La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

10 diciembre, 2015

Un año con Pla (o el paso del tiempo) – 45. Voy a dar una vuelta

Filed under: Un año con Pla — Nicolás Doncel Villegas @ 18:02

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En estas tardes cortas de diciembre, cuando el sol se marcha en un suspiro y el frío cae sin ser aún helador, hay veces que el cuerpo demanda movimiento y la mente despejarse. En esas ocasiones, abandonando el confort (esa palabra que en un tiempo fue tan moderna), abandonando la comodidad del calor del hogar, a uno le apetece “hacer esta cosa insignificante que se llama ir a dar una vuelta”, escribe Pla.

Sí, esa cosa tan insignificante te obliga a cambiar de ropa y calzado, abrigarte y ponerte a caminar sin rumbo fijo. En los pueblos las opciones para elegir itinerarios son menos pues no es apetecible salir a las afueras en las que el viento sopla sin posible abrigo y donde la noche parece más cerrada. Uno camina pues por las calles observando luces de interior, visillos que a veces se descorren para ver pasar al transeúnte solitario, figuras desvanecidas entre cortinajes translúcidos, comercios escasos de clientela… Antes, cuando Pla escribía este libro que llevamos once meses compartiendo, el caminante de estos anocheceres se topaba en su camino con locales en los que artesanos de todo tipo realizaban sus labores a la vista de los que por allí andaban. Y como todos se conocían el caminante podía hacer paradas en la carpintería o en la herrería, echar un rato de charla con el talabartero o con el zapatero remendón. Ahora, desde que se inventaron los polígonos industriales, es difícil encontrarse esos lugares (aunque alguno queda dentro del llamado casco urbano) en los que la chispa de la fragua o el serrín de la madera sean perceptibles por el caminante. Están los escaparates mil veces vistos pero que siempre atraen la atención, los de tejido y confección, los de electrodomésticos en los que calefactores y secadoras son los reyes, el de zapatos y botas invernales… Están las puertas de esos comercios que al abrirse dejan salir el calor y el olor del pan caliente y el aroma de los dulces, de los bares en los que siempre hay algún cliente fiel. Y están las calles adoquinadas que te llevan a un extremo para que regreses por otra que te dejará a las puertas de la casa tras haber dado esa cosa tan insignificante que se llama ir a dar una vuelta.

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