La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

7 agosto, 2015

Aquellos tiempos de lluvias y libertades

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 12:09

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Había amanecido otro día grisáceo, tan plúmbeo y de pesada atmósfera que los pocos caminantes que se dirigían a las pequeñas parcelas de olivares resecados por la interminable sucesión de jornadas ardientes se abanicaban con cartones mientras cubrían sus cabezas con los turbantes de tonos oscuros que las autoridades religiosas recomendaban. Habían desaparecido los maizales, los campos de algodón y las piscinas que años atrás servían de refrescante diversión durante las vacaciones estivales.

El calor, la sequía y la religión se habían propagado como una plaga, habían cruzado el Estrecho y esta vez habían llegado para quedarse. Un remolino polvoriento se elevaba por el camino de lo que antes fue ermita y ahora era mezquita de arrabal. En los patios del antiguo instituto, convertido en madraza, se oía a los pequeños recitar versículos del libro sagrado. Los árboles se habían secado y las únicas sombras provenían de los entoldados de varias parras sobrevoladas por avispas centelleantes. A orillas de al-wadi-al-Kibir los rebaños de cabras y camellos pastaban sobre herbazales y abrevaban en piletas construidas junto al río y abastecidas por el agua que la noria sacaba y dejaba caer en acequias de ladrillos cocidos en los hornos que proliferaban por toda la aldea. Mozalbetes carentes de todo sentido de riesgo, creyentes del paraíso y las vírgenes, se arrojaban al río para refrescar sus cuerpos y ahuyentar así el bochorno canicular. Cerca de allí, las antiguas instalaciones deportivas y el terreno de la que fue piscina municipal se habían convertido en los cuarteles de la milicia local y en ellos se ejercitaban militarmente los jóvenes yihadistas. El impenitente sol reflejaba las sombras de sus figuras barbudas acompañadas permanentemente del fusil de asalto asignado a cada uno.

Los más viejos del lugar, refugiados en las teterías, comentaban los tiempos en los que la meteorología se convirtió en sahariana, en los que el frescor de la mañana fue despareciendo, los otoños y primaveras dejaron de existir y al corto invierno le sucedía un verano interminable de calimas y días tórridos. Y el más anciano entre ellos, un viejo que fue maestro de escuela en los tiempos en los que había lluvias y libertades, explicaba a los demás que el cambio meteorológico había influido en las mentes de las gentes de aquellas tierras. Y con esos cambios comenzaron a adoptar costumbres y creencias de los pueblos que habitaban las estepas y los desiertos que se extendían hacia el sur de la abandonada ciudad de Ceuta. Hubo quien le reprochó al anciano que esas historias eran exageraciones propias de una cabeza que desvariaba. El viejo maestro esbozó una sonrisa mientras echaba una ojeada al vetusto aparato colgado en la pared y del que solo él sabía para qué sirvió alguna vez. De aquel cachivache, del que apenas podían leerse unas letras en castellano, Fujitsu… leyó mentalmente el anciano, colgaba un cartel anunciando el viaje organizado para peregrinar a La Meca el próximo mes.

PS. Lo aquí contado no guarda ninguna relación con ningún lugar ni gentes conocidas. Es tan solo el resultado de los efectos que el tiempo meteorológico desencadena en el tiempo cronológico.

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2 comentarios »

  1. Ya, ya.

    Comentario por Angela — 7 agosto, 2015 @ 18:41 | Responder

  2. Bueeeeno, quizás haya algo de relación con lo que uno es y vive. 🙂

    Comentario por Nicolás Doncel Villegas — 8 agosto, 2015 @ 9:25 | Responder


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