La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

18 enero, 2015

De la palmeta a la pizarra digital interactiva

Filed under: Tizas de colores — Nicolás Doncel Villegas @ 10:34

1. Hay veces que la programación es un hándicap para disfrutar de la escuela. Para mí la programación no es un hándicap, es más bien un estorbo. ¿Y por qué me habrá venido a las mientes tal anglicismo: hándicap? ¿Serán los efectos secundarios del bilingüismo? Bien. Lo que quería decir es que de cuando en cuando uno debe olvidarse de la programación y asaltar la realidad. La última vez que eso me ha sucedido es cuando explicando algo tan árido como son los determinantes numerales e indefinidos aparece en el libro de Lengua el cuadro “Escuela rural”, de Albert Anker, aunque también es conocido como “Escuela de pueblo en 1848”.

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De él los alumnos deben sacar nombres de personas y objetos y escribir con ellos oraciones en las que también incluyan numerales e indefinidos. Pero por un momento olvido la gramática y reavivo el pasado, busco en internet el citado cuadro y lo pongo en la pizarra digital. Les digo que observen esa escuela y me comenten lo que les sugiere. Surgen cuestiones a borbotones: la vara del maestro, el mobiliario, el material escolar, etc. Les hago observar la separación entre alumnos y alumnas (ellos en rudimentarios bancos con pupitres, ellas solo en bancos), la actitud aplicada de las alumnas, el comportamiento díscolo y distraído de algunos alumnos a pesar de la amenazante postura del maestro… Lo que más le interesa es saber sobre el castigo físico que antiguamente se empleaba. Les comento el uso de la palmeta por los maestros que tuve en la escuela y la pregunta se hace inevitable: “Pero, maestro, ¿a ti también te daban palmetazos?”.

De ahí han pasado a identificarse con algunos de los alumnos que aparecen en la pintura: “El que levanta los brazos es… Los que están hablando son… Y nosotras somos las tres que están sentadas…

He dejado la imagen como fondo de la pizarra digital y hemos quedado en recrear el cuadro un día de estos y hacernos una foto.

2. Total, que tú, el que llegarías a ser escritor, no conociste los libros de niño, casi ni siquiera físicamente, salvo El calvario de una obrera y quizá los libros de texto de tus hermanas mayores, si es que tenían libros de texto, y el libro del maestro que te enseñó a leer y a escribir, don Pedro Márquez, y que él mismo, supongo que para protegerlo de vuestras manos pecadoras, os colocaba abierto sobre el pupitre y donde vosotros ibais leyendo de uno en uno en voz alta, repitiendo cada frase hasta que quedaba bien dicha, bien entonada y perfectamente comprendida.

El balcón en invierno – Luis Landero

 

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