La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

30 junio, 2015

Un año con Pla (o el paso del tiempo) – 27. Máquinas que devoran espigas

Filed under: Media cosecha,Un año con Pla — Nicolás Doncel Villegas @ 8:23

Cuando va acabando junio, tras varias semanas de calor veraniego, tras muchas horas bajo el sol que ha dorado la caña y la espiga, el grano salta en cuanto la mano lo toca y lo despoja de su cápsula protectora. “Esto hay que segarlo ya”, dice el que ha esperado más de seis meses mirando al cielo, temiendo que las lluvias invernales fuesen escasas o demasiado abundantes, deseando que las heladas viniesen en su tiempo y no a traspiés, rezando a santa Bárbara para que una tormenta primaveral o un vendaval no echase al suelo el verdor de los trigos que se encañan. Ha llegado el momento de la siega.

Escribe Pla de los viejos segadores que tenían como compañeras a su inseparables hoces. Yo oí hablar de ellos, nunca los vi. Cuentan que segaban de sol a sol, que comían y algunos dormían en el inacabable horizonte de los trigos de raspa, doblada la cintura, agachada la cabeza, en un constante movimiento que se abría paso en esa selva dorada. Luego, dice Pla, llegaron los segadores de guadaña. Por estas tierras no, por esta campiña cordobesa la hoz era la reina de la siega, la guadaña me suena a muerte o a prados cantábricos. Todo ese mundo desapareció, continúa Pla. Y escribe de las primeras máquinas de segar tiradas por animales. Tampoco las recuerdo pero mi padre también hablaba de ellas. Para algunas de aquellas gentes hubo de ser un avance casi milagroso, para otros fue la llegada del demonio que iba a arrebatarles sus jornales y la posibilidad de escapar del hambre. Era un cambio tan enorme que pareciese desparecer la mística de la siega, ese momento tan amado por artistas, por pintores. Todo se volvía más rápido y menos sudoroso, el mundo agrario cambiaba tanto que…” Llegará un día que no se complacerán en el campo más que los poetas. Los payeses irán sentados en los sillones de peluquería de las máquinas con una flor en el ojal, un reloj de pulsera y unas corbatas magníficas.”

clip_image001Qué gran augurio, que acierto profético. Si hoy Pla levantase la cabeza y moviese sus pies hasta el agro, si caminase por los caminos que bordean los campos del cereal en estos finales de junio se asombraría (o no, porque él ya pareció adivinarlo) al ver esos grandes mastodontes coloristas y acristalados que con su enorme bocaza devoran las espigas doradas, defecan los pajotes despojados de grano y vomitan el trigo sobre el remolque del tractor. Sí, los payeses de aquí van sentados en cómodos sillones, no con una flor en el ojal sino con un móvil en el bolsillo, una ropa sin mota del polvo de la siega, un ordenador a bordo que les marca el paso de la cosechadora y le deslinda el terreno, un aire acondicionado que le aísla del inmisericorde calor exterior que sufren los que se hallan fuera del habitáculo acristalado de la cosechadora. No siempre fue así porque uno sí que conoció las primeras máquinas cosechadoras, aquellas provistas de un toldillo que cubría el inestable asiento del conductor, sin otra protección que le impidiese inhalar constantemente el polvo que soltaba la mies segada. Aquellas máquinas tan endebles en su estructura que parecía un milagro que subiesen las empinadas cuestas y bajasen sin desarmarse las laderas sembradas de trigo o cebada. Era otra época, era otra siega.

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