La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

6 septiembre, 2014

Seis cuarenta de la mañana

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 12:43

clip_image002Seis cuarenta de la mañana. Me despierto sobresaltado. El balcón, abierto para que entre el fresco de la madrugada, deja colarse un sonido de aporreo de tambores. Tras el sobresalto del tamborileo las cornetas se arrancan con la musiquilla del “quinto levanta, tira de la manta”. Mi enojo progresa geométricamente pues al despejarme de la somnolencia regreso treinta y tantos años atrás hasta el cuartel de Lepanto. Aquellas dianas tocadas por un solo corneta que se trastabillaba frecuentemente con las notas han vuelto de golpe. ¿Por qué se mantienen estas costumbres tan bárbaras en las fiestas de los pueblos? ¿Por qué se siguen lanceando toros, tirando cabras desde el campanario o tocando diana cuando aún no ha amanecido?

Miro el lado positivo de la vida. Ya que me han puesto en pie me pongo en camino para dar un paseo que me despeje de los malos humos creados por la estridente serenata. Salgo por mi ruta habitual entre los ladridos de perros que guardan algunos almacenes y chalets. Si hay algo peor que la tamborrada mañanera que he soportado es el desaforado ladrar de canes cuando aún no ha amanecido. Traspasada la zona de ladridos inclementes me saluda el kikirekeo de un gallo. Es éste un enigma que me corroe pues el galliforme cantarín no solo me dedica su melodía en las mañanas que paso ante él sino también cuando salgo a caminar y ya atardece. Tras el saludo del enigmático gallo se hace la calma. En un cielo parcialmente grisáceo veo amanecer sin que nada ni nadie perturbe el silencioso caminar. La noche inaugural de feria parece haber hecho mella y el pueblo duerme más allá de la vía del tren que circula en dirección a Cádiz. Tras una curva de la carretera vuelve la actividad. Un tractor, conductor y ayudante, recoge las gomas que riegan una parcela sembrada de algodón. Las tareas del campo no saben de calendario festivo y cuando hay algo que hacer debe hacerse, sea feria o fiesta de guardar, no hay lugar para la procrastinación (parece que fue ayer) en el quehacer agrícola. Saludo a los que siguen con su faena y unos metros más adelante el camino se inunda con el olor suave y blanco que desprenden unos jazmines plantados junto a los olivos que este año andan escasos de aceitunas. El sol se esconde entre unas nubes que parecen anunciar el final del estío, la brisa es suave y fresca, Sierra Morena se difumina entre una especie de neblina, sobre un maizal revolotea una bandada de gorriones que se posan de una manera circense en las hojas ya secas del maíz, capullos de algodón matean en un blanco impoluto y contrastan con los tonos ocres de las parcelas de girasol ya segado y de los rastrojos amarillentos…

Vuelvo al pueblo con ánimo sereno, olvidado ya el despertar imprevisto que ocasionó la banda de cornetas y tambores. Los perros también deben haber alcanzado la paz porque simplemente miran con descaro al caminante pero no incordian con sus ladridos. La siesta será hoy una demanda que el cuerpo exigirá sin condiciones.

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