La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

31 mayo, 2017

Nunca sabe uno qué puede caer del cielo

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 15:26

 

clip_image002Viajando el pasado domingo observo una caravana de carretas desplazándose por la vía de servicio de la autovía. Por un momento recuerdo aquellas viejas películas en blanco y negro en las que los pioneros americanos se adentraban en el salvaje oeste buscando tierras para colonizar. Esta caravana tan solo se parece a aquéllas en las cubiertas blancas de las carretas. No será la única vez que las vea en los próximos días.

Cuando atardece sopla un vientecillo agradablemente fresco mientras paseamos junto al canal. Las flores blancas de las adelfas contrastan con el atardecer en gris. Muchas personas caminan haciéndose compañía y otras corren con la sola compaña de esos aparatos que miden esfuerzo, potencia y consumo de calorías con el que compensar el mal trago de andar castigando el organismo en esperas del efector benefactor que tal castigo debe conllevar.

Ha refrescado estos últimos días de mayo y pasear por estos lugares sevillanos resulta muy satisfactorio. Tomamos una cerveza cerca del Puente de la Barqueta. Llama mi atención una torre que otras veces he visto de pasada y que por su considerable altura descuella sobre los edificios vecinos. Es la Torre de los Perdigones (así me dicen que se llama). Me imagino que tal nombre debe estar relacionado con las crías de la perdiz, esas aves que tan familiares me son en la campiña cordobesa. Pero, no; estos perdigones que dan nombre a la torre son otros, los de plomo, los que al ser disparados acaban con la vida de los plumíferos de mismo nombre. Al abandonar el lugar enlazo uno de esos pensamientos que me entretienen los tiempos muertos: el perdigón de reclamo atrajo con su canto al perdigón hasta que fue abatido por un perdigón disparado por la escopeta del cazador.

Andaba entretenido con mis pensamientos y la charla de mi compaña cuando en la tranquilidad del paseo callejero observo que una pareja de policías locales, uno de ellos libreta en mano, charla con varias personas. En la calzada numerosos cristales dan a entender que ha habido un choque de coches con la consiguiente rotura de elementos equipados con tal material: faros, intermitentes, etc. Deduzco que los municipales deben estar haciendo atestado del incidente. Miro a los vehículos que allí se encuentran y todos están perfectamente aparcados. Es entonces cuando llama mi atención un señor que, escoba en mano, barre los vidrios de la calzada y comenta en voz alta: “Sí señor, se me ha escapado mientras la limpiaba”. Uno de los coches aparcados tiene todo el parabrisas resquebrajado y en la acera, apoyado junto a la pared, un marco de ventana corredera conserva aún algún resto de su cristal. Pienso que es hora de ir recogiéndose pues hace fresco y nunca sabe uno qué puede caer del cielo.

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28 mayo, 2017

Desgranando el trigo y la memoria

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 9:24

 

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Camino entre las espigas raspinegras de un trigo ya dorado. Hace calor en estos días finales de mayo que han traído un veranillo adelantado; ése que coge a los cuerpos desprovistos de defensas, desacostumbrados a esta canícula prematura. De cuando en cuando me detengo, corto una espiga de la caña que ya ha perdido la flexibilidad verdosa de la primavera, agrupo las raspas con una mano mientras las corto con la otra, deposito la espiga en el hueco de la mano izquierda y la desmenuzo utilizando la yema del dedo pulgar de la mano derecha como si fuese un molino, soplo con cuidado un par de veces para que vuele la cascarilla que envolvía al grano. Es un proceso que vi hacer muchas veces a mi padre. Lo recuerdo mientras miro los granos de trigo que quedan en la oquedad de la mano. Cuento los granos y observo su color y grosor. Me echo algunos a la boca y los mastico. Se forma una masa harinosa cuyo sabor me lleva años atrás. Desando los pasos, cruzo el Camino Pedrique y repito ese ritual en la otra parcela, en ésa que se sembró más tarde y acogió a tiempo las últimas lluvias primaverales. Me alegra ver que aquí el número de granos, en espigas similares, es mayor; el trigo presenta mejor consistencia y color. Vuelvo a recordar aquello que decía mi padre: “Entre uno y otro, media cosecha”. Ese es el título que di a esta capilla en la que escribo del campo, del agro. Casi siempre era media cosecha; a no ser que el año (la cosecha) se previera como un desastre total o claramente favorable.

