La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

25 agosto, 2015

El humo que da color a la vida

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 8:55

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Las paredes habían perdido la blancura de la cal. Una pátina amarillenta se había adueñado de toda la superficie. Tan solo las partes resguardadas por los cuadros colgados en las paredes conservaban el blanco. Esas fotos de los padres de él, con esos rostros en sepia y postguerra, y las que ella había ido colgando de las dos “niñas”, vestidas de Primera Comunión y de novias que esperan un futuro feliz. Cada vez que movía uno de esos cuadros para quitarle el polvo observaba como la pared iba perdiendo su blancura.

– Tendríamos que darle una manita de cal.

– ¿A qué? –preguntaba él con el cigarrillo colgando de su labio inferior.

– A qué va a ser, al comedor. ¿No ves cómo están las paredes con el dichoso humo?

Así año tras año. Nunca consiguió, ni ella ni sus hijas, que saliera a fumar fuera. O al menos que lo hiciera al lado de la ventana que daba a la calle. Y desde que a ella los dolores producidos por la temprana artrosis le habían quitado las ganas de encalar, aquellas paredes habían ido pasando del blanco níveo al suave pajizo, convirtiéndose en testigos cromáticos de los incontables cigarrillos y sus correspondientes humaredas.

– Tú, que todavía puedes, tendrías que darle una manita de cal a estas paredes.

– Como si no tuviese yo otra cosa que hacer –le contestaba él mientras apagaba el cigarrillo en el cenicero y se marchaba a tomar el vino en la taberna de la esquina.

El cenicero es el otro testigo de esta historia. Nunca vació él las cenizas de aquellos innumerables cigarrillos depositadas en el cenicero que su hermano le había traído aquel primer verano que volvió de Tarrasa a pasar las vacaciones en el pueblo. Ese cenicero, con la imagen del Camp Nou, estaba otra vez rebosante de colillas y cenizas y, mientras él tomaba el camino de la taberna, ella volvía a vaciarlo una vez más.

Desde hacía un tiempo ella tiraba las colillas a la basura y las cenizas las guardaba en aquel jarrón que su cuñada le había traído de Tarrasa junto al cenicero barcelonista. Aquel jarrón, decorado con unas personas que se subían unas encima de los hombros de otras, nunca le había gustado. “Si al menos le hubiesen pintado unas flores, o el mar…”, pensaba mientras dejaba caer las cenizas dentro. Había comenzado a hacer esa separación de restos fumados el día en el que el médico les comunicó la noticia. Aquella mañana, en la consulta del oncólogo, sus hijas lloraron, él blasfemó y ella pensó: “tendría que haberle dado una manita de cal al comedor”.

El doctor acertó, el desenlace fue rápido y él dejó de fumar para siempre. Se realizó el funeral y se incineró el cuerpo tal como había sido el deseo del difunto. Aunque ella había intentado hasta última hora hacerle cambiar de opinión:

– Esa manía tuya de ir quemándolo todo, fíjate a lo que te ha llevado. Donde esté un buen enterramiento, como toda la vida de Dios se ha hecho…

– Vacía el cenicero y tráeme un vasito de vino –cortaba él.

– Pero, ¿es que no oíste lo que te dijo el médico?

– Ese matasanos ya dictó sentencia. Ahora, él y tú, dejadme vivir el tiempo que me quede.

Las “niñas”, tras los primeros días de luto, trataron de convencerla para que se marchase con ellas a vivir a la ciudad. La madre se negó haciéndoles ver que incluso andaba mejor de los dolores que la aquejaban. Aquella mañana las hijas se despidieron echando un último vistazo a la urna funeraria que contenía las cenizas de su progenitor. La madre la había colocado sobre el viejo aparador, justo al lado del televisor. Aquella tarde, sola en casa, ella vació la urna funeraria en una bolsa de plástico y volvió a llenarla con las cenizas que durante un tiempo había guardado en el jarrón de Tarrasa. Colocó la urna junto al televisor, rellena con las cenizas de aquellos incontables cigarrillos que habían amarilleado las paredes del comedor. Después llenó el jarrón que le había regalado su cuñada con las cenizas del difunto. El jarrón de los castellers, el cenicero culé y las pruebas médicas que habían confirmado el fatal diagnóstico fueron colocados en la última estantería del trastero.

Varios días después Paquita, una de sus vecinas, vio abierta la ventana del comedor que daba a la calle. Se asomó y observó a la recién viuda subida a una pequeña escalera:

– Vaya, qué valiente te veo, ¿qué apañas subida en esa escalera? –preguntó Paquita.

– Pues mira, dándole una manita de cal al comedor.

– Me alegro de verte tan bien y tan activa.

– Ea, ¿qué va a hacer una? De alguna manera hay que sobrellevar la pena.

Dicen que Paquita, con fama de chismosa, había comentado después que mientras hablaba por la ventana con la viuda le parecía haber oído en el interior de la casa una musiquilla. Ante la incredulidad del corrillo de amigas que la escuchaban, enfadadas porque la vecina con fama de chismosa pusiese en duda la rectitud de la nueva viuda al mezclar el debido luto con la música en el hogar, Paquita exclamó :

– ¡Pues yo oí esa musiquilla! Era parecida a esa canción que canta Sara Montiel y que dice: “Fumando espero el hombre a quien yo quiero…”.

Fumando espero – Orquesta Internacional

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