La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

22 enero, 2017

Atardecer de sábado con crucero al fondo

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 10:47

 

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Atardecer de sábado con farolas que iluminan el paseo tranquilo y solitario. Al fondo un mar que se ha apaciguado y se oscurece a la par del cielo. Por la línea del horizonte navega un crucero que debe haber salido de la capital y dirige su proa en dirección Este. El gran barco aparece iluminado y uno se imagina a los pasajeros degustando mojitos en la cubierta de estribor viendo el anochecer de este Mediterráneo sureño. Evoco así lo vivido hace unos meses en el norteño Mar de Noruega mientras la nave se aleja y nosotros, caminantes de litoral, viramos nuestro rumbo hacia la calle-carretera, escasa de tráfico y viandantes.

A las siete de la tarde del cálido julio el lugar sería un trajín de bañistas y deportistas, de familias asentadas en la cercana playa, de turistas extranjeros que ocupan las terrazas de los restaurantes o de los chiringuitos para cenar a plena luz del sol. Ahora todo es silencio y placidez. En un bar de siempre los paisanos juegan al dómino o echan una brisca golpeando fichas o nudillos contra las tapas de las mesas, haciendo valer así su jugada, como si con ello atemorizasen al rival y se acercasen más al triunfo que es mezcla del azar y la clip_image002[5]sabiduría. Hay quien pasea con el perro a la manera tradicional; es decir, el dueño sostiene a su can con la correa mientras ambos caminan. Esta aclaración, que pareciese innecesaria, viene a cuento de lo que vi por la mañana en el paseo marítimo: una señora, de llamativo sombrero, con paso firme y cabeza altiva, empujaba un carrito, una sillita en la que habitualmente se sienta una criatura humana de uno o dos años de edad, pero que en el caso que comento iba ocupada por dos perros de abundante pelaje.

Cuando el paseo vespertino va concluyendo observamos unos músicos uniformados en el rellano delantero de la pequeña iglesia del pueblo. Cada uno de ellos lleva el maletín de su instrumento en una mano y una silla plegable en la otra. Esperan que acabe la misa para entrar en la iglesia y dar un concierto. Así sucede y nosotros entramos tras ellos. Los músicos se colocan en el altar de la capilla, presidido por un sencillo retablo, en el que destaca la Virgen del Carmen (estamos en tierra de marineros), y cerca de un cuadro con un Crucificado velazqueño. Tocan piezas de zarzuela con eficaz destreza, música que es aplaudida por el público que escucha sentado en los católicos bancos y que se me hace extraña en tan recogido y eclesial escenario.

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