La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

3 junio, 2016

En la cabaña número cinco

Filed under: Personal,Tizas de colores — Nicolás Doncel Villegas @ 14:49

Hace más de treinta años fui de excursión varios días con alumnos del octavo curso de la desaparecida EGB. Eran chavales de catorce o quince años. Mozalbetes en plena expansión hormonal para los que la visita al Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, la Basílica del Valle de los Caídos o el Palacio Real de Madrid, no tenía gran interés. No para todos, claro está; pero sí para la mayoría. El mayor atractivo para ellos era el viaje en sí, el trayecto, las bromas entre compañeros, los ligues espontáneos y temporales, las noches y el trasnoche. Recuerdo que, como todos no podían hospedarse en el mismo hotel, algunos tuvieron que hacerlo en una vieja pensión del centro histórico de Madrid, cerca de la Plaza Mayor. Fueron ocho o diez alumnos con el maestro que escribe. Y lo recuerdo porque la primera noche tuve que confiscarles una botella de plástico de dos litros en la que llevaban un preparado (vodka y limón) que sabía a matarratas. Recuerdo ese sabor porque el primer trago lo bebí yo, el segundo ellos (sí, había que calmar a las fieras) y el tercero fue al sumidero del aseo.

¿Por qué esta evocación de maestro excursionista? Porque aquella fue la primera y hace unos días he estado en la última. Ha sido ésta la antónima de aquélla. Alumnos de doce años con los que ya comparto cuatro cursos, compañeros (y compañeras, bien sûr) con los que comparto también cursos y, sobre todo, afinidades, campamento en plena naturaleza…Los alumnos han disfrutado, el maestro también; a pesar de que ya gasta uno cierta edad y lo de dormir en cama extraña, junto con el ir y venir por senderos, aumenta el desgaste de energías y la consecuente fatiga.

clip_image002El disfrute de los alumnos comienza desde la llegada y la formación de grupos, con compañeros que no lo son de aula, y termina con la despedida de los monitores que los han atendido. Los maestros, cansados por el trasiego de actividades, ir de un grupo a otro, fotografiar las sonrisas de todos, atender la morriña de algunos, hemos compartido mesa y confidencias. Ese ha sido nuestro disfrute, esa ha sido la compensación a tener que pasar tres días fuera de casa. Para mí ha sido como una despedida de curso anticipada. Charlas intranscendentes que rebajan tensiones, anécdotas apropiadas al momento que se vive, destapar aspectos personales de los demás que nos eran desconocidos… Y junto a todo ello, charlas sobre nuestro trabajo, la tantas veces incomprendida labor del maestro, seguidas de risas que no se pueden contener cuando la imaginación despierta situaciones imposibles, confidencias del pasado y previsiones del futuro… Todo ello se culmina con ver pasar las horas del reloj hasta que el conticinio se adueña del silencio y de la naturaleza; no sólo de la naturaleza arbórea rodeada por abrazos nocturnos sino también de la naturaleza humana hecha grupo en la cabaña número cinco.

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