La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

20 julio, 2014

Los libros no cruzaron el océano (3 de 3)

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 11:41

clip_image001Remigio Sánchez hizo una pausa, un descanso en el que puede observar un profundo sentimiento de desamparo, de confirmarse a sí mismo que algo había perdido en la vida, de percatarse que estaba confesándole a un extraño una relación de amistad que el destino había quebrado para siempre. Aproveché el receso, mientras él apagaba el ordenador e iba cerrando las ventanas, para preguntarle:

– ¿Y por qué su amigo Félix abandonó la isla?

– Por los libros, don Fernando, por los libros… Le cuento. Ya le he dicho que Félix Manuel era bibliotecario, además de muy aficionado a la lectura, cosa que no siempre van unidas, no se vaya usted a creer. Pues bien, ese afán lector le llevó a ingeniárselas para hacerse con libros que allí y entonces no estaban bien vistos por las autoridades. Ya sabe, autores como ese inglés católico que estaba usted leyendo, algún novelista estadounidense del siglo pasado o escritores franceses tachados de imperialistas por la autoridad competente, que no sé yo en qué sería competente, porque en literatura no lo era, pues cómo se pueden catalogar de escritores imperialistas a los que publicaron sus obras antes que los Estados Unidos se convirtieran en potencia mundial. Pero así es la vida, esos libros de lectura prohibida llevaron a mi amigo a la condena, no judicial pero sí social. Perdió su trabajo, sus amigos y el interés por seguir viviendo en un lugar por el que él también había luchado para hacerlo mejor. No sé como lo hizo, nunca me lo contó, pero logró salir de la isla… y hasta ayer. Si usted es un hombre observador, y a mí me parece que sí lo es, se daría cuenta que él siempre se sentaba de espalda a los libros –otra vez iba a confirmar la suposición certera de mi interlocutor y otra vez que su torrente dialéctico me dejo moviendo la cabeza como un simple muñeco de ventrílocuo-. Ese darle la espalda a los libros era su forma de hacerlos culpables por el mal que le trajeron. Desde que aquello ocurrió no volvió a leer nunca más. Y no sólo libros, tampoco revistas, ni periódicos, ni siquiera los prospectos de los medicamentos. Pero como no se puede condenar eternamente a un hijo que te ha desilusionado, un hijo que se marchado pero al que siempre esperas volver a ver, como aquél de la parábola bíblica, Félix Manuel –y usted lo observaría también- al mismo tiempo que le daba la espalda a los libros realizaba una gran inspiración pulmonar queriendo absorber por narices todo el aire de la biblioteca. ¿Y sabe usted por qué hacía eso? –no, por supuesto que no lo sabía. Lo que si sabía era que Remigio me lo iba a contar sin darme tiempo, otra vez, nada más que a un simple movimiento de testa, esta vez de forma lateral-. Con esa gran inspiración decía olfatear el olor que el papel y la tinta de los libros desprenden, y que eso lo transportaba a la biblioteca que regentaba allá en la isla.

Como aquella persona que deambula sumida en sus propios pensamientos la historia contada por Remigio nos había situado en el exterior de la biblioteca, una recogida plazoleta con vistas al mar. Pensaba ya en despedirme de mi contador de historias cuando caí en la cuenta de que aún no me había dicho el por qué de la ausencia de la bibliotecaria. Fue entonces cuando, mientras él se guardaba las llaves en un bolsillo, le recordé que aún no me había contado el motivo por el cual la bibliotecaria no había aparecido hoy por su trabajo.

– Ah, Gilberta, mi querida Gilberta no ha podido venir porque está en el tanatorio de la metrópoli velando el cadáver de su padre –respondió mirándome a los ojos.

Sorprendido ante la contundente información que el bibliotecario jubilado me acababa de transmitir sin rodeos ni circunloquios, sólo acerté a afirmar moviendo la cabeza de manera vertical, una vez más. Y un solo pensamiento, de nivel secundario, de esos que asoman cuando nadie los ha llamado porque hay motivos para pensar en cosas más transcendentes, cuajó en mi mente: ¿Gilberta?, no había conocido a nadie con ese nombre que, sin embargo, recordaba de algo. Remigio, que parecía intuir mi desconcierto, me dijo entonces:

– Don Fernando, sabrá usted sin duda el dicho ese que sentencia que “el que va de entierro y no bebe vino, pronto va de camino”. Pues yo tendré que ir al de mi amigo y para que la sentencia no se cumpla le invito a tomar un vaso de ese néctar.

– Sea –le respondí tan cómplice como escuetamente.

– Pero como el sol aprieta lo tomaremos a la sombra, en el chiringuito que está a pie de playa. Como le gustaba decir a mi finado amigo, a la sombra de las muchachas en flor.

Mientras Remigio alargaba la última erre de la palabra flor yo recordé el por qué me era conocido ese nombre de mujer.

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