La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

13 agosto, 2014

Lawrence de Arabia en la siega del girasol

Filed under: Media cosecha — Nicolás Doncel Villegas @ 9:33

Lawrence de Arabia – BSO

Conduzco por curvas de olivares. La noche anterior ha sido de superluna, dicen en la radio. Me parece una forma cursi de llamar a esa luna inmensa que todavía luce cuando aún no ha nacido el sol que se asomará por las vecinas alturas jiennenses en un horizonte de olivos iluminados por la luz del alba. El termómetro del coche marca diecinueve grados. Eso implica que hoy llegaremos a treinta y ocho. En estos días de pleno verano suele darse ese axioma: la temperatura máxima del día es el doble de la mínima que hay poco antes de que amanezca. Será pues un día largo y tórrido.

clip_image002Toca siega del girasol. La máquina cosechadora está preparada a la entrada de la finca. El cerro de caliza blanca y olivos en pendiente del cortijo de Marquillos nos mantiene a la sombra de un sol que comienza a elevarse. Llegan el camionero, el tractorista y mi hermano con el perito del seguro agrario que tasará una cosecha que parece andar en los límites de lo asegurado. Conversaciones mañaneras para organizar el trabajo que harán las máquinas. El enorme corte de la cosechadora hace crujir los primeros girasoles resecos con un sonido que se impone al ruido del revolucionado motor de ese gran ingenio que tantas fatigas ahorra a las personas que allí nos hemos reunido. Los elevadores y basculantes del camión y el remolque del tractor están preparados para la carga y descarga de la negra semilla que en miles de esperanzadores kilos se cobijarán pocos minutos después en sus cajas cuando la cosechadora haya hecho su trabajo inmisericorde con el vegetal que en primavera lució colores verdes y amarillos y que hoy se muestra en un tono marrón tan oscurecido que está cercano a la negritud.

Cada cual va ocupando su lugar en esta obra que durará poco más de un día. Las esperas dan lugar a charlas sobre la corrupción política y económica que nos asola como si fuese una descontrolada epidemia de ébola. Se hacen los primeros cálculos sobre el rendimiento en kilos por fanega de tierra segada. Los humanos siempre dados a hacer clip_image004cábalas y previsiones parecemos tener el deseo de vaticinar y, por supuesto, acertar. Hago los primeros viajes acompañando al camionero hasta el almacén donde las pipas, mezcladas con las impurezas amarillentas de las hierbas que se han segado junto al girasol, se desparraman en un montón ennegrecido. Cada vez las semillas son más pequeñas. Los genetistas han cambiado el modelo a lo largo de los años. Ya no hay aquellas pipas regordetas. Ahora se imponen las delgadas cual modelos de pasarelas. Es difícil trabajarlas con la mandíbula, quitarles la cáscara y poder comer alguna. En cambio dicen que su producción en aceite es mayor que las que eran más grandes y orondas. Me parece uno de esos milagros científicos con los que los entendidos intentan convencernos pero de los que uno ya empieza a dudar.

Tras la hora del almuerzo viene lo peor. La tarde es calurosa y hay que buscar cobijo en la sombra de la cochera que aún se mantiene en pie. Afortunadamente el viento comienza a moverse y alivia el peso del termómetro en ascenso. El paisaje es ocre y amarillento. Los rastrojos del trigo se imageenlazan con el del girasol ya secado. El viento levanta de cuando en cuando una polvareda casi desértica. Aprovecho un rato de soledad para echar mano de otra bendita máquina: el libro electrónico. Lo “abro” por la lectura que me ocupa. Es un “libro” que me descargué de Amazon (gratuitamente, además) compuesto por una serie de artículos que habían aparecido en el diario El País. Trata sobre la I Guerra Mundial. Estoy leyendo sobre la guerra de trincheras en el centro Europa, la lluvia que caía sobre los soldados, el barro sobre el que se vivía… Levanto la cabeza del ebook y me encuentro con mi paisaje de canícula y polvo. Pienso que también en esa guerra peleó Lawrence de Arabia en circunstancias más parecidas a las que en ese momento me encuentro: calor, polvo, sudor…

Pasada la canícula comienza a caer la tarde. El viento parece más fresco. Se puede caminar por el borde de la era para ver como la máquina apura los “corrales” que ha cortado, como sigue descargando la cosecha cuya siembra comenzó en una primavera que luego fue raquítica en lluvias. Después de doce horas de trabajo ininterrumpido por ese engranaje de cuchillas, cribas, etc. la mayor parte de la finca está segada. Es hora de volver al pueblo. Cuando me subo al coche el termómetro marca, todavía, treinta y cuatro grados. Así pues sobre las seis de la tarde debe haber llegado a treinta y ocho. El axioma se ha cumplido.

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