La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

24 septiembre, 2016

Limosna que no me das, grito que te llevarás

Filed under: Personal — Nicolás Doncel Villegas @ 9:02

clip_image001No acostumbro a dar limosna. No sé dónde leí que el Papa Francisco recriminaba a los que no ejercían de limosneros dadores, donadores, (pues limosnero es tanto el que da como el que recibe limosna) porque algunos pensaban, pensábamos, que aquel que pide iría a gastarse lo recibido en vino. Lo de gastarse la limosna en vino me suena a los lejanos años de la infancia; más tarde solía decirse que se lo gastaban en drogas. Ni sé, ni me importa en qué se gasta esa persona el dinero recaudado. Tampoco me importa qué pueda pensar el Papa sobre lo que podemos pensar los que no ejercemos esa obra caritativa de dar unas monedas a quien permanece en el atrio de una iglesia o se te acerca por la calle solicitando caridad. Creo que vivimos en una sociedad tan organizada que existen los suficientes medios para que esas personas no tengan que mendigar unas monedas (aunque en los últimos tiempos…)

Cuento todo esto porque hace unos días, caminando por una calle cordobesa, se me acercó un joven de unos treinta años, vestido correctamente, mochila al hombro, para pedir algo que no llegué a entender porque musitaba las palabras en tono tan bajo que eran difícilmente audibles y más difícilmente comprensibles. Lo único que entendí fue el comienzo de su discurso: “Podrías darme…”. Como ya he declarado que no acostumbro a dar limosna, cuando tal situación sucede suelo responder con un “lo siento, pero no”. Hace unos días, no sé porqué, traté de excusarme diciendo: “No puedo porque vengo de…”. Intenté dar al joven una explicación, que era cierta, no era una excusa inventada, pues venía de recoger unas pruebas médicas y me dirigía a llevarlas a la doctora con la cual tenía consulta. Pues bien, ahí acabo mi respuesta porque el mendicante me cortó en seco, y lo que era una voz apenas audible se convirtió en un vozarrón que gritó: “¡Y a mí qué mierda me importa de dónde vengas tú!”. Me quedé tan anonadado como mi esposa y una señora con dos niños que caminaban cerca de la escena mientras el limosnero recaudador aceleraba el paso y se perdía por una esquina.

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