La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

13 febrero, 2017

Ese constante doblar la rabadilla

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 10:51

 

clip_image002La otra tarde presencié la siguiente escena. Un hombre estaba subido a una de esas “cajas” que los camiones dejan en el suelo hasta que se llena y se la llevan a su destino, dejando allí otra similar para que cumpla la misma función. El hombre cogía restos de madera de ese contenedor. Elegía las tablas más apropiadas, según un criterio que desconozco, y tras cada elección, de dos o tres tablas, las arrojaba al suelo. Al lado del contenedor había una mujer que recogía las tablas del suelo y las colocaba en el maletero de un coche cuyo portón permanecía levantado. Su ritmo era acompasado; es decir, las tablas no llegaban a amontonarse en el suelo sino que mientras ella las colocaba en el coche él arrojaba otras al pavimento. Y viceversa. Pensé que podrían acompasar su ritmo de manera total y entregar él las tablas a la mujer en mano para que ella las colocará en el coche y así ahorrarle el constante doblar de rabadilla que tan perjudicial es para la columna vertebral.

Tal escena me recordó a los trabajos forzados a los que eran condenados algunos reos y cuya utilidad era nula en ocasiones. Se trabajaba por trabajar, por el simple hecho de agotar el cuerpo en un trabajo físico que, ya de paso, condicionaba también la posible rebeldía mental. Aunque a veces pudiese producir el efecto contrario pues al verse el condenado doblemente castigado, por el esfuerzo físico y por la inutilidad de éste, despertaba sus ansias de escapar a tal ignominia. Me imagino que los condenados a galeras, tras remar hasta dejarse el último aliento en una batalla naval, no le verían sentido que el capitán del navío les ordenase volver a remar cuando ya el peligro había pasado y el viento soplaba a favor. Más de un galeote rezaría entonces para que apareciese por allí el sin par hidalgo de La Mancha diciendo aquello de “…aquí encaja la ejecución de mi oficio: desfacer fuerzas y socorrer y acudir a los miserables.”

Ese trabajar por trabajar me recordó también a mis años de juventud cuando, en el campo, mi padre me mandaba algunas tareas que uno consideraba que bien podría hacer la fuerza de una mula o, más tarde, la del tractor. ¿Por qué cargar sacos y trasladarlos sobre el hombro de un lugar a otro cuando era más fácil, y menos cansado, cargarlos en el tractor, llevarlos a su destino y descargarlos allí? ¿Sería para que aprendiese lo dura que era la vida del galeote agrario?

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