La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

3 junio, 2017

De la Esfera a la Torre

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 9:34

 

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Hace veinticinco años llegaron a esta ciudad millones de visitantes. Unos dicen que más de veinte millones; otros, que más de cuarenta. Sean los que fuesen, musha jente. En aquel 1992 se celebró la Exposición Universal de Sevilla, a la que todos llamábamos “la Expo”. Yo la visité dos veces. Mis hijos, que por entonces andaban entre los seis y nueve años, soportaron bien las intensas y largas jornadas de calor, las caminatas por las calles de aquella ciudad de artificio, las colas para entrar a los pabellones más solicitados… El que escribe, que aún no había llegado a la cuarentena, esa edad en la que se comienza a poner en prevención algunas actividades, vivía entusiasmado un acontecimiento que parecía despejar el atraso secular de Andalucía a base de las autovías, el tren de alta velocidad, los edificios vanguardistas que se construían para la Expo y la mascota Curro, ese pájaro con patas de elefante y cresta y pico multicolor.

Le comento a mi hijo que me gustaría echarle un vistazo a la Isla de la Cartuja, esa isla que fue el lugar en el que estuvo enclavada aquella Expo del noventa y dos. Como las piernas ya no son las de hace veinticinco años lo hacemos en coche cruzando el Puente del Alamillo. Bajo el puente observo una caravana de carrozas como las que vi junto a la autovía; es la segunda vez y no será la última. Junto al que fuese monasterio cartujo que le da nombre, la Isla guarda algunos restos de aquella Exposición Universal; algunos restos que perjudican la imagen moderna del lugar pues se encuentran deteriorados o son espacios abandonados. Pasamos junto a uno de los símbolos de aquel pasado. No hablo de Curro, que al ser pájaro-elefante con veinticinco años de edad sepa Dios dónde andará, sino de la Esfera, aquel ingenio bioclimático que tanto aliviaba el sofocante calor de aquel verano del noventa y dos. Todavía conservo un llavero que simboliza esa esfera y en el que cuelgan las llaves del piso de la playa, un guiño intemporal y consecuente que relaciona los efectos benéficos de aquella esfera sevillana con los del mar malagueño.

Otro de los lugares por el que pasamos es la llamada Isla Mágica, ese parque de aventuras que también visité junto a mis hijos, algunos años después de la Expo, y en el que tuve el atrevimiento de subir por última vez a una de esas endiabladas atracciones acuáticas, una de esas actividades de las que comentaba al principio que debemos ir evitando conforme vamos cumpliendo años.

Junto al monasterio, el parque de atracciones y lo que queda de la Expo, la Isla se ha llenado con algunas facultades universitarias, el estadio olímpico, modernos edificios de oficinas, etc. En unos de esos edificios ha comenzado a trabajar la pareja de quien es mi chófer en esta visita. Ojalá le vaya muy bien. En otra de esas construcciones trabaja también él, aunque su empresa va a mudarse al más llamativo de los edificios de la Isla, la Torre Sevilla, ésa que con sus casi cuarenta plantas y sus ciento ochenta metros de altura, dicen que da celos a la Giralda.

Nos bajamos del coche a los pies del rascacielos para observar su vertiginosa altura antes de salir de la Isla de la Cartuja y, como ya casi anochece, tomar asiento en una de las tabernas que está al otro lado del canal para degustar cena mientras el sol se pone.

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