La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

18 mayo, 2016

Aquello que san Isidro deja tras de sí

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 15:09

 

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El lunes, festivo gracias al san Isidro dominguero, salgo a caminar por la mañana. Abandono un pueblo silencioso que duerme la resaca romera. Decido cambiar mi ruta cotidiana y antes de adentrarme en territorio rural observo algo que llama mi atención y que certifica la festividad del día anterior. En uno de los solares, a los que la crisis inmobiliaria de hace ya no sé cuantos años dejó sin edificar, alguien ha abandonado una pata jamonera. Aquello que fue alimento de romero, aquello que alegró el yantar campestre, esa carne curada a frío y sal que acompañó el trasegar de numerosos vasos de vino, es hoy hueso con cordel, corteza y fina capa alba de tocino, resto esquilmado y, como se dice en Don Quijote: “…huesos mondos de jamón, que si no se dejaban mascar, no defendían el ser chupados.” No habrán encontrado mejor sitio que un solar para abandonar aquello que fue sustento de fiesta y alegría, aquello que sació el hambre y mitigó la espera del tiempo hasta que estuvo cocinada la paella, pienso mientras me encamino a las afueras del pueblo y me adentro por el sendero que me llevará a la ribera de san Isidro, orilla siniestra del Guadalquivir.

Y es en ese sendero donde encuentro otro testimonio de la fiesta pasada. Otra reliquia del caminar romero. En medio de la vereda hay una de esas cañas rematadas con flores, atadas con una cinta que luce los colores de la bandera andaluza; una de esas cañas que portan las romeras cuando se dirigen, tras el santo o la carreta, al lugar de peregrinación. Entonces, aquellas flores campestres lucían lustrosas, aquella cinta impoluta adornaba el caminar garboso de la mujer ataviada con falda campera de amplio vuelo y sombrero cordobés, rosa roja en el pecho enganchada en el ojal de una camisa blanca, imagen de “nuestras más nobles tradiciones”, o de “nuestras tradiciones más rancias”, como decíamos ayer, según la visión de cada cual.

Llego a la ribera de san Isidro; en ese espacio campero, a espaldas de las instalaciones deportivas del pueblo, mirando al río, acamparon el día del patrón de la gente del campo aquellos que abandonaron la escuálida pata jamonera y la caña de flores ajadas con las que me he encontrado en mi caminar. Y no sólo acamparon ellos sino otros que también dejaron atrás algunas cosas más.

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