La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

18 agosto, 2016

Cuando todo se funde

Filed under: Diálogos de blog en blog. — Nicolás Doncel Villegas @ 12:42

 

 

clip_image002 “Era, sobre todo, en verano, cuando los plomos de los techados se fundían…”

Y, sobre todo, en este verano de la tórrida ribera del Guadalquivir, querido Charles.

No sólo se funden los plomos de los techados sino los techados mismos. Se funden las azoteas blancas de cal, los balcones desnudos de toldos castigados por el sol del mediodía, las terrazas desiertas de las plazas desiertas, los patios por los que no entra la mínima brisa… Se funden las horas interminables de las tardes sin fin, los atardeceres asfixiantes, los anocheceres carentes de frescor.

Qué largo es el verano de estas tierras interiores, tan alejadas del mar que bate olas, refresca cuerpos y relaja almas. Qué tiranía la del mercurio en su inflexible ascenso, cuando a las once de la mañana supera los treinta grados y ya nadie podrá detenerlo durante las siguientes horas. Qué abrumador estío, con ese exceso luz que obliga a oscurecer hogares en pleno día; que obliga a madrugar para caminar, y a hibernar en plena canícula de siestas y duermevelas.

Gaspard: Nicolás, lo que no me imagino es cómo debían de ser los veranos hace cien años, cuando no había aire acondicionado o un triste ventilador y las enfermedades crónicas peor tratadas debían de matar a la gente en cantidades muchos más generosas que en la actualidad. Como ocurriría con el frío en el invierno. Hemos tenido suerte de no vivir en la época de Baudelaire.

Nicolás: Gaspard, los de hace cien años no sé. Pero, los veranos de hace cincuenta años sí que los recuerdo perfectamente. Ni aire acondicionado, ni ventilador, ni frigorífico (a mi casa el primero llegó bien avanzados los años sesenta), etc. En “El Viento de la Luna” hay pasajes que al leerlos me llevan a la infancia: las sábanas húmedas por el sudor de la siesta, la instalación de la primera ducha… Los colchones eran de lana, te hundías en ellos, te absorbían y en verano eran asfixiantes. La primera ducha fue un bidón de uralita colocado en la azotea; el agua se calentaba tanto con la solanera que parecía salir de un calentador. No había toldo en el patio; había que buscar la sombra del naranjo y la parra. Hasta que llegó la primera nevera refrescábamos el agua y la gaseosa metiéndolas en el pozo; recuerdo como una madalena proustiana la primera vez que tomé una gaseosa de naranja con unos cubitos de hielo. En las noches de calor agobiante nos sentábamos en la puerta de la casa para charlar con los vecinos porque las habitaciones estaban recalentadas; si en la calle no “corría” el aire había que irse a las afueras del pueblo, a la orilla del río…

 

En Blog de Antonio Muñoz Molina: Verano Baudelaire

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