La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

26 marzo, 2017

Hago público mi dolor

Filed under: Diálogos de blog en blog. — Nicolás Doncel Villegas @ 9:59

clip_image001¿Debemos expresar nuestro dolor, nuestro pesar, de manera pública? Hoy cualquiera de nosotros puede publicar en redes sociales la pesadumbre que le produce la muerte de un ser querido. Pero, cuando ese dolor se expresa por parte de alguien conocido en un medio público, pero no personal como es un periódico, ¿es correcto?

Viene esto a cuento del artículo que el escritor Fernando Savater publicó en el diario El País a los dos años de la muerte de su esposa. Éste es el artículo. A partir de ahí en el blog de Antonio Muñoz Molina se abrió un debate sobre el asunto. A continuación, parte de ese diálogo:

Gaspard: Y tampoco se publicaría una apología de la depresión -así la describe alguien en Twitter-, como la columna de Savater de ayer. Entiendo el dolor de Savater, pero un diario de referencia no es lugar para ese tipo de textos.

Maese Nicolás: Gaspard, leí la columna de Savater el sábado y me pareció preciosa.
Cierto que podría ser una apología de la depresión. Pero esa apología, escrita así, debería ser recetada al mismo nivel que el Prozac.

Gaspard: Maese Nicolás, si yo fuese su editor, le recomendaría un buen psiquiatra, porque si a los dos años de enviudar seguir vivo le resulta un infierno, ese hombre padece una depresión de caballo. Compadezco literalmente a Savater, aunque hay cosas peores que la muerte del cónyuge, como la de un hijo: la madre y esposa de ‘El coronel no tiene quien le escriba’ dice que “nosotros somos huérfanos de nuestro hijo”. Parece que no tiene mucha relación con su hijo, ni tiene nietos. Lo siento por él, porque los pequeños rejuvenecen hasta el corazón más dolorido.

Maese Nicolás: Gaspard, leyendo el artículo del sábado, y leyendo los de sábados anteriores, pienso que eso que alguien llamó “apología de la depresión” refiriéndose a la columna citada me parece una exageración. Para mí es más el testimonio de una pérdida que debe haber condicionado su vida, por supuesto, pero no hasta tal punto de que Savater necesite tratamiento psiquiátrico para superar esa pérdida.

“…hay cosas peores que la muerte del cónyuge, como la de un hijo…”, dices. Sin duda. En la presentación del libro que ha entretenido (bueno, algo más que entretenido) mi fin de semana, “De vidas ajenas”, de tu paisano Emmanuel Carrère escribe:

«En cuestión de pocos meses, fui testigo de dos de los acontecimientos que más temo en la vida: la muerte de un hijo para sus padres y la muerte de una mujer joven para sus hijos y su marido».

Gaspard: Maese Nicolás, ¿es posible que el dolor, cuanto más lejano nos resulte, nos parezca menos preocupante y, en cambio, más “bello”, casi sublimado? Si un hermano viudo nos dice a los dos años de perder a su esposa -o una hermana a su marido, que es lo más probable, según las estadísticas- que la vida le resulta un infierno, nos alertaría, y pensaríamos en una grave depresión que, no curada, puede llevar a la inanición o el suicidio. En cambio, de no ser un ser querido sino alguien a quien se aprecia mucho o poco, pero sin más, pensamos “está fatal, pero qué bien se expresa”, y pasamos a otra cosa, como es natural, porque lo cercano en nuestra vida diaria, bueno o malo, es lo que nos incumbe. Un psiquiatra lo escucharía, diagnosticaría y le prescribiría un medicamento, supongo.

Maese Nicolás: Gaspard, por supuesto que el dolor cuanto más lejano nos afecta menos. El dolor producido por la muerte en atentado de un grupo de personas en Irak nos afecta menos que el producido en París. Es el efecto del llamado “kilómetro sentimental”. Esa distancia, que no es solo geográfica sino cultural, marca la intensidad de nuestro pesar.
A nivel individual sucede igual. Por eso en el caso de Savater, al que sólo conozco por lo que escribe, su dolor, expresado en una columna periodística, me llega por la simpatía que siento por él (por lo que escribe). Y quizás por ello veo bien que esa columna haya sido publicada.

En el Blog de Antonio Muñoz Molina: Todo oídos

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