La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

29 enero, 2016

El juego de las apariencias

Filed under: Personal — Nicolás Doncel Villegas @ 15:48

clip_image002Hay un dicho popular que dice: “Las apariencias engañan”. Pero hay quien cree en las apariencias hasta el punto de convertirlas en realidades. “Las apariencias no engañan”, dicen. Si aplicamos esa máxima a una persona que conocemos por primera vez (entendiendo por conocer el hablar con ella durante un tiempo y de diversos asuntos), el creyente de las apariencias fidedignas suele hablar de “la certeza de la primera impresión”. Ese certeza consiste en calificar a la persona recién conocida con cualidades morales que a veces no se conocen ni conviviendo con alguien durante mucho tiempo. Yo soy mucho de creer en esas impresiones cuando tratas a alguien por primera vez. Tengo un alto porcentaje de aciertos, aunque también he errado en muchas ocasiones. Por el contrario no soy creyente de las apariencias, de esas primeras impresiones que se sacan con solo ver a una persona en determinada situación, escuchar cómo otros la tratan, observar sus rasgos y vestimentas, sus maneras de andar y comportarse…

Si veo a un anciano de noventa años, fino bigote, que es tratado como “mi general” por las personas que le conocen deduzco que es eso: un general jubilado que hizo carrera militar durante el franquismo y la etapa democrática. Hasta ahí llegó. Pero esas apariencias no me llevan a hacer calificaciones sobre la calidad moral de esa persona. No doy por supuesto que ha sido un represor sanguinario, o no supongo que haya sido un militar que tuvo sueños de un ejército profesional y democrático como el que tenemos ya hace muchos años en este país. Si no hablo con él mis certezas no van más allá de calificarlo como general jubilado.

Si veo a un hombre de setenta años tomando un café, al que los parroquianos más jóvenes del bar llaman “maestro”, deduzco que es un maestro de escuela jubilado (también podría serlo de un taller de herrería o carpintería, aunque esto es cada vez más extraño). Pero ese trato, su manera de vestir o coger la taza, su mirada, es decir, su apariencia, no me lleva a calificarlo como el maestro que castigaba con los brazos en cruz a sus alumnos (bueno, esto es muy antiguo) o daba una bofetada de cuando en cuando. Y tampoco voy a apostarme el café porque crea que era un maestro amable, profesional exigente que atendía a toda la diversidad de sus alumnos, etc.

Entonces alguien recuerda que hasta Juan Ramón Jiménez defendió ese aforismo: “Las apariencias no engañan”. Y uno, que lleva el escepticismo por bandera cada vez más, piensa que todo aforismo es padre de una generalización. Y recurro a otra voz que suele reflexionar con sabiduría sobre estos asuntos, Antonio Muñoz Molina: “Dice Juan Ramón Jiménez en uno de sus aforismos que las apariencias no engañan, y lleva razón con mucha frecuencia: las apariencias dicen mucho más de lo que parece sobre las personas y las cosas, a condición de que uno se fije en ellas, y hay quien por empeñarse en buscar lo escondido no ve lo que estaba simplemente a la vista, como en aquel cuento de Poe. Pero a veces la realidad de las cosas es tan contraria a lo que uno había dado por supuesto que la sorpresa del descubrimiento le puede durar toda la vida.”

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