La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

5 marzo, 2015

Un año con Pla (o el paso del tiempo) – 13. Días de fiebre

Filed under: Un año con Pla — Nicolás Doncel Villegas @ 15:53

En los brazos de la fiebre – Héroes del silencio

Es éste, titulado “El crepúsculo”, un capítulo atemporal. Por primera vez rompe Pla su línea continua del tiempo, su caminar a través de los días y la naturaleza que el calendario impone. La luz suave del crepúsculo que anuncia la primavera, la luz del atardecer que se puede mirar de frente sin miedo es la excusa casi poética que Pla utiliza para escribir de la enfermedad y su testigo, la fiebre: “La fiebre. ¡Qué cosa enorme, misteriosa y delicadísima!

clip_image001Para mí la enfermedad va unida a lo más riguroso del invierno. Rara vez me acechó cuando los fríos se desvanecían. Siendo niño sufridor de anginas me acostumbré, por así decir, a encamarme todos los años durante una semana (había años que en varias ocasiones) para sobrellevar las altas fiebres que acompañaban aquel padecer. En aquellos tiempos era frecuente la operación, la extirpación quirúrgica, en los niños que padecían más de una vez al año la inflamación. La historia cuenta que a los operados les daban durante algunos días helado para comer. Nunca llegué a saber por qué don Jerónimo, el médico que con su maletín de cuero era habitual en casa durante el invierno, se negó a enviarme a quirófano para poder comprobar si aquello del helado postoperatorio era realmente cierto. Lo cierto es que durante aquellas interminables jornadas la fiebre se apoderaba de mí en un avance constante e irrefrenable, comenzando con las décimas, ese eufemismo en la graduación que anunciaba que lo peor estaba por llegar. Cuando el termómetro marcaba “unas decimillas” uno aún tenía la falsa esperanza de que todo quedase en un resfriado. Pero no, la orejas enrojecidas, la frente ardiente… indicaban que el 38 había llegado. A partir de ahí y hasta rozar los cuarenta grados todo era una constante ensoñación en la que diferenciar realidad y pesadillas resultaba casi imposible. Había que aprovechar las vaguadas, los interregnos entre las grandes subidas y las pequeñas bajadas que el termómetro marcaba para tomar algún alimento, ingestión casi imposible por la extrema inflamación. Con el paso de los días la fiebre iba desapareciendo, gradualmente, liberándome de los delirios que sobrevienen cuando los sueños febriles se entrecruzan, dejando un baño de sudor que refrescaba el cuerpo y limpiaba la mente de pensamientos absurdos, abriendo el escaso apetito al alimento que en ese momento uno deseaba y que en una casa de gustos austeros existían, un capricho que en cuanto recuperase la salud sería imposible.

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