La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

17 marzo, 2015

Un año con Pla (o el paso del tiempo) – 14. Buñuelos atemporales

Filed under: Un año con Pla — Nicolás Doncel Villegas @ 15:50

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No soy degustador de buñuelos. Rara vez los he comido en algunos puestos callejeros o en alguna confitería. No sé si ello será debido a esa doble vida que lleva el buñuelo en su relleno, esa dicotomía en la que puedes ir del dulce al salado, del aperitivo al postre. Soy dulcero, casi adicto al azúcar como elemento fundamental de muchos productos alimenticios, pero esa afirmación conlleva que todo aquello que se reviste de golosidad debe estar claramente definido. Lo que es dulce es dulce… y luego está el resto de lo comestible.

Escribe Pla sobre los buñuelos: “Vamos llegando a San José, que es el tiempo de los buñuelos.” Hombre… Hay quien dice que el tiempo de los buñuelos es el de los Santos, allá por primeros de noviembre. Para mí ese es también el tiempo de las gachas. Así que tratar de encuadrar determinadas comidas o alimentos con el calendario resulta difícil porque depende de territorios y costumbres. Y ahí suelen aparecer los nacionalismos absurdos y las tradiciones seculares que te obligan a degustar un rico plato de gachas solo los primeros días de noviembre en tal lugar, o unos sabrosos buñuelos rellenos de chocolate en tal zona territorial. Pamplinas. Lo que alimenta con gusto no debería tener frontera ni almanaque.

Escribe también Pla sobre la escasez del dulces caseros, sobre la costumbre, que ya se iba perdiendo, de hacer dulces caseros en casa. Y esto último no es una casi redundancia. Hoy día te encuentras tal etiqueta, “dulces caseros”, “fabricación casera”… en cajas de múltiples productos que solo tienen de casero la adjetivación de esa etiqueta. Uno, que sí puede disfrutar de cuando en cuando de auténticos dulces elaborados en casa no padece esa duda carencial que expresa Pla: “-Pero, hijo mío, ¿no estarás soñando? ¿Dónde están los buñuelos antiguos, los buñuelos caseros?”

Hasta hace unos años, no muchos, en mi familia era costumbre por estos tiempos que se acercan a la Semana Santa hacer una buena canasta de magdalenas. Se preparaba la masa y se iba a un obrador en el que esa masa era colocada en los recipientes metálicos, luego de papel, para ser horneados. Era esa condición temporal y de calendario religioso, que antes comentaba, la que unía la tradición a la elaboración del dulce casero. Así que ciertamente el tiempo hace desaparecer actividades que daban sentido a la vida. Pero afortunadamente no desaparecen los dulces que hacen más llevadera esta vida de penitencia cuaresmal. Y entre esos dulces siempre hay que hacer una mención destacada, casi celestial, a los que elaboran las monjas en los conventos, en esos sanctasanctórum de los golosos que son los obradores de clausura .

Alacena de las monjas – Carlos Cano

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