La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

7 julio, 2014

Desde mi sombrilla 2014: Mercaíllo de costa

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 10:14

La diferencia entre un mercadillo (en adelante, mercaíllo) de costa y uno de interior es esencialmente horaria. Cierto que también hay alguna que otra diferencia secundaria, como la de la afiliación racial de quienes compran o pasean por él. En el del interior son los nativos del lugar los que conforman la masa que se apiña en la estrecha calle del mercaíllo; en el de costa conviven los nacidos en el lugar (los del país, que se decía antes) con los venidos de fuera, fundamentalmente guiris espigados y rosados por el sol veraniego. Pero, repito, esa es una diferencia de orden menor, casi obligada, dada la situación geográfica de uno y otro. La básica, la que realmente marca la diferencia, la esencial, es la horaria.

En un mercaíllo de campiña o del Valle del Guadalquivir a las nueve de la mañana todo está montado y organizado. Los compradores han hecho ya sus primeras compras y las señoras, que todavía es la sección de población mayoritaria en este tipo de actividad social (cuestión de estadística, no se me amohínen las feministas) conversan cuando se encuentran de puesto en puesto. Todas han madrugado porque en esas zonas hay días en los que a las diez de la mañana todo el fresco de la nocturnidad ha desaparecido y el sol comienza a hacer justicia, que es tanto como decir que calienta de tal manera que su fulgor manda a los viandantes a recogerse a las sombras hogareñas.

clip_image001En un mercaíllo de costa, éste al que llegué el sábado pasado a las nueve de la mañana, a esa hora, todo es un batiburrillo de montaje, un guirigay de voces que tratan de organizar los esqueletos que conformarán los puestos de ropa y verduras. Las débiles estructuras metálicas se organizan en el suelo, se encajan con tornillos o pasadores férreos y se levantan entre dos o cuatro personas de manera parecida a la que los costaleros de Semana Santa levantan al cielo a su Virgen o su Cristo. Mientras camino entre lonas que sirven de cubiertas, entre grandes pinzas que sujetan esas provisionales techumbres de telas ligeras que protegerán del sol a los productos y a los compradores, se va conformando una calle de puestecillos en los que conviven tangas y biquinis con sandías y melones, en los que se oyen voces agitanadas y morunas, acentos cerrados y ceceantes de esta zona costera… El paseante, que ha llegado temprano, escucha los deseos de que el día se dé bien, ve bostezar a la muchacha que anoche debió acostarse tarde y a la que su madre le grita: ¡niña, espabila, qué ya es de día!, mientras coloca parsimoniosamente las perchas con las camisetas falsificadas de las selecciones que participan en el Mundial de fútbol y ve como la pareja de la policía local, estáticos, hieráticos, observan el montaje de este mercado semanal que pronto se llenará de gentes del pueblo, de veraneantes llegados de esas campiñas y valles del interior y de extranjeros que compran tal cantidad de frutas y verduras que pareciesen ser los únicos nutrientes que su organismo necesitase.

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