La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

18 julio, 2014

Los libros no cruzaron el océano (1 de 3)

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 10:29

 

clip_image002La biblioteca pública de esta pedanía costera es pequeña. Situada en la planta baja de un local con forma de ele mayúscula es vecina de un mínimo ambulatorio de la seguridad social y de una diminuta oficina de correos. Es un lugar tranquilo al que acudo durante estos días de veraneo para sacar algunos libros, leer y conectarme un rato al wifi gratuito que me permite consultar el correo electrónico y algún que otro blog del que soy lector asiduo. En ese espacio de tiempo, casi dos horas, que suelo estar aquí, acuden algunos lectores de prensa a los que no les importa esperar turno para leer el Marca, niños a los que la playa les resulta un paisaje tan rutinario que prefieren pasar la mañana enganchados a los dos ordenadores de la biblioteca (si hubiesen nacido en mis páramos castellanos no estarían ahí), personas (generalmente mujeres) que vienen a cambiar libros (habitualmente sólo miran la estantería rotulada como “Novela Histórica”), alguna estudiante de bachillerato que repasa sus apuntes para los exámenes de septiembre… y poco más. Incluso hay ratos en los que la bibliotecaria y yo nos encontramos en soledad, cada cual con su tarea.

Entre esos pocos asiduos visitantes se encuentra un personaje singular que alrededor de las once de la mañana suele entrar por una de las dos puertas que permanecen abiertas permanentemente para que los vientecillos marinos se asomen también por el edificio, formando una corriente que entra por una puerta y sale por la otra, respetando el silencio obligado y refrescando a los que allí nos encontramos. Se trata de un hombre que a ojo de buen cubero calculo debe rondar los setenta años, flaco, espigado, de tez bastante morena. Va vestido a la tradicional manera veraniega, con camiseta no apropiada a su edad, gorra de beisbolero, pantalón corto y sandalias de mercadillo. Es decir, como vamos la mayoría de los residentes y veraneantes en estos días de sol y playa. Lo curioso de este hombre es que siempre aparece con unos auriculares conectados a uno de esos aparatos “emepé3,4…” que le abastece de música, hecho curioso porque a esa edad suelo ver algún que otro jubilado por el paseo marítimo con su clásico transistor y no con estos inventos modernos que tan mal se llevan con la edad avanzada. Este hombre repite todos los días su ritual: llega a la biblioteca, se sienta, y puede estar más de una hora de tal guisa, escuchando su música, sin leer ni siquiera el periódico deportivo que otros usuarios ansían hacer suyo, sin mirar ni por equivocación las estanterías donde aguardan los libros; es más, siempre se coloca de espaldas a ellos mientras lanza una primera inspiración profunda, que los primeros días que lo observé me pareció un suspiro nostálgico pero que las siguientes observaciones me han confirmado que es sólo un acto fisiológico muy acentuado, como si quisiera absorber vía fosas nasales el aire del local. Antes de ese ritual, al entrar, siempre mira a la bibliotecaria a la cual dedica una tierna sonrisa.

Hubo un día que se sentó enfrente de mí y compartí de forma involuntaria sus gustos musicales debido al alto volumen de su audición. Estaba escuchando canciones caribeñas y sudamericanas: sones, rumbas, bachatas, ballenatos, etc. El espacio que había entre sus orejas y los auriculares dejaba escapar ritmos tan bailables que no pude mantener inmóvil mi pie derecho y comencé a moverlo de arriba abajo, acompasándolo al movimiento de delante hacía atrás que el hombre realizaba con su cabeza mientras musitaba un tarareo en el que creí entender algo así como “mi Cuba, mi Cuba linda”. El alboroto (que hubiese pasado desapercibido en cualquier otro lugar) originado por su tarareo y mi pie golpeando el suelo de madera de la biblioteca hizo asomar la cabeza de la bibliotecaria detrás del monitor del ordenador. Disimulé como si estuviese aplicándome en la comprensión de un ensayo sobre El Color de España (de Chesterton), que estaba leyendo en ese momento, mientras pensaba en el gran poder que tienen la música caribeña, capaz incluso de distraerte de lecturas que necesitan máxima concentración. De refilón observé como la bibliotecaria esbozaba una leve sonrisa compasiva mientras miraba al peculiar personaje.

[Continuará]

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