Abandono el trigal asediado por una horda de minúsculos mosquitos que atacan sobre todo las orejas. Son un incordio añadido al calor que ya se siente cuando aún no es la hora del ángelus. Miro el verde intenso de la parcela de girasol. Las plantas se han hecho fuertes en estos últimos días. Todo es verde en ellas: tronco, hojas, la flor agazapada que aún no destella en amarillo… A pesar del buen aspecto que ofrecen, a pesar de esa lozana juventud, qué bien les vendrían unas decenas de litros de agua para soportar el tórrido junio y los calores julianos que se avecinan. Quizás entonces pasaríamos de esa media cosecha a “un año no malejo”, esa expresión que indicaba la satisfacción de haber cumplido con algo más que los objetivos, como diría hoy un técnico académico, o cursi, dedicado a cualquier actividad económica, incluida la agricultura.

26 mayo, 2017

Dos noticias y un lema

Filed under: Menú del día — Nicolás Doncel Villegas @ 10:42

 

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La foto superior es un pantallazo de la portada del diario digital El País a las siete de la tarde del pasado miércoles. En ella aparecen dos noticias de actualidad en los últimos tiempos: atentado islamista en Europa y migrantes ahogados en el Mediterráneo. Terror, miedo, dolor, muerte y una larga lista de sustantivos que desgastan el alma humana y que podríamos aplicar a las dos noticias.

En la foto aparece el terrorista de Manchester, Salman Abedi, nacido en esa ciudad, de padres libios que huyeron del dictador Gadafi para asentarse en el Reino Unido. La otra imagen es la de un naufragio con numerosas víctimas a 30 millas de la costa Libia. Unos tratan de llegar, desesperadamente, jugándose la vida, al Paraíso/Europa. Otro, originario de esas costas, no aceptaba ese paraíso porque para él no era tal sino el origen (junto con otros lugares “occidentales”) de todo el Mal. Por eso prefirió dar su vida (y acabar con la vida de los impíos) para ganar su propio Paraíso.

No acababa de entender esa contradicción, la de quienes dan su vida por vivir en un lugar que otro aborrece hasta llegar a perder la suya propia y quitarla a otros. No acababa de entenderlo hasta que me fijé en el anuncio de la compañía de gas/electricidad que enmarca a las dos noticias. No era capaz de comprender esa dicotomía humana hasta que leí el lema de esa compañía que se superpone a las dos noticias: “Porque todos tenemos necesidades distintas”.

25 mayo, 2017

La mula–Juan Eslava Galán

Filed under: Libros — Nicolás Doncel Villegas @ 12:44

 

clip_image002Vuelvo al prolífico Eslava Galán para leer esta novela que fue multipremiada hace ya unos años. La mula no es una novela sobre la Guerra Civil, aunque esté ambientada en ella. Es más una novela de la gente sencilla que de pronto se halla inmersa en una situación que le viene grande y a la que tiene que adaptarse usando los principios que guían su vida. Es también una novela escrita con el sentido del humor que caracteriza al autor de Arjona (tan sólo hay que recordar sus historias contadas para escépticos; y hay varias), pero de un humor que a veces entristece cuando los personajes tienen que recurrir a él, a la ironía, al sarcasmo, para sobrevivir en esa situación tan triste, tan demencial como es una guerra civil.

