La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

3 mayo, 2016

Hormigueros de alquitrán y tierra

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 15:43

clip_image002Salgo a caminar este último sábado de abril, casi robado mes de abril que cantase Sabina, con el suelo moteado por un chispeo de lluvia tan escasa que apenas cubre el asfalto. Las nubes pelean por tapar el sol que trata de asentarse sobre los olivares de los cerros circundantes que abrazan el pueblo frente al caminante. La vegetación se ofrece espléndida a la vista: trigos de verdes y orgullosas espigas, jaramagos que amarillean las veredas, hojas encintadas que guardan con delicadeza las últimas gotas de lluvia caídas al amanecer, margaritas blancas que no deshojan las dudas del que las vea al pasar, girasoles que comienzan a desperezarse, rosales que ofrecen su paleta de colores en el camino de un cortijo silencioso, olivos que ya ofrecieron su fruto y esperan que el verano no sea agónico, alguna amapola tímida y solitaria perdida en el trigal… La primavera es dueña y señora del lugar.

clip_image004 Hace un par de semanas, en el mismo lugar por el que ahora transito, me encontré con el padre de una alumna. Desde lejos me pareció que buscaba algo perdido entre la maleza de las cunetas. Cuando me acerqué observé que llevaba un canasto que hacía mucho tiempo no veía. Era uno de esos canastos hechos de alambre que se pliegan sobre sí mismos hasta ocupar un mínimo espacio. Le pregunto si ha perdido algo y me contesta que no, que anda buscando caracoles para hacer un guiso. Tras despedirnos sigo caminando con el recuerdo de aquellos años en los que era costumbre ir a las huertas de mi pueblo a recoger caracoles, mantenerlos en ayuno, lavarlos y relavarlos, para después hacer un guiso del que yo sólo probaba el caldo con sabor a hierbabuena, pues lo de digerir el cuerpo del molusco gasterópodo no estaba, ni está, en mis preferencias alimenticias.

clip_image006Más adelante, el efecto de un sol ya poderoso y de las sombras casi vencidas me muestra sobre el arcén de la carretera unas estelas plateadas que se asoman y se esconden con el juego de las luces y las sombras. Son el rastro de la baba de los caracoles que, con un atrevimiento cargado de fatalidad, abandonan la vegetación para adentrarse en el territorio hostil del asfalto. Es como si la parte animal de esta naturaleza en la que lo urbano se mezcla con lo rural hubiese explosionado con tal fuerza que no respetase los límites y las tradiciones milenarias de la genética zoológica. ¿A dónde se encaminará ese caracol que ha traspasado el bordillo de granito (muro de su territorio) y se enfrenta a la frontera pintada de blanco que es el final del arcén? Y no sólo él (y cientos de sus congéneres, tan inconscientes como él) ha trastocado las leyes territoriales. Porque un trecho de camino más adelante, sobre el asfalto también, se ahílan pequeños montículos de tierra que las hormigas han sacado entre las mínimas grietas. Hormigueros de alquitrán y tierra, podría llamarlos el poeta circunstancial.

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