La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

18 junio, 2017

Alegría por los treinta y cinco

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 9:46

 

clip_image001Aquella noche un gran vocerío se oyó en toda la ciudad. Fue algo parecido al estruendo vocal que años atrás se escuchaba cuando el equipo local marcaba un gol y por las ventanas y balcones abiertos salían las voces de los aficionados. Ahora las actividades deportivas estaban prohibidas debido a las altas temperaturas. El griterío tenía otro motivo que ya les contaré.

La última ola de calor duraba ya varios meses. Caminar por las calles a ciertas horas se convertía en un acto casi heroico. Los escasos coches que circulaban a media tarde, cuando se detenían, mantenían los motores encendidos y el conductor de guardia; mientras, los otros pasajeros se adentraban en los grandes centros comerciales que aún tenían aire acondicionado. Las grandes máquinas que proporcionaban el alivio del aire frío en esos grandes almacenes funcionaban a todo rendimiento pues la mayoría de los pequeños comercios habían cerrado y el público se aglomeraba en las grandes superficies no sólo para comprar sino también para sobrevivir durante el día. En las azoteas esas máquinas eran vigiladas por guardias armados resguardados en garitas climatizadas. Todavía, algunas agencias extranjeras seguían engañando a sus compatriotas y vendiéndoles paquetes turísticos para visitar la ciudad. Algunos de esos turistas, atrevidos e ignorantes, habían encontrado la muerte a primeras horas de la tarde en la fachada sur de la catedral o intentando cruzar el puente romano. Las clases habían sido suspendidas una vez más. Tan sólo los centros educativos privados seguían manteniendo actividad aunque se habían visto obligados en numerosas ocasiones a cesar en su labor cuando gentes al borde del ahogo y la asfixia irrumpían en las aulas o en las estancias de los colegios mayores y otro tipo de residencias universitarias climatizadas. Equipados con mochilas frigoríficas los padres cargaban con los bebés que necesitaban salir de casa para revisiones médicas. De cuando en cuando, sobre el cielo grisáceo y la nube de calima, aparecían hidroaviones que años atrás habían combatido los incendios forestales. Los aparatos habían sido adaptados para descargar en forma de sirimiri el agua que portaban en sus depósitos; junto a ellos escuadrillas de helicópteros soltaban grandes bolsas de agua en los incendios que sorpresivamente se iniciaban en los parques y jardines de la ciudad. Aprovechando el conticinio nocturno y usando radiales los ladrones cortaban los soportes metálicos y cargaban las máquinas de aire acondicionado de los primeros pisos en la furgoneta. Cuando los vecinos se despertaban al oír el ruido del esmeril un disparo al aire del escopetero de la banda era suficiente para darles tiempo a concluir su faena. El tráfico clandestino de esas maquinas, y de las consolas sustraídas en los hogares que los pudientes habían abandonado para irse a vivir a zonas menos tórridas, se había convertido en un próspero negocio ilegal cuando la compra-venta de cobre había dejado de serlo. Uno de los oficios más peligrosos era el de los repartidores de barriles de cerveza. Desde que empezaron los robos nocturnos de máquinas de aire acondicionado algunas bandas habían derivado su actividad a los asaltos diurnos de este tipo de transporte. Los camioncillos que trasportaban los barriles hasta los restaurantes de los hoteles de lujo y complejos turísticos de alto nivel corrían el peligro de ser asaltados en cualquier momento. La mayoría de los bares pequeños habían cerrado y se había establecido una red de garitos cerveceros ilegales que contaba con una clientela fiel…

Aquella noche un gran vocerío se oyó en toda la ciudad cuando la Ministra del Tiempo Meteorológico anunció en una rueda de prensa televisada que para la próxima semana las temperaturas máximas no superarían los treinta y cinco grados.

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