La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

23 septiembre, 2015

Un año con Pla (o el paso del tiempo) – 39. Equinoccio de otoños

Filed under: Un año con Pla — Nicolás Doncel Villegas @ 15:19

clip_image002El tercero de los cambios estacionales del año, el equinoccio de otoño, marca el fin del verano. Y lo hace de una manera más clara, más definida, que el solsticio estival. Para el veintiuno de junio ya hemos pasado sofocos y sudores, como si el verano real se adelantase al astronómico; el veintitrés de septiembre suelen ser más coincidentes el otoño meteorológico y el astronómico: las casas pierden el calor, los abuelos buscan el sol en las primeras horas del día, las lluvias levantan el olor a tierra mojada, el calor que vuelve tras esas primeras lluvias es de baja intensidad, la luminosidad del sol pierde parte de su brillo y los colores comienzan a ser más oscuros, desaparecen las chanclas y los pantalones cortos, las mujeres comienzan a cubrir sus hombros, las caminatas vespertinas comienzan antes porque el sol se esconde más temprano, los campos de tierra calma muestran en los surcos sus tonos ocres y pardos, algunos alumnos llegan a clase algo más que abrigados, el fresco de la noche se intensifica y ya no permite sentarse en la puerta de la casa, las corrientes de aire pasan de ser agradables a ser molestas… Son los albores del otoño

Todos esos cambios me parecen pocos. Echo de menos vivir en un lugar en el que la naturaleza mostrase aún con más intensidad ese paso del verano al otoño, un lugar en el que los colores del paisaje transmutasen, en el que una gran variedad de verdes pasasen a ser una paleta de marrones. Recuerdo los años en los que por motivo de trabajo subía (literalmente) a la vecina localidad de Cardeña. Conduciendo por aquella carretera de curvas infinitas uno se adentraba durante unos kilómetros en esa naturaleza cambiante, en esa multicolor frondosidad que a los pocos días era una hojarasca de múltiples tonalidades, en ese viento que anunciaba los rigores invernales que vendrían después, en ese sol tímido en sus calores y deslumbrante en su brillo, en los arroyos de aguas veloces tras las primeras tormentas. Eran los albores de otro otoño, un otoño más intenso que el del valle.

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