La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

24 abril, 2014

Ronda 5: De la IV a la VII Estación

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 14:29

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Hubo una noche en la que me vi envuelto por una pequeña marea humana que ascendía una cuesta empinada y empedrada y que eran portadores de la imagen de un crucificado. Fue la noche del martes santo. A media tarde habíamos bajado por la Cuesta de Santo Domingo hacía el Puente Viejo y sentido la cercanía de ese río que parece hilo de agua cuando se contempla desde la altura vertiginosa del Puente Nuevo. Tras pasar delante de la Casa del Rey Moro (que el viajero ya conocía de una visita hace bastantes años) y atravesar la puerta de Felipe V el caminante cruza el Puente Viejo y se encuentra frente la iglesia de Padre Jesús.

De ese último templo salía a las diez de la noche el Vía Crucis que ascendía, entre penumbras y cuestas empedradas, hasta la Colegiata de Santa María. Como llegamos pronto decidimos esperar sentados sobre un banco-balcón desde el que se divisaba la fachada de la iglesia. Me llamó la atención la poca gente que se acercaba al templo y también la que se apostaba en los laterales de la cuesta para poder ver el paso de este acto callejero-religioso. Tanto es así que cuando vi bajar a un grupo de turistas orientales, del Más Lejano Oriente, le comenté a mi santa que al día siguiente los cronistas cofrades bien podrían escribir: “El Vía Crucis del martes santo fue presenciado por una decena de rondeños, una veintena de orientales y una pareja de la provincia de Córdoba”. Cierto es también que llegadas las diez de la noche el número de personas se había incrementado notablemente.

clip_image004Cuando el Vía Crucis comenzó la mayor fuente de luz era la de la luna llena que asomó por la serranía y se elevó lentamente en el cielo. Los portadores del Cristo eran acompañados por cuatro cirios. Como estábamos sentados a mitad de la cuesta en un banco de piedra con reja de hierro por la que se colaba el vientecillo, y como la noche refrescaba, decidimos sumarnos a las personas que hacían las catorce estaciones de penitencia que padeció Jesús camino del Calvario. Fue a partir de la IV estación (Encuentro con la Virgen) hasta la VII (Segunda Caída en el Camino de la Cruz) cuando formé parte de esta singular experiencia en la que se rezaban padrenuestros y las oraciones propias del acto, y en la que en cada estación un participante leía la oración correspondiente a la luz de una linterna y ayudándose de un pequeño y portátil equipo de megafonía, que era lo único que le daba un aspecto actual a algo que parecía sacado de otros tiempos. Luego el Vía Crucis siguió su camino penitencial y el viajero su camino particular hacia el descanso.

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