A mí la lectura de La mula me ha traído recuerdos de infancia, recuerdos que la memoria atesora cuando en las frías noches de invierno, al calor de un brasero de picón, mi padre contaba su pasar por el frente de guerra que había desde Villafranca a Lopera. Y no es extraño que así suceda porque el autor se ha basado en la experiencia que su padre vivió en esa guerra como cabo acemilero, el encargado de las mulas que lo mismo transportaban material bélico hacia el frente que recogían a los heridos para llevarlos al hospital de la retaguardia. El protagonista vive la guerra en el frente de la sierra norte cordobesa, en el Valle de los Pedroches, pero su peripecia militar le lleva a pasar por mis pueblos de nacimiento y de residencia, por la capital cordobesa donde vive una situación tan esperpéntica que el lector no tiene más remedio que reír al leerla, y llegar hasta Burgos, capital de la zona nacional, para vivir el culmen de una heroicidad que no es tal. En todas esas vivencias uno vuelve a recordar aquellas historias que siendo niño creía exageradas, como la de que los soldados de los bandos enfrentados preguntasen a voz en grito por familiares o conocidos desde sus respectivas trincheras; o que llegasen a encontrarse a escondidas de los mandos para intercambiar las escasas vituallas que tenían o cartas para los que habían caído en el bando equivocado por el azar de la geografía y la sublevación militar; o a confirmar palabras que uno creía inexistentes como aquellas “bombas Lafitte” que sí que existieron.

Usando la caricatura y la parodia Eslava Galán crea situaciones que, aun pareciendo exageradas, no estaban nada lejos de la realidad que se vivió en aquella guerra. De una parte de la realidad, claro está, porque la otra, la de la barbarie sin igual, la del rencor que llevaba al deseo del exterminio del otro, ésa también existió. Por eso, por quedarse en la parte más amable de lo ocurrido en aquellos años, aunque sin obviar las penurias que pasaban los protagonistas de esa historia, uno lee La mula disfrutando de las “aventuras” de ese cabo acemilero que siendo pobre se pasó al bando derechista para conocer una vida que no había sido la suya y que, cuando acabase la guerra, tampoco lo sería.

24 mayo, 2017

Así es la vida, amigo mío

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 10:23

 

clip_image002De ser un niño hubiese echado un Barquito de papel / Sin nombre, sin patrón  / Y sin bandera / Navegando sin timón  / Donde la corriente quiera… Pero no lo soy; y ese “estanque” no era el mar sino el agua acumulada en la hondonada del tronco del naranjo. El barquito hubiese navegado por la corriente circular que los aspersores forman cuando giran regando el césped y los árboles de los grandes arriates del parque.

Es mediodía y, tras la caminata y la ducha, las sombras acogedoras del Parque Blanco me regalan momentos de una tranquilidad sin límites entre el canto de los pájaros y los sonidos del agua al salir del aspersor y caer en el charco que da vida. Me siento en un banco parcialmente umbrío. Me despojo de mi calzado y expongo al sol mis pies y ese inicio de las piernas, por encima de los tobillos, en el que los calcetines de caballeros provocan una depilación natural combinada con la blancura de los meses invernales. Comparto el parque con un vecino que al otro lado, sentado en otro banco de sombra, cuida de su nieta con palabras de cariño que se cuelan entre las rosas rojas, amarillas y anaranjadas del arriate central. No puedo evitar echar un vistazo a la pantalla del móvil para ver la foto de mi nieta antes de ponerme a leer un rato con la cabeza fría y los pies calientes.

clip_image004Cada vez que acabo uno de los cortos capítulos del libro que me entretiene, “Cáscara de nuez” (de Ian McEwan), levanto la vista para ver lo que sucede alrededor de mi espacio de tranquilidad. Veo como una mariposa de blancas alas se cuela entre el ramaje de un naranjo; veo uno de los aspersores, pletórico de fuerza, expulsar parte del agua fuera de los límites del arriate formando pequeños ríos que buscan la alcantarilla situada junto a la fuente donde esta tarde los niños se acercarán entre juegos para echarse agua y sofocar estas primeras calores del año. Veo al operario municipal llegar con el coche y cerrar los aspersores mientras imagino que algún naranjo andará quejoso porque aún no se siente ahíto de agua. Veo a mi vecino alejarse con su nieta.

