La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

21 marzo, 2016

El agua de la fuente huele a azahar

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 0:11

 

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El sábado, mientras mi santa, acompañada de los hijos y sus parejas, dedicaban dos horas de la mañana a relajarse en los baños árabes, caminé en tranquila soledad por callejas en las que el silencio era el dueño. Antes de que la multitud de turistas japoneses rodeasen las mil puertas de la Mezquita Catedral, antes de que las tribus de adolescentes foráneos, guiados por un profesor que blandía un paraguas cual si fuese un florete, tomasen el Patio de los Naranjos, caminé por callejuelas moriscas, me adentré en su estrechez de curvas y sombras hasta desembocar en rincones en los que se oía el sonido del agua al caer en una fuente custodiada por un naranjo abierto de azahar que se erguía buscando el pequeño trozo de cielo que le pertenece.

En esa zona de Córdoba que se asoma al Guadalquivir uno encuentra plazas como la de los Abades, en la que sentarse a leer unos minutos mientras el cuerpo descansa de la caminata, acompañado por el ir y venir del sol en una mañana primaveral, constituye un gozo tan sencillo como intenso. Camina uno por calles con nombres de extraordinaria sonoridad: Alfayatas, Zapatería Vieja… Y otros en los que la toponimia del callejero conserva los nombres tradicionales en placas de cerámica bajo las denominaciones actuales. Los suelos de algunas plazas guardan la humedad de la lluvia caída unas horas antes y entre sus piedras destaca el intenso verdín de algunas zonas umbrías.

El deambular sin rumbo fijo me lleva al Portillo, que se mira casi de frente con el arco que da entrada al Compás de san Francisco. Hace ya muchos años que no atravesaba Portillo y Arco. Dentro de unos días el Compás, ese amplio atrio hoy lleno de sol, se abarrotará de una multitud de cordobeses para ver a los legionarios sacar al Cristo de la Caridad. Como la iglesia está abierta entró y me encuentro con gente que, en la hermosa capilla gótica que se conserva en el templo, está preparando los pasos de Semana Santa. Tras hacer otra parada lectora, gozando del sol que ilumina el Compás, me asomo a la Ribera.

El Guadalquivir mezcla sus aguas verdosas con el de la floresta de la vegetación. Las aguas se ondulan a favor del viento, que se levanta repentino, y parecen ir a contracorriente. Me dirijo hacia la Puerta del Puente y evito las aglomeraciones turísticas encaminándome por el muro sur de la Mezquita-Catedral para entrar por la puerta de Santa Catalina. La fachada oeste, tan solitaria en aquellos años en los que uno vivía a pocos metros de este edificio que nunca dejará de atraerme, bulle hoy con turistas que descansan sentados a los pies de las puertas de bronce y los arcos de herradura que las sobrevuelan. Con los llegados de fuera se mezclan los invitados a una boda que se celebra en un hotel cercano, luciendo trajes de fiesta y exagerados tocados. Poco más arriba se oye el rasgueo de una guitarra. Un señor, que bien podría ser de mi generación, entona con buena voz los versos de la canción “En el lago”, dándole un toque de flamenco no típico a la estampa mañanera.

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