La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

20 octubre, 2016

Sombras en la arena (3)

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 15:15

clip_image002Ernesto siempre había tenido “sus prontos”. La familia y los maestros del colegio reconocían que era un buen chico, pero que perdía el control emocional en determinadas situaciones. También fue un buen estudiante y acabó con éxito una carrera de ingeniería mecánica en la que algunos de sus compañeros fracasaron. Acabada la ingeniería tuvo una novia, una muchacha que trabajaba en las oficinas de una compañía eléctrica. Fue con ella cuando todo comenzó. Fue entonces cuando su vida se enredó entre las varillas de aquel maldito artilugio, dicho metafóricamente.

Aquel verano, Ernesto y su novia, con un futuro mecánicamente engranado y eléctricamente iluminado, viajaron a una localidad de la costa santanderina. Agradables temperaturas, lugares interesantes para conocer y playas de aguas limpias que Ernesto trataba de evitar. Caminar sobre la arena es algo que recomiendan una considerable cantidad de médicos y fisioterapeutas. Pero a Ernesto pisar la arena, por muy fina y compacta que fuese, le producía una desazón emocional que alteraba su equilibrio y sus relaciones con los demás. Pisar arena y aparecer uno de “sus prontos” era una relación causa–efecto casi inevitable.

Al cuarto día, después de haber visitado numerosas iglesias románicas y la siempre bien conservada villa de Santillana del Mar, ella decidió que tocaba día de playa. Ernesto, cargado con la sombrilla azul que lucía el logotipo de la compañía eléctrica, calzando sus zapatillas cerradas, nada de chanclas, no tuvo más remedio que caminar sobre la arena. La discusión previa sobre la conveniencia o no de llevar sombrilla, dada la buena temperatura y el escaso daño que sobre la piel de ella podría hacer el débil sol del Cantábrico, había acabado pronto. Y allí estaba él, sintiendo ese resquemor que sus deportivas no evitaban mientras caminaba hacia el mar. Lo que ocurrió después fue vertiginoso: intentó abrir la sombrilla, las varillas se engancharon en la tela, ésta se rajó; ella, con cara de menosprecio, le dijo: “parece mentira que con una ingeniería mecánica no seas capaz de abrir una sombrilla”. Él dio un bastonazo a la sombrilla estropeada mientras miraba con ojos incendiados a su novia. Y se marchó de la playa.

A las pocas semanas la relación, igual que la sombrilla, se rompió también. Ella lo dejó y él le quemó el coche (“sus prontos” iban alcanzando mayor temperatura). Fue juzgado y declarado culpable. Pisó una cárcel por primera vez, pero por poco tiempo.

(Continuará)

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