Vuelvo a mi lectura antes de que el sol inclemente me mande al frescor del patio hogareño para escribir estas líneas. En ello me hallo cuando llaman a la puerta y la que hace un rato miraba en la pantalla del móvil aparece con su madre para alegrarme el resto del día. No hay nada como ser abuelo, disponer de tiempo y tener un parque frente a la casa. C’est la vie, mon ami.

22 mayo, 2017

Sorpresa, no sopresa

Filed under: Menú del día — Nicolás Doncel Villegas @ 12:18

Extraño fin de semana en el que todo parece mezclarse cual si fuese un gran pandemónium. Vuelvo el viernes de la costa mediterránea, dejo de caminar por el sendero litoral para caminar por senderos de campiña y me parece caminar bajo dos soles diferentes. Debe ser la primera señal de esa confusión y alboroto que concluiría el domingo por la noche entre petardazos y sonidos estentóreos producidos por los cláxones de los coches.

Ya el sábado llama mi atención que haya quienes se contentan con llenar una plaza cuando no pueden llenar un hemiciclo. Está bien que no se pierdan las tradiciones. Hay quien necesita sentirse arropado por la tribu para no sentir el vacío de no ser nadie; ocurre con los cofrades una semana al año y con los manifestantes-adictos el resto de los fines de semana del año. Lo malo de todo ello es cuando la concentración en la plaza se diluye y la moción de censura sigue esperando inerme en el hemiciclo. Veo por televisión que sube mucho predicador al púlpito; pero, no veo a Errejón: debe estar bailando un chotis.

clip_image002El domingo dos focos de atención ciegan la mirada im/parcial del que observa. Uno de esos focos es una calle de Madrid llamada Ferraz; el otro obliga a una mirada estrábica que recorre el Mediterráneo desde la ciudad Condal a la ciudad capital de la Costa del Sol. Los dos focos, cual si fuesen las luces de un automóvil, se encienden simultáneamente a partir de las ocho de la tarde. Antes, durante la jornada dominical, los fieles de ambos agrupamientos humanos (político uno, futbolístico el otro) han cumplido con todos los preceptos que su pertenencia a esos colectivos requieren: han votado, han viajado a sus lugares de peregrinación, han lanzado gritos y cantos tribales, se han hecho fuertes en su esperanza de victoria, etc. A partir de las ocho de la tarde comienzan ambas funciones: combino goles con porcentajes de participación y abandono desesperanzado los campos de césped (no hubo sorpresa) para ver las caras de los que el voto-compañero ha dejado sorprendidos. Cuando el Renacido se asoma al balcón pienso en aquella mujer que dijo: “La única autoridad en el PSOE soy yo, les guste o no”. Esa es la cara, la de Verónica, que me hubiese gustado ver.

En esos pensamientos andaba cuando el estrépito de la cohetería y los cláxones interrumpe mi quietud. No dudo en si los alborotadores de la nocturnidad son sanchistas o madridistas porque en este país las euforias callejeras políticas del momento suelen ser moradas. Así que cuando los fieles del padre Florentino se alejan y silencian la noche me retiro del mundanal ruido viendo American Crime, una serie de televisión muy recomendable.

20 mayo, 2017

Crónica de las arenas – Juan Villa

Filed under: Libros — Nicolás Doncel Villegas @ 10:10

 

clip_image002Vuelvo a esos parajes situados entre la desembocadura del Guadalquivir y la ría del Tinto – Odiel. Vuelvo a esas tierras anegadas, a esos arenales, a esa costa abierta. Vuelvo a ese mundo creado por Juan Villa. Aunque éste fue el primero de los libros publicados de esa trilogía de Doñana (llamémosla así) es el segundo que leo por hacerlo cronológicamente según suceden las historias contadas en ellos. Si en el primero que leí, “El año de Malandar”, andábamos por aquel año convulso del final del reinado de Alfonso XIII, cuando ya se intuía la llegada de la II República, en éste nos encontramos en los primeros años de la post Guerra Civil.

Aunque hay una mirada atrás que nos permite situar al protagonista en plena guerra la historia aquí contada pertenece a aquellos años en los que los ganadores campan a sus anchas por la España vencida. Y uno de esos vencedores es ese personaje que cree en la España imperial que resucitará de sus cenizas, que confía ciegamente en el Caudillo, que se reviste de una moralidad católica a ultranza, que se cree guía de sus inferiores y que no dudará en aplicar todo su credo en la tarea que tiene encomendada: transformar aquellas tierras indómitas en un vergel de eucaliptos que abastezcan de madera a la Nueva España y transformar a aquellas gentes indómitas en mano de obra que le sirva para cumplir su Destino. Y junto a él otros personajes que dan vida a quienes sobrevivieron a la guerra como vencedores: el falangista puro que se siente traicionado por el nuevo régimen surgido de la Victoria, el cura hedonista y desengañado que ya sufrió bastante en los años de la República, el muchacho nacido en la pobreza y que será elegido para ser alguien en la vida, los forasteros que ya están demás y molestan para la empresa encomendada… Personajes tan perfectamente delimitados que uno siente que parecen salidos de un buen western.

Se hace fácil y agradable esta segunda lectura de Juan Villa. No hay tanta dedicación a la naturaleza semisalvaje del lugar como sucedía en “El año de Malandar”, pero el paisaje de aquella primera lectura permanece como un decorado secundario en ésta.

18 mayo, 2017

En recuerdo de “La Desbandá”

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 9:16

clip_image002Es una simple placa de cerámica enmarcada en gris. En la misma se lee: “Monumento en Homenaje a las Víctimas del Genocidio de la Carretera Málaga-Almería”. Junto al texto un adorno sencillo, una ramita de almendro florecido; y debajo una flecha que señala hacia la carretera N340 que transcurre a unos pocos metros de la placa. No hay más, ninguna fecha de lo que allí se conmemora ni de la colocación de la misma; tampoco se cita quien la ha colocado ni si el motivo ha sido algún aniversario destacado.

Cruzo delante de ella cada vez que camino por el paseo marítimo tras pasar ese puente que aparece en la fotografía. Ese puente salva el río Seco, río que hace honor a su nombre todos los días del año excepto aquellos en los que el cielo descarga de forma abrupta las lluvias torrenciales. Creo recordar que la estaban colocando unos operarios municipales un día soleado a finales del pasado mes de enero. Esa placa recuerda lo que popularmente se conoce como la Desbandá. La Desbandá fue la huida masiva de miles de malagueños republicanos hacia Almería por la carretera que une ambas capitales de provincia. Tuvo lugar el 8 de febrero de 1937 (así que colocaron la placa para el octogésimo aniversario) cuando las tropas franquistas se disponían a entrar en Málaga. Decenas de miles de personas fueron bombardeadas por tierra, mar y aire mientras huían por esa carretera. Se calcula que unas cinco mil perdieron la vida.

He circulado varias veces por esa carretera. Tan solo una vez hice el trayecto hasta el final, pasando por la capital almeriense camino del Cabo de Gata. Es un recorrido hermoso que atraviesa tierras feraces y lugares en los que la cordillera abraza las aguas del Mediterráneo formando espectaculares acantilados. El mar nunca se aleja demasiado de quien por allí circula. Por eso imagino el terror de esas decenas de miles de personas, expectantes mirando al cielo para ver si los aviones franquistas los ametrallaban y temerosos de ser bombardeados desde los buques que navegaban paralelos a ellos a lo largo de toda la costa. Es fácil imaginarlos porque hemos visto películas en las que la población civil, que huye del terror de la guerra, es ametrallada o bombardeada impunemente. Lo hemos visto en carreteras francesas de la II Guerra Mundial o en carreteras coreanas o vietnamitas. Lo seguimos viendo en carreteras iraquíes o sirias. Se ve que aquella guerra tan española fue el escenario de múltiples experimentos para las que vendrían después.

17 mayo, 2017

Del agua y el Canal (de Panamá)

Filed under: De libros — Nicolás Doncel Villegas @ 10:32

 

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Leyendo “Cómo viajar sin ver”, de Andrés Neuman, la lectura se enlaza con la realidad política de estos últimos tiempos. Sobre todo si se tiene en cuenta que el viaje que realiza el autor por Hispanoamérica para escribir el libro fue en el año 1999. Un par de ejemplos…

Visita el autor Guatemala y escribe lo que sigue:

“En la Plaza Mayor, frente a la Catedral Metropolitana y el Palacio Nacional, entre feligreses y picadores de hielo, acampan desde hace meses unos ex empleados de la empresa Agua Pura Salvavidas. Según denuncian (y su nombre sería entonces verdaderamente irónico), dicha empresa desvía su dinero hacia diversas empresas fantasma para declararse en quiebra y no indemnizar a las decenas de trabajadores despedidos.”

Uno no puede evitar pensar en los trapicheos acuamafiosos que los González Brothers&Water se traían con el líquido elemento y su famoso Canal comprando y sobrevalorando empresas acuíferas de allende el océano.

El segundo ejemplo sucede cuando Neuman llega a Panamá y escribe:

“De camino al hotel, me impresiona el perfil numeroso de los rascacielos. El efecto es una mezcla de reminiscencia de Miami y especulación inmobiliaria. Vuelven a explicarme con extraña precisión, como si en Panamá las cifras fuesen más importantes que en otros lugares, que el área financiera cuenta con más de 150 bancos (tantos como vuelos, pienso de pronto) y que Donald Trump hace grandes negocios aquí. No puedo evitar sonreír cuando me cuentan que a esta parte de la ciudad, coloquialmente, la llaman Marbella.”

Increíble. En un solo párrafo aparecen los siguiente términos: especulación inmobiliaria, bancos, Donald Trump, negocios, Marbella… Y hace dieciocho años que fue escrito ese párrafo. Es como si el mundo se hubiese parado. Recuerdo a aquel Gil y Gil con cadena de oro al cuello, dueño y señor de Marbella y sus corruptelas, y se me hace presente este Donald Trump tan histriónico como el anterior. Hay veces en las que dudo que la especie humana siga evolucionando.

16 mayo, 2017

Tradiciones de ayer y hoy

Filed under: Diálogos de blog en blog. — Nicolás Doncel Villegas @ 9:55

 

clip_image001Comparto con Antonio Muñoz Molina la idea que la palabra “tradición” tenía en nuestra juventud (nota cronológica: ambos somos del 56). Comparto, también, lo que algunos de nosotros queríamos y queremos hacer con aquella idea de la “tradición”. Comparto la esperanza puestas en aquellas primeras elecciones que pronto cumplirán cuarenta años. Comparto su estupor por lo que veía en aquella Andalucía nuestra de hace veinte años, sobre todo el papel jugado por la televisión regional y la Consejería de Educación (qué tanto trabajo me dio y tanto me desencantó)…

Lo que no comparto es esa visión pesimista de que en este país (que decíamos cuando queríamos romper con la tradición), en esta España (viva y muerta, mía y nuestra, blanca y negra, que cantaba Cecilia) seguimos queriendo todo aquello que se engloba en esa idea de la palabra “tradición”. No comparto que pronunciarse en contra de la “tradición” sea ahora más arriesgado que en 1996; ni que el paso del tiempo haya servido para fortalecer las adhesiones irracionales a lo unánime. No es eso lo que veo y siento en esta tierra de tradiciones que es Andalucía. Esas tradiciones, cómo decirlo, intentaron que se nos metiesen en la médula y en la sesera en aquellos tiempos de infancia quienes en Semana Santa, por ejemplo, tan solo nos permitían escuchar por la radio música sacra e intentaban que viviésemos en una tristeza impuesta durante aquellos días. Esas tradiciones, hoy día, ya no llegan a la sesera, ya no entristecen. A lo más que llegan es a quedar en una bulla primaveral para trasegar cerveza viendo pasar el barroco por la esquina. Podríamos debatir si esa tradición transmutada es conveniente o no, es perjudicial o beneficiosa socialmente. Pero, lo que tengo claro es que no es la misma “tradición”.

En el Blog de Antonio Muñoz Molina: Quieren tradición

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