La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

30 agosto, 2015

Un año con Pla (o el paso del tiempo) – 35. Siempre hay alguien en la azotea

Filed under: Un año con Pla — Nicolás Doncel Villegas @ 5:21

Escribe Pla sobre “los peligros de la azotea”. Y no son estos las humedades que pueden producir las filtraciones de las lluvias en invierno, ni el calor que transmiten al piso inferior durante los meses de verano, ni siquiera el vértigo de sus alturas. Según el autor ampurdanés los peligros de las azoteas son tres: los astrónomos aficionados que se empeñan en mostrar a cualquiera que con ellos suba a la azotea sus conocimientos sobre la bóveda celeste; los poetas, que ante el inmenso espectáculo de la citada bóveda brillando en la oscuridad se empecinan en construir versos sobre tan inmensa visión; y, por último, el orador que deviene en filósofo y que siempre comienza diciendo aquello de “cuando contemplamos el cielo estrellado…”.

clip_image002Estoy totalmente de acuerdo con Pla. No solo en las azoteas, en cualquier otra estancia de la casa, en cualquier rincón del lugar de trabajo, en cualquier esquina de la ciudad uno puede encontrarse tales peligros: oradores que de todo saben y tratan de explicarte el funcionamiento del mundo (hoy día serían los llamados tertulianos); astrónomos que te enseñan sus inmensos conocimientos sobre la materia (la materia a tratar puede ser la astronomía, la filatelia o el cultivo de setas); y, por último, los poetas que… No, estos hoy día ya no son un peligro habitual. Su lugar lo ocuparon hace unos años los diseñadores y hoy los cocineros. Escapar de ellos conlleva una serie habilidades y estratagemas. Una de ellas podría ser refugiarse en las azoteas. Lugar donde podrías encontrarte con algún grupo musical que allí estuviese dando un concierto, hecho que puso de moda aquel grupo de Liverpool cuando estaba a punto de desaparecer y que otros han repetido. Aunque también podrías toparte en la azotea con personas que buscan su gran salto, el salto al vacío que les libere de insoportables pesadumbres, tal como ocurre en la película “Mejor otro día”. Ambos hechos podrían suceder y siempre sería mejor que soportar a oradores, astrónomos o poetas aficionados disertar sobre la bóveda celeste y el cielo estrellado.

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