La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

15 mayo, 2014

El silencio que precede a la fiesta

Filed under: Por el pueblo — Nicolás Doncel Villegas @ 8:56

Ha llegado temprano, como suelen hacer las gentes del campo, para quienes madrugar nunca supone un castigo sino una bendición, como si siempre les faltasen horas de trabajo aunque no haya tierra que laborear o cosecha que recolectar. Ha llegado precedido por el impertinente y molesto ruido de unos cohetes y por los sones repetitivos de la banda de cornetas y tambores. Es lo que tiene vivir en un pueblo andaluz. La banda de cornetas y tambores está presente en tu vida sea para acompañar una cabalgata de reyes orientales, para procesionar cristos y vírgenes durante una semana o para acompañar a San Isidro Labrador. Entre la cohetería y la música cornetil ha habido un intervalo de tiempo hasta que él ha aparecido subido al remolque del tractor. He pensado que quizás el tiempo se le ha echado encima (esa expresión que tanto utilizan las gentes del agro) mientras dejaba preparado el riego de la parcela, o que incluso podría haber estado arreglando algún papeleo imprevisto de la PAC (Política Agraria Común), esa burocracia agrícola europea que es el maná que compensa los miserables precios que tienen la mayoría de los productos agrícolas cuando es el agricultor quien los vende; quizás, aprovechando que hoy es día de fiesta, se hubiese traslado alguna oficina estatal o autonómica, a la delegación de agricultura… para sentirse una vez más preso del papeleo que tan poco agrada a las gentes de la tierra.

clip_image002Pero no, todo ello es imaginación del que escribe. Porque hoy él tiene jornada de fiesta para que lo paseen acompañado de carrozas y caballistas, de gentes (algunas) a las que las labores del campo les quedan tan lejos como a un minero una red de pesca. Un día en el que esas gentes le gritarán de cuando en cuando ¡Viva sanisidro!, con tanto énfasis como cuando hablando del tiempo meteorológico que perjudica su cosecha dejan caer expresiones como ¡mecaguendió, qué no acaba de llové!, en una perfecta síntesis de religiosidad y meteorología.

Ha llegado temprano y ha aparcado su tractor a pocos metros de mi casa. Viene con la banda y con el cohetero a recoger al Hermano Mayor de la Hermandad. Siempre pienso que debería ser al contrario, que por muy hermano mayor que se sea quien tiene la condición de santidad es él, San Isidro, y que ese viaje de recogida debería ser inverso. Pero doctores tiene la iglesia y conocedores de las tradiciones populares aún más para que yo entre en estas disquisiciones innecesarias. Después de un rato en el que se oye el murmullo de las gentes de la banda y de los vecinos que se asoman a las puertas, el santo se ha marchado y en las calles aledañas ha quedado un silencio de día de fiesta, ese silencio que precede al jolgorio, las risas, y el desmadre de aquel que se sobrepase en el trasiego de alcohol. Con ese silencio de fondo escribo este comentario cuando a lo lejos se oye el ruido de otro cohete. La fiesta debe haber comenzado al otro lado del pueblo.

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