La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

18 agosto, 2017

De los troncos retorcidos (y los dulces recuerdos)

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 11:27

 

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Resisten los olivos centenarios del paraje de Santa Rita las calores estivales. Un ramaje más escuálido que otros años, tras la corta intensa, emerge de los troncos retorcidos, ese verso del poeta de Orihuela al que puso voz y música Paco Ibáñez. En la altiplanicie que culmina el pequeño olivar las varetas se amontonan en medio de las calles. Este año hay muchas varetas y poca, muy poca, aceituna. Como diría mi padre: “Ni pá el aceite del año”. Se mantiene el viejo olivar como testimonio de otra época frente a los nuevos olivares de cultivo intensivo, mecanizados, de aspecto homogéneo; olivares en los que prima el rendimiento y que dejaron atrás las viejas faenas del vareo con vara, de la recogida a mano, de la limpia en la vieja criba a pie de tajo, de los sacos repletos de aceitunas que estallaban en su interior dejando la mancha oscura como testimonio del fruto que encerraban… En todo ello pienso mientras miro la hermosura de esos troncos que se agarran a la tierra reseca, esos troncos que se abren dejando oquedades de misterio donde los niños de otras épocas se escondían para jugar, esos troncos que muestran sin pudor como sus protuberancias musculosas se expanden bajo un ramaje creador de sombras incompletas.

Aún no es mediodía y el sol cae a plomo. Un conejo aparece tras el pie de un olivo y se aleja veloz hasta el arroyo. Al fondo, el pueblo de Castro muestra la blancura de sus casas mientras escucho el silencio del olivar tan solo interrumpido por el esporádico canto de la chicharra, ese canto que anuncia otra tarde de canícula. Me subo en el coche y comienzo el descenso por esta tierra que, como dice Manolo, “parece una autopista”. Conduzco entre olivos sin acercarme al filo del arroyo pues el corte por el que discurre su cauce, ahora seco, es un verdadero precipicio. Antes de salir a la carretera miro hacia la cooperativa del pan, asentada en una parcela que antes fue parte de este olivar. Recuerdo, hace muchos años ya, en mi casa de infancia y juventud, a los organizadores de la cooperativa tratando con mi padre la compra-venta de esa parcela. Recuerdo, también, como años después veníamos aquí unos días antes de Semana Santa con la masa de las magdalenas para hornearlas en los dos grandes hornos allí instalados. Abandono el olivar entre dulces recuerdos.

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