La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

22 marzo, 2017

El poder de la incultura

Filed under: Diálogos de blog en blog. — Nicolás Doncel Villegas @ 12:48

clip_image001Maese Nicolás: Hay algo que últimamente me desestabiliza mucho. Es el nivel de superioridad en el que muchos se colocan, nos colocamos, al escuchar comentarios que nos parecen banales o estúpidos, reflexiones que para nosotros son dignas del más rancio catetismo e incluso rozan la burrada cultural; eso que vemos en televisión y en nuestra vida diaria si uno convive con gente no instruida.

¿Y por qué me zarandea emocionalmente todo esto? Porque muchos de los que muestran su ignorancia en tal o cual aspecto (cine, literatura, etc.) acaban dándote veinte vueltas en su conocimiento de mecánica del automóvil, clases de pan o aves migratorias. Ese saber que otorga la vida vivida en situaciones de carencias no lo tiene el más ilustrado catedrático, ese dominio de las situaciones emocionalmente extremas sufridas en un hogar desestructurado no las posee el mejor lector de novela francesa. Siempre he tenido esa sensación de “respeto” por el que no sabe (o parece que no sabe). Será porque me dedicaba a enseñar y me daba cuenta que mientras lo hacía aprendía de los que menos “saben” (infantes de seis a once años).

No hago con esto apología de esa tendencia que vive nuestra sociedad desde hace ya más años de lo necesario, esa especie de idiotización social que premia a tronistas y grandeshermanos. Lo que sí pido, me pido, es no hacer generalizaciones sobre cierto tipo de personas que parecen ser ignorantes cuando luego resultan ser, como el título de ese programa de humor, unos ilustres ignorantes que saben más de lo que aparentan.

Sap: Maese Nicolás, algunas de las personas más “sabias” –en el sentido de sensatez y sentido común, junto con inteligencia natural– que he conocido, no tenían ni idea de quién fue Platón o a lo mejor, Mata-Hari; pero en ningún momento se les ocurriría hacer ostentación de ello. Y ahí está la diferencia, don Maese, que una cosa es ser ignorante, incluso del tipo ignorante enciclopédico, y otra, alardear de tal estado, como es habitual en los platós televisivos sobre todo y en las redes sociales. De ésos sí hay que burlarse.

Gaspard: Maese Nicolás, la jactancia de la incultura. Finkielkraut sostiene que es la primera época en la Historia en que las élites proclaman el prestigio de la incultura; nuestro anfitrión alguna vez ha dicho algo parecido. No sé si será así, tal vez sea una exageración o generalización. En cualquier caso, la única incultura que me molesta es la de los herederos culturales, la de quienes tienen dinero para trajes pero no para cualquier otra cultura que la que necesitan para fortificar su situación. No digo que la ignorancia de los desheredados sea una fatalidad miserabilista o que esté justificada; no todos los desheredados son ignorantes, y seguramente sea entre ellos donde el saber legítimo -que no poseen, otra cosa es, claro, el saber práctico o la razón práctica a la que te refieres, los saberes instrumentales concretos y el conocimiento de los códigos en que hay que comportarse en sociedad- tiene más prestigio.
La incultura tiene hoy cierto prestigio populista, al mismo tiempo que, paradoja suprema, es un arma que se sigue utilizando en detrimento de los desheredados. No se puede relativizar la importancia que reviste obtenerla.

Maese Nicolás: Sap, de quienes alardean de su ignorancia en ciertos programas de televisión o en redes sociales no puedo burlarme. Me enfado con ellos porque, habiendo dispuesto de medios y posibilidades para aprender, han elegido contribuir a este estado de estupidez que se ha adueñado de mucha gente en este país.

Esa "jactancia de la incultura", de la que habla Gaspard, me parece tan inmoral, socialmente, como la del ilustrado que se jacta de su nivel cultural ante quien no pudo acceder al mismo.

Y luego está el diferenciar qué es un producto cultural. O a qué nivel de cultura pertenece. En “De la estupidez a la locura”, de Umberto Eco, que estos días me entretiene, se habla de esos niveles, de la alta y la baja cultura. Hoy día esos límites para mí son cada vez más difíciles de distinguir. Por ejemplo, el programa de Canal Sur en el que los ancianos acuden para emparejarse es tratado por muchos como un programa próximo a la telebasura. En cambio creo recordar que tú hablaste del aprendizaje que ese programa te ofrecía para conocer la vida real que esas personas vivieron siendo jóvenes, relatos de un realismo que sus memorias evocan. También en esta casa se habló positivamente de otro programa de televisión en el que acudían personas a una cita a ciegas. Me picó la curiosidad y lo vi un día. No pude aguantarlo más de media hora.

Maese Nicolás: Gaspard, repitiendo en parte lo que le he comentado a Sap: la jactancia de la incultura por parte de algunos, y ese cierto prestigio social que hoy se les da a quienes la practican, me parece algo detestable. Que ello ocurriese ya por parte de las élites de la Antigüedad no me extraña. O sí. Porque ahí es donde entra la otra cara de este asunto: qué consideramos cultura y qué no. Vuelvo a citar a Eco:

“Es cierto que los romanos abandonaban una representación de Terencio para ir a ver los osos, pero en realidad también hoy muchos intelectuales selectos renuncian a un concierto para ver un partido.”

Vamos que, por ejemplo, tras haber leído tus cultos y amenos comentarios me entero de que te vas (como cualquier forofo) a ver un partido de la Real.

En el Blog de Antonio Muñoz Molina: Todo oídos

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