La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

18 junio, 2014

Morir entre la espuma y el destino

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 11:04

Nota: esta historia está basada en un chiste popular.

Sin títuloTenía yo un amiguete, y digo tenía porque el pobre ya falleció, que murió en un accidente laboral, en plena faena, la manera más triste de morir que tienen los pobres, pues seguro que nunca oyó usted decir que un adinerado muriese en tales circunstancias; ellos suelen hacerlo jugando al golf o sentados en una butaca de piel de la buena leyendo las páginas color salmón de un periódico en el club del que son socios desde que sus padres los inscribieron siendo tiernos infantes, igual que los pobres hacen con sus retoños cuando los apuntan desde recién nacidos a la cofradía del barrio para evitar entre otros males el mal de ojo.

Cuando un familiar, cuñado para más señas, me comunicó el triste desenlace vital de Miguel, que así se llamaba el finado, todo un santo, me sorprendió bastante pues no hacía más de una semana que me había encontrado con él de forma circunstancial y habíamos charlado largo y tendido, sentados en un bar, mientras tomábamos unas cervecitas de la Cruz de su apellido, pues Campo se apellidaba del que aquí hablamos. Campo por su padre, albañil que trabajó en la Costa del Sol aquellos años de desarrollismo turístico mediterráneo construyendo las primeras urbanizaciones a las que acudían suecas, alemanas y holandesas, como Erika Heineken, de la que heredó el apellido y el cabello rubio tras una noche de pasión y borrachera (no sé en qué orden) de los que fueron sus progenitores.

Como Miguel disfrutaba de buena salud pregunté al familiar comunicante cuál había sido la causa de la inesperada pérdida. Con tono de no mucha pesadumbre, cosa que me dejó sorprendido, aunque viniendo de un cuñado siempre hay que sospechar lo peor, me dijo que Miguel había caído, tras un maldito traspiés (como suele ser todo traspiés que se precie), a un depósito de la fábrica en la que trabajaba. El depósito asesino, que contenía quince mil litros de un líquido preparado para embotellar, fue su tumba, me dijo en plan metafórico, puesto que Miguel descansa hoy en un camposanto sevillano y no sigue flotando boca abajo en el lugar de los hechos. Ustedes se estarán diciendo: “qué muerte más horrible, morir ahogado de esa manera”. Claro, ustedes son personas de ley, gente honrada, de buen corazón, a quienes les apena el que un humilde trabajador acabe sus días en el tajo en lugar de en el Sena, mientras daba un agradable paseo en un bateau durante uno de esos viajes que te regalan participando en concursos en los que uno no cree que regalen nada. Pero ustedes no saben dónde trabajaba Miguel.

Para que comiencen a comprender la parte oscura de esta historia les diré que mi amigo tuvo una muerte, no voy a decir deseada -aunque hay veces que he llegado a pensarlo- pero tampoco tan horrible como estaban imaginándose. No, ni mucho menos. Es más, me contó su cuñado que antes que Miguel le diera el último trago a la vida pudo salir, y salió, tres veces del depósito mortuorio y que fue el cuarto traspiés el que resultaría definitivo, el que le hizo quedar flotando en el líquido elemento hasta que fue rescatado por un destacamento de bomberos, una vez que se constató por el gerente de la empresa que no era necesaria la actuación de la unidad de submarinismo de la guardia civil. Y para terminar me contó el cuñado del fenecido que tras cada salida del colosal recipiente, según consta en las declaraciones de los compañeros de trabajo ante el juez encargado del asunto, Miguel se dirigía a los aseos de la factoría a miccionar copiosamente, cual Manneken Pis, y que tras cada vaciado de vejiga, guiado por una fuerza extraña, con una sonrisa cada vez más notoria, ojos cada vez más chisposos y andares cada vez menos seguros, volvía a subir por la escalinata metálica que en espiral ascendía hasta el borde del enorme tanque para dar el correspondiente traspiés fatal y caer en la gran cisterna. Y no hubo una cuarta salida. Esa “zambullida” (expresión que no me parece la más apropiada pues Miguel no era dado a frecuentar piscinas ni siquiera en pleno agosto sevillano), me contó su cuñado, esa zambullida final, definitiva, hizo levantar un pequeño oleaje en el gran recipiente, un oleaje parecido al que se provoca en un barreño en el que un niño arroja su geyperman, una ondulación que empezó siendo mínima pero que fue creciendo por el efecto rebote al chocar contra la parte contraria a la que Miguel había caído. Ese movimiento ondulatorio del líquido allí almacenado provocó la aparición de una capa de espuma blanca entre la que mi amigo encontró la muerte, una capa espumosa del grosor justo para bañar el cuerpo de Miguel, blanqueando de nieve su rostro colorado y dejándole un rictus de extraña felicidad.

La cerveza – Georgie Dann

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