progreso, y por no llegar ni siquiera llegó la guerra…”. Pues bien, en una de las canciones del álbum “Mediterráneo”, de Serrat, en la titulada “Pueblo blanco”, canta El Nano: “Por sus callejas de polvo y piedra / por no pasar, ni pasó la guerra…”.

Aquellos parajes, ese pueblo blanco, esos lugares apartados por los que no pasó la guerra. Es difícil imaginar que así ocurriese, es difícil porque cualquier rincón de esta España fue escenario de rencillas y ajustes de cuentas sangrientos. Quizás no pasase la guerra en su plenitud, ésa en la que combaten ejércitos uniformados y equipados con armamento reglamentario. Pero, seguro que pasó la otra; seguro que hasta en la más pequeña y recóndita de las aldeas llegaron gentes que dieron el “paseo” al señalado como rojo; seguro que hasta los más apartados cortijos y caseríos llegaron cuadrillas que dieron “matarile” al señalado como señorito.

17 mayo, 2017

Del agua y el Canal (de Panamá)

Filed under: De libros — Nicolás Doncel Villegas @ 10:32

 

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Leyendo “Cómo viajar sin ver”, de Andrés Neuman, la lectura se enlaza con la realidad política de estos últimos tiempos. Sobre todo si se tiene en cuenta que el viaje que realiza el autor por Hispanoamérica para escribir el libro fue en el año 1999. Un par de ejemplos…

Visita el autor Guatemala y escribe lo que sigue:

“En la Plaza Mayor, frente a la Catedral Metropolitana y el Palacio Nacional, entre feligreses y picadores de hielo, acampan desde hace meses unos ex empleados de la empresa Agua Pura Salvavidas. Según denuncian (y su nombre sería entonces verdaderamente irónico), dicha empresa desvía su dinero hacia diversas empresas fantasma para declararse en quiebra y no indemnizar a las decenas de trabajadores despedidos.”

Uno no puede evitar pensar en los trapicheos acuamafiosos que los González Brothers&Water se traían con el líquido elemento y su famoso Canal comprando y sobrevalorando empresas acuíferas de allende el océano.

El segundo ejemplo sucede cuando Neuman llega a Panamá y escribe:

“De camino al hotel, me impresiona el perfil numeroso de los rascacielos. El efecto es una mezcla de reminiscencia de Miami y especulación inmobiliaria. Vuelven a explicarme con extraña precisión, como si en Panamá las cifras fuesen más importantes que en otros lugares, que el área financiera cuenta con más de 150 bancos (tantos como vuelos, pienso de pronto) y que Donald Trump hace grandes negocios aquí. No puedo evitar sonreír cuando me cuentan que a esta parte de la ciudad, coloquialmente, la llaman Marbella.”

Increíble. En un solo párrafo aparecen los siguiente términos: especulación inmobiliaria, bancos, Donald Trump, negocios, Marbella… Y hace dieciocho años que fue escrito ese párrafo. Es como si el mundo se hubiese parado. Recuerdo a aquel Gil y Gil con cadena de oro al cuello, dueño y señor de Marbella y sus corruptelas, y se me hace presente este Donald Trump tan histriónico como el anterior. Hay veces en las que dudo que la especie humana siga evolucionando.

18 marzo, 2017

La sonrisa decapitada de María Antonieta

Filed under: De libros — Nicolás Doncel Villegas @ 11:04

 

clip_image002En “El libro de las ilusiones”, de Paul Auster, el protagonista recibe el encargo de traducir las “Memorias de ultratumba”, de Chateaubriand. Nos cuenta el personaje que, en el primer volumen de esas Memorias, Chateaubriand hizo una excursión a Versalles un mes antes de la toma de la Bastilla y que fue presentado a la reina María Antonieta. Días después vio pasar a la reina con sus hijos. A continuación transcribe lo que escribió Chateaubriand:

“Mirándome con una sonrisa, me saludó con la misma gracia con que lo había hecho el día de mi presentación. Jamás olvidaré aquella mirada suya, que pronto dejaría de existir. Cuando María Antonieta sonreía, los contornos de su boca eran tan nítidos que (¡horrible pensamiento!) el recuerdo de su sonrisa me permitió reconocer la mandíbula de aquella hija de reyes cuando se descubrió la cabeza de la infortunada mujer en las exhumaciones de 1815.”

La fuerza de la memoria, el recuerdo de ciertos olores de la niñez, de determinadas facciones o gestos de personas que ya no están, es tan grande que a veces los percibimos aun de manera inconsciente. El paso del tiempo va difuminando, incluso borrando, mucho de lo vivido. Pero hay detalles que permanecen: frases hechas que se asocian con alguien en particular, la manera de andar o un tic gestual. Pero nunca había pensado que ello pudiese llegar al grado de lo que cuenta Chateaubriand, tanto como que la sonrisa de la guillotinada sea reconocible años después en su ósea cabeza decapitada, como si esa sonrisa hubiese pasado de la carne al hueso.

9 febrero, 2017

Mi corazón latía al leer aquellos versos

Filed under: De libros — Nicolás Doncel Villegas @ 9:51

 

clip_image002Vuelvo a encontrarme, leyendo, una de esas relaciones que lo escrito por otro hace que tu memoria se active de manera imprevista. Tal que así ha ocurrido hallándome enfrascado en la prosa grácil y placentera de la novela “El año de Malandar”, de Juan Villa Díaz.

Está narrando el autor el encuentro, allá por el año 1930, de uno de los personajes de la novela, un teniente de carabineros, con una muchacha marismeña de Doñana. Se describe a la moza con detalle, se exalta su belleza, se destacan sus capacidades para despertar el deseo en el otro: “…bata abierta por delante dejando casi totalmente a la vista unos pechos azulados de tan blancos, más bien grandes, aovados, llenos, meciéndose al compás del movimiento de los brazos, como si fueran de mercurio.” Ante tal visión, ante tanta belleza corporal femenina, ante esa madonna renacentista, nuestro protagonista se emociona y perturba. Y cuando las miradas de ambos se cruzan, el joven militar sentencia: “Mi corazón latía atónito y disperso.”

En ese momento, ante esa declaración de flechazo amoroso desencadenado por la excelsa visión de la belleza femenina, mi memoria se activa y le pone voz y música a ese verso, a esos versos:

Desgarrada la nube; el arco iris

brillando ya en el cielo,

y en un fanal de lluvia

y sol el campo envuelto.

Desperté. ¿ Quién enturbia

los mágicos cristales de mi sueño?

Mi corazón latía

atónito y disperso.

…¡El limonar florido,

el cipresal del huerto

el prado verde, el sol, el agua, el iris!..

¡el agua en tus cabellos!…

Y todo en la memoria se perdía

como una pompa de jabón al viento.

El poema es el primero de Galerías, del libro “Soledades, galerías y otros poemas” de don Antonio Machado. La voz y la música son de Hilario Camacho, de aquella canción “El agua en tus cabellos”, de aquel viejo disco de vinilo, “De paso”, que aún conservo.

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