La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

25 noviembre, 2014

Sembrando en un noviembre primaveral

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 16:08

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El trabajo en el campo obedece a los ciclos que impone la naturaleza. Cada tiempo está reservado para una faena determinada, cada faena tiene esperando su mes en el calendario. Uno piensa en la siega y se ve entre canículas y sudores; uno piensa en la siembra del trigo y se le aparece un almanaque con el mes de noviembre, días que se acortan, nieblas mañaneras, posibilidad de lluvia y primeros fríos.

Este sábado fue día de siembra pero la meteorología no se acompasó con la imagen que antes describía. Cierto que la mañana amaneció nublada pero cuando otros años el termómetro marcaba poco más de cero grados y había que comenzar la faena con el chaquetón y los guantes este sábado el termómetro marcaba más de diez grados (llegaría hasta veinte) y uno podía comenzar a levantar y abrir los sacos de semilla en magas de camisa al estilo Pablo Iglesias (lo de las mangas de camisa, no lo de levantar los sacos).

El tiempo que la faena me dejaba libre caminaba detrás del tractor, sobre los surcos enterrados que cobijan la semilla. La tierra esponjosa acoge las pisadas. Las lluvias de la semana pasada y el oreo posterior la han dejado con una textura ideal para que la simiente encuentra la cuna perfecta que la cobije hasta que llegue la germinación. Tan solo en las vaguadas que no se van a sembrar, las de aquellas tierras que esperan al girasol de primavera o las que se quedaran en barbecho por orden de las directrices comunitarias bruselianas, se ven humedales. Y sobre las laderas que en ellas convergen observo pequeños regajos producidos por las últimas lluvias otoñales. Nada extraordinario pues el cielo y sus descargas pluviosas han sido cuidadosos en lo que llevamos de año agrícola y no han ocasionado males mayores.

Otros ratos en los que no ando levantando y abriendo sacos, o vaciando su contenido en la máquina sembradora, me recuesto sobre ellos en lo alto del remolque y contemplo la variedad cromática de grises y marrones que presentan las tierras en este tiempo. Luego oigo el ruido atronador de una moto de gran cilindrada que acelera al encarar la recta de la carretera (ahora, en tiempos de crisis, los moteros de fin de semana cada vez son menos). Por la tarde el silencio es absoluto y tan solo otros dos tractores se divisan a lo lejos, en fincas colindantes, dedicándose a similar tarea. Y entre faena y momentos de apacible contemplación leo con enorme placer el último libro de Luis Landero, “El balcón en invierno”, en este otoño que parece primavera pues hasta los cojumbrillos desafían el calendario con una floración que me resulta anacrónica y exagerada.

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