La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

14 abril, 2016

Atrapa las cabras

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 14:27

clip_image002Las llamadas en las que alguien pide ayuda, sobre todo cuando se hacen gritando y a horas intempestivas, suelen generar desasosiego en quien las escucha. Si ese grito te despierta de un placentero sueño, o de una plácida duermevela, el sobresalto suele ser aún mayor. Se genera una inquietud en la que los pensamientos acelerados te llevan a imaginar que se trata de un accidente grave, de una pelea callejera en la que alguien se encuentra malherido, de una agresión de género (sobre todo si la que solicita socorro es la voz desgarrada de una mujer), de un atraco en el que alguien sufre algo más que la pérdida del billetero, etc.

El pasado sábado, a esas horas en las que el sol aún no ha apuntado por el horizonte, cuando tan sólo nos vemos a través de las primeras luces del alba, y los caminantes más madrugadores salen de casa provistos de ropa de abrigo porque esta es una primavera como debe de ser, de cambios meteorológicos imprevistos y amaneceres casi fríos, quien esto escribe escuchó que alguien gritaba: ¡Ayuda, ayuda! Esos dos gritos desataron todas las posibilidades que antes presumía. Presto oído por unos segundos y espero que tal solicitud se repita, pues es algo que suele hacer quien se encuentra en situaciones como las anteriormente contadas. Pero no ocurre lo que esperaba. El silencio callejero vuelve a adueñarse del amanecer. Me asomo entonces al balcón para ver si puedo ver quién y por qué pide ayuda. Nada ni nadie, calles vacías que me hacen volver a la cama. Pasado un tiempo, casi una hora, estando a punto de desayunar, escucho otros gritos en la calle. Ahora no solicitan ayuda sino que son algo parecido a: “Por ahí, cógelas…”.

Hago un inciso para colocar aquí un párrafo de El Quijote:

“Y, estando comiendo, a deshora oyeron un recio estruendo y un son de esquila, que por entre unas zarzas y espesas matas que allí junto estaban sonaba, y al mismo instante vieron salir de entre aquellas malezas una hermosa cabra, toda la piel manchada de negro, blanco y pardo. Tras ella venía un cabrero dándole voces, y diciéndole palabras a su uso, para que se detuviese, o al rebaño volviese. La fugitiva cabra, temerosa y despavorida, se vino a la gente, como a favorecerse de ella, y allí se detuvo.”

Me asomo a la ventana y no veo una cabra sino dos, de negros pelajes, que corren no entre zarzas y malezas sino entre coches aparcados; y a un señor junto a una joven (presunta solicitante de ayuda hace un buen rato) que tratan de atrapar a las díscolas elementas del ganado caprino. Y al contrario de los sucedido en El Quijote las fugitivas cabras no se vinieron a la gente y se detuvieron sino que corrieron despavoridas calle abajo sin que nada más se supiese de ellas y sus perseguidores.

 

 

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