La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

31 marzo, 2016

Crónica de Semana Santa (y 7): La bulla y el caballo de Longinos

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 14:57

Sin título

La tarde del miércoles santo el tiempo se ha estabilizado. En la cabecera de la Alameda de Hércules se agolpa ya una multitud cuando llegamos para ver el paso de la Hermandad de la Lanzada. Desde la lejanía veo transitar el paso. Llama mi atención el tamaño del romano Longinos, lanza en ristre, comparado con la talla del caballo que monta. No sé si será impresión óptica, debido a esa lejanía, pero parece mucho romano para tan poco caballo. También llama mi atención la enorme cantidad de personas que están allí a pie quieto casi dos horas y que ni siquiera prestan atención al transitar del paso de misterio y del paso de la Virgen. Es como un estar físico, un estar presente, sin que el motivo que los ha llevado hasta allí no merezca su atención. Es otra de las características de esta fiesta: su capacidad de convocatoria, de movilizar  masas de gentes tan diversas que cuesta trabajo comprender el por qué. Tiene uno tantas dudas como aquel Tomás, apóstol incrédulo que llegó a ser santo, y al que el mismo Jesucristo resucitado tuvo que coger su mano para llevarla hasta la herida que le había producido ese romano Longinos que ahora va a caballo por la Alameda de Hércules.

Como la espera es larga reponemos fuerza con  uno de esos churros rellenos de chocolate que aporta calorías suficientes para cumplir cualquier estación de penitencia. Pasa la procesión y el gentío se dispersa por diversas calles. Nos encaminamos al centro y entonces entiendo con nitidez la diferencia entre el bullicio y la bulla. En cada esquina se agolpa una multitud, en cada calle una barahúnda tranquila (permítaseme el oxímoron) de gentes se agolpa en las aceras y transita por la calzada hasta que la cruz de guía de una hermandad se abra paso. Tales aglomeraciones sobrepasan mis deseos de caminar la ciudad. Decidimos abandonar la bulla y tomar calles más tranquilas. Es entonces cuando pasamos por la que hace unos días ocupaba una de sus aceras con una larga fila de personas que esperaban entrar a la basílica del Jesús del Gran Poder. Es noche de luna llena, noche de luna de Parasceve, cuando nos asomamos a la Plaza de san Lorenzo, en la que ya estuvimos a plena luz del día, y entramos sin necesidad de hacer cola a la basílica del Señor de Sevilla. Cumplida la visita tomamos posesión de la plaza y de la cerveza y nos despedimos de estos tres intensos días laicofrades.

 

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