La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

16 mayo, 2016

San Isidro mirando al balcón

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 11:27

 

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Son más de las doce y media de la mañana cuando se oye el repicar de tambores y el estridente sonido de las cornetas cerca del atrio de la iglesia donde espero sentado plácidamente a la sombra del olivo. He ido a recoger a mi santa, que asiste a la preceptiva misa dominical, en este día de san Isidro Labrador. Y no es la primera vez que escucho hoy la fanfarria festiva. Más de cuatro horas antes, el mismo sonido me despertó cuando la banda llegó a desayunar a la puerta de la casa del hermano mayor. Pocos minutos después, estando yo asomado al balcón, llegaba san Isidro precedido por el coche de la policía local y subido en un remolque de tractor que se encamina con dificultad hacia el lugar donde la ruidosa banda desayuna. Al girar la esquina me ha parecido que, quien será mi patrón a tiempo completo a partir de finales de año, san Isidro, me ha mirado. Yo le he sonreído y le ha dado las gracias por las últimas y abundantes lluvias que espero mejoren la cosecha de girasol. Como también espero que san José de Calasanz, patrón de los maestros, me alegre la venidera jubilación con la paz que necesito en los últimos meses lectivos que me quedan.

Bien. Volvamos al principio. Cuando mi santa sale de misa nos encaminamos hacia la Plaza del Ayuntamiento donde ya se concentra un gentío que no llega a ser agobiante. Nos cobijamos a la sombra de un naranjo pues el sol parece haber renacido tras la semana gris de nubes y lluvias. Enfrente, ocupando dos balcones, observo a las autoridades municipales y al jurado encargado de premiar las carrozas y caballistas que van a desfilar. Mientras mi santa me hace observaciones sobre los detalles de las carrozas yo sigo mirando a aquellos que ocupan los balcones; sonríen y aplauden el paso de lo que un cronista oficial llamaría “nuestras más nobles tradiciones”: un santo encumbrado en un pedestal y rodeado de niños, gentes vestidas de faralaes y trajes camperos para honrar al santo, músicas de la tierra regadas con vasos de vino y otras bebidas espirituosas, jinetes con sombrero de ala ancha que se yerguen orgullosos sobre la multitud, carrozas con los distintivos más tópicos de la localidad y de la tierra andaluza y española… Todo eso a lo que, quizás, presuntamente quizás, algunos de los que están subidos en el balcón llamarían, de no estar subidos en el balcón, “nuestras más rancias tradiciones”. Porque no se ve el mundo igual desde lo alto del pedestal que a pie de calle. Eso, seguro. Estando en esos pensamientos me ha parecido que san Isidro me ha vuelto a mirar, ahora que ya no estoy en el balcón, y ha sido él quien en esta ocasión ha sonreído.

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