La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

23 julio, 2016

Crónicas vikingas 5 – Del glaciar Breskdal al fiordo de Geiranger

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 9:22

                                                                                   11 de julio de 2016

clip_image002Cuando descendimos del glaciar eran las doce de la mañana. Tras comprar los souvenires almorzamos, horario de guiris españoles en Noruega, en un restaurante con enormes cristaleras que permiten seguir contemplando las cataratas de la zona. Almorzamos salmón, cómo no, y mi santa me comenta que el viaje hasta allí había sido muy cómodo, que le extrañaba que en la información facilitada avisara de carreteras con numerosas curvas. Le confirmo esa misma impresión antes de subir al autocar para iniciar el viaje de regreso. En ese viaje hacemos una parada en String. Es un pequeño pueblo con un hermoso lago (llamado String) y un río (al que llaman String). Numerosas granjas y casas de campo se alinean a un lado y otro de las estrechas carreteras. Casas de madera con grandes ventanas adornadas con visillos blancos que se recogen a los lados y permiten ver plantas de interior tras los cristales. Algunas conservan la tradición vikinga de cubrir los tejados con madera de tilo y un par de capas de heno mezcladas con grasa animal. Nos cuenta el guía que de esa forma el interior de las casas era más cálido en las frías jornadas de invierno.

Como el barco ha navegado por el fiordo desde Hellesylt hasta Geiranger el autocar nos lleva hasta allí por carreteras con túneles que salvan la orografía montañosa. Pero antes de descender a los cero metros del fiordo vamos a subir al mirador del monte Dalsnibba, a mil quinientos metros de altitud. Antes de comenzar la subida el paisaje muestra otra de esas imágenes que dicen “de postal”. Un lago de aguas intensamente azuladas duerme a los pies de una pared montañosa cubierta de nieve en su mayor parte. Numerosas cascadas caen sobre el lago. Al otro lado de éste la carretera discurre plácidamente por una especie de meseta alpina. Es en ese momento cuando el guía, un joven cubano de habla tranquila y caribeña al que le gusta contar chistes de noruegos y suecos, comenta que quienes tengan problemas de vértigo o miedo a las alturas pueden manifestarlo y quedarse en la cabaña que hay para controlar el paso de vehículos que suben y bajan de la montaña. Lo que parece otra chanza de nuestro guía deja de serlo cuando el autocar llega a un punto en el que se observa como la carretera curvea y asciende de forma abrupta. Curvas cerradas y pendiente vertiginosa escalan la ladera que sube hasta el mirador. Varios autocares suben y bajan por esa carretera estrecha. Parecen colgados de la pared montañosa. Como nadie ha manifestado su deseo de bajar, como todos hemos sido valientes y decididos, se inicia la subida. Es entonces cuando comienza a caer una fina lluvia y la niebla desciende desde la cumbre. Son el complemente perfecto para pensar que a lo mejor hubiese sido más inteligente haberse bajado en la cabaña de abajo. Afortunadamente, el chófer, un noruego de piel blanquecina, orondo y rubicundo, que lee un libro en cada parada que hemos realizado durante la jornada, es todo un profesional de la conducción.

clip_image004Las vistas desde la cima montañosa son grandiosas. A un lado, la montaña con masas de nieve que desaguan en cascadas. Al otro, la montaña que desciende hasta el fiordo. Por suerte la niebla ha desaparecido y al fondo se observa el fiordo en el que destaca la diminuta figura del buque; sus casi trescientos metros de eslora son como un barquito de juguete que estuviese fondeado en un charco de aguas azuladas. La llovizna sigue cayendo y los pocos más de diez grados en pleno mes de julio son los ingredientes que se reflejan en las caras de quienes allí estamos. La bajada, tan peligrosa o más que la subida, nos lleva hasta el fiordo de Geiranger. En esa bajada es obligatorio detenerse en el mirador de Flydalsjuvet para formar parte de la postal más conocida de Noruega: el fiordo de Geiranger rodeado de montañas y con el buque fondeado en él.

Hemos bajado esos mil quinientos metros para subir al barco, fondeado a unos cien metros del atracadero. Por ello hay que montar en una de las lanchas de salvamento que el Costa Favolosa lleva para casos de emergencia. Es una operación rápida que te deja en el barco tras nueve horas de excursión, de disfrute de una naturaleza extraordinaria